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RESONOCO

Categoría: Historia

10/05/2008 GMT 1

1948: participación universitaria

marfuerte @ 01:52

Patricia Fumero Vargas

Los estudiantes del recinto organizaron la 1.ª Semana Universitaria en julio de 1948

Historiadora

Debido al trastorno que provocó la guerra civil en el ámbito universitario, el Consejo Universitario (CU) consideró necesario acordar en mayo de 1948 que aquellos alumnos aplazados en los exámenes verificados durante el conflicto podían repetirlos si así lo deseaban. En relación con la participación de alumnos en el conflicto se sabe que lo hicieron 57 alumnos de Farmacia. La mitad prestó servicios militares o de milicia, y el resto brindó servicios de atención médica con la Cruz Roja.

De la Escuela de Agricultura participaron 150 estudiantes. De las demás facultades de la Universidad de Costa Rica (UCR) no se tienen datos exactos por no disponerse precisamente de las actas en las que se consignara la cantidad de alumnos participantes en el conflicto. El total de matrícula de la UCR en 1948 fue de 1.285 estudiantes, por lo que los 207 alumnos de las facultades de Farmacia y Agricultura representaron el 16,1% de estudiantes matriculados en ese año.

Considerable participación. Según el estudiante Mario Rueda Porras, la cantidad de alumnos universitarios que participaron en la guerra civil fue considerable, al punto que, pese a las disposiciones con respecto a la reposición de exámenes, en la práctica se dieron por ganados los cursos a la mayoría del estudiantado.

Las declaraciones de Rueda Porras son apoyadas por los acuerdos tomados por el CU en enero de 1949, en vista de los efectos del conflicto sobre el curso normal de las actividades académicas.

El CU acordó que “los estudiantes que estuvieron prestando servicios relacionados con la emergencia bélica serán calificados por nota de concepto que será dada en sesión especial de [cada] Facultad. Quienes tengan que presentar exámenes conforme al resultado de esa calificación, tendrán derecho a facilidades especiales para hacerlo posteriormente en la forma que la Facultad determine. [Además] Los estudiantes que estuvieron prestando servicios, como distinción por la gallarda actitud asumida recibirán un pergamino que la Universidad les otorgará en Asamblea Especial.”

El CU también determinó hacer un pergamino de distinción a aquellos profesores universitarios que participaron activamente contra el gobierno durante la confrontación.

La UCR reanudó sus actividades habituales a partir del primer semestre de 1949, no sin antes solicitar apoyo a la Junta Fundadora de la Segunda República para ampliar el presupuesto universitario con el fin de mejorar los ingresos de los profesores y continuar las obras de construcción de la nueva sede ubicada en San Pedro de Montes de Oca. En ese momento la UCR aún tenía su sede en el sitio en que hoy se encuentra la Corte Suprema de Justicia en barrio González Lahmann.

Semana Universitaria. Pese a lo traumático del conflicto bélico, el triunfo del Ejército de Liberación Nacional devino en ciertos beneficios para la UCR. Uno de ellos fue el apoyo económico a la construcción de las instalaciones de la UCR, lo cual supuso la posibilidad de ampliar la matrícula. Otro, se materializó en el fortalecimiento del fondo de bibliotecas a partir de aquellas bibliotecas confiscadas en ese período, como fueron las de Rafael Ángel Calderón Guardia y la de Teodoro Picado. Además, Manuel de la Cruz González vendió a la universidad su biblioteca privada debido que tuvo que exiliarse por la persecución política de que fue víctima junto con otros docentes y estudiantes.

La matrícula para los cursos de verano de julio de 1948 en la Universidad de Costa Rica (UCR) se vio drásticamente reducida como consecuencia del enfrentamiento y los problemas políticos en Costa Rica durante la Guerra Civil de 1948. Incluso, con el objetivo de aliviar las tensiones que se produjeron durante el conflicto militar, los estudiantes del recinto organizaron la primera Semana Universitaria en julio de 1948. Al respecto, el entonces representante estudiantil de Ingeniería, Walter Sagot, cuenta que esta semana universitaria se organizó “…para borrar, la angustia y los odios y toda esa cosa… un jolgorio interesante, incluso se paró las actividades por tres semanas o cuatro, …en julio de 1948, …fue la primera que hicimos [la semana universitaria], de ahí en adelante siguió la tradición… fue formidable la ayuda [que recibimos]… Para muchos, nosotros habíamos quitado al Gobierno, por eso nos daban dinero para la semana universitaria, un desfile de carrozas extraordinario, lindo… toda la actividad linda, toda la gente trabajando, se quitaron muchos odios…”.

En efecto, la Semana Universitaria se organizó para aliviar las tensiones políticas al interior de la UCR ya que en meses anteriores los conflictos internos habían crecido hasta obligar a renunciar a profesores y sancionar alumnos como consecuencia de la Guerra Civil de 1948.

En total, producto del conflicto armado, la Universidad estuvo paralizada de toda actividad por tres meses. Sin embargo, pese al esfuerzo universitario, las consecuencias de la Guerra Civil se sintieron por décadas.
periódico La NAción 21 abril 2008.

08/05/2008 GMT 1

Preludios de miedo y violencia

marfuerte @ 01:23

Historia

Antes de 1948 Profascistas y antifascistas revelaron tendencias autoritarias HistoriaPreludios de miedo y violencia

Dennis Arias Mora | dennarm@yahoo.de
El gobierno nazi comenzó en enero de 1933; no había pasado un año, y ya en Costa Rica se conocía su rumbo antidemocrático. Eran constantes las noticias sobre sus tendencias militaristas y expansionistas, y sobre persecuciones contra judíos, socialistas y comunistas. A la vez, se sabía cómo se idolatraba al Führer al frente de la “nueva Alemania”.

Pese a esas alarmas, la Alemania nazi despertó el interés y la simpatía de no pocas personas corrientes y de algunos grupos de políticos.

Desde el siglo XIX, la comunidad alemana en el país gozaba de prestigio debido a sus éxitos económicos, sociales y políticos. En la prensa, durante la era nazi (1933-1945), esa “colonia” despertaba elogios de políticos como Ricardo Jiménez y de intelectuales como Roberto Brenes Mesén y Rafael Obregón Loría.

Tal admiración favoreció el que, en los años 30, los valores atribuidos a la germanidad hicieran ver al nacionalsocialismo y a Adolf Hitler como su derivación natural. La relativa recuperación económica de Alemania bajo su mando, invitaba a fantasear con la virilidad, el vigor racial, la disciplina y la grandeza con que se definía lo alemán.

Mientras tanto, la sección costarricense del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei) se había creado alrededor de 1932 y realizaba actividades públicas en el Club Alemán (Guadalupe, San José) y en otras instituciones germanas, de larga tradición, haciendo creer que el nazismo y los alemanes constituían una sola identidad.

En su mayoría, el partido estaba formado por alemanes veteranos de la Gran Guerra (1914-1918) residentes en el país; llegó a sumar 66 miembros, y era liderado por Herbert Knohr y Karl Bayer. Sus actividades para “nazificar” a la comunidad alemana causaron divisiones en esta. En el Club Alemán (presidido por Knohr) se celebraban los aniversarios del Tercer Reich y el cumpleaños del Führer . En una ocasión, la hija del maestro Luis Dobles Segreda, la niña Margarita, declamó allí su poesía Adolfo Hitler, el libertador de la tierra alemana .

Choques. En ese tiempo, Costa Rica sufría una grave crisis económica y había un descontento general que podía favorecer al Partido Comunista (fundado en 1931) en las elecciones y en las calles.

Así, los comunistas podrían afectar el tradicional apoyo dado a partidos liberales, como el dominante Republicano Nacional (PRN). La crisis económica y el comunismo parecían recrear los escenarios que, como reacción, derivaron en gobiernos nacionalistas autoritarios en Europa y Latinoamérica.

Unos pensaban que el comunismo debía ser destruido porque amenazaba la democracia, la propiedad y la familia; para otros, ubicados en la izquierda, el anticomunismo (cuyo sesgo nacionalista desembocaba también en el antisemitismo) originaría un gobierno de fuerza, semejante al nazismo.

El ascenso de Hitler alimentó el debate y el vocabulario político costarricenses. Así, en 1936, para los comunistas, la candidatura presidencial del “aspirante a Führer”, León Cortés, conduciría a un gobierno de “mano dura”.

Cortés era un liberal anticomunista, germanófilo por lazos familiares y económicos, y de carácter austero, puritano y autoritario. Él imprimió a su administración (1936-1940) los aspectos más rígidos de su personalidad.

