Escrito por Gabriel González-Vega (gabrielgv@ice.co.cr)
El último decenio en La Habana
Al regresar por sexta vez al Festival, desde 1998, es evidente la transformación de la ciudad que lo alberga. La Habana Vieja se remoza con apoyo foráneo (Europa, Canadá, etc.); la pequeña industria privada y el comercio informal ya pululan por calles mucho más pobladas de gentes y de autos.
En El Vedado, sus grandes avenidas siguen regadas de verdor tropical, aunque en las callejuelas de barrio, cerca del Capitolio, aún flaquea el alumbrado público. Si bien aparece uno que otro mendigo, y a las carencias crónicas de la deficiencia económica y el bloqueo genocida, el año pasado se sumaron tres tormentas devastadoras, el acceso a los comestibles y a otros productos y servicios parece mejorar.
Los indicios de los consabidos logros en salud y educación saltan a la vista, tanto como la apetencia generalizada por el consumo material. Pero la vía allí es principalmente el ingenio y la negociación llena de picardía, en una capital donde casi no hay asaltos –la educación más que la represión aclaran por qué-, lo que para mí fue como una vuelta a la juventud, cuando San José no sufría el tumulto violento que nos degrada actualmente, sometidos al sobresalto constante de robos legales e ilegales.
Con el sistema monetario esquizoide que practican, la paradoja es que las remesas de los parientes en el Norte –¿quién no tiene el suyo?- , y los turistas, salvan las economías familiares; sin olvidar la ayuda de Venezuela y de otros países (el giro electoral a la izquierda que proviene en Latinoamérica de la necesidad y la presión popular y se facilitó por la brutalidad de los “neocons” en la Casa Blanca, reinserta oportunamente a Cuba en las coordenadas latinoamericanas y le abre amplias posibilidades de mejoría). La esperanza es que este año, con Barack Obama y la parte apreciable de lo que lo impulsa y representa, así como con las mayorías demócratas en el Senado y el Congreso, se acabe el bloqueo, con lo que se fortalecería la economía y se lograría una mayor libertad en todos los ámbitos, que es el anhelo de la mayoría de los isleños –anclados, además, a una dignidad antimperialista admirable-. Sujetos, eso sí, a la doble amenaza de los corifeos que se empeñan en el estalinismo, con su brutal control y represión y de los poderes reaccionarios que desde la Florida y algunas corporaciones quieren el lupanar de regreso o una venganza anacrónica. Por cierto, ya no se encuentra la visible prostitución de chicas y chicos –que sí la hay, como en todas partes-, la que me consternó en visitas anteriores; y se ha reducido, pero no resuelto, la odiosa discriminación frente al extranjero (la que, por cierto, en Costa Rica, en cambio, aumenta).
El sólido llamado de Alfredo Guevara (el padre del cine cubano y amigo cercano de Fidel), el día de la clausura en el Teatro Karl Marx, fue muy alentador. Un compromiso firme por el cambio dentro del socialismo, que con prudencia encabeza Raúl Castro. Una crítica sin concesiones a lo que llamó el “funcionarato”. De frente contra la burocracia y por la eficiencia, con un alegato categórico a favor de los artistas, que, en el caso del cine, subrayó, deben manejar el ICAIC, el que sigue produciendo cine con éxito pese a la escasez general.
Frente a los cínicos y los majaderos que todo lo ven en blanco y negro, que se regodean en recetar la imposibilidad del cambio que su propia mediocridad les impide asumir, yo soy de los que pienso que tanto el vuelco electoral y cultural en los Estados Unidos, como las reformas –tímidas, quizá- que se llevan a cabo en Cuba, van en la dirección correcta, en beneficio de los pueblos del continente, pese a lo complejo y contradictorio de cada proceso. No es sencillo, no será rápido ni es seguro, pero el porvenir sí parece prometedor. El apreciado estreno de las dos partes de la biografía del Che Guevara, máximo acontecimiento del Festival, obra de un realizador estadounidense, el talentoso Steven Soderbergh, interpretado por un actor de origen portorriqueño de la élite hollywoodense, Benicio del Toro –que estuvo allí-, es un buen ejemplo del derrumbe de prejuicios y fronteras innecesarias.
