Ocean Castillo Loría.
Por estos días, leyendo el libro del hoy presidente de los Estados Unidos, Barack Obama: “Los sueños de mi padre: una historia de raza y herencia”, nos hemos encontrado con una interesante reflexión.
Durante su trabajo en Chicago, Obama tuvo relación con la Conferencia de la Comunidad Religiosa de Calumet (CCRC), cuyo vicepresidente era el diácono católico Wilbur Milton.
Un día, luego de una importante reunión, Milton y Obama tuvieron la oportunidad de intercambiar ideas, en ese momento, Wilbur dijo lo siguiente refiriéndose a la comunidad a la que servía: “… Creen que mientras sigan la letra de las Escrituras no tienen que seguir su espíritu. En lugar de ayudar a los que están sufriendo, los rechazan. Y a menos que vayan correctamente vestidos a misa, hablen adecuadamente y todo lo demás, les miran como bichos raros. Así se sienten cómodos, luego, ¿para qué cambiar? bueno, Cristo no habla precisamente de bienestar, ¿no es así? Él predicaba un Evangelio social. Llevó su palabra a los más débiles. Los oprimidos…”.
En el Nuevo Testamento este Evangelio social tiene ya sus inicios en Juan el Bautista, pues él denunciaba las injusticias del gobierno de su tiempo, señalando las corruptelas del rey Herodes. El “Ungido de Dios”, tal y como lo anunciaba Juan, tenía como objetivo iniciar un mundo donde la novedad sería el basamento de la igualdad humana y el gobierno de Dios.
La lógica es que conocer a Dios implica hacer justicia: “¡Ay del que edifica su casa sin justicia y sus pisos sin derecho!...” (Jeremías 22: 13) La religión verdadera no consiste en ningún culto externo, sino en tomar en cuenta el derecho de los pobres y construir relaciones justas en la humanidad: “Mejoren su vida y sus obras, y yo los dejaré seguir viviendo en esta tierra. No confíen en esos que los engañan diciendo: ¡Aquí está el templo del Señor, aquí está el templo del Señor!” (Jeremías 7: 3 – 4)
Asimismo, resulta claro que el Dios que Jesús muestra es el que elige a los pobres, para que los orgullosos queden confundidos, así se cambian los valores de los que dominan y explotan a las mayorías: “Dios a elegido lo que el mundo considera necio para avergonzar a los sabios, y ha tomado lo que es débil en este mundo para confundir lo que es fuerte. Dios ha elegido lo que es común y despreciado en este mundo para confundir lo que es fuerte” (1 Corintios 1: 27)
Cuando se comienza a razonar en torno a la imagen de un Jesús predicador y hacedor de un Evangelio social, se comienzan a presentar ciertos argumentos que distorsionan el Espíritu del Evangelio, por ejemplo, razonan algunos:: “Jesús dice Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5:1) De ahí que, los pobres no deben preocuparse porque serán satisfechos en el más allá, en el Reino de los cielos”.
Así las cosas, cuando se queda el creyente en la letra, y se olvida del Espíritu, se olvida que la palabra y obra de Jesús es un mensaje histórico, esto significa que la libertad que Jesús anuncia se manifiesta en el aquí y ahora. Ese Evangelio social implica un cambio histórico a favor de los oprimidos. El llamado lo hizo el mismo Cristo: “… erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lucas 21: 28) Jesús habla tanto del oprimido por opresiones exteriores como del que tiene necesidades interiores, en suma, Dios ofrece su Reino a los pobres del mundo.
En este Evangelio social el criterio es claro, ninguna ley tiene validez si oprime al ser humano, si no está a favor de la vida, esa ley no tiene valor. Esto es la que Pablo llama la ley de la libertad: “Hermanos, vosotros habéis sido llamados a ser hombres libres; pero procurad que la libertad no sea pretexto para dar rienda suelta a las pasiones, antes bien, servíos unos a otros por amor” (Gálatas 5: 13) También se dice en la Escritura: “¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!” (Hechos 5: 29)
El tema de la libertad es un tema muy actual, se dice a las y los ciudadanos que tienen la libertad para escoger en los procesos electorales, se dice a las y los consumidores que tienen libertad para escoger entre los bienes y servicios. Hoy, la libertad mal entendida se ha convertido en libertinaje: “se da rienda suelta a las pasiones”, de ahí la explotación, de ahí el consumismo. Hoy que se habla mucho de la libertad se habla poco del objetivo de servir lo que lleva a ser verdaderamente libres.