Asimismo, el escenario costarricense se nutrió de la agitación de la política mundial. Pronto surgió una versión propia del antifascismo intelectual.

A las organizaciones y congresos de ese movimiento internacional estaban ligadas reconocidas figuras de nuestro medio, como el escritor y editor Joaquín García Monge, la escritora y comunista Carmen Lyra, y el socialista y latinoamericanista Vicente Sáenz.

En Costa Rica, el antifascismo estuvo influido por la Guerra Civil Española (1936-1939). Se fortaleció un vanguardismo intelectual que rechazó el “arte por el arte” y que imprimió un fuerte compromiso político a sus labores artísticas y literarias.

Ese movimiento, heterogéneo, defendió a la República Española contra la sublevación militar de Francisco Franco, y protagonizó choques con las autoridades civiles y eclesiásticas. Estas dos, no pocas veces, se mostraron afines al franquismo español y a los totalitarismos alemán e italiano.

Sin embargo, no tuvieron éxito los intentos por traducir el movimiento antifascista en una alianza política semejante al Frente Popular que había triunfado en las elecciones francesas de 1936.

Las protestas acabaron con frecuencia en despidos y procesos judiciales. De aquella época se recogen innumerables textos de izquierda: estos relacionaban las tensiones mundiales con las tendencias autoritarias del gobierno cortesista.

‘Mano de hierro’. Una segunda etapa del antifascismo se configuró al iniciarse la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), con la salida de los cortesistas del partido gobernante (PRN), con el acercamiento oficial al panamericanismo de los Estados Unidos (enemigos de los nazis), y con la alianza del gobierno de Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944) con los comunistas, pacto que impulsó las reformas sociales de inicios de los años 40.

Para entonces, el vanguardismo intelectual mostró los límites de su pasión contestataria. Los comunistas de Costa Rica, por ejemplo, se aliaron con el catolicismo político de los calderonistas y con la Iglesia católica, sus antiguos adversarios.

Tras esta alianza, los comunistas dejaron ver sus fibras también nacionalistas, caudillistas y autoritarias.

De denunciar, en 1936, el riesgo de un gobierno de “mano dura” de Cortés, los comunistas pasaron –con un discurso violento y militarista– a exigir de Calderón Guardia una “mano de hierro” (1942) que se deshiciera de una vez por todas de opositores y alemanes, vistos como una “quinta columna” dispuesta a dar el zarpazo de la expansión nazi en el istmo.

Bajo los estandartes del caudillo nacional (Calderón Guardia) y del continental (Franklin Roosevelt), el antifascismo consolidó el término nazismo como un insulto y una villanía política. La acusación de “quintacolumnismo” pasó a ser una estrategia de descalificación político-electoral con fuertes rasgos chauvinistas.

Una atmósfera de redención y civismo cubrió la transformación real del nazismo, de fantasía a villanía, y del antifascismo, de vanguardia intelectual a movimiento nacionalista.

Todo ello sugiere que la política costarricense se había polarizado tempranamente, y que además contenía elementos de autoritarismo y violencia, prontos a activarse al calor de las luchas y miedos políticos, y en la frialdad de los cálculos electorales.

Eso ocurrió mucho antes de la ebullición de los odios que, a fines de los años 40, desembocaron en una guerra civil.

El autor es profesor de la Escuela de Historia de la UCR y miembro del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la UCR.

Suplemento Áncora. Perioódico La Nación 19 abril 2008.

03/05/2008 GMT 1

Año de revueltas

marfuerte @ 01:57

En 1968 el mundo vivió numerosas marchas y luchas estudiantiles como nunca antes, matizadas por la guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King y la defensa de los derechos civiles de los negros.

Patrick Rahir/AFP
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Era 1968: un viento de revuelta surgido en California barre el planeta y subleva a la juventud que, de Berlí­n a Varsovia y de Parí­s a México, pone en entredicho el orden social de la posguerra.
Los jóvenes creen poder cambiar el mundo y rechazan toda forma de autoridad, opuestos a sus padres, profesores y gobiernos.
En abril de 1968 es asesinado Martin Luther King, defensor de los derechos humanos y lí­der de la comunidad negra en Estados Unidos (EE. UU.). Pero la militancia pací­fica de los afrodescendientes continúa.
Los estudiantes se niegan a ir a la guerra de Vietnam. La revolución sexual se pone en marcha con la pí­ldora anticonceptiva. “Haz el amor y no la guerra”, dicen los hippies.
La protesta impera también en las universidades alemanas y se radicaliza cuando, el 2 de junio de 1967, la policí­a mata a un estudiante durante una manifestación contra el sha de Irán en Berlí­n.
En enero de 1968, el Vietcong lanza la ofensiva de Tet (año lunar vietnamita) contra las fuerzas aliadas lideradas por EE. UU. El Ejército norteamericano la contrarresta, pero la violencia de los combates desacreditan al presidente Lyndon Johnson.
El movimiento contra la guerra se extiende a las universidades europeas y a Japón, donde están basados los bombarderos estadounidenses.
Las manifestaciones se suceden en Parí­s, Berlí­n y Roma. En Londres, el 17 de marzo, los manifestantes se pelean con policí­as a caballo delante de la embajada de EE. UU.
Un intento de asesinato, el 11 de abril, del lí­der estudiante Rudi Dutschke amotina Berlí­n y la revuelta se extiende a ciudades alemanas.
El Barrio Latino de Parí­s vive una insurrección la noche del 10 de mayo y dos dí­as más tarde una huelga general paraliza el paí­s. En la Universidad de la Sorbona florecen eslóganes como la imaginación al poder.
En México, la revuelta estudiantil degenera en matanza el 2 de octubre. El gobierno, que prepara los Juegos Olí­mpicos inaugurados el 12 de ese mes, manda disparar contra los manifestantes en la plaza de Tlatelolco, con un saldo de 200 a 300 muertos.
En el podio de México, dos atletas de EE. UU. negros saludarán puño en alto para reivindicar el poder para los negros, primera manifestación polí­tica en unos Juegos Olí­mpicos.
periódico Vuelta en U. 16 abril 2008.

01/05/2008 GMT 1

Aliados muy inesperados

marfuerte @ 00:12

Años 30 y 40 Diplomáticos de los Estados Unidos simpatizaron con las actitudes de los comunistas ticos

Iván Molina Jiménez | ivanm@cariari.ucr.ac.cr
Ubicados cerca del campus de la Universidad de Maryland, los Archivos II son un moderno complejo de edificios que forman parte de la red de Archivos Nacionales de los Estados Unidos. Después de pasar sus estrictos y sofisticados controles de seguridad, es posible atisbar algunos de sus secretos, como la simpatía que el comunista Manuel Mora despertó entre los diplomáticos norteamericanos antes de la guerra civil de 1948.

Aquellos documentos, antes confidenciales, revelan igualmente las opiniones de los diplomáticos de Estados Unidos, destacados en San José, sobre las medidas dictadas por los gobiernos costarricenses para afrontar la crisis económica de 1930. Revelan también qué pensaban de las reformas sociales del decenio de 1940, y de la alianza de la administración de Calderón Guardia con los comunistas.

Un análisis de los informes que enviaron al Departamento de Estado muestra tres tendencias principales: 1) una actitud muy crítica frente al orden social y político prevaleciente en Costa Rica; 2) una identificación con aquellas políticas públicas que, de acuerdo con esos diplomáticos, eran afines con las impulsadas por el gobierno de F. D. Roosevelt para reducir el desempleo y la pobreza en Estados Unidos; 3) una clara simpatía por los comunistas costarricenses.

‘Abran los ojos’. Tan temprano como en mayo de 1933, Charles Eberhardt, jefe de la legación estadounidense desde 1930, expresaba que una de las razones de la expansión del comunismo en Costa Rica eran “los bajos salarios pagados por los grandes productores de café” (en diciembre de 1932, los comunistas acababan de ganar sus primeros asientos en la municipalidad de San José).

En esta misma línea se expresó el sucesor de Eberhardt, Leo R. Sack (1933-1937), en febrero de 1934, luego de que los comunistas ganaran sus primeras dos diputaciones. Según Sack, su llegada al Congreso podía contribuir a renovar la reaccionaria política costarricense, al obligar a los diputados de otros partidos “a abrir sus ojos a problemas e injusticias que han sido ignorados por décadas”.

