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RESONOCO

Categoría: Historia

20/02/2009 GMT 1

Sesquicentenario de don Ricardo

marfuerte @ 01:50

Tomás Federico Arias

Este año conmemoramos el 150 aniversario del natalicio de don Ricardo Jiménez
Historiador, Profesor UCR

Conmemoramos los costarricenses el 150 aniversario del natalicio de uno de los ciudadanos más egregios de nuestra patria, quien con sus obras y acciones marcó el derrotero histórico durante más de medio siglo de vida pública.

Proveniente de dos de las familias de más raigambre en la otrora capital de Costa Rica, Romualdo Ricardo de Jesús Jiménez Oreamuno nació en Cartago el 6 de febrero de 1859. Cursó la educación secundaria en el Colegio San Luis Gonzaga y se graduó como abogado en la Universidad de Santo Tomás, el 8 de octubre de 1884.

Desde 1883 ejerció como presidente municipal de San José, y formó parte, entre ese año y 1885, de la comisión redactora del afamado “Código Civil de 1888”. Se le nombró en 1885 ministro plenipotenciario en México, secretario de Gobernación, Policía y Fomento en 1886, directivo y rector interino de la Universidad de Santo Tomás entre 1887 y 1888, año este último en el que publicó su famosa obra “Curso de Instrucción Cívica”.

Ejerció el puesto de canciller y secretario de Hacienda e Instrucción Pública, entre septiembre de 1889 y mayo de 1890, cuando fue nombrado presidente de la Corte Suprema de Justicia, cargo al que renunció en 1892. Impartió clases en la Escuela de Derecho, en el ultimo lustro de la centuria decimonónica

En 1901 fue elegido presidente del Colegio de Abogados y sucesivamente diputado (1902-1906/1906-1910), presidente municipal de Cartago (1902-1903), primer designado (vicepresidente) de la administración Esquivel Ibarra (1902-1906), presidente del Congreso (1903-1904/1909-1910) y nuevamente presidente del ente gremial de los abogados (1909).

El solio presidencial. En las elecciones de 1910, se enfrentó como candidato del Partido Republicano, al expresidente Rafael Iglesias (Partido Civil) y logró la victoria con el 91% de los votos.

Entre 1917 y 1920, ejerció el cargo de cojuez del Poder Judicial. Resultó electo de nuevo diputado (1922-1924) y asumió por segunda vez la Presidencia (1924-1928) cuando el Congreso le confirió el poder en calidad de primer designado.

Estas circunstancias se repitieron cuando volvió a ejercer la curul de diputado (1930-1932) y se dio su tercer ejercicio del poder (1932-1936), también como primer designado, hecho que estuvo marcado por el llamado “Bellavistazo de 1932”.

Destacó en sus tres administraciones por la apertura de la antigua Penitencia Central, la construcción de la Estación del Ferrocarril al Pacifico y su posterior electrificación, la creación de la Escuela Nacional de Agricultura, el Banco de Crédito Hipotecario y el Banco Nacional de Seguros, la promulgación de un nuevo Código de Procedimientos Penales, un nuevo Código Penal y la primera ley sobre Accidentes del Trabajo, la implementación del voto directo en 1913, el voto secreto en 1925 y el establecimiento del porcentaje de 40 % para alcanzar la victoria en las elecciones nacionales.

En 1937 ejerció por tercera vez la presidencia del Colegio de Abogados, y se retiró del escenario político en enero de 1940, después de un cuarto intento por alcanzar la Presidencia nacional.

En julio de 1942, la Asamblea Legislativa le confirió unánimemente el título de “benemérito de la patria”. Falleció el viejo caudillo en su domicilio del distrito El Carmen, a las 8 y 45 de la noche, del 4 de enero de 1945, a la edad de 86 años, por varias afecciones cardiacas. Su sepelio se verificó en el costado oeste del pasillo central del Cementerio General de San José, en una lápida que actualmente contiene una pequeña placa con su nombre y una cruz de mármol.

Con ello, convertido ya en un personaje emblemático, ingresó a las gloriosas páginas de nuestra historia patria, y se celebra, en este año 2009, el sesquicentenario de su natalicio.
periódico LA Nación 7 febrero 2009.

17/02/2009 GMT 1

El Cristo Negro de La Agonía

marfuerte @ 02:46

José Manuel Morera Cabezas
jmorera50@hotmail.com
En varias localidades de nuestra tierra costarricense está presente. Tradicionalmente, en el Cantón josefino de Alajuelita, en Santa Cruz de Guanacaste y en el barrio La Agonía de Alajuela. Es el Santo de “piel oscura”, negrito, el Santo Cristo de Esquipulas, Patrón Religioso de La Iglesia La Agonía y nuestra comunidad.

En Alajuela, dice la historia, una señora de este pueblo halló en forma accidental un “Cristo Negro” ubicado en la hornacina del Altar de San Rafael, sucio, negro, abandonado, con dos dedos rotos y con la cruz quebrada, en 1912. Cinco años después, es reconocido como Patrono del Templo, gracias a la insistencia de aquella señora al rogar a las autoridades religiosas, junto a otras damas quienes corrieron a curar las grandes heridas, ante el carpintero de la localidad.

Ya como Patrono Oficial, una procesión recorrió las calles de la ciudad. Se lanzaron bombetas, música, misa en el Altar Mayor, una gran actividad con mucha devoción, fe, alegría y paz en todos los corazones de la población.

La comunidad alajuelense cuenta con varios testigos quienes participaron, posteriormente, en muchas actividades dedicadas en su honor. Donaron su esfuerzo, muchísima unión y colaboración desinteresada en organizar las fiestas patronales y actividades religiosas, cada quince de enero.

Su plazoleta, calles y aceras del cuadrante, se utilizaron durante ocho o más días festivos. Espacios dedicados a la venta de variadas y ricas comidas, juegos mecánicos, loterías, música, actos culturales, pólvora, mascaradas, confeti, juegos para niños y adultos.

La visión anterior del espacio para estas actividades, no es tan lejana en el tiempo, ya estaba presente la edificación actual del monumento religioso, sin enormes muros, alambres navajas y verjas a su alrededor; al inicio, cuando la ermita tenía el nombre El Calvario, la plazoleta ofrecía mucho más espacio para estas lindas actividades populares, allí estaba la cocina de leña (de hierro), lista para los tamales y otras comidas; también el comedor, confeccionado con cañas bambú y otros implementos.

Los hombres vestían con cuchillo a la cintura, un hermoso pañuelo de lindas “chinillas”, cubriendo su cuello. Sombrero de “pitilla”, para salir a las fiestas, el “fieltro”, en las cabezas de gentes con más dinero y el conocido sombrero de “lona”, para las duras faenas en el campo, camisa manga larga, en manta y chinillas, lo que antes llamaban “cotín”, pantalón mezclilla o “army”.

Las mujeres, jamás con pantalón, enagua bien larga. Para asistir al templo, las más jóvenes usaban “chalinas”; las de más edad, siempre con toallas de crespón, color negro, bordadas en las orillas, tapando su cabeza, hombros, hasta cobijar sus brazos.

