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RESONOCO

Categoría: Historia

08/02/2008 GMT 1

Un nazi en Turrialba

marfuerte @ 00:09

José Antonio Solera Víquez

Mi bisabuela era alemana, pues había emigrado desde Fránkfurt, a finales del siglo XIX, junto con una hermana y su cuñado. Había venido a trabajar como cocinera en la casa de unos alemanes radicados en San José, pero al sentirse sola y desarraigada, se fue a vivir a Turrialba, a la colonia alemana que se había formado en ese lugar. Por allá conoció a mi bisabuelo y nacieron mi abuela Virginia y sus hermanos. Luego se establecieron en La Uruca y en esa casa aprendí a comer la ternera con sauerkraut , kartoffelsalat y fane kuchen con jalea.

A mediados del año 1985, yo comenzaba mis estudios en Derecho y en los medios de comunicación se le daba una regular importancia al hecho de que en Embu, Brasil, habían exhumado los posibles restos de Josef Mengele, el Ángel de la Muerte , que había burlado la justicia humana por muchos años, con la callada complicidad de las autoridades. Recuerdo que, años después, Simón Wiesenthal dudó de “esta muerte” porque era ya la sétima vez que lo sepultaban.

Para esas mismas fechas, mi abuelita estaba en Heredia, pasando una temporada con nosotros y tomábamos café una tarde de tantas. Los temas de nuestra charla iban sin rumbo fijo; cuando de repente, de modo casi natural, Mengele salió al paso y con él otra lista de nombres tristemente célebres: Adolf Eichmann, Walter Rauff y Klaus Barbie.

Para mí, era impresionante notar cómo el español criollo de mi abuela cambiaba de tono al pronunciar esos nombres con un fuerte acento alemán.

De repente, vino una especie de revelación. Me miró con seriedad y me dijo: —¡Y eso que no saben nada del que está escondido allá en Turrialba! —¿Cómo? – dije realmente impresionado– ¿un nazi en Turrialba? —Sí, y uno grande… –respondió ella, mirando a la distancia. —Pero… ¿quién es, cómo se llama? Entonces, como quien ha dicho lo que no debe, cambió de tema y pasamos a conversar de otras cosas. Nunca más hablamos de aquello y esta historia se quedó sin ser contada por muchos años.

Tal vez sea ya muy tarde. Tal vez esto no pase de ser un cuento de abuelas en tertulias de café, pero algo dentro de mí me impulsa a escribirlo y darlo a conocer. Tengo la esperanza de que tal vez alguien, allá, en Turrialba, sienta un peso de conciencia y quiera terminar de contar las muchas partes que le faltan a esta historia. Por justicia.
periódico La Nación 3 febrero 2008

06/02/2008 GMT 1

A 150 años del Cañas-Jerez

marfuerte @ 01:41

Problemas El tratado de líites suscrito entre Costa Rica y Nicaragua no ha eliminado tensiones

Víctor Hugo Murillo S. | vhmurillo@nacion.com

La definición y la asignación del territorio fue una de las primeras tareas que emprendieron los gobernantes de los bisoños países latinoamericanos que emergían conforme se rompían los lazos de dependencia con el moribundo imperio español.

De las otrora unidades político-administrativas de la corona surgían Estados nacionales cuyos espacios territoriales eran poco precisos y definidos pues las autoridades coloniales y de la metrópoli nunca se preocuparon por una delimitación clara. A fin de cuentas, eran partes de un todo. Se incubaban conflictos que no tardarían en brotar casi de inmediato a la sustitución del viejo status por el recién adquirido tras la independencia.

Costa Rica y Nicaragua no fueron la excepción. Los esfuerzos por establecer sus territorios condujeron a personalidades de uno y otro país a hurgar en documentos a fin de sustentar las posiciones nacionales en las cuestiones limítrofes.

La búsqueda de acuerdos en tal materia no resultó fácil. Hoy, cuando están por conmemorarse 150 años de la suscripción del Tratado de Límites Cañas-Jerez, las diferencias no se han resuelto del todo y un nuevo contencioso se ventila en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, referido a los derechos de navegación de Costa Rica en el río San Juan.

Mucho de la historiografía se ha nutrido de la publicación de estudios sobre delimitación territorial.

El libro Del Cañas-Jerez al Chamorro Bryan. Las relaciones limítrofes entre Costa Rica y Nicaragua en la perspectiva histórica (1858-1916) pasa revista y explica las vicisitudes de la espinosa tarea de conseguir una solución permanente a los problemas vinculados con el espacio territorial.

Su autor, el historiador costarricense Luis Fernando Sibaja Chacón, es un estudioso del tema. En 1974 obtuvo el doctorado en Historia en la Universidad Complutense de Madrid con su investigación Nuestro límite con Nicaragua . El nuevo libro, editado por el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, es –según el propio Sibaja– una continuación de aquel trabajo, que no lo dejó del todo satisfecho.