Igualmente, en julio de 1934, Sack señaló: “El futuro del comunismo en Costa Rica, en mi opinión, será absolutamente determinado por la propia política del gobierno hacia las reformas sociales y económicas [...]. De hecho, siento que, a menos a que el gobierno encuentre inspiración en las políticas del presidente Roosevelt e intente hacer algo similar por las grandes masas de la población, simplemente estará propiciando el día en el que los pobres se levantarán contra los agiotistas”.

Fiel a lo anterior y a la política de buena vecindad que la administración Roosevelt promovió en sus relaciones con América Latina, Sack rechazó la solicitud del gerente de la United Fruit Company para que el gobierno estadounidense interviniera en la gran huelga bananera de agosto-septiembre de 1934.

Cuando Sack fue sustituido por William H. Hornibrook (1937-1941), los comunistas costarricenses habían abandonado su ultraizquierdismo inicial y enfatizaban una política de defensa de la democracia para enfrentar al fascismo y al nazismo. A tono con este cambio, Hornibrook empezó a “descomunistizarlos”.

En marzo de 1939, Hornibrook señaló que Manuel Mora era “un orador capaz [que] es escuchado con respeto”. Añadió que el Partido Comunista era “principalmente un partido laborista interesado en mejorar la suerte de las clases más bajas”.

‘Liberalismo’. Poco tiempo después, el nuevo jefe de la legación estadounidense, Arthur Bliss Blane (1941-1942), diría de Mora: “Su comportamiento es inatacable. [...] actúa ante todo en defensa de los intereses del hombre común”.

La tendencia descrita cambió brevemente durante la gestión de Robert M. Scotten (1942-1943), fuerte crítico del acercamiento entre el gobierno de Calderón Guardia y el Partido Comunista. Este proceso culminó en septiembre de 1943 con la formación del Bloque de la Victoria, que postuló como aspirante presidencial a Teodoro Picado.

Sin embargo, Fay A Des Portes (1943-1944), sucesor de Scotten, pronto recuperó el enfoque más abierto de sus predecesores. Des Portes (con cuya gestión la legación fue transformada en embajada), indicó en un informe de mayo de 1944:

“Es bastante curioso que haya habido poca discusión seria acerca del programa [de gobierno del Bloque de la Victoria], y la mayoría de las críticas sigue la línea de que ‘el país ha sido entregado a los comunistas’. A la luz de este marco intelectivo por parte de la oposición, es interesante notar que el programa no es decididamente radical ya que está compuesto en su mayor parte por una combinación de liberalismo decimonónico y el tipo de legislación social que caracterizó a la década de 1930 en los Estados Unidos”.

Antes de formar el Bloque de la Victoria, en junio de 1943, los comunistas disolvieron su partido y fundaron uno nuevo, Vanguardia Popular. Hallett C. Johnson (1944-1947), sustituto de Des Portes, procuró determinar cuán comunista era esta nueva organización. Su conclusión fue que, aunque desconocía las conexiones de Vanguardia Popular con la Unión Soviética, creía que no se le podía considerar una organización comunista.

La simpatía de Johnson por ese partido era evidente todavía en mayo de 1946, cuando lo definió como un “partido ex comunista”. Además, enfatizó que, aunque sus vínculos con Moscú eran difíciles de verificar, parecían “algo tenues” y que su programa “podría ser definido en la mayor parte de los países como meramente [...] progresista”.

‘Inobjetable’. Walter J. Donnelly, quien reemplazó a Johnson entre abril y octubre de 1947, procuró distanciarse del gobierno de Picado; no obstante, todavía creía que el comunismo en Costa Rica no era un peligro inminente. Su sucesor, Nathaniel P. Davies (1947-1949), era un individuo cuya carrera diplomática incluía el desempeño de funciones en Pernambuco (Brasil, 1926-1929), Manila (Filipinas, 1946-1947) y Moscú (Unión Soviética, 1947). Se lo tenía por especialista en comunismo.

Según algunos investigadores, Davies era de línea dura, autoritario e impulsivo; pero llama la atención lo que manifestó en un informe del 22 de abril de 1948, en vísperas de que los principales líderes comunistas fueran encarcelados o expulsados tras la terminación del conflicto armado iniciado el 12 de marzo anterior y encabezado por José Figueres. En ese informe, Davies expresó:

“En todas mis muchas conversaciones con Mora, tanto reuniones del comité de conciliación como en privado, me ha impresionado como el ponderado e inteligente líder de un partido dedicado a un progresista e inobjetable programa de legislación social. En sus maniobras políticas en apoyo de este programa, por otro lado, él parece partir de que el fin justifica los medios y usa todas las técnicas bien conocidas del comunismo internacional”.

Con base en la información considerada, resulta evidente, que desde la década de 1930 por lo menos, los diplomáticos de los Estados Unidos se identificaron con la tendencia del sistema político costarricense a dar respuesta a los problemas sociales por medios institucionales.

El hecho de que el Partido Comunista compartiera ese enfoque, facilitó que jefes de legación y embajadores simpatizasen con los esfuerzos socialmente reformistas de dicha organización. De esta manera, la legislación social aprobada en Costa Rica en los decenios de 1930 y 1940, lejos de ser impugnada por los representantes del “imperio”, encontró en ellos algunos de sus más inesperados aliados.

EL AUTOR ES HISTORIADOR E INVESTIGADOR DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR. ESTE ARTÍCULO SINTETIZA ASPECTOS DE SU LIBRO ‘ANTICOMUNISMO
Suplemento Áncora. periódico La Nación 13 abril 2008.

15/04/2008 GMT 1

Un país desgarrado

marfuerte @ 23:58

Secuelas La violencia política y las venganzas siguieron durante varios años después de la guerra de 1948

David Díaz Arias | ddiazari@indiana.edu
El 13 de octubre de 1954, Manuel A. R. asistió a una reunión en la Jefatura Política de Goicoechea. Manuel, de 50 años de edad, trabajaba entonces como agente principal de policía en Ipís de Guadalupe, por lo que su convocatoria a esa sesión le parecería normal; pero no lo era. Apenas tomó asiento, el jefe político lo sometió a una serie de preguntas, formuladas y transcritas en papel como en un juicio.

Así, el jefe político interrogó a Manuel exigiéndole revelar su identidad política. Manuel A. R. respondió: “Soy figuerista y estoy de lleno con el gobierno actual y me siento muy honrado en servirle”; pero su jefe insistió: “¿Es cierto que anteriormente o sea en el régimen de Picado Ud. era de reconocida filiación calderonista?”. Manuel aseguró: “En ese tiempo yo estaba de policía en San José y por lo tanto tuve que ser de ese color pero eso fue hace muchos años”.

En los siguientes días, el jefe político llamó a tres personas para interrogarlas sobre la identidad política de Manuel A. R.; todas confirmaron que él había sido caldero-nista antes de 1948. Entonces, el jefe político envió la información recolectada al Ministro de Gobernación para que resolviera qué hacer con su subalterno. De esa manera, cinco años después de la guerra civil de 1948, un ciudadano común que trabajaba para el gobierno pasó por un “juicio” solamente por ser sospechoso de haber apoyado al calderonismo en el pasado. ¿Por qué?

Memorias. Costa Rica experimentó una tremenda tensión social entre 1940 y 1948. Una alianza entre los gobiernos de Rafael A. Calderón Guardia y Teodoro Picado junto con el Partido Comunista, enfrentó a otro grupo de políticos y jóvenes intelectuales; todo ello dio como resultado una guerra civil.

La gente común participó activamente en ese enfrentamiento, en cada actividad política, desfile, campaña y batalla. La violencia desempeñó un papel fundamental en esos movimientos sociales.

Empero, como ha sostenido el sociólogo Manuel Solís, los crímenes acontecidos en el marco de la violencia política del 48 no tienen un lugar central en la memoria oficial de la guerra.

Esa memoria presenta la violencia solamente como una acción defensiva y nunca mal orientada, de modo que su ejecutor queda libre de cualquier responsabilidad.

No obstante, la violencia fue un componente central y creció como consecuencia de la polarización política, especialmente después de 1944. Una parte de la oposición empleó un lenguaje violento para atacar al gobierno y sus simpatizantes. Este lenguaje violento se convirtió en actos terroristas una vez que el gobierno y sus aliados comenzaron a enfrentar con fuerza (cinchas y garrotazos) a la oposición.

En ese contexto, la gente común insertó sus problemas y desavenencias personales en la lucha política y la usó como una vía para canalizar sus disputas cotidianas.