De varias comunidades pequeñas, las gentes se alistaban para visitar al Negrito, viajaron a pie, a caballo, en carreta, larga travesía, por caminos difíciles, con la sana intención de disfrutar las perseguidas fiestas y la presencia de su santito negro, para dedicarle una “velita” o comprar las cintas bendecidas a cinco céntimos. El camino para llegar no significaba un obstáculo, lo importante era estar presentes en las procesiones, apreciar al Cristo en andas, con la presencia de muchos fieles, llenos de fe, sin olvidar los tamalitos con aguadulce y otras comidas, en manos de excelentes cocineras.

Fue el punto de atracción por varias razones. El templo y el Barrio La Agonía ubicados casi en el corazón de la ciudad, un pueblo tranquilo y sano como todos en esa época y tener el privilegio de poseer el Santo Negro.

Hermoso es destacar la participación del pueblo campesino, el pueblo pudiente o de más dinero y los de menos recursos económicos, pero todos con el mismo fin, el de ayudar al templo, sin importar su posición económica, coincidiendo en sus creencias católicas, muy incrustadas en la mente, alma y corazón.

Por ser netamente campesinos, aportaban gran parte de sus cosechas obtenidas de la bendita tierra: maíz en tuza, verduras, flores de itabo, leña, dulce de caña de azúcar, madera en tucas, frutas, plantas ornamentales y medicinales, animales domésticos, granos, transportados en fuertes carretas, tiradas por bueyes conducidas por sus boyeros, desde Carrizal, El Llano, El Brasil, Sabanilla, San Antonio de Belén, San Pedro, San Isidro, Santa Bárbara de Heredia y de otros puntos.

En los alrededores del templo, los boyeros con sus carretas cargadas con leña esperaban el momento para entregarlas a las autoridades religiosas.

Ya con los artículos contabilizados, se procedía al famoso momento del “remate” a la mercadería obsequiada para convertirla en dinero, elemento útil al mantenimiento y nueva construcción del templo.
“Una carretada de leña” tenía generalmente un costo de siete colones, hace un montón de décadas”, detalla un vecino. Conocía estos precios y movimientos económicos porque, junto a don Juan Muñoz Parreaguirre, conocido en el barrio con el mote de “Juan Burro”, eran los encargados oficiales de los remates.

El Padre Carlos Cavero fue el “alma” en apoyo a estas tradiciones, junto a valerosos compañeros españoles como el Hermano Jorge Gil, dieron ejemplo de trabajo y honradez por su templo y comunidad. Con este claro ejemplo y el apoyo incondicional del pueblo costarricense, el Santo Cristo Negro no podía quejarse por nada. ¡Así era la gente de antes!
¿Quién no disfrutó de estos turnos o fiestas tan de pueblo? ¿Quién no se acercó, tocó y llevó en su corazón a nuestro Santo Cristo Negro? Todo avanza rápidamente y avanza paralelo el olvido a miles de cosas hermosas y sanas; van cayendo, desapareciendo, ya casi todo ha muerto. Lamentablemente, muchas situaciones nefastas van surgiendo, naciendo también en forma acelerada, se levantan con mucho vigor. Hoy, damos espacio a infinidad de situaciones que vienen a destruir mucho del ayer, del ayer más sano, seguro y limpio.

periódico La Prensa Libre 3 febrero 2009.

07/02/2009 GMT 1

Más que un político liberal

marfuerte @ 01:34

Historia

Avanzado Ricardo Jiménez fue un actor decisivo en la ampliación de la democracia costarricense
Iván Molina Jiménez | ivan.molina@ucr.ac.cr
Hace 150 años, el 6 de febrero de 1859, nació en Cartago una de las figuras más influyentes en la política costarricense de finales del siglo XIX y primera mitad del XX: Ricardo Jiménez Oreamuno. Hijo del dos veces presidente Jesús Jiménez Zamora, Ricardo Jiménez tuvo una prolongada carrera institucional: fue electo diputado en cuatro ocasiones, ocupó la Presidencia de la República en tres períodos (1910-1914, 1924-1928 y 1932-1936) y, además, fue presidente del Congreso y de la Corte Suprema de Justicia.

Aunque usualmente se lo recuerda como un político liberal, Jiménez presenta la particularidad de haber sido el estadista, en la Costa Rica anterior a 1950, que más se preocupó por reformar la legislación electoral.

Secreto y directo. En 1913, por iniciativa de Jiménez, el Congreso conoció una propuesta para establecer el voto directo y secreto.

Los diputados aprobaron la primera modificación, con lo que desapareció el sistema de dos vueltas que existía desde 1847, según el cual los ciudadanos escogían electores de segundo grado y estos últimos al presidente, los diputados y munícipes.

En contraste, los legisladores rechazaron el voto secreto. Los diputados que respaldaban tal medida afirmaban que era la única forma de proteger a los votantes populares de la presión de sus patronos y de las autoridades. Los adversarios de tal cambio insistieron en que el sufragio secreto era innecesario en un país donde cada cual conocía las preferencias políticas de su vecino; además, plantearon que votar en secreto era una práctica poco viril y potencialmente inmoral.

No obstante, el principal motivo por el cual el voto secreto fue rechazado obedeció a que habría incrementado, aún más, los márgenes de incertidumbre para los comicios presidenciales de 1913, en los cuales se pondría en vigencia el voto directo. Para los partidos, esta última modificación ya suponía un riesgo considerable, y no deseaban aumentarlo más de la cuenta.

Entre 1925 y 1927, Jiménez impulsó dos nuevas reformas electorales, cuya prolongada discusión –según lo declaró el periódico La Tribuna – tuvo “medio locos a los diputados”. Aunque esas reformas introdujeron y consolidaron el voto secreto, Jiménez fracasó en el intento por dotar a cada ciudadano de una identificación personal con fotografía (esencial para combatir más eficazmente el fraude), dada la oposición de los legisladores.

Frente a la excusa de que se requeriría mucho tiempo para fotografiarlos, el Presidente contestó que el asunto se reducía a tomar una fotografía de los ciudadanos: “No se trata de hacer retratos al óleo para adornar las galerías del Museo de Louvre o del Prado”.

Ante la justificación de que elaborar identificaciones resultaría muy costoso para el fisco, Jiménez respondió que el costo total ascendería apenas a 23.190 colones.

No obstante, sus esfuerzos fueron en vano. De esta forma, a diferencia de otros políticos y partidos, interesados en reformar la legislación electoral a su favor, Jiménez impulsó cambios en las leyes que reforzaron la posición del electorado frente a autoridades y partidos, con lo que contribuyó decisivamente a la democratización de la política.

Apoyo reformista. Igualmente, debe resaltarse que, aunque no fue un reformista social, Jiménez respaldó sistemáticamente a políticos y partidos identificados con esa corriente. Así, en 1914, apoyó el ascenso al poder de Alfredo González Flores, cuya administración impulsó importantes reformas que facilitaron el crédito para los pequeños y medianos productores e introdujo la tributación directa.