Pienso con optimismo que sí se pueden conservar los logros del socialismo en ruta hacia una verdadera democracia y una productividad económica sustentable. En el primer texto del “diario del festival”, este año, escribieron: “Solo la cultura puede salvar el abismo que separa pueblos y personas.” Es cierto; por eso les cuento la siguiente anécdota a contrapelo de visiones maniqueas. Una noche, amigos de allá, me llevaron cerca del Parque Lenin –sí, Lenin-, a un espectáculo musical y de travestismo (que el régimen dejó atrás la homofobia cerril señalada en “Conducta impropia” y ahora practica una tolerancia que se la deseara la Costa Rica de sumisión eclesial). Un artista ofreció allí una coreografía, erótica, en honor a la patrona católica, la Virgen del Cobre. ¡Vaya sincretismo!, no apto para fanáticos. En definitiva, cuanto más conozco más comprendo que la condición humana es la misma, aquí, allá y acullá. Nos mueve nuestra necesidad de sentido espiritual tanto como la búsqueda del bienestar material; las respuestas son tan numerosas como las personas y las culturas. Los enemigos del proceso cubano repiten el concepto de libertad para criticarlo, y ciertamente sus limitaciones son muy graves, pero muchos ni entienden ni practican esa libertad que pregonan. Todo lo contrario. Por eso, enhorabuena los que aquí, y allá, sí asumen el valor de la libertad, así como asumen la lucha por la justicia; dos ideales que nunca se deben separar.
El mismo 5 de diciembre que aterricé en Cuba, el periodista Roger Cohen publicó en el New York Times el artículo “The End of The End of The Revolution”, con entrevistas y observaciones muy atinadas. Sin embargo, no habrá gustado a los bandos extremos que se empeñan en el cuento de “Cuba el infierno” o “Cuba el paraíso”, visiones ciegas y antagónicas que obvian la muy contradictoria y original realidad del proceso revolucionario, que para bien y para mal, cumplió medio siglo este mes de enero.
Contraste de filmes latinoamericanos
Este Festival habanero que, luego del de Viña del Mar ‘67, se levantó para dar voz y aliento en las pantallas a nuestros pueblos mestizos frente a la hegemonía Hollywoodense (aún lamentablemente vigente en el resto del subcontinente), mostró este año las dos tendencias opuestas que caracterizan actualmente nuestro cine (como lo señaló, también, el jurado peruano Pancho Lombardi en entrevista al diario). Por un lado, relatos de gran calidad formal, capaces de emocionar a un público amplio y diverso, que incorporan estructuras y estilos del cine mundial a las situaciones locales. Y por otro, la experimentación, a veces brillante a veces banal; los lenguajes novedosos o que pretenden serlo; los saltos al vacío armados con audacia ó con locura, con triquiñuelas, también, y a veces con no poca vulgaridad.
Epítome de la importancia de la educación, medio millón de personas (muy conocedoras) abarrotan los cines en un fenómeno excepcional que los visitantes destacan con ahínco –más de una vez no pude ingresar, pese al carné privilegiado por haberme inscrito en la nueva sección Industria, ya que representé como Asesor General a “Gestación”, el segundo largometraje de Esteban Ramírez, próximo a estrenarse en Costa Rica-. Así me perdí, por ejemplo, la sugestiva “Gomorra”, de Mateo Garrone, la mafia italiana vista desde adentro y no desde Hollywood.
De entre 1360 películas recibidas y 503 programadas (sí, el Festival es inmenso y sigue creciendo), 22 obras latinoamericanas concursaron en Ficción y otras 20 en la más reciente categoría de Ópera prima (ahora que proliferan las escuelas de cine en el área).
El Primer Premio Coral, la chilena “Tony Manero”, no gustó ni a público ni a crítica, escribió con sorna el analista local Frank Padrón. A mí tampoco. Me atrajo la idea de un imitador de John Travolta (“Fiebre de sábado por la noche”) que sobrevive de su pálido oficio durante la dictadura chilena (en realidad es un criminal). Pero la realización fría, el anodino sociópata protagonista (Alfredo Castro, Premio al Mejor Actor -¿?-) y el decorado opresivo nunca cobraron mucho sentido. Digo, interesa un poco, pero resulta trivial y grosera. Y políticamente inocua. Debe ser mejor leer el guión. Al director Pablo Larraín le faltó inspiración. Y al jurado le sobró entusiasmo. Me sedujo mucho más “El tinte de la fama”, del venezolano Alejandro Bellame (ópera prima), donde la imitación se le hace a Marylin Monroe. Menos pretenciosa, es más sagaz pese a sus convencionalismos y en sus altibajos menudean los altos.
Después de “Estación central”, “Detrás del Sol”, “Diarios de motocicleta”, e incluso “Agua Turbia”, esperaba mucho de “Línea de pase” de Walter Salles –quien de nuevo codirigió con Daniela Thomas- (2º Coral, Mejor Edición y Mención SIGNIS). Y lo encontré. Una madre soltera, empleada doméstica, hincha del Corinthias, cría cuatro varones en una de tantas favelas de Sao Paulo, una plaga de urbe. Potente narración que compone los perfiles sicológicos con la misma propiedad con que revela las condiciones sociales. Con su modesto optimismo, éste fue para mí el filme más valioso del concurso. Sandra Corveloni, como esa mujer dura pero solidaria, casada con su destino desdichado pero decidida a luchar sin tregua, que ya había sido premiada en Cannes, mereció el galardón a la Mejor Actriz.