Desde ese punto de vista, muchos costarricenses utilizaron la guerra civil como un evento legítimo para practicar la “ley” del ojo por ojo y diente por diente.

La guerra no acabó con esa visión; al contrario, el final del conflicto armado propició actos de violencia algunas veces disfrazados de revanchismo político.

Represión. Varios testimonios y memorias de la guerra civil escritos por líderes comunistas-vanguardistas sostienen que ellos dejaron las armas y entregaron San José solamente porque Figueres les prometió respetar las reformas sociales y la legalidad de su partido. Por su parte, los líderes calderonistas insistieron en que se respetasen sus vidas, trabajos y propiedades. Sin embargo, tan pronto como tomaron el poder político, los ganadores de la guerra organizaron la represión.

Primero, esta represión apareció institucionalizada bajo un traje judicial. La Junta Fundadora de la Segunda República organizó los tribunales de Probidad y de Sanciones Inmediatas para juzgar a los líderes y simpatizantes “calderocomunistas”.

Muchas pruebas escritas y orales indican que, en varias ocasiones, esos tribunales sirvieron para falsificar cargos contra connotados líderes y contra gente común.

Por ejemplo, el sindicalista y escritor Carlos Luis Fallas fue acusado de robar 54 “gallinas finas”; pero otros casos ni siquiera llegaron a los salones judiciales.

Apenas terminó el conflicto armado, tres personas fueron llevadas a un lugar llamado “La Cangreja” (Cartago) y allí fueron asesinadas. Asimismo, los líderes vanguar-distas de Limón fueron muertos en el “Codo del Diablo”, sin juicio de por medio y sin que ellos representasen amenazas para nadie.

Junto a eso, se presume que los vencedores habían elaborado un plan para matar a la cúpula dirigente del Partido Vanguardia Popular.

Dicho plan no funcionó gracias a la intermediación del arzobispo Víctor Manuel Sanabria y a la rápida movilización de la familia de Jaime Cerdas, uno de los vanguardistas.

Empero, muchos de esos líderes y sus familiares experimentaron torturas, dolor psicológico y persecución después de la guerra. Por ejemplo, la escritora comunista Carmen Lyra pasó sus últimos días de vida deseando regresar a Costa Rica desde México, pero la Junta nunca la autorizó a hacerlo.

Ese tipo de represión se reprodujo en las clases bajas y modeló las identidades políticas y los recuerdos que heredaría la generación de niños y niñas que nació alrededor de 1948.

En ese sentido, el ciclo represivo posterior a la guerra civil tuvo dos fases: una muy fuerte entre 1948 y 1949, y otra más moderada durante el primer gobierno de José Figueres (1953-1958).

Mediando entre esos ciclos, se encuentra el periodo presidencial de Otilio Ulate (1949-1953). Al parecer, el periodo de Ulate propició la disminución de las tensiones sociales producidas por la guerra y la invasión calderonista de diciembre de 1948, aunque esto necesita una investigación más a fondo.

Nueva moral. Además, la primera administración de Figueres comenzó una campaña moralizadora. Esta fomentó un enfrentamiento con varias prácticas populares que no habían sido prohibidas en el pasado o que habían sido toleradas.

Así, se empeñaron en extender una “nueva moral”, que intentaba controlar la música en las cantinas, los bailes, las películas y hasta las “novelas pasionales”. Muchos figueristas utilizaron este marco para ajustar cuentas con sus enemigos políticos, como fue el caso presentado al inicio de este artículo.

La idea del control social era consecuente con la visión que Figueres y sus seguidores tenían de los gobiernos de Calderón y Picado. Para aquellos, esas administraciones representaban una era inmoral en la que Costa Rica había perdido sus buenas costumbres.

Por tanto, su meta era recobrar un pasado mejor. En medio de esto ocurrió la segunda invasión calderonista (1955): esta probó que los anhelos de violencia de los vencidos también estaban vivos.

Años después, tras la tensa elección de Mario Echandi (1958), se inició un proceso de reconciliación nacional cuyo punto más visible fue el regreso de Calderón Guardia al país. Con este proceso, se cerró el ciclo de inestabilidad que se había iniciado en la década de 1940.

Al fin, en agosto de 1961, la Asamblea Legislativa indultó a todos los costarricenses condenados por el Tribunal de Sanciones Inmediatas.

El autor es profesor en las escuelas de Historia y Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.

Aclaración

Escritor humillado

En el artículo “La UCR en Guerra civil” ( Áncora , 30/3/2008), de la historiadora Patricia Fumero, hay una cita textual de mi madre, Cecilia Trejos viuda de Dobles, que lamentablemente contiene una inexactitud. Mi madre sí dijo la frase, pero no refiriéndose al pintor Manuel de la Cruz González, sino a la dolorosa experiencia de mi padre, el escritor Fabián Dobles: “Le dolió muchísimo que lo pasearan en un camión de carga por toda la avenida Central. A todos los habían agarrado de la Universidad… Era una cosa espantosa”. Esa humillación, que compartió con su amigo Manuel de la Cruz, marcó al joven intelectual que era Dobles, sincero y auténtico en su identificación con las luchas sociales en las filas de la izquierda. Tanto lo afectó que, años después, cuando la UCR le propuso integrarse a la institución como profesor invitado, declinó el honor por sentir que esta había permitido aquel ultraje. Aurelia Dobles Trejos.

Suplemento Áncora periódico La Nación 6 abril 2008.

10/04/2008 GMT 1

La UCR en ‘guerra civil’

marfuerte @ 23:55

Hostilidades La tensión política de 1948 invadió también a la comunidad universitaria

Patricia Fumero Vargas | patricia.fumero@ucr.ac.cr
En 1947, algo más grave, más tenso que estudios y exámenes dominaba el ambiente de la UCR: casi un clima de guerra entre facciones políticas, que terminaría en tiroteos y “purgas” meses después.

Por ejemplo, en julio de 1947, estudiantes de la Universidad de Costa Rica habían participado en una huelga de brazos caídos y habían suspendido el dictado de clases para repudiar los “sangrientos sucesos” ocurridos en un enfrentamiento entre fuerzas progobiernistas y grupos opositores en Cartago. Además, dicha protesta repudiaba la detención, “en forma brutal y arbitraria”, del secretario de la universidad, Rodrigo Facio, y el arresto del estudiante Fernando Volio.

Dado lo intenso de la lucha política de entonces, los conflictos no se limitaron a las facultades y a los debates en el seno del Consejo Universitario. El hostigamiento contra estudiantes también se produjo en las calles del país. Por ejemplo, en agosto de 1947, veinticuatro alumnos de agronomía, su profesor y un chofer, fueron detenidos cuando se dirigían en gira de estudio a la fábrica de cemento que se construía en Cartago.

Después de apresarlos se los condujo a la Comandancia de Cartago. Allí se dejó en libertad a un hijo del coronel David Arias, el estudiante Rafael Arias. Este fue invitado por el agente policial para que indicase a cuál partido político pertenecía cada uno de sus compañeros apresados. Se le advirtió que la declaración le evitaría problemas a su padre, pero Arias no aceptó delatarlos.

Según el parte y las declaraciones de los afectados, no hubo motivo alguno para las detenciones. De la información se desprende que se los había apresado por motivos políticos y no por comportamiento indebido.

El profesor y el chofer manifestaron que uno de los policías de la Comandancia había expresado: “Los estudiantes eran unos perros a quienes había que tratar peor que a las maestras”. La referencia a las maestras se explica porque, en esos mismos días, la Comandancia había enviado al agente de policía una denuncia en la que se refería en términos idénticos a un grupo de maestras.

Debido a la arbitrariedad de los funcionarios gubernamentales, las autoridades universitarias protestaron ante el presidente Teodoro Picado y la opinión pública.

Acosos. La polarización política también afectó las relaciones entre profesores y estudiantes dentro del campus universitario, grupo de edificios situados donde hoy está la Corte Suprema, en el barrio González Lahmann, San José.

En octubre de 1947, un profesor de farmacia, Roberto Campabadal Tinoco, tuvo un fuerte enfrentamiento con unos estudiantes de ingeniería, opositores al régimen de Picado. Por su filiación progobiernista, Campabadal fue sometido al hostigamiento sistemático de diferentes grupos de estudiantes.

Sin embargo, los insultos y el acoso no se limitaron a Campabadal. Otros docentes se consideraron afectados y acudieron ante los decanos correspondientes, pero estos no tomaron en serio tales quejas.