En 1924, Jiménez se alió con el Partido Reformista de Jorge Volio, acuerdo que se materializó en una importante legislación social, como la ley de accidentes laborales. A partir de 1931, Jiménez fue el único expresidente que respaldó la legalidad del Partido Comunista de Costa Rica (PCCR) y su derecho a participar en los comicios de la época. De hecho, durante su tercera administración, Jiménez se convirtió en el principal defensor de los éxitos logrados en las urnas por el PCCR. El papel desempeñado por Jiménez durante la crisis económica de 1930 fue bien sintetizado por el diplomático estadounidense Leo R. Sack en un informe de agosto de 1934:

“En gran medida, las numerosas leyes de emergencia y otras que se han aprobado durante los pasados tres años, han sido el resultado de la acción y la iniciativa del Congreso. Don Ricardo ha decepcionado a muchos de sus partidarios por su fracaso en participar más en la elaboración de un programa de leyes económico-sociales diseñado para corregir y aminorar las tensiones e injusticias que se han desarrollado bajo el impacto de las condiciones creadas por la Depresión. Aunque no ha conducido el curso de los eventos, él sí ha apoyado, sin embargo, la decisión del Congreso a este respecto casi continuamente, y ha sancionado muchas leyes desagradables para los intereses financieros”.

Ponderado. Sin duda alguna, fue decisivo para Costa Rica que Jiménez fuese el presidente cuando estalló, en agosto de 1934, la huelga bananera que paralizó las actividades de la United Fruit Company (uno de los eventos de su tipo más importantes en la historia de América Latina).

Jiménez desoyó a quienes lo urgían a sofocar la huelga a sangre y fuego, y más bien procuró enfrentar el conflicto mediante la negociación.

En Centroamérica, los comunistas habían sido reprimidos brutalmente por dictaduras como la de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador y la de Jorge Ubico en Guatemala; pero, en un momento crítico, la actitud de Jiménez durante esa huelga volvió a diferenciar la experiencia costarricense de la de sus vecinos del istmo.

Tras el ascenso de Calderón Guardia a la presidencia en 1940, Jiménez destacó como crítico del nuevo gobierno e, incluso, se opuso a las garantías sociales. Tal actitud se modificó después de que el Congreso lo declarase benemérito de la patria el 4 de julio de 1942.

Por entonces, la política costarricense experimentaba los efectos del conflicto que, desde inicios de 1941, enfrentaba a los partidarios de León Cortés con los calderonistas (estos últimos, aliados con los comunistas).

En un país cuya política se polarizaba cada vez más, Jiménez no consiguió permanecer al margen. En vísperas de las polémicas elecciones presidenciales de febrero de 1944, ofreció declaraciones anticortesistas.

Su identificación con el régimen de Calderón Guardia se manifestó de nuevo unas semanas después, cuando afirmó que había sido legítima la victoria de Teodoro Picado (candidato de calderonistas y comunistas). Jiménez contradijo así lo expuesto por Cortés, para quien tales comicios habían sido fraudulentos.

Así, al final de su vida, el último de los políticos liberales formado en el siglo XIX, terminó identificado con un gobierno de católicos sociales y comunistas, que impulsaba una de las más importantes reformas institucionales llevadas a cabo en un país latinoamericano en el período anterior a 1950.

Si bien a Ricardo Jiménez, como a todo político, se le pueden señalar numerosas inconsecuencias entre su discurso y su práctica, su respaldo a la democratización de las leyes electorales y su apoyo a los grupos identificados con la reforma social permanecen como dos de sus mayores contribuciones a la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX.

EL AUTOR ES HISTORIADOR Y MIEMBRO DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR. ESTE ARTÍCULO SINTETIZA ASPECTOS DE SU LIBRO ‘RICARDO JIMÉNEZ’ (EUNED, 2009).

Suplemento Áncora. periódico La Nación 6 febrero 2009.

06/02/2009 GMT 1

Un ciprés al atardecer

marfuerte @ 01:46

Personaje
Maestro, siempre Un discípulo y amigo recuerda a Isaac Felipe Azofeifa, cuyo centenario será el 11 de abril
Carlos Francisco Monge | cfmonge@hotmail.com
Charlas en la terraza. Fueron las palabras de un canto liceísta las que me dieron el nombre del poeta, su autor. Aquellos versos hablaban de unir las manos como unir las voces; así aprendimos de la propia juventud una lección de vida. Su nombre, extenso y cacofónico, no parecía el de un poeta: Isaac Felipe Azofeifa. ¿Por qué no firmaba como Eugenio Doncel, Juan de la Encina o Salvador Prados? Preguntas inútiles; durante un lustro, todas las mañanas se entonó aquel himno en la plaza central del Liceo y se vivieron los mejores días de la adolescencia.

Sus nombres o apariencias no hablan con certeza de los poetas. Azofeifa era un hombre pulcro, profesoral. Correcto y sobrio en público, cortés y de buen talante en el trato privado. De sus gafas de astigmático partía una mirada exploradora, atenta a las circunstancias y discreta observadora del alma de su interlocutor. En las pocas ocasiones en que el joven visitante llegó a su pequeña oficina, situada en la terraza de la Facultad, halló a un hombre ante su máquina de escribir, rodeado de libros y de un hervidero de ideas, buscando la palabra precisa para sus gacetillas y, más secretamente, para sus poemas.

La impresión inicial era la de estar ante un profesor de letras, buen conocedor de temas, de autores y de períodos; pero impresión nada más, porque con él se podía charlar sobre cualquier asunto: la última manifestación estudiantil, las novedades literarias, los exabruptos de algún dirigente de la derecha criolla o la imposible melancolía de los cipreses al atardecer. Solo mucho después iba apareciendo su verdadero personaje, el poeta. Con cierto agrado primero y con más entusiasmo después, evocaba a otros escritores, sus amistades, sus viajes. Era habitual que tocara los deberes del poeta; el principal: solo escribir cuando fuese necesario.

Al hablar de su poesía, era contenido y lo hacía racionando los datos; casi como un informe de labores. Si comentaba el significado de sus libros, no le faltaba decisión, pero conocía muy bien la diferencia entre la seguridad y la arrogancia. Como hijos de su imaginación y de su trabajo, a cada uno le guardaba una especie de afecto intelectual, persuadido tal vez de que cumple un deber, no siempre un deseo, quien de veras escribe. Sí, en alguna ocasión extrajo de la biblioteca uno de los suyos; lo acarició, lo abrió en cualquier página y durante unos segundos leyó, con una leve sonrisa: “Es el libro que más quiero”, le admitió al visitante. Los otros eran poemas civiles, de la patria y su historia, de las estaciones; éstos eran poemas de amor, escritos con la mano aún cálida por las caricias y los resplandores de la pasión.