Me alegró mucho que el adusto maestro Juan Carlos Tabío cosechase el Tercer Coral y el Premio al Mejor Guión –con Arturo Arango- con su simpático “Cuerno de la abundancia”, un vertiginoso cuadro de costumbres que como en “Se permuta”, “Guantanamera”, “Fresa y chocolate” y “Lista de espera”, nos deleita con humor contagioso y nos convence con la fluidez del relato; y todavía le sobra cuerda para alusiones perspicaces a los procesos sociales. El prolífico Jorge Perugorría encabeza el notable reparto cubano.
En cambio, el público local se dejó atrapar –y premió- “Los dioses rotos”, de Ernesto Daranas, que con el tema del proxenetismo, que parecía tan interesante, arma un culebrón sin relevancia alguna, lleno de lugares comunes, y chillón hasta el colorete. Llamarlo melodrama es demasiado respetuoso, aunque técnicamente resulta competente y los intérpretes se entregan a sus caricaturas. Entretenimiento superficial que se pasea sin ton ni son llevado por el clamor vaginal de mujeres obsesionadas por un pillete acartonado; que ni que fuera “Mujeres apasionadas” (la peli tica). Y el chaval, además, animó la clausura. Ni modo; esa fue la reina de la taquilla; es que es muy cubana, me decían.
La argentina Albertina Carri ganó el Premio a la Mejor Dirección y el Premio FIPRESCI por “La Rabia”, nombre de la finca remota y el sentimiento devorador que expone el filme. A veces resulta forzado, sin embargo, conmueve con las pasiones primitivas que desentierra; la lujuria del poder o el poder de la lujuria en el microcosmos de unos pobre ignorantes, con niños testigos y víctimas de por medio (me recordó la inquietante adaptación de “La vuelta de tuerca” de Henry James, “Los que llegan con la noche”, de M. Winner).
La mexicana “Desierto adentro” ganó merecidamente el Premio a la Mejor Fotografía (Serguei Saldívar) con su ambiciosa y algo fallida descripción de supersticiones cristianas donde ignorancia y pobreza cultivan otra versión de “El castillo de la pureza” (A. Ripstein) con los miedos que alimentan la crueldad y los deseos que la desatan.
Esta vez no premiaron a Fernando Eimbecke (“Temporada de patos”), mas su sorprendente “Lake Tahoe” me pareció una genialidad. Difícil de seguir, cuando cobra sentido, es de un rigor indudable y logra una brillante reflexión sobre el dolor, la soledad, la muerte y las falsas apariencias. Con su minimalismo y su lentitud, sus giros y sorpresas, redondea una pequeña joya del cine.
Fuera de concurso, me cautivó “El viento y el agua”, drama pedagógico sobre el turismo depredador en la vecina Panamá (azotada igual que Costa Rica por los cantos de sirena de las transnacionales), creado por el colectivo Igor Yala, jóvenes kunas dirigidos por Vero Bullow. Pese a algunas limitaciones e ingenuidades, es denuncia significativa que valora la complejidad en la cultura autóctona y muestra la actual disyuntiva de los jóvenes aborígenes.
Óperas primas
El Primer Coral fue para “Parque Vía”, de Enrique Rivero, una notable idea sobre el aburrimiento, la rutina y la muerte en vida, que resulta, cómo no, aburrida de observar. Pero es coherente, está bien hecha y deja inquietudes atractivas sobre el dilema seguridad/libertad. No me entusiasma, pero el experimento valió el boleto. Curiosamente, cuanto más la recuerdo, más me interesa.
El 2º fue para “Mutum” de Sandra Kugut, que no llegué a ver. El tercero lo ganó “Acné”, de Federico Veiroj, una agradable y bien dosificada puesta en escena que cuenta como un chico de 13 años, judío uruguayo, no tiene dificultad para tener relaciones sexuales, ya sea con la empleada o con prostitutas, pero no encuentra una chica que lo bese con afecto. Delicada, graciosa, bien hecha. Lástima que el hablado uruguayo, para mí y para otros, bien podía ser swahili o uzbeco. ¡Cómo cuesta entenderlo! Siempre he pensado que se requieren créditos en el mismo idioma cuando los dialectos separan a los pueblos.