El enfrentamiento de Campabadal se complicó con las presiones ejercidas, mediante la prensa, por el Partido Republicano Nacional y por la progobiernista Asociación Política de los Estudiantes Costarricenses (APEC) para que se sancionara a los estudiantes que habían ofendido a dicho profesor.

La presión que ejercía la APEC fue importante ya que en 1948 contaba con unos 600 universitarios, de 1.258 matriculados.

La situación empeoró dentro de la universidad tras estallar la guerra el 12 de marzo de 1948, cuando fuerzas opositoras al gobierno utilizaron las instalaciones universitarias para disparar contra el Cuartel Bellavista (hoy, Museo Nacional). En respuesta, los militares gobiernistas decidieron tomar la universidad.

Para minimizar el impacto que la toma de la institución tendría ante la opinión pública, se decidió que un estudiante encabezara el operativo. La tarea fue encomendada al estudiante de derecho Guillermo Villalobos Arce. Junto con un grupo de “mariachis” de Puntarenas y Limón, Villalobos Arce ingresó en el campus universitario e introdujo armas en el edificio de ingeniería. Este fue tomado durante cuatro o cinco días.

La toma de la universidad supuso graves enfrentamientos entre los “oposicionistas” (al gobierno de Picado) y los “colaboracionistas” (partidarios de Picado y de Calderón Guardia).

‘Lista negra’. Una vez concluida la guerra civil, el Consejo Estudiantil Universitario envió un comunicado a la prensa en el cual se incluía una lista de profesores y estudiantes “colaboracionistas”.

Esos profesores debían renunciar inmediatamente; de no hacerlo, el Consejo destacaría batallones de estudiantes en las puertas de la universidad y de sus cátedras con el objetivo de impedir su ingreso al recinto.

Por su parte, los estudiantes “colaboracionistas” serían sancionados; no podrían “estudiar ni graduarse en un lapso de dos años y deberían partir al exilio.

Algunos de aquellos profesores consideraron que simpatizar con un grupo político no era razón para ser expulsados de sus cátedras. Ante esta actitud, los directivos estudiantiles ordenaron una huelga de 24 horas con el objetivo de presionar a las autoridades universitarias y a los denunciados. A este movimiento se plegaron todas las facultades.

Los profesores denunciados fueron catorce. Entre ellos destacaban Jorge Volio, Manuel de la Cruz González, Fabián Dobles y el decano de Farmacia, Gonzalo González, por ser esposo de Luisa González, integrante del Partido Comunista.

También se exigió que fueran sancionados los estudiantes Mario Rueda Porras, Álvaro Gené, Guillermo Villalobos Arce, Óscar Bakit y Fernán Rodríguez Gil.

Debido esas exigencias, el Consejo Universitario decidió aceptar la renuncia de los profesores que la hicieran efectiva. En cambio, el Consejo consideró que no era de su competencia sancionar a los estudiantes, y remitió sus casos a las facultades respectivas para que les impusieran penas.

'Purgas'. En Ingeniería, el representante estudiantil Walter Sagot afirmó que no fue necesario emplear la fuerza ni ejercer presión para lograr la renuncia de dos profesores. En otras facultades, la realidad fue diferente.

Según testimonio de la viuda de Fabián Dobles, Cecilia Trejos, elementos de las fuerzas militares vencedoras en la guerra civil ingresaron en el campus y se llevaron presos a los docentes denunciados.

Sobre la detención del artista Manuel de la Cruz González, Trejos comentó: “Le dolió muchísimo que lo pasearan en un camión de carga por toda la avenida Central. A todos los habían agarrado de la universidad... Era una cosa espantosa”.

La UCR experimentó una creciente polarización durante la guerra civil. Entre los estudiantes había una división más equilibrada entre oposicionistas y progobiernistas, pero entre los profesores predominaban claramente los opositores al gobierno de Picado.

Una vez concluida la guerra, el esfuerzo de grupos de estudiantes para “purgar” a la universidad de los llamados “colaboracionistas” encontró el apoyo en la mayor parte de los docentes. Con el tiempo, algunos de los estudiantes y profesores expulsados volvieron a la UCR; pero otros nunca retornaron. Costaría años superar los recuerdos de aquellas represalias.

LA AUTORA ES PROFESORA DE LA ESCUELA DE ESTUDIOS GENERALES E INTEGRANTE DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR

Suplemento Áncora periódico La Nación 30 marzo 2008.

02/04/2008 GMT 1

¿Fue una guerra inevitable?

marfuerte @ 00:34

Antes del 48 Otra mirada a la crisis previa a la guerra brinda algunas sorpresas

Iván Molina Jiménez | ivanm@cariari.ucr.ac.cr
La guerra civil de marzo y abril de 1948 fue el más grave estallido de violencia política experimentado por Costa Rica en el siglo XX. Debido a ella murieron más de 4.000 personas, hubo unos 7.000 exiliados y más de 3.000 presos políticos. Todo esto representa casi el 4% de la población adulta de esa época. ¿Cómo se llegó a esto?

El Republicano Nacional, fundado por los simpatizantes de Ricardo Jiménez en 1931, se convirtió, en el resto de la década, en un partido mayoritario, hasta el punto de que, en la elección presidencial de 1940, capturó más del 80 por ciento de los votos.

El gestor principal de ese éxito fue León Cortés. Primero como ministro en la tercera administración de Jiménez (1932-1936) y después como presidente (1936-1940), Cortés se valió de una activa política de obras públicas (casi el 30% del presupuesto nacional) para consolidar el apoyo del electorado.

Sumas y divisiones. Al finalizar el decenio de 1930, el mayor competidor del Republicano Nacional en las ciudades era el Partido Comunista (Bloque de Obreros y Campesinos). Fundado también en 1931, este partido, liderado por Manuel Mora, disponía de una base sindical y de un periódico permanente ( Trabajo ). Su estrategia electoral consistió en la denuncia sistemática de los problemas sociales.

Dadas las limitaciones que la democracia les impuso, diversos sectores anticomunistas fracasaron en sus intentos por ilegalizar al Bloque. Entonces coincidieron en que la mejor manera de enfrentar a ese partido era promover una política social que mejorase la vida de los trabajadores. La gran huelga bananera de agosto-septiembre de 1934 fue decisiva en fortalecer ese anticomunismo reformista.

Hacia 1938, el Partido Republicano Nacional se había dividido en dos tendencias, una más liberal y laica, encabezada por Cortés, y otra católica, liderada por el médico Rafael Ángel Calderón Guardia. Los cortesistas acordaron apoyar la candidatura de Calderón Guardia en 1940 con tal de que los calderonistas respaldasen el retorno de Cortés a la presidencia en 1944.

Posteriormente, los calderonistas llegaron a un acuerdo con el arzobispo Víctor Manuel Sanabria para derogar la legislación liberal que limitaba la influencia eclesiástica en la educación, a cambio de que la Iglesia apoyase la política social con la que los calderonistas se proponían disputar el voto urbano a los comunistas.

Polarización. Después de ganar los comicios de 1940, los calderonistas comenzaron a considerar cómo Calderón Guardia podría prolongar su período presidencial luego de 1944 o ser reelecto ese año. El conflicto con los cortesistas no se hizo esperar y culminó en abril y mayo de 1941, cuando Cortés y sus partidarios abandonaron el Republicano Nacional, comenzaron a organizar un partido nuevo e iniciaron un ataque sistemático al gobierno, al que acusaron de desorden administrativo y corrupción.

Ante el programa social del calderonismo, la respuesta inicial de los comunistas fue el rechazo y la descalificación. Acusaron al gobierno de apropiarse de proyectos (seguros sociales) originalmente planteados por su partido y afirmaron que la política social gubernamental era demagógica y falta de sustento económico.

La actitud de los comunistas comenzó a cambiar hacia septiembre de 1940 al saber que el presidente se proponía impulsar un código de trabajo. Iniciaron entonces un acercamiento con él que fue favorecido por la confrontación creciente entre cortesistas y calderonistas.

El proceso se hizo público en agosto de 1941, cuando Calderón y Mora se reunieron y un exdiputado comunista fue nombrado director de un programa oficial para calzar a los escolares del país. Dicho acercamiento intensificó la polarización política en tres sentidos.

Tensiones. Primero tensó las relaciones dentro del Republicano Nacional ya que los comunistas apoyaron los intentos de Calderón Guardia por mantenerse en el poder (el principal adversario que Teodoro Picado debió vencer en su camino a la presidencia fue el propio Calderón Guardia).

En segundo término, al verse arrastrado a respaldar a un gobierno aliado con los comunistas, Sanabria provocó una profunda división dentro del clero.