Poemas deambulatorios. Los años, los libros y las columnas periodísticas fueron sumándose a la existencia del poeta, que llegó a convertirse para muchos en una suerte de patriarca generacional. Tal vez ya por sus años, no era de tertulias bohemias, aunque de buena gana aceptaba charlar durante sus descansos, con amigos y colegas, en la cafetería cercana, más de lo humano que de lo divino. De sus mejores lecciones –de escritor, que no de pedagogo– fue su insistencia en leer de todo, con avidez o sin ella: de Hesíodo a Neruda, del Arcipreste de Hita a Valle-Inclán, de Walt Whitman al Eclesiastés. Si bien atento y generoso con las novedades del momento, sabía desconfiar de las modas y de los últimos éxitos editoriales. Sin embargo, los encuentros aquellos se fueron espaciando cada vez más. El joven visitante se dedicó a lo suyo, a ganarse el jornal también en las aulas, a pergeñar poemas y a sus deberes civiles. El poeta mayor reafirmó su voz audaz e independiente. Para escándalo de muchos, se distanció del partido político que había ayudado a fundar treinta años antes; formó otros grupos, charló, conferenció y siguió escribiendo.

Durante varios años me pregunté por qué no había incluido varios poemas suyos –publicados en revistas– en sus libros. Nunca fue claro en sus respuestas; quizá el esmero, quizá la unidad, quizá la pertinencia; no se sabrá. Llegó el día en que le propuse reunir toda su obra poética, incluidos aquellos versos deambulatorios. Una vez más, su mirada adoptó el brillo escrutador, como descifrando, como adivinando intenciones. Entre un tal vez aquí, un veremos allá, varias cartas y llamadas telefónicas a la casa editorial, vimos un día su obra junta, con autopresentación del poeta y un pequeño estudio literario de parte del recopilador, con todo y poemas sueltos. Con cierto disgusto, alguien llegó a decir que era un modo de pensionar al poeta, pero no duró mucho el zipizape y el volumen acabó editándose.

El canto y el café . Los recuerdos del estudiante ahora se mezclan con los primeros fardos del tiempo. Un día ocurrió lo inesperado: Azofeifa había escrito más poemas, en la relativa tranquilidad de la jubilación. Tenía listo un nuevo libro, le sobraban las ofertas editoriales y su prestigio de intelectual octogenario brillaba intacto. Me invitó a su casa y, cuando catábamos los primeros sorbos del café, me pidió que redactase un prólogo a sus poemas, que serían los últimos. Apenas pude controlar el temblor en las manos. Lo escribí con mil dudas y temores; me vi como el pintor novato a quien le han pedido a retocar algún célebre lienzo. Unas semanas después se lo leí y lo aceptó.

No sé si de amistad, de admiración o de respeto, mi relación de treinta años con el poeta Azofeifa fue una verdadera pedagogía. El canto liceísta de la juventud hoy se confunde con los poemas graves de sus años finales.

El visitante ha vuelto a su oficina, silenciosa y vacía; aún puede oír el repiqueteo de la máquina de escribir, la palabra cordial y el consejo de solo hacer poemas cuando no hay más opción.

´Suplemento Áncora. periódico LA Nación 1 febrero 2009.

05/02/2009 GMT 1

Prodigios se han visto

marfuerte @ 02:19

Sergio Ramírez | www.sergioramirez.com@nacion.com

En 1867, ocurrió un milagro en este país de “simplicidad bíblica”…
Escritor

¿Por qué ocurren los milagros? ¿Qué misteriosa mecánica produce los prodigios?Ephraim George Squier, quien llegó a Nicaragua en 1850 como primer embajador de Estados Unidos, cita en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes , el informe que le presentó un amigo anónimo de la ciudad de León sobre el estado de la educación: rara era la población donde hubiera maestros, y en las pocas escuelas que existían se enseñaban nada más los fundamentos de la doctrina cristiana, y a leer y a escribir; los niños repetían a coro la lección que dictaba a grandes voces el profesor, armado de una férula para reprimir a los díscolos.

Los libros de texto obligados eran el silabario Catón , El catecismo del padre Jerónimo Ripalda y El ramillete , que contenía definiciones teológicas, selecciones de encíclicas papales, credos, leyendas fabulosas y oraciones piadosas a la Virgen, a los santos y a los ángeles, textos que, además del sombrío carácter de su contenido, eran “suficientes para amilanar al más avispado muchacho”.

Educación inexistente. En 1867, un año del que hay que tomar nota al hablar de milagros, había menos de cuatro mil alumnos varones de primaria en todo el país, divididos en noventa y dos escuelas, y solo nueve escuelas para niñas, con una matrícula total de quinientas alumnas. El ministro encargado de la instrucción pública, en su informe dirigido al Congreso, confiesa: “Yo diré que el estado actual de la instrucción pública humilla la delicadeza de nuestro patriotismo...”.

En aquellas poblaciones como León y Granada donde existían escuelas superiores, se enseñaba el latín, también bajo el cansino método repetitivo, y se daban otras materias, como la filosofía escolástica. En León sobraban los bachilleres en las familias acaudaladas y el birrete doctoral pasaba en herencia entre ellas. “En Nicaragua, por tanto, con la falta de maestros, métodos, libros, aparatos de laboratorio, y de casi todos los elementos de enseñanza, no existe lo que propiamente pueda llamarse educación”, concluía el ciudadano nicaragüense que ilustraba al diplomático recién arribado, no muchos años antes de que llegara aquel de 1867.

Monotonía. Había, también en el 1867 que decimos, un solo periódico semanal, La Gaceta, que era de carácter oficial, y otro llamado El Porvenir, dirigido por don Enrique Göttel, que no siempre salía a tiempo. En el registro de aduanas de ese 1867 no aparece ninguna importación de papel, o de tinta de imprenta, y más que libros se imprimían volantes y folletos en las únicas tres tipografías del país, una de ellas en León. La importación de libros, españoles y franceses, aparece en esos registros como marginal.

“Uno de los caracteres más especiales de de la existencia en Nicaragua, es la monotonía; las distracciones son muy escasas; no hay ningún “club”, ningún café verdaderamente digno de ese nombre. Los únicos establecimientos que se parezcan algo a ellos son los billares, que sirven a la vez de tertulia y de casa de juegos”, dice Monsieur Pablo Lévy en sus Notas geográficas y económicas sobre laRepública de Nicaragua .

Squier agrega que no hay diversiones permanentes, salvo la gallera, “que abre todos los domingos por la tarde...”. Y, según su relato, el director supremo del estado, don Norberto Ramírez, ante quien presentó cartas credenciales, siendo aún León capital de Nicaragua, asistió una noche con todo su gabinete de gobierno, el general Trinidad Muñoz, jefe del Ejército, en uniforme de gala a su diestra, a la función de estreno de un circo instalado en uno de los baldíos de la calle real, la Compañía Española de Funámbulos, presentes, además, “todos los principales ciudadanos, las bellas y las elegantes de la metrópoli, más unas dos terceras partes del clero…”. Y el mismo Squier se hallaba allí, obligado por el protocolo, como parte del exiguo cuerpo diplomático.