En la letra el cristianismo se queda en solamente escuchar el mensaje y como dice Wilbur Milton, no importa que se rechace a los que sufren y mientras se sea un “cristiano formal”, es poco importante el mirar con desprecio a las víctimas del dolor y la opresión.
Pero la realidad es otra, escuchar en el cristianismo es hacer: “… liberen a los presos encadenados injustamente, … que liberen a los esclavos, … que dejen en libertad a los maltratados y que acaben con toda injusticia; … que compartan el pan con los que tienen hambre, … que den refugio a los pobres, vistan a los que no tienen ropa, y ayuden a los demás… si dejan de maltratar a los demás , y no los insultan ni los maldicen; si ofrecen su pan al hambriento y ayudan a los que sufren, brillarán como luz en la oscuridad, como la luz del mediodía” (Isaías 58: 6 – 7. 9 – 10)
Ahora bien, en esta vivencia de la letra inclusive se cae en el abuso de convertir la religión en un negocio. Esto es producto de olvidar u ocultar la verdadera vida de libertad y responsabilidad del cristianismo.
Del mismo modo, en la sola letra se olvida que Dios no quiere nuestro sufrimiento ni nuestro miedo. La petición de Dios es justicia y humildad: “Pero Dios les ha dicho qué es lo mejor que pueden hacer y lo que espera de ustedes. Es muy sencillo: Dios quiere que ustedes sean justos los unos con los otros, que sean bondadosos con los más débiles, y que lo adoren como su único Dios” (Miqueas 6: 8)
Dicho esto, nos damos cuenta de una triste realidad: durante largo tiempo las y los cristianos se han preocupado por vestir adecuadamente para ir a sus cultos, se han preocupado por hablar con corrección, pero se han olvidado del prójimo, del verdadero templo de Dios: “…el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo” (1 Corintios 3: 16)
En esta lógica, la experiencia del Espíritu de Cristo recrea una humanidad nueva, abierta a la vida, a la solidaridad, abierta a la comunidad: “…vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 5: 24)
Esta recreación tiene que ver inclusive con nuestra felicidad individual: “¿Qué nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿La angustia?, ¿La persecución?, ¿El hambre?, ¿La desnudez?, ¿Los peligros?, ¿La espada?... pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó” (Romanos 8: 35. 37)
Solo por esta recreación se puede cumplir lo que se conoce como la regla de oro: “Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal”. (Mateo 6: 12)
Y es que esa forma de algunos “cristianos” de mirar a los otros, a los que sufren, a los que son diferentes, como “bichos raros”, es una forma de discriminación que no responde a la lógica de la enseñanza de Cristo: “Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús”. (Gálatas 3: 28)
Estos “cristianos” se maravillan y alaban la transfiguración de Jesús, leen y escuchan con respeto este pasaje del Evangelio, la letra, solo se quedan en la letra, pero no saben nada y no se comprometen con el proyecto de liberación de Dios: “…recogeré a la oveja coja y llevaré al corral a la perdida y a la que había maltratado… haré de las extraviadas una nación poderosa…” (Miqueas 4: 6 - 7)
Quizás por este afán de estacionarse en la letra, una de las críticas de quienes no son cristianos, es que la fe es una especie de analgésico, que aleja al que cree de la realidad. Pero la verdad es otra, la convicción es la de un Dios cercano, capaz de sufrir con el que sufre y tener comunión con él: “Mira la morada de Dios entre los hombres: morará con ellos; ellos serán sus pueblos y Dios mismo estará con ellos” (Apocalipsis 21: 3)
Hemos hablado de la letra ¿y el Espíritu?, ¿Cómo es el cristianismo conforme al Espíritu? Ya hemos dado algunas pistas a partir de lo dicho por los profetas, Jesús y sus apóstoles, pero si se quiere usar una figura literaria para referir al Espíritu, podemos decir que es como el agua que fecunda la tierra seca y que, le permite dar frutos de justicia y paz: “Hasta que se derrame sobre nosotros un aliento de lo alto; entonces el desierto será un jardín, el jardín parecerá un bosque, en el desierto morará la justicia, y el derecho habitará en el jardín, el efecto de la justicia será la paz, la función de la justicia, calma y tranquilidad perpetuas” (Isaías 32: 15 – 17)
“Voy a derramar agua sobre el suelo sediento y torrentes en la tierra seca; voy a derramar mi aliento sobre tu descendencia y mi bendición sobre tus retoños. Crecerán como hierba junto a la fuente, como sauces junto a las acequias” (Isaías 44. 3 – 4)
Un cristianismo vivido desde la letra es un cristianismo endurecido como la piedra, pero un cristianismo vivido desde el Espíritu es un cristianismo cálido y activo: “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ezequiel 36: 26)
Un cristianismo vivido desde la letra es un cristianismo oscuro, un cristianismo vivido desde el Espíritu es luz: “Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor despunta sobre ti” (Isaías 60: 1)
Y una vez más, esa luz no es, no puede ser teoría, pura teología sin práctica, esa luz, va dirigida a concretarse en el prójimo: “¡Obedezcan el mensaje de Dios! Si solo lo escuchan y no lo obedecen, se engañan a ustedes mismos y les sucederá lo mismo que a quien se mira en un espejo: tan pronto como se va, se olvida de cómo era…Creer en Dios el Padre es agradarlo y hacer el bien, ayudar a las viudas y a los huérfanos cuando sufren y no dejarse vencer por la maldad del mundo” (Santiago 1: 22 – 24. 27)
En tiempos como los nuestros donde campea la intolerancia entre personas y pueblos, vivir el cristianismo desde el Espíritu es practicar y construir la tolerancia: “…porque el que no está contra ustedes está a favor de ustedes” (Lucas 9: 50)
Siendo así, resulta lamentable que importantes sectores de las diversas corrientes cristianas no entiendan esta realidad. Es verdaderamente triste como dentro del mismo cristianismo hay cada vez más división.