En tercer lugar, tal alianza facilitó que la política costarricense experimentase una ideologización sin precedentes pues se planteaba la competencia entre cortesistas y “calderocomunistas” como un enfrentamiento entre democracia y comunismo, dinámica que sería reforzada a partir de 1945 por el inicio de la guerra fría.

Al final, los planes de Calderón para mantenerse en el poder fracasaron, y calderonistas y comunistas debieron apoyar a Teodoro Picado como candidato en 1944.

El triunfo de Picado en esa elección fue considerado fraudulento por los cortesistas; sin embargo, un análisis de las demandas de nulidad de las elecciones que fueron presentadas revela que, aunque todos los votos objetados hubieran sido anulados, Picado siempre habría ganado la elección.

Pese a lo polémicas que fueron las elecciones de 1944, tanto en el gobierno como en la oposición había importantes sectores interesados en resolver el conflicto político de manera negociada. Picado apoyó un proyecto de código electoral que le brindaba más garantías a los distintos partidos. Por su parte, Cortés enfatizaba que la oposición no debía recurrir a las armas; a la vez, señalaba que estaba dispuesto a negociar con Picado la designación de un candidato de compromiso para la elección de 1948.

Línea dura. Sin embargo, dentro de la oposición existía también un sector de línea dura, adversario de negociar con el gobierno e integrado por los jóvenes profesionales e intelectuales que en 1940 habían formado el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, y por los pequeños y medianos empresarios que en 1943 habían constituido el grupo Acción Demócrata. Este sector, cuyo líder era José Figueres, resultó fortalecido con la inesperada muerte de Cortés a inicios de 1946.

A diferencia de sus compañeros de la oposición, los figueristas tenían todo un proyecto para transformar a Costa Rica. Sin embargo, su principal problema era que su respaldo electoral era muy reducido. Por tanto, la única forma en que podían alcanzar el poder a corto plazo era mediante una ruptura constitucional.

Debido a lo anterior, no sorprende que ese grupo fuera vinculado con los actos terroristas que estremecieron al país a partir de 1945 y que, desde mucho antes de los comicios de 1948, empezaran a preparar una insurrección armada.

Para los comicios de febrero 1948, la oposición escogió como candidato a Otilio Ulate, cuyo triunfo en la elección presidencial fue anulado en marzo por un Congreso dominado por calderonistas y comunistas. La anulación brindó a los figueristas la excusa necesaria para iniciar un levantamiento armado, supuestamente en defensa del sufragio.

No obstante, una vez que ganaron la guerra, Ulate debió esperar año y medio para asumir el poder, y el resultado de la elección de diputados de 1948 fue desconocido. Además, hoy es claro que en los comicios de 1948 hubo irregularidades que obligan a calificar la victoria de Ulate como dudosa.

Sesenta años después de la guerra civil de 1948, los aportes recientes de la investigación histórica ofrecen nuevas posibilidades de interpretación de lo que ocurrió en uno de los períodos más importantes y conflictivos de su historia.

EL AUTOR ES historiador y PROFESOR DE LA ESCUELA DE HISTORIA E INVESTIGADOR DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS DE LA UCR.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 16 marzo 2008

28/03/2008 GMT 1

Mujeres se hacen justicia

marfuerte @ 02:02

Precedentes La lucha de las mujeres contra la violencia doméstica tiene larga historia en Costa Ricalajlsj dl dskljlsjdlk dlkd

Eugenia Rodríguez Sáenz | erodrigu@cariari.ucr.ac.cr
En octubre de 1832, en Cartago, una esposa entabló una demanda de separación eclesiástica contra su marido. Según ella, desde que se había casado hacía cinco años, él la castigaba brutalmente y le daba un “trato vil y penoso”.

La mujer añadía (conservamos la escritura original): “[…] llegando al término de berme amarrada a un pilar en cueros y asotarme barias veses, y haverme apuñaleadome, como consta por las sicatrises que se manifiestan en mi persona, a causa de su mala versación y los selos indiscretos, imprudentes, yegando a la estrema necesidad de tener que abandonar mi casa”.

Esta demanda no fue un caso excepcional, ya que, entre 1830 y 1889, unas 392 mujeres más recurrieron ante las autoridades civiles y eclesiásticas para denunciar a sus maridos por sus tratos abusivos.

‘Moderados castigos’. La práctica de acusar a los maridos fue favorecida por el proceso de construcción del Estado iniciado a partir de la independencia (1821) y, en particular, por la expansión de una red de tribunales civiles en las cabeceras de provincia del Valle Central.

Además, ese proceso se vio reforzado por la emisión del Código General de 1841 y el Reglamento de Policía de 1849 . Ambos ampliaron las potestades legales que tenían las autoridades civiles para regular los asuntos domésticos y decidir sobre el tipo de penas aplicables. Entre 1830 y 1889, alrededor del 80% de las denuncias de las esposas fueron presentadas ante las instancias civiles.

El Código General de 1841, aprobado durante la dictadura de Braulio Carrillo (1838-1842), incluía leyes que justificaban y, a la vez, sancionaban la violencia en las relaciones de pareja.

Una de esas leyes autorizaba a los maridos a “corregir” a la esposa e hijos con “amonestaciones y moderados castigos domésticos”, y, si estos no eran suficientes, podía llevarlos ante un juez para que los reprendiera e hiciera ver sus deberes.

No obstante, ese Código incorporaba también otras disposiciones que permitían a las mujeres demandar a sus maridos “por su conducta relajada o malos tratamien-tos”, y que sancionaban la violencia de pareja con penas que en la primera vez consistían en la reprensión del juez. Si el marido reincidía en “sus excesos”, la pena era el encarcelamiento proporcional a la falta.

Las esposas acudieron ante las autoridades a denunciar a sus maridos por tres razones principales: por abuso físico y verbal, por adulterio, y por abandono e incumplimiento en la manutención de ellas y de sus hijos.

Con mucha frecuencia, las mujeres debían afrontar la oposición de las autoridades, en particular de las eclesiásticas, que tendían a minimizar sus reclamos. Para estas últimas, de acuerdo con la legislación canónica, la separación temporal únicamente se justificaba en condiciones excepcionales.

En tal sentido, el maltrato cruel y excesivo no bastaba ya que, aunque se lograse demostrar que había ocurrido, la mayoría de las veces, las lesiones resultantes eran consideradas de carácter “leve” y como resultado de “simples desavenencias” entre los cónyuges.

No era inusual que las mujeres fuesen responsabilizadas por esos desacuerdos y se les exigiera reconciliarse con sus esposos para evitar el escándalo público.

‘Sangre’. Ante los tribunales civiles las mujeres podían denunciar a sus maridos por situaciones de abuso, pero si lo que buscaban era una separación, debían plantear la demanda correspondiente ante las autoridades eclesiásticas.

Un caso de esa índole fue el de una mujer herediana de 50 años: en 1851, con más de treinta años de casada, indicó que había pasado casi nueve años denunciado a su marido en los tribunales por maltratarla de palabra y obra. Aunque se había reconciliado con él, no había logrado que su esposo corrigiera su conducta.

En su última apelación ante el Vicario Eclesiástico, expuso que ya había llegado a su límite y que merecía el divorcio perpetuo. Ella expresó: “Esta clase de vida señor en una muger de mi edad, es irresistible física y moralmente, porque ya no tengo suficiencia para aguantar golpes, malas razones”.

Para el Vicario, en cambio, no se aplicaba la autorización de separación debido a que “la esposa no probó plenamente la sevicia, ya que para esto se necesita: que haga temer peligro de la vida o que el maltratamiento sea tan cruel que cause enfermedad o efusión de sangre”.

Además, se recomendaba a la esposa que “ojala, en obsequio de la ancianidad, de la paz de los matrimonios, del buen ejemplo deponga todo sentimiento y rencor, y acordándose de los deberes de buena esposa y de buena madre, se una de nuevo con su marido y se dedique a llevar una vida ejemplar y edificante”.

A diferencia del divorcio civil, que sería aprobado en 1888, la separación eclesiástica no implicaba la disolución del vínculo matrimonial y, en caso de que fuera autorizada, tenía un carácter temporal.

Raramente, sin embargo, las autoridades eclesiásticas concedieron este tipo de separación, lo que no impidió que algunas parejas vivieran separadamente, al parecer por mutuo acuerdo.