El embajador, curioso, acucioso, y no pocas veces impertinente, encontró también en León a un personaje de nota, el padre Pedro Crispín, el único optómetra de la América Central, dueño de un aparato para cortar y pulir lentes, y de un telescopio de su fabricación, con el que se podían contemplar los anillos de Saturno; pintor, pues en la pared del corredor de los criados había unos frescos de su mano, figuras de animales tomadas del Alfabeto Ilustrado, que comenzando en la A de armadillo , terminaban en la Z de zopilote , todas las ilustraciones de gran tamaño y colores chillones. Además, era matemático, arquitecto, y constructor, que leía a Euclides una vez al año, lo mismo que la Historia Natural de Plinio, y fabricaba cuentas de rosario con huesos de damas difuntas en un torno de pedal; sentía también una invencible atracción por los relojes, de los que tenía incontables en su casa, “cajas sin reloj, relojes sin caja, relojes de toda forma y tamaño que reparaba, cuerdas, pesas pinzas, péndulos, ruedecillas, resortes… componía los relojes de todo el mundo, y aún rogaba a los de pueblos distantes que se los llevaran...”.

País desolado. Poco tiempo después de que Squier iniciara su misión en Nicaragua, que duró apenas dos años, aparecerían los filibusteros de William Walker para apoderarse del país al llamado de uno de los dos bandos en guerra, eternas guerras entre liberales y conservadores, y al fin fueron expulsados en 1857 tras batallas sangrientas, apenas una década antes de aquel milagroso año de 1867.

País de “simplicidad bíblica”, tal como lo describió el mismo Monsieur Lévy, despoblado y desolado, con una economía pastoril que parecía haberse despedido apenas del trueque, y sin una casa de moneda siquiera, ni tampoco un himno nacional que cantar, por lo que en los actos públicos se entonaba La Marsellesa , una patria ganadera oscura en su suerte política, dividida y empobrecida, igual que las otras naciones de Centroamérica que habían decidido correr por separado su propia suerte tras la ruptura de la república federal que siguió a la independencia.

Ocurren los milagros. Porque este fue el país rural, de cuyo vientre pobre y pequeño nació un 18 de enero del año de gracia de 1867 Rubén Darío. Prodigios se han visto.

Masatepe, enero del 2009.
periódico LA Nación 28 enero 2009

30/01/2009 GMT 1

Oscar Aguilar Bulgarelli: “Tinoco luchó al extremo por la soberanía”

marfuerte @ 00:59

Escrito por Vinicio Chacón (vichacon@semanario.ucr.ac.cr)
El historiador publicó libro que replantea el papel de Federico Tinoco en la historia nacional.
La necesidad de revisar el lugar que la historia oficial le otorga al expresidente Federico Tinoco es lo que llevó al historiador Oscar Aguilar Bulgarelli a escribir el libro Federico Tinoco en la Historia, que sin duda promete generar polémica.

Tinoco derrocó mediante golpe de Estado a Alfredo González Flores en 1917 y gobernó hasta 1919; su periodo es recordado como uno de profunda represión, sin embargo Aguilar considera “injusto que toda la maldad de la historia del país recaiga sobre él”.

El replanteamiento de esta figura histórica que propone Aguilar reconoce el hecho de que Tinoco fue “duro” con la oposición, pero también ofreció una “lucha al extremo” por la soberanía nacional.

¿En qué radica la importancia de estudiar el periodo de Tinco en este momento?

Hay una tendencia mundial de revisionismo histórico, en la que muchos conceptos, proceso y verdades históricas son discutidos.

Durante los últimos años se hizo necesaria la revisión del tema de Tinoco, sobre todo desde que don Alberto Cañas, como presidente de la Asamblea Legislativa, tomó la decisión impropia de quitar el retrato de Tinoco del Salón de Expresidentes.

También hay una coincidencia en el hecho de plantear esta revisión en un momento cando también entra en juego el tema de la soberanía nacional, muy importante en la gestión de Tinoco, a quien le pueden poner todos los epítetos negativos que quieran, pero una cosa hizo que justifica que la historia lo reivindique: su lucha extrema por defender la soberanía nacional.

¿Es este libro una apología de Federico Tinoco?
No, es una revisión de un capítulo muy importante de la historia de Costa Rica. La figura de Tinoco fue analizada por la historia de los vencedores y presentada como una dictadura permanente, un gobierno irrespetuoso de las leyes y casi sanguinario.

Tinoco llegó al poder a través de un golpe de Estado, pero luego se convirtió en un presidente constitucional, tras convocar a una Asamblea Constituyente, que fue apoyada por todas las fuerzas políticas sin excepción; además fue una Constituyente de lujo.

Hoy desde el gobierno se habla de una Constituyente. ¿Cómo entonces se puede asumir esa lección de la historia? ¿Podría el oficialismo nombrar a ciudadanos “de lujo” para componerla?
Son dos momentos históricos absolutamente diferentes. En aquel entonces hubo un golpe de Estado y poco después se nombró la constituyente, con amplio apoyo.

Hoy no se ha dado un golpe de estado, aunque tengamos a alguien que quiere jugar de dictador, y hay una Constitución Política que establece cómo convocar una Constituyente. En aquel momento no había constitución, y Tinoco creó un esquema constitucional para volver al estado de derecho.

Tinoco fue gobernante de facto durante tres meses, luego se constitucionaliza. Durante ese periodo ¿qué tan duro fue con la oposición?
Cuando dio el golpe de Estado incluso le ofreció seguridad al propio González Flores, pero él decidió asilarse en la legación estadounidense y luego irse a los Estados Unidos. En los primeros tres meses prácticamente no hubo encarcelamientos, tuvo apoyo general para formar la constituyente, promulgar la nueva constitución y hacer elecciones en las fue el único candidato, pues no había oposición.

Cuando empieza el proceso constitucional surgen instrumentos de una oposición que al final es muy grande. Hay que ver el caso de Rogelio Fernández Güell, fue una de las grandes figuras de la oposición a Tinoco, pero durante los primeros tres meses lo apoyó.

Se conocen muchos testimonios del gobierno de Tinoco, como el que hizo Carlos Luis Fallas de la quema de La Información, o de las personas que fueron encarceladas. ¿Cómo se puede juzgar la proporcionalidad de Tinoco al lidiar con la oposición?
Él fue muy duro, pero no fue el único ni el más duro. El gobierno de Teodoro Picado durante el periodo previo a la Guerra Civil de 1948, fue duro con la oposición, y la Junta de Gobierno que se estableció después también fue dura y en algunos casos cruel.

También Tomás Guardia fue severo, así como Braulio Carrillo, que incluso obligó a trabajar a los presos. Es cierto que Tinoco fue duro, pero me parece injusto que toda la maldad de la historia del país recaiga sobre él.

¿Qué fue lo que inclinó esa balanza de apoyo general inicial, a una oposición amplia al gobierno?
Tinoco heredó una difícil situación económica, no sólo por la I Guerra Mundial que hizo a la economía del país caer como un plomo, sino que entre las medidas que tomó Alfredo González Flores, figuró un impuesto territorial que afectó no sólo a los grandes terratenientes, sino también a los pequeños agricultores que no podían pagarlo.

Así, Tinoco enfrentó problemas de falta de financiamiento, de empleo y de pago de salarios. Ello sirvió para que personas que venían del gobierno de González Flores levantaran cabeza y criticaran el manejo del país.