Hallé mucho ruido y pocas nueces en el sobrevalorado policial “Perro come perro”, Premio a la Mejor Contribución Artística. Cierto que maneja con cierta propiedad un estilo que la acerca al cine más comercial, con destreza en escenas de violencia Pero es repudiable que los conflictos armados en Colombia se desdibujen en un entretenimiento irrelevante que se vuelve ridículo en sus arrestos descabellados de magia negra. La discutible “Tropa de élite”, que no premiaron por obvias razones ideológicas (parece filofascista), en todo caso está mucho mejor realizada (especialmente las impresionantes incursiones policiales a las favelas).
Del istmo, se vio la guatemalteca “Gasolina”, un concierto de sugestivos encuadres para un desarrollo pobre, una suerte de “Cielo rojo”, solo que en clave de callejón sin salida y no de charlatanería. Tampoco fue premiada “El camino”, la pretenciosa y polémica quimera de Ishtar Yashin, que usa la migración nicaragüense a Costa Rica para dibujar una hermética visión del abuso infantil.
Magníficos documentales
El Primer Coral fue para “Los herederos”, que no he visto, y ¡cómo ha de ser! si lo premiaron por encima de las dos que siguen.
El 2º fue para el revelador “El diario de Agustín” (Edwards) de Ignacio Agüero. Serio trabajo de investigación periodística que exhibe la venalidad y contumacia del antiguo emporio chileno de la comunicación que encabeza el conocido diario “El mercurio”. Demuestra cómo sirvió sin escrúpulos a la Administración Nixon y a la dictadura en su destrucción de la democracia y en las atroces violaciones a los derechos humanos. Muestra la hipocresía y el cinismo de muchos adalides del cuarto poder.
Excepcionalmente importante y convincente.
El 3º, “Vengo de un avión que cayó en las montañas”, de Gonzalo Arijón, fue una estupenda revelación.
Pese a ser tema ya conocido y filmado, la justa medida entre sobriedad y dramatismo, la notable fotografía de César Charlone (“Ciudad de Dios”), y la forma tan digna y tan sincera en que se expresan los sobrevivientes de Los Andes hacen de éste un trabajo extraordinario. Es un maravilloso elogio de la belleza y coraje indomables de la vida humana, llevada al límite por la calamidad que sufrió este admirable grupo de jóvenes deportistas. Así como, por el contrario, “El diario…” es el recuento de la pavorosa bajeza y mala fe a que llevan intereses rastreros. Formidables ambas.
El Coral al Mejor Cartel fue para “Titón, de La Habana a Guantanamera, 1928-1996”, el homenaje retrospectivo al legendario Tomás Gutiérrez Alea. Por cierto, tendrán que hacerle otro este año al gigante amable y brillante Humberto Solás, recién fallecido.
Notables miradas del mundo
El premiado filme noruego “Reprisse” tantea nuevos lenguajes que me dejaron indeciso. Mas sí disfruté a raudales de magníficos filmes de Rusia (“Estrella”, remake de estilo clásico), Turquía (“Los tres monos”, incisiva disección del machismo), Jordania (“El capitán Abu Raed”, deliciosa parábola sobre la bondad); de la interesantísima “La edad de la ignorancia” del consagrado Dennys Arcand, y más, en las nutridas muestras de otras latitudes, incluido el hermoso y refinado corto, también canadiense, “Madame Tutli Putli”. Así como el notable filme colectivo “8”, sobre los 8 objetivos de desarrollo del milenio (Naciones Unidas). “La clase”, de Laurent Cantet y Francois Bègadeau, que clausuró el Festival y ganó la Palma de Oro en Cannes, es un estremecedor docudrama sobre la batalla verbal de profesores empeñosos y estudiantes rebeldes en un posmoderna y diverso suburbio parisino. Su sinceridad y crudeza le otorgan un interés aterrador, especialmente a los que, como el suscrito, navegamos por las aulas en procura de una comunicación cada vez más elusiva.
Dio gusto ver varias salas renovadas, como la 23 y 12, aunque otras desaparecieron. Varias exposiciones, seminarios, talleres y homenajes a leyendas vivientes como N. Pereira dos Santos, M. Littín, J. San Ginés y P. Leduc. También al documentalista brasileño E. Coutinho (su estilo –ayuno de edición- me resulta pesado) y al sombrío británico Mike Leigh (lo que me permitió profundizar en su ironía despiadada). Programas que complementaron un enorme y delicioso festín de cine. Un banquete de conocimiento y discusión proactiva, un vuelo de esperanza cuando la globalización del espectáculo impone a través del mundo la intrascendencia como canon; que al regresar a Tiquicia me fastidio de nuevo con las gringadas en pantalla (¿todavía les obsesiona la virginidad?), los absurdos toros y toreros de Zapote (de lo ridículo a lo patético), el deplorable “Chinamo” y todas las obscenidades banales con que se encubren las otras, las de ciertos políticos y empresarios que devastan el país por un plato de lentejas.
Suplemento Forja. Semanario Universidad. enero 2009.