En el siglo XIX, las costarricenses afrontaron dificultades para lograr que sus denuncias produjeran resultados que mejoraran sus condiciones de vida. Sin embargo, conviene destacar el profundo cambio histórico que supuso la expansión de la red de tribunales civiles.

Avances. Al proporcionar una vía institucional para encauzar los conflictos conyugales, esa red simultáneamente abrió espacios para que las situaciones de abuso contra las esposas pudieran ser ventiladas cada vez más en el marco del derecho civil y no del derecho canónico. En tal contexto, las mujeres empezaron a reconocerse como sujetas de derechos civiles y jurídicos.

Un caso que evidencia ese proceso de reconocimiento fue el de una mujer de San José. En 1852, ella alegó que había soportado, por más de ocho años, los abusos de su marido. Este pasaba ebrio, no le daba alimentos ni vestidos, la maltrataba, la corrompía y la amenazaba de muerte.

En su denuncia, la mujer señaló: “Si bien una débil mujer es una compañera del hombre para que vivan maridablemente en la sociedad, también es cierto que cuando se abusa, cuando en lugar de esposa se tiene una vil esclava, las leyes han creado medios para cortar estos males y reprimir sus abusos […]. No obstante que algunos maridos creen que no hay en la tierra más autoridad que ellos sobre sus mujeres, de cuyo modo de pensar se deduse su ignorancia, estoy propuesta hacer reconocer a mi esposo que hay leyes que me amparan”.

Por tanto, reconocer que el orden institucional surgido después de la independencia ofrecía nuevas opciones para afrontar los abusos de los maridos, fue el primer paso de un proceso que llevó a cientos de esposas a defender sus derechos ante las instancias civiles.

Así, lejos de ser un fenómeno reciente, la lucha sistemática de las mujeres contra la violencia doméstica en general, y de pareja en particular, tiene una historia que se remonta por lo menos a la primera mitad del siglo XIX.

Conocer ese pasado en toda su complejidad es fundamental para entender los logros alcanzados en el presente y los que todavía faltan por conseguir.

LA AUTORA ES HISTORIADORA Y TRABAJA EN LA ESCUELA DE HISTORIA Y EN EL CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN IDENTIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANAS, UCR.

Suplemento Áncora, periódico La Nación 9 marzo 2008

Fiesta de Escazú, fiesta tica

marfuerte @ 02:00

Boyeo Hace 25 años, Escazú estableció el Día Cantonal del Boyero y el Festival de la Carreta

Luis Fernando Sibaja | Historiador@nacion.com
En el siglo XVII, en lo que hoy es Escazú existía una enorme estancia denominada Nuestra Señora del Rosario, propiedad de Luis Cascante de Rojas y sus descendientes. De allí procede la referencia más antigua que conocemos del boyeo en el cantón pues, en un documento del año 1658, se hace constar la existencia, en dicha estancia, de dos carretas de madera, dos yugos y dos yuntas de bueyes.

A lo largo del siglo XVIII hubo profundos cambios en la Costa Rica colonial. Se produjo un crecimiento importante de la población, se fragmentaron muchas de las grandes propiedades (como la de los Cascante de Rojas) y se desarrolló un campesinado mestizo que en sus chácaras (o chacras) producía lo necesario para el consumo familiar. Las familias más acomodadas cultivaban la caña de azúcar y tenían trapiches.

En Escazú proliferaron los trapiches y se consolidó la triada formada por boyeros, bueyes y carretas. De fecha tan temprana como el año 1719 se conserva una detallada descripción de un trapiche ubicado en el actual distrito de San Rafael.

El utillaje constaba de un trapiche de madera de guapinol con tres mazas, dos pailas o peroles de cobre y dos canoas de cedro. Había también dos yugos, dos carretas, siete bueyes para arar y cargar leña, y dos apreciados bueyes trapicheros.

Así pues, la historia del cantón de Escazú y de muchas comunidades del Valle Central de Costa Rica está íntimamente relacionada con el oficio del boyeo y el desarrollo del campesinado, pilares de la identidad cultural y nacional del costarricense.

Fiestas religiosas. A mediados del siglo XIX, junto a la caña de azúcar, en Escazú ya era importante el cultivo del café. Esto fortaleció aún más el boyeo como un elemento fundamental de la cultura campesina, y los boyeros y sus carretas pasaron a ocupar un lugar privilegiado en las celebraciones en honor al santo patrono de cada comunidad.

En el libro, Los símbolos nacionales de Costa Rica, Ana Patricia Pacheco recoge una hermosa descripción de un desfile de carretas en Escazú, en el año de 1940, para el día de San Miguel. Bajo el título de Escazú es donde más conservan las fiestas su sabor criollo , un autor desconocido nos pinta un colorido cuadro del turno patronal, donde el elemento básico de la festividad era la presencia de numerosas carretas. Llevaban especialmente leña, aunque no faltaban las tucas, listas para aserrar, las gallinas y otros bienes.

En el relato se constata también la tradición de poner billetes en los cachos de los bueyes y el papel de la banda municipal, entre otras hermosas costumbres.

Además, es muy importante la participación de los boyeros en las festividades de San Isidro Labrador. Esta devoción se arraigó en el siglo XX, y el espacio costarricense se cubrió con el nombre de este santo madrileño.

En la obra de Ana Patricia Pacheco se reproduce una agradable descripción de un desfile de boyeros en San Isidro de Coronado en 1923. Bajo el título de La bendición de los bueyes , Arturo Castro Esquivel destaca los aspectos fundamentales de una tradición que aún tiene plena vigencia.

Los desfiles quedan. En nuestros días, los boyeros participan en celebraciones religiosas y en festivales relacionados con tradiciones locales, con los recursos naturales o con conmemoraciones cívicas. Por ello, en muchas comunidades se han organizado asociaciones de boyeros que conforman una verdadera red nacional.

El antecedente más importante de esta modalidad es el desfile del 15 de setiembre de 1935, realizado en San José y organizado por connotados artistas y escritores de la época, como Teodorico Quirós, y Carmen Lyra, bajo el liderazgo de Emilia Prieto

A mediados del siglo XX, en la Gran Área Metropolitana se intensificó el proceso de urbanización. Así fueron desapareciendo diversas manifestaciones materiales de la cultura campesina, como las casas de adobe y los trapiches.

Sin embargo, en el distrito de San Antonio de Escazú, el impacto de este proceso ha sido menor. Tal vez por estar enclavada al pie de las montañas, en un rincón del Valle Central y entre empinados y rústicos caminos, en esta comunidad, la tradición del boyeo y la carreta se ha mantenido con más fuerza e inspiró a los campesinos en el noble propósito de conservar y dignificar su modo de vida.

En ese ambiente surgió la idea del Día del Boyero, que desde hace 25 años nos permite reencontrarnos con las raíces de nuestra identidad.

Como siempre sucede, en las tareas más nobles la presencia femenina ocupa un sitio de honor. Tal es el caso de las señoras Inés Montoya y Estéfana Alfaro, quienes han participado en la organización del Día del Boyero desde los orígenes mismos de esta festividad.

Día Cantonal. Hace 25 años, el 17 de enero de 1983, el Concejo Municipal de Escazú declaró el primer domingo del mes de marzo como Día Cantonal del Boyero y Festival de la Carreta. En esta iniciativa tuvo especial participación un grupo cívico denominado Comité Escazú 83, promovido por Róger León Ducret. Este comité canalizó los esfuerzos que estaban realizando varios vecinos de San Antonio de Escazú para que se reconociera y se dignificase la actividad del boyeo.

De esos vecinos, la memoria colectiva ha conservado los nombres de Kenneth Betancourt, Carlos Castro, Lola Tapitas, Wilberth Delgado ( Naín ), Carmelo Solano, Enrique Solís y Juan Antonio Solís ( Pachingo ).

La decisión del Concejo Municipal de Escazú fue un antecedente esencial para que, en octubre de 1988, mediante el decreto ejecutivo 18483-C, se declarase Día Nacional del Boyero al segundo domingo de marzo de cada año. Por la tradición ya establecida algunos años antes, la celebración se realiza desde entonces en San Antonio de Escazú.

Este domingo, 9 de marzo, disfrutaremos de la participación de boyeros de todo el país en una actividad dedicada a Adán Corrales Montes, persona de múltiples méritos en las labores comunales.

EL AUTOR ES PROFESOR EMÉRITO DE LA UCR Y MIEMBRO DE LA ACADEMIA DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DE COSTA RICA.