Esa oposición tuvo dos elementos de ayuda muy importantes para enardecer el ambiente. En primer lugar, la legación estadounidense se convirtió en un centro de agitación nacional. El otro apoyo fue la acción de González Flores en Estados Unidos para evitar el reconocimiento del gobierno, lo cual significó obstrucción a préstamos que solicitó Tinoco para hacer frente a la difícil situación económica.

Todo esto permitió que quienes ya estaban inconformes por la situación, empezaran a crear situaciones de enfrentamiento armado, donde aparecen figuras como Marcelino García Flamenco y los hermanos Volio. Esta oposición armada formó el ejército del Sapoá, desde Nicaragua, y mientras tanto había manifestaciones y oposición radical.

Quien promueve, facilita y paga, contrata mercenarios para esa fuerza, fue el Departamento de Estado de Estados Unidos, a través del gobierno títere que tenía en Nicaragua.

El gobierno de Tinoco tuvo confrontación con Estados Unidos; con fuerzas armadas en la frontera auspiciadas por ese gobierno y con el apoyo de Nicaragua, mientras a lo interno el cónsul de Estados Unidos propició situaciones de violencia en las calles. La principal característica del gobierno de Tinoco es una permanente lucha civil. No he encontrado datos para precisar cuántos fueron los detenidos, es cierto que hubo encarcelamientos, pero también muchos apoyaron al gobierno.

¿A qué se debió ese papel tan beligerante de Estados Unidos en este proceso interno?
Estaba en juego el petróleo. Tinoco firmó un contrato de explotación petrolera en las provincias de Limón y Cartago con una compañía inglesa, pero el presidente estadounidense Woodrow Wilson había determinado que todo el petróleo del Caribe debía ser explotado de manera exclusiva por compañías de su país.

Tan fundamental fue el tema del petróleo, que cuando Tinoco vio la inminencia de una intervención armada y decidió renunciar, los Estados Unidos también se negaron a reconocer a su designado a la presidencia, Juan Bautista Quirós. A quien llegaron a reconocer, varios años después, fue a Julio Acosta, luego de que anuló el contrato petrolero con la empresa inglesa.

¿Cuáles son las lecciones que debemos aprender de dicho periodo histórico?
La historia no es la gran maestra, la evolución de la sociedad es dinámica y más en nuestro tiempo. Pero debemos estudiar la historia para comprender el ser de la nacionalidad costarricense; estamos ante un proceso brutal de pérdida de la identidad precisamente porque cada vez somos más ignorantes de nuestra historia.

Lo más relevante de ese periodo es que la soberanía nacional no debe venderse nunca, a costa de lo que sea, y que no se le debe temer a la gran potencia, como no la temió Federico Tinoco, se enfrentó a Woodrow Wilson quien humilló a Costa Rica.

La principal lección, si se quiere llamar así, es que la soberanía nacional se debe defender siempre. Tinoco cometió errores, pero que me enseñen cuál presidente no los cometió.

Es irónico que Tinoco entró en confrontación con Estados Unidos por un contrato para extraer un petróleo que nunca se llegó a explotar. ¿Ese contrato fue un acto de oposición a la doctrina del Destino Manifiesto?
Por supuesto y de manera absolutamente consciente, lo cual se demuestra en escritos que dejó, como su correspondencia.

Desde aquél momento el tema del petróleo ha sido constante en Costa Rica, como también lo ha sido el poder de las grandes corporaciones en busca de doblegar al país. Siempre hemos sido apetecidos para ser comprados y siempre ha aparecido gente para impedirlo, hasta que llegó el TLC y lograron buena parte de ese objetivo.

Habla de que estamos ante un proceso de pérdida de la identidad. Como historiador, ¿quiénes considera son los gestores de ese proceso?
Se trata de un fenómeno mundial, en todas partes se evidenció de que la globalización estaba llevando hacia la uniformidad del pensamiento único. Todo surge a partir del momento en que el poder mundial no es un poder de países, sino de corporaciones. A éstas no les interesa que usted se sienta costarricense, el otro panameño y aquel alemán; lo que le interesa es que todo el mundo sienta la necesidad de tomar Coca-Cola.

Semanario Universidad 21 enero 2009.

Equivocaciones sobre Calufa

marfuerte @ 00:51

Iván Molina

Para que Fallas ocupara el lugar que tiene en la cultura costarricense fue necesario luchar
Historiador

El Partido Comunista de Costa Rica (PCCR), fundado en 1931, fue mucho más que una organización política. Gracias a su carácter permanente, a su dimensión sindical, a sus diversas actividades y a sus publicaciones (en particular, el semanario Trabajo ), logró una inserción estratégica en la sociedad y en la esfera pública de esa época. De esta forma, dicho partido se convirtió en el eje de una nueva cultura: la cultura comunista.

Comunismo y arte. Si bien esa cultura tenía por base la experiencia histórica costarricense y, en particular, las políticas sociales y los procesos de democratización impulsados por los liberales desde finales del siglo XIX, también se caracterizaba por especificidades importantes. Una de ellas consistía en promover la organización sistemática de obreros, campesinos y otros trabajadores, de manera que pudieran convertirse en activos agentes en la mejora de sus condiciones laborales y de vida. Este proyecto político fue acompañado, a su vez, por una promoción sistemática de aquellas expresiones literarias y artísticas que mostraban la explotación y la lucha de los sectores populares.

En la década de 1930, el proyecto comunista y la cultura que le era inherente fueron combatidos tenazmente por diversos sectores empresariales, agrupaciones políticas y la Iglesia Católica. De hecho, a lo largo de todo ese decenio se mantuvo la presión para ilegalizar al partido y reprimir, por distintos medios, a sus militantes y dirigentes. Dice mucho de los fundamentos democráticos de la Costa Rica de entonces que esa ilegalización no prosperara.

Fue en este contexto que el PCCR emprendió la tarea de promover y legitimar a sus intelectuales y las obras artísticas y literarias que ellos producían. Tal fue el caso de Carlos Luis Fallas, un obrero que se intelectualizó con base en su experiencia comunista.

Contrasentidos. Don Gerardo Trejos, en el comentario que hace (Foro, 20/01/09) del artículo que publiqué en Áncora (18/01/09), se equivoca en varios sentidos. Primero, en vez de descalificar a Fallas, ese artículo muestra los prejuicios contra los que Fallas y su literatura tuvieron que abrirse paso en la década de 1940.

Segundo, la decepción de los comunistas por la descalificación de que fueron objeto Mamita Yunai y Gentes y gentecillas por los jurados de los concursos respectivos a que esas obras fueron presentadas, no se basa en citas de diplomáticos estadounidenses, sino en testimonios de los propios comunistas.

Tercero, las referencias aducidas por don Gerardo para demostrar que la literatura de Fallas fue valorada fuera del círculo comunista, parecen proceder de fuentes de la década de 1950, no del decenio de 1940. Esta diferencia es fundamental, dado que la publicación de las dos primeras novelas de Fallas tuvo por marco una creciente polarización de la política costarricense que culminó en la guerra civil de 1948. Fallas, como es sabido, no permaneció al margen de esos procesos.