Estas divisiones se sustentan por lo general, en doctrinas que dejan en el olvido lo principal: el manifestar a Cristo en servicio a los demás. Esta no ni más ni menos que la crisis del cristianismo. En ella este camino espiritual se está jugando la vida, es la letra que mata el Espíritu.
El Espíritu del verdadero cristianismo es la alegría, esta alegría es de tal inmensidad que, quizás lo mejor es describirla con una figura: la alegría del cristianismo es como la alegría de un banquete: “Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados” (Isaías 25: 6)
Esta alegría, la alegría misma del Reino de Dios, es como la felicidad de una boda: “¡Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria! Ya ha llegado el día de las bodas del cordero…” (Apocalipsis 19: 7)
A este banquete, a esta boda, todas y todos hemos sido llamados, lamentablemente el materialismo, el afán de obtener ganancias y el rechazo directo al mensaje de Dios, nos cierran las puertas a la fiesta (Mateo 22: 5 – 6) somos nosotros los que nos cerramos la puerta a la fiesta, ya que los que llamamos buenos y los que llamamos malos están invitados por Dios (Mateo 22: 10)
Que diferente es este cristianismo real y verdadero del que vivimos actualmente, que se mueve entre dos extremos: la ingenuidad o el cinismo. Jesús, grandioso maestro, nos da el punto de equilibrio: hay que ser sagaces, cautos, prudentes. Solo así habrá un cristianismo de impacto en el presente tiempo, un camino que encuentra su guía en la Palabra de Dios y en las vivencias de las comunidades de fe.
Ahora bien, el hecho de que el cristianismo sea alegría, no significa que se huya del dolor cuando este se presenta. El problema no es el dolor, el problema es no encontrarle sentido y ese sentido es, en medio de dolor, encontrar a Dios: “Te conocía solo de oídas, ahora te han visto mis ojos.” (Job 42: 5)
Este conocer a Dios conduce a entregar la vida: “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de que le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” (Mateo 16: 24 – 26)
Negarse a uno mismo es abandonar el egoísmo, insertarse en la vida y manifestar a Cristo en servicio a los demás. Esto, es perder la vida por Jesús. Del mismo modo, no se puede dejar de lado que en muchas sociedades el ser cristiano significa perder la vida física. Sigue siendo este camino espiritual, sembrado por la sangre de las y los mártires.