Tres obras

recientes

Desde hace años está agotada la importante obra La carreta costarricense, de Constantino Láscaris y Guillermo Malavassi. Sin embargo, hoy contamos con tres valiosos y recientes aportes.En el 2003, el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes publicó, en dos volúmenes, Los símbolos nacionales de Costa Rica. Es una excelente selección de textos realizada por Ana Patricia Pacheco Ureña. Acerca de la carreta se destacan diversas narraciones de viajeros y numerosos escritos de autores costarricenses en prosa y verso.En el 2004, Costa Rica presentó la candidatura ante la UNESCO para que se declarase Patrimonio Intangible de la Humanidad a la tradición del boyeo y la carreta. El expediente consiste en un extraordinario trabajo de investigación realizado por Cecilia Dobles Trejos, Carmen Murillo Chaverri y Giselle Chang Vargas. Pronto será publicado por la Editorial Universidad de Costa Rica.En el 2006, la artista Michael Sims publicó una obra en español e inglés titulada La carreta pintada, corazón de la cultura costarricense . Es una bella edición con excelentes ilustraciones creada –como expresa su autora– para el disfrute de los nacionales y los foráneos.

Suplemento Áncora periódico La Nación 9 marzo 2008

07/03/2008 GMT 1

De Talamanca a Nueva York

marfuerte @ 02:01

Traficantes Indios mosquitos secuestraban a otros nativos, destinados a la esclavitud

Eugenia Ibarra Rojas | euibarra@racsa.co.cr
Los primeros ticos que llegaron a Nueva York entraron sin visa, pero también sin libertad: fueron esclavos. Al parecer, arribaron en 1724 en barcos ingleses. Indios mosquitos los habían secuestrado y cambiado por armas. Esta es su historia… y la de sus secuestradores.

Ya en los comienzos del siglo XVIII, los zambos-mosquitos eran exitosos negociantes, sobre todo en cambiar seres humanos por armas, bienes y otras mercaderías.

Temidos. En la historia de Costa Rica se distinguen más como bandidos que cometieron frecuentes asaltos y robos de cacao en Matina, y por los estragos que causaron entre los indios de Talamanca y los de Bocas del Toro.

Además, ellos realizaron matanzas y capturaron indígenas desde la península de Yucatán hasta Penonomé en Panamá. Sus amenazantes correrías y ataques por estas partes del Caribe fueron frecuentes.

Se los tenía por duchos navegantes y fieros enemigos de otros indígenas así como de los españoles. Fueron altamente temidos en la ciudad de Cartago y en otras áreas centroamericanas.

Sus amenazas lograron intimidar al gobierno de Costa Rica, y, en 1769, este acordó pagarles un tributo anual en cacao a cambio de que no arrasaran las haciendas de Matina, no capturasen gente ni trataran de acercarse a Cartago. ¿Quiénes fueron los zambos-mosquitos?

En los siglos XVII y XVIII, España e Inglaterra estaban en conflicto, y los ingleses ocuparon las zonas costeras de Honduras y de Nicaragua. Fueron territorios conocidos como la ‘Mosquitia’ por los españoles y ‘Mosquito Shore’ por los ingleses.

Precisamente en esas áreas vivían los indios mosquitos, o ‘guayanes’ en lengua indígena. De ellos, un sector se mezcló con negros africanos esclavos y se llegaron a denominar ‘zambos’.

Ingleses. Los zambos y los mosquitos lograron alcanzar acuerdos entre sí para dominar las costas del Caribe de Honduras y Nicaragua, y extendieron después sus alcances hacia otras áreas centroamericanas. Los conocemos en Costa Rica con el nombre de ‘zambos-mosquitos’ porque así aparecen en los documentos españoles de la época, cuando atacaban juntos. Ellos son los antecesores de los miskitos del presente.

Los zambos-mosquitos sacaron provecho de sus relaciones con los ingleses, sobre todo con respecto a las actividades comerciales. Así insertaron el carey y la zarzaparrilla, entre otros productos.

Iniciados en la práctica precolombina de la captura de prisioneros, pronto aprendieron a negociar sus propios cautivos con los ingleses, y los llevaron a Jamaica para intercambiarlos.

Una vez en esa isla, los zambos-mosquitos no aceptaban dinero por sus prisioneros, sino armas y municiones, entre otras mercaderías, lo que les aumentaba su capacidad de arrasar plantaciones de cacao y de capturar más indígenas.

Esa situación contribuyó a que se les tuviera enorme temor pues podían atacar en momentos inesperados y apresar hombres, mujeres y niños.

En la historia centroamericana se registran unos 50 ataques de zambos-mosquitos entre 1702 y 1782; de aquellos, por lo menos 12 afectaron la costa del Caribe de Costa Rica. Suerre, Matina, Moín, Talamanca y Siquirres aparecen entre los nombres de los sitios saqueados. Sus pobladores indígenas fueron capturados.

Registros. ¿Qué hacían con esos indígenas esclavizados cuando ya estaban en Jamaica? Por lo menos un número importante fue enviado a Carolina del Sur y a Nueva York, como lo confirman los registros de los navíos que entre 1716 y 1767 ingresaron en los puertos de Charleston (Carolina del Sur) y Nueva York. Tales registros se llamaban ‘Naval Office Shipping Lists’.

Esos documentos oficiales portuarios dan el nombre de la embarcación que entraba o salía, describen el tipo de embarcación. Por ejemplo, aclaran si era un bergantín, una goleta o un galeón el tonelaje; indican las armas que llevaba; dónde fue construida la nave y dónde estaba registrada.

Los registros precisan el número de hombres a bordo; quién era su capitán y a quiénes pertenecía la embarcación; y cuál era su cargamento (incluidos los esclavos negros africanos o indígenas). En todos los casos debían registrar a los esclavos.

En términos amplios, la esclavitud indígena fue menor que la africana, y no es fácil detectarla en estos documentos: es como buscar una aguja en un pajar.

Pese a todo, en el año de 1723, un registro indica la llegada al puerto de Nueva York de indios esclavizados en un barco que salió de Jamaica. ¿Cómo podremos saber si esos indígenas se refieren a los capturados en Talamanca? Miremos algunos antecedentes.

El investigador norteamericano Allan Gallay encontró un registro que afirma que, en 1709, los mosquitos enviaron 30 indígenas a Carolina del Sur.

Ese dato lo complementamos con otro de 1708, en el que un documento español reporta un ataque zambo-mosquito a Talamanca en el que capturaron gente.

En nuestra pesquisa, tomamos como punto de partida la información que registra, en Nueva York, el cargamento de indígenas del año 1723, y fijamos nuestra atención en los documentos españoles buscando ataques de los zambos-mosquitos en fechas cercanas a ese año.

‘Comerciantes’. Ahí está: en 1722, los zambos-mosquitos cometieron una de las depredaciones más graves en Talamanca y en islas de la bahía del Almirante. Debido a ese ataque se denunció la captura de 2000 indios.

La ofensa fue tan grave que el entonces gobernador de Costa Rica, Diego de la Haya Fernández, los reclamó a Inglaterra. Añadió que fueron vendidos como esclavos por los mosquitos y sus aliados. Sin embargo, nunca fueron devueltos.

Todo apunta a que esos indios esclavizados que se registran en Nueva York en 1723, podrían ser algunos de los capturados en Talamanca en 1722. Esto señala que los zambos-mosquitos lograron hacer llegar a sus prisioneros hasta el puerto de Nueva York valiéndose de actividades comerciales de la época, igual que otros negociantes europeos.

Esta habilidad negociadora tuvo sus raíces probablemente desde épocas precolombinas.

La antigua costumbre de capturar prisioneros de otros grupos indígenas (para negociar su rescate o intercambio), facilitó a los zambos-mosquitos engarzarse en actividades comerciales con los ingleses.

En el contexto de la esclavitud africana de los siglos XVII y XVIII, los zambos-mosquitos no recibieron dinero a cambio de los esclavos indígenas. Esto los diferencia de los comerciantes ingleses y otros, para quienes los esclavos indígenas y africanos sí tuvieron un precio en dinero.

En conclusión, los zambos y los mosquitos tuvieron éxito en las actividades comerciales del siglo XVIII en sus exportaciones de productos y en el intercambio de cautivos.

Todo eso nos lleva a repensar la historia centroamericana. El reconocimiento de estos indígenas como astutos negociantes del siglo XVIII abre nuevas posibilidades de interpretación de toda esta historia.

LA AUTORA ES ETNOHISTORIADORA. TRABAJA EN LA ESCUELA DE ANTROPOLOGÍA DE LA UCR.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 24 febrero 2008

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