Para que Fallas ocupara el lugar que tiene en la actual cultura costarricense fue necesario luchar. Esa lucha fue necesaria no en razón de la calidad literaria de sus obras (en mi opinión, extraordinaria y, hasta ahora, muy por encima de toda la literatura que se ha producido en el país), sino por una dimensión de Fallas que don Gerardo, curiosamente, no menciona.

Persecuciones. Fallas no solo escribía literatura socialmente comprometida, sino que quería, ante todo, cambiar el mundo, y a eso dedicó la mayor parte de su vida. Muchos le cobraron eso persiguiéndolo, encarcelándolo, desterrándolo o menospreciando su obra literaria.

En 1934, un diplomático estadounidense equiparó a Fallas con un guerrillero dispuesto a aterrorizar a las gentes; en 1969, un empresario alajuelense decía de Fallas que “no era más que un borracho que escribió unas cuantas novelas cochinas”.

Proponer que a Fallas se le levante un panteón de lujo es no conocerlo. Calufa , como Marcos Ramírez , siempre fue y será una amenaza para el orden existente, y eso no hay que olvidarlo.
periódico La Nación 22 enero 2009.

28/01/2009 GMT 1

La Costa Rica que veo

marfuerte @ 01:39

•Ricardo Jiménez comienza a gobernar

Alberto Cañas
Le tocó a don Cleto en su primer gobierno, del que hablé en mi columna anterior, concluir el ferrocarril al Pacífico, aunque cuando entregó el poder faltaban aún unos días para la terminación final y le tocó a su sucesor, Ricardo Jiménez, correr el primer tren hasta Puntarenas. Pero el gobierno de este cartaginés ilustre se inició el 8 de mayo de 1910 en medio de una gran tragedia que hoy no podemos menos que recordar: cuatro días antes, un terremoto había destruido la ciudad de Cartago; 99 años después hemos sufrido otro, de parecida fuerza.

La primera administración de don Ricardo Jiménez parece haber sido testigo de curiosas transformaciones socio-políticas que este inteligentísimo gobernante evidentemente captó, y fueron como un punto de partida para las transformaciones y reformas democráticas que fue haciendo a lo largo de su larga vida política.

Lo que los escritores un poco bucólicos del 900, Magón y Aquileo J. Echeverría principalmente, presentaron como una arcadia y Magón contempló luego retrospectivamente como una edad de oro, no resistió el advenimiento del Siglo XX. Crisis económicas y oscilaciones del precio internacional del café, todavía hoy no muy bien estudiadas, venían provocando una concentración de la propiedad de la tierra en los valles centrales, y la desaparición de una gran cantidad de pequeños cafetaleros (ciertamente mayor que la que se produjo entre 1860 y 1870 que llevó a la apertura de nuevas zonas: el norte de Alajuela y lo que llamamos hoy Los Santos). Así nació un hasta entonces inédito proletariado urbano para el cual no estaba preparada la ortodoxia liberal en el poder, que aspiraba a gobernar una sociedad exactamente igual a la que dejó Guardia.

Así nacieron en el sector intelectual las primeras preocupaciones anti-liberales (anarquismo, socialismo), suscitadas en buena parte por inmigrantes catalanes con cultura política, y protagonizadas por hombres de pensamiento tan valiosos como Joaquín García Monge, José María (Billo) Zeledón y el joven Omar Dengo, que crearon temor en los círculos oligárquicos cada día más seudo-aristocratizantes y endogámicos. Estas preocupaciones de orden intelectual llevaron a los primeros intentos de organizar sindicalmente a los trabajadores, a las primeras celebraciones del 1 de mayo como Día del Trabajo, y desembocaron en 1923 en la fundación por Jorge Volio del Partido Reformista, pero no debemos adelantar sucesos.

El hecho es que la candidatura de Ricardo Jiménez se plantó dentro del llamado Partido Republicano, fundado por Máximo Fernández, a quien los oligarcas tenían como un demagogo peligroso, y que lo puso al servicio de la candidatura de don Ricardo, el más radical y menos oligarquista de los liberales del Olimpo, proclamada en la primera convención política que vio este país, celebrada en el Teatro Variedades. Dentro del liberalismo predominante, don Cleto y don Ricardo, a quienes existe una tendencia a identificar como un solo cuerpo político, pensaban de manera diferente en muchas cosas, y nunca hicieron política juntos. Los oligarcas preferían a don Cleto.

Quienes han pretendido que Minor Keith y su United Fruit dominaban a Costa Rica han pasado por alto que la candidatura de don Ricardo Jiménez en 1909 surgió de su oposición cerrada a los primeros “contratos bananeros”, que don Cleto sometió al Congreso, que fue oposición al gobierno de su amigo. Y que llegado al poder don Ricardo, no fue su gobierno de 1910 (como no lo fueron los de 1924 y 1932) amigo de la compañía bananera.

A lo largo de sus tres gobiernos, don Ricardo se preocupó de democratizar la política, y en el de 1910 logró cambiar el sistema electoral, introduciendo el voto directo y la eliminación de los “electores” que escogían el presidente (como sucede todavía en los Estados Unidos). Él fue el último presidente producto de una elección de segundo grado. Procede adelantar desde ahora, que en su gobierno de 1924 instauró el voto secreto y en el de 1932 la regla de que basta el 40 % de los votos para ser elegido, regla que a partir de 1958, cuando se aplicó por primera vez, ha dado paz los resultados de nuestras elecciones.
Suplemento Página Abierta. Diario Extra 20 enero 2009.

24/11/2008 GMT 1

BENEMERITAZGO PARA DON LUIS DEMETRIO TINOCO

marfuerte @ 23:34

Luis Alberto Monge*
En la Biblioteca Luis Demetrio Tinoco de la Universidad de Costa Rica, se develó un busto a uno de los intelectuales más destacados de la Costa Rica del Siglo XX: don Luis Demetrio Tinoco. Este acontecimiento trajo de nuevo a mi mente la idea de que este ilustre compatriota merecía con toda justicia el Benemeritazgo que la Patria otorga a quienes en un momento de la historia han dado un aporte significativo al desarrollo de las instituciones y la cultura nacional.

A don Luis Demetrio Tinoco le correspondió como Secretario de Educación en el gobierno del Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, constituirse en factor determinante de la creación de la Universidad de Costa Rica. Después como Rector de esa magna institución universitaria, impulsó el proceso de sentar las bases de su desarrollo, incluyendo como principal garantía el principio de autonomía universitaria. Así ha crecido y se ha expandido la Universidad de Costa Rica, no solo en el Campus que lleva justamente el nombre de otro gran costarricense, que aparte de tener todas las credenciales académicas, tenía también las de estadista: Rodrigo Facio. Fue en su paso por la Rectoría que la institución logró excelsas proyecciones. En todo el territorio, la Universidad de Costa Rica ha dejado su impronta en el desarrollo nacional, donde continúa ejerciendo la misión pionera y un gran liderazgo en el campo técnico, científico, cultural y, como fue plasmado por todos sus rectores, cumpliendo su deber de ser conciencia crítica de la sociedad, alertando y defendiendo la soberanía y el patrimonio nacional.