¿Porqué en el cristianismo hay martirio? La respuesta se encuentra en el hecho de que el mensaje del Reino de Dios es conflictivo y nada tranquilizador, esto por tanto significa renuncia en pro de la solidaridad, significa desinstalarse de las situaciones de injusticia y desigualdad: “No crean que yo he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz, sino guerra” (Mateo 10: 34)
Quienes asumen una vivencia del cristianismo desde el Espíritu, quienes son llamados al compromiso de la denuncia de las injusticias y el anuncio de una sociedad nueva, corren riesgos en nombre del Dios del que son testigos: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos” (Jeremías 15: 16)
Esta experiencia tiene consecuencias, es la experiencia del enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, es por ello, que quienes viven la manifestación de Dios, presentan conflictos internos y externos: “¡Me sedujiste, SEÑOR, y yo me dejé seducir! Fuiste más fuerte que yo, y me venciste. Todo el mundo se burla de mí; se ríen de mí todo el tiempo. Cada vez que hablo, es para gritar: ¡Violencia!, ¡Violencia! Por eso la palabra del SEÑOR no deja de ser para mí un oprobio y una burla, si digo: No me acordaré más de él, ni hablaré más en nombre, entonces su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más” (Jeremías 7: 7 – 9)
La experiencia de un cristianismo comprometido, es también un fuerte peso para la persona que lo vive: “… ¿Porqué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo ha dado a luz, para que me digas: Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho… no puedo cargar yo solo a todo este pueblo: es demasiado pesado para mí” (Números 11: 11. 12. 14)
El mismo Cristo lo advirtió: “Mirad, yo os envío como ovejas entre lobos: sed cautos como serpientes, cándidos como palomas” (Mateo 10: 16) Es indudable que un cristianismo lleno de facilidades es una traición al mensaje y accionar de Jesús. Por más que se predique, el cristianismo que se queda en la letra, es falsedad: “¡Ay de ustedes cuando todos los alaben! Del mismo modo los padres de ellos trataron a los falsos profetas” (Lucas 6: 26)
¿Y quiénes son los lobos? Aquellos que predican un cristianismo sin compromiso social, un cristianismo muerto por la letra y por el legalismo, un cristianismo incapaz de recrear el mundo porque está atrapado en las garras del formalismo sin vida: “¡Cuídense de esos mentirosos que dicen hablar de parte de Dios! Ellos se presentarán ante ustedes tan inofensivos como una oveja, pero en realidad son tan peligrosos como un lobo feroz” (Mateo 7: 15)
El Espíritu del cristianismo es incómodo, inclusive, para aquellos que lideran las comunidades cristianas por los llanos senderos de la comodidad y de la explotación de las y los creyentes: “… Lo que deben cuidar los pastores es el rebaño. Ustedes se beben la leche, se hacen vestidos con la lana y matan las ovejas más gordas, pero no cuidan el rebaño. Ustedes no ayudan a las ovejas débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las que tienen alguna pata rota, ni hacen volver a las que se extravían, ni buscan a las que se pierden, sino que las tratan con dureza y crueldad. Mis ovejas se quedaron sin pastor y se dispersaron, y las fieras salvajes se las comieron. Se dispersaron por todos los montes y cerros altos, se extraviaron por toda la tierra, y no hubo nadie que se preocupara por ellas y fuera a buscarlas.
Así que, pastores, escuchen bien mis palabras. Yo, el Señor, lo juro por mi vida: Fieras salvajes de todas clases han robado y devorado a mis ovejas, porque no tienen pastor. Mis pastores no van a buscar a las ovejas. Los pastores cuidan de sí mismos, pero no de mi rebaño. Por eso, pastores, escuchen las palabras que yo, el Señor, les dirijo: pastores, yo me declaro su enemigo y les voy a reclamar mi rebaño; les voy a quitar el encargo de cuidarlo, para que no se sigan cuidando ustedes mismos; rescataré a mis ovejas, para que ustedes no se las sigan comiendo.” (Ezequiel 34: 2 – 10)
Frente a un fuerte mensaje, la reacción es igual de fuerte, por eso el cristianismo vivido desde su Espíritu, tiene como resultado la marginación y hasta la muerte simbólica o física: “Os expulsarán de la sinagoga. Llegará un tiempo en que quien os mate piense ofrecer culto a Dios” (Juan 16: 2) Ya lo dice el poeta Mario Benedetti: “Una sinagoga bien montada no puede entender a Cristo”.
Este camino no debería sorprender a las y los creyentes, lamentablemente, el punto de comodidad de las y los cristianos es tan grande que se ha olvidado el ejemplo que dio Jesús: “Levantemos la mirada hacia Jesús, que dirige esta competición de la fe y la lleva a su término. Él escogió la cruz en vez de la felicidad que se le ofrecía; no tuvo miedo a la humillación, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hebreos 12: 2)
El verdadero cristianismo es un camino de tensiones, fruto de su voz de denuncia y renuncias, fruto del seguimiento: “…el que no renuncia a todo lo que tiene, no podrá ser discípulo mío” (Lucas 14: 33)
Dado que la fe en Jesús significa servicio, aquellas personas que se dicen cristianos no pueden dar paso a la soberbia en esa entrega a los demás: “…Somos servidores no necesarios, hemos hecho lo que era nuestro deber” (Lucas 17: 10)
Alegría y dureza nos depara el Espíritu del seguimiento de Cristo. La esperanza en la transformación de una sociedad malvada, es lo que alimenta a los y las verdaderas creyentes en medio de las dificultades.