El país alcanzó un desarrollo espectacular de la educación superior, pública y privada, lo cual es, sin duda, una de las condiciones que nos permitirán aumentar nuestras posibilidades de competir, en un mundo donde la exigencia de investigación, creatividad, inteligencia y excelencia son absolutamente imperativas. Pero hay que imaginarse lo que implicaba crear la Universidad de Costa Rica en aquellos días de 1940, en la pobreza que existía y donde la clase media era apenas incipiente, muy débil económicamente. Al abrir sus puertas, la Universidad de Costa Rica creó un nuevo mundo de oportunidades para que esa juventud estudiosa, formada en una secundaria donde abundaban brillantes maestros, pudieran coronar sus estudios profesionales. Ya la educación superior no sería sólo un privilegio de los hijos de las clases más ricas que podían enviar a sus hijos a las universidades europeas o norteamericanas o de países latinoamericanos más avanzados en ese campo.

Esta es una de las obras cimeras de esa extraordinaria década de 1940, en la cual se terminaron de configurar las raíces del ser costarricense. Ciertamente la historia es siempre un proceso acumulativo, en donde los hechos anteriores y los precedentes no pueden excluirse de sus resultados actuales. Sin embargo, es evidente que no ha habido un tiempo en nuestra historia donde con mayor profundidad se haya labrado ese carácter, del cual su antecedente más preclaro quizás fueron las grandes reformas educativas de don Jesús Jiménez y de don mauro Fernández, cuando se da la gratuidad. En esa década convergen la más grande reforma social, la guerra civil y la fundación de la Segunda República con la gran transformación que nos llevó a un nuevo Estado Social de Derecho. La creación de la Universidad de Costa Rica fue uno de esos primeros pasos de todo un proceso único que, al final, acrisoló nuestra propia nacionalidad y nos dio largas décadas de paz social, desarrollo nacional y grandes realizaciones, a pesar de que prevalezcan muchos problemas y en los últimos tiempos voluminosos sectores populares se quejan de los rumbos que ha tomado el país.

Veamos, si no, el espíritu con que fue creada la Universidad, en las palabras mismas de don Luis Demetrio Tinoco: “La universidad que hemos concebido, además de sus tareas tradicionales de formar profesionales en las múltiples ramas del saber humano, de preservar y transmitir el acervo cultural que recibimos de nuestros antecesores y debemos entregar a nuestros sucesores, de despertar, estimular y dirigir el afán investigador que conduce a las sociedades humanas a conocer nuevas experiencias y mejores formas de vida, debe considerar como misión fundamental la exaltación de los derechos del hombre a vivir dignamente, a luchar en libertad por su felicidad y prosperidad...” (Se reproducen palabras de don Luis Demetrio Tinoco consignadas en el Acta de la sesión extraordinaria Nº 5015, Consejo Universitario, Universidad de Costa Rica, 26 de septiembre de 2005). Por eso, otorgarle el benemeritazgo a don Luis Demetrio Tinoco es, a la vez, hacerlo extensivo a la Universidad de Costa Rica que es una obra para siempre.

Estas líneas preparadas para un artículo de prensa, nos obligan a dejar para otra oportunidad, muchos datos enaltecedores en la trayectoria de don Luis Demetrio Tinoco. Solo puedo enumerar unos pocos. Estudios de Derecho Internacional y Economía en las Universidades de Georgetown, Washington DC y de Columbia, New York. Secretario de Estado en la última administración de don Cleto González Víquez. Ministro de la Presidencia en el gobierno de don Mario Echandi. En diferentes fechas Embajador ante la Santa Sede, en Alemania Occidental, en Noruega y Suecia. Integrante de la Delegación a la Conferencia de San Francisco de 1945, que creó la Organización de Naciones Unidas. Embajador Permanente ante la Organización de Estados Americanos, etc. etc. etc.

*Ex presidente de la República
Diario Extra 30 agosto 2008.

20/11/2008 GMT 1

La Costa Rica que veo

marfuerte @ 23:28

•La década de 1840

Alberto Cañas
No es mi propósito hacer un recuento puntual de la historia costarricense, sino señalar, para los lectores de esta columna, los acontecimientos que fueron dándole forma al país que hoy conocemos.

Establecida Costa Rica como Estado soberano por Carrillo, los años siguientes (tras la dictadura de Carrillo, su caída, la invasión de Morazán, su caída y su fusilamiento), comenzó una década de relativa tranquilidad pero de visible progreso. Hay que destacar aquí el primer período de gobierno de José María Alfaro, el primer alajuelense que gobernó nuestro país (lo hizo dos veces: de 1842 a 1844, y de 1846 a 1847, pero es el primer gobierno el que interesa). Agricultor, comerciante, hombre de empresa, nombró como ministro al joven más culto, mejor educado y más sabio que tenía Costa Rica: el doctor José María Castro.

El doctor Castro se las arregló para abrir una universidad en 1843; la llamó “de Santo Tomás”, y todavía no está claro qué se necesitaba para ingresar a ella, dada la escasez de escuelas graduadas y colegios que padecíamos.

Uno de los hechos de más trascendencia durante el gobierno de Alfaro fue la aparición en San José del marino inglés William LeLacheur, que recaló en Caldera para calafatear su barco y buscar carga, pues las pieles que traía del norte para vender en Inglaterra las había perdido durante una tempestad. En San José se ganó la confianza de algunos cafetaleros, que le dieron café (“fiado”, como diríamos en costarriqueñismo), para que intentara venderlo en Londres, confiándose únicamente en la palabra de honor de LeLacheur.

El primer cargamento de café con rumbo a Europa pasó por Chile (Chile nos había comprado café anteriormente), donde LeLacheur logró colocar una partida, y luego, vía Cabo de Hornos, enrumbó a Londres.

Más de un año después, el marino inglés regresó con el sabroso producto de la venta. El mercado de Londres estaba abierto. LeLacheur abrió aquí su casa de exportación (que hasta hace menos de veinte años siguió en manos de sus descendientes con el nombre de Banco Lyon). Costa Rica era ya un país exportador, por primera vez tuvo moneda, y en pocos años los cafetaleros exportadores se habían enriquecido y, financiados por LeLacheur, adquirieron maquinaria en Escocia e instalaron los primeros beneficios.

Aquí conviene subrayar un acto inteligentísimo de José María Alfaro, que lo pinta y define. Nuestro único puerto era Caldera. Había que llevar el café hasta Caldera. Alfaro les dijo a los cafetaleros: “¿Por que no se encargan ustedes de la carretera al Pacífico por el monte del Aguacate, que está en tan mal estado?” Los cafetaleros fundaron una empresa que se llamó “Sociedad Itineraria”, y lo hicieron. Es de presumir que arreglaron otras vías que les interesaban Ya eran ricos y fuertes.

Ya para 1850, tras la proclamación de Costa Rica como República efectuada por el Dr. José María Castro (para entonces gobernante en 1848), el grupo exportador era prácticamente todopoderoso. Cuatro familias: Aguilar, Bonilla, Montealegre y Mora dominaban la economía, y el jefe de una de ellas, Juan Rafael Mora, fue escogido más que elegido Presidente de la República en 1850.
Suplemento Página Abierta. Diario Extra 16 setiembre 2008.

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