Ya lo dice San Pablo: “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no estamos aplastados; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos aniquilan.
Por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra naturaleza mortal. De modo que en nosotros actúa la muerte y en ustedes, en cambio, la vida” (2 Corintios 4: 7 – 12)
A medida morimos a nosotros mismos, ayudando a los que sufren, se agrada a Dios. Aferrarse a la letra es dar un énfasis a las manifestaciones cultuales externas, perdiendo de vista que a Dios podemos acercarnos o alejarnos por medio de nuestro prójimo: “Si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve. Este es el mandamiento que hemos recibido de él: que el que ame a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4: 20 – 21)
Este amor en acción es el Espíritu del camino cristiano: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1 Juan 3: 14)
Dicho paso de la muerte a la vida, en medio de las actuales circunstancias, es un verdadero resplandor de la gloria de Dios: “Pues mira como la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, más sobre ti amanece Yahvé y su gloria sobre ti aparece” (Isaías 60: 2)
Así las cosas, vale la pena reiterar que el cristianismo experimentado desde el Espíritu, es alegría en medio de las pruebas, pero con plena fe en el poder salvador de Dios: “El Señor tu Dios está en medio de ti; ¡él es poderoso y te salvará! El Señor estará contento de ti. Con su amor te dará nueva vida; en su alegría cantará” (Sofonías 3: 17)
En esta lógica, es valioso preguntarse: ¿Qué significa y qué peso tiene la forma de vivir cristiano en el mundo de hoy?, ¿es signo de buenas noticias y renovación? O por el contrario, ¿es ya parte de las estructuras del sistema que promueven el rompimiento de relaciones con el mismo Dios, con los demás y con la naturaleza misma?
¿Se cumple en nuestro cristianismo de hoy la profecía de Isaías: “Que bien venidos, por los montes, los pasos del que trae buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la salvación…” (Isaías 52: 7)?
La fe cristiana ve en Jesucristo el cumplimiento de las profecías mesiánicas y las y los creyentes en él, se ven interpelados a continuar su misión: “He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido, al que escogí con gusto. He puesto mi Espíritu sobre él, y hará que la justicia llegue a las naciones. No clama, no grita, no se escucha su voz en las plazas. No rompe la caña doblada ni aplasta la mecha que está por apagarse, sino que promueve la justicia en la verdad. No se dejará quebrar ni aplastar, hasta que establezca el derecho en la tierra. Las tierras de ultramar esperan su ley” (Isaías 42: 1 – 4)
“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído yo no me resistí ni me eché atrás” (Isaías 50: 4 – 5)
De estos dos últimos textos se desprende que la acción del cristianismo depende del Espíritu de Dios, que debe buscar la justicia social, procurando proteger a los débiles y debe luchar por el derecho. Del mismo modo, la actividad cristiana refiere a alentar a los abatidos y estar atento a la escucha de la voluntad de Dios.
Dicho esto, también es claro que practicado el Evangelio desde su Espíritu, tiene un impacto social que implica una transformación profunda de la realidad invadida por el pecado. Así, en un mundo acostumbrado a la coacción, el testimonio debe ser de servicio: “… Saben que entre los paganos los gobernantes tienen sometidos a sus súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; y quien quiera ser el primero que se haga sirviente de los demás. lo mismo que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.” (Mateo 20: 25 – 28)
“… Ni se dejen llamar jefes, porque uno solo es quien los conduce: el Mesías… porque el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido” (Mateo 23: 10. 12)
La revolución social que promueve el cristianismo implica una profunda transformación de las relaciones de dominación en relaciones horizontales: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe qué hace su Señor; yo os he llamado amigos porque os he dado a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre” (Juan 15: 14 – 15)
Cuanta preocupación tienen los “formales” cristianos por cumplir los mandatos externos de los cultos, mientras que el Espíritu de Dios no se encuentra en ninguna construcción: “Dios es Espíritu y los que le adoran deben ser guiados por el Espíritu para que lo adoren como se debe. Se acerca el tiempo en que los que adoran a Dios el Padre lo harán como se debe, guiados por el Espíritu, porque el Padre quiere ser adorado así. ¡Y ese tiempo ya ha llegado!” (Juan 4: 23 – 24)
Ha llegado el tiempo de llevar la buena nueva de Cristo a los oprimidos, a los débiles, ha llegado el tiempo de transformar al mundo, ha llegado la hora de vivir el mensaje y acción de Cristo en su verdadero Espíritu y no solo en la letra que le da muerte.
¿Seremos capaces de asumir semejante desafío?, ¿el desafío del Evangelio social?