Viejo y siempre nuevo. La aparición de Del Cañas-Jerez al Chamorro Bryan… adquiere actualidad por dos razones: una, por el contencioso en La Haya sobre navegación en el río, incoado por Costa Rica; otra, por la proximidad del sesquicentenario de la rúbrica del Tratado de Límites Cañas-Jerez, que se cumplirá el 15 de abril.

La obra va más allá de un recuento documental, que, por supuesto, es indispensable, y explora el peso de los intereses de cada país y la influencia de las grandes potencias del siglo XIX y principios del XX –Inglaterra, Estados Unidos y Francia– en la disputa entre dos países pequeños en América Central. A diferencia de otros litigios territoriales en los que únicamente intervienen los Estados contendientes, la definición de los límites entre Nicaragua y Costa Rica se vio afectada por una expectativa que despertaba jugosos apetitos: la posibilidad de construir un canal interoceánico a través de Nicaragua, empleando determinado trecho del río San Juan.

Ese factor metió en la escena a actores variopintos: los dos países ribereños y sus gobernantes, las potencias y un contingente de empresas e intermediarios con ofertas de contratos que, en reiteradas ocasiones, complicaron las posibilidades de acuerdos bilaterales, aumentaron las sospechas y levantaron tensiones.

Sibaja explora con detenimiento el peso de esa injerencia externa, y las alianzas y tratativas emprendidas por Costa Rica y Nicaragua, muchas veces con el propósito de afectar y debilitar al otro. Resulta indudable, pues, que la geoestrategia se erige en un componente vital en el problema de definición de límites.

Una constante, que a lo largo del libro de Sibaja queda muy de manifiesto, es el pulso por el acceso al río San Juan. Estrechamente relacionado con la eventualidad del canal, uno y otro países tienen claro su objetivo: para Nicaragua, mantener a su vecino del sur lo más alejado del cauce. Desde muy temprano después de la independencia, Costa Rica hizo, de la navegación el San Juan, un asunto clave para llegar al Caribe y así conectarse con los mercados internacionales.

Ciento cincuenta años después, la puja sigue vigente y en los escritorios de los jueces de La Haya.

El autor hace el análisis de esas relaciones limítrofes teniendo en cuenta también la manipulación que, del asunto, hacen los gobiernos. Ayer como hoy, ceden a la tentación de desviar la atención de problemas internos y congregar respaldo frente a una “amenaza” externa.

Del Cañas-Jerez al Chamorro-Bryan… constituye un aporte profesional de un investigador que mete las manos en un tema candente, disparador de emociones y de excesos de nacionalismo, pero frente al cual Luis Fernando Sibaja lucha por desmarcarse para ofrecernos un tratamiento lo más ecuánime y sobrio posible.

Tres anexos –los textos de los tratados Cañas Jerez y Chamorro-Bryan, y el Laudo Cleveland– y ocho mapas ayudan al lector a tratar de comprender cuánta agua ha discurrido en relación con el punto de mayor sensibilidad en la convivencia entre Nicaragua y Costa Rica.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 3 febrero 2008.

Dramas ‘de la vida’

marfuerte @ 01:39

Constante Las diversas políticas nacionales no han resuelto el problema de la prostitución

Juan José Marín Hernández | jmarin@cariari.ucr.ac.cr

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El 24 de julio de 1894, el Congreso Nacional promulgó la Ley de profilaxis venérea . Según esta, se definirían quiénes serían las prostitutas y cómo debía el Estado encargarse de vigilarlas.

A partir de esa fecha, las mujeres de más de 15 años, las concubinas, las mujeres solteras, las viudas jóvenes y las mujeres bellas serían consideradas peligrosas y sometidas a los escrutinios de la naciente policía. De tal forma, en sus rondas cotidianas, la policía llevaría el control de las costumbres, mediante los denominados “informes de buena conducta”. Así, el Estado liberal intentaba preservar al país de enfermedades como la sífilis y la gonorrea, pero, sobre todo, procuraba “morigerar” a los sectores populares, vistos como peligrosos.

En efecto, muchas veces, el Estado obligó a las que se consideraban “féminas peligrosas” a inscribirse en los registros de meretrices y a sufrir los rigores de la humillación social; los tratamientos basados en el mercurio y el arsénico, y los dolorosos termocauterios. Ellas también se exponían a acabar en las cárceles que se creaban entonces en San José y que luego serían famosas, como la “Algodonera”.

Civilización. El Estado y la oligarquía cafetalera temían una gran insurrección ante las desigualdades sociales que promovía el modelo agroexportador. Para evitarlas se procuró civilizar a los sectores campesinos y artesanales. Por ello, el Estado impuso un nuevo sistema de control social que dejase atrás la pena de muerte, el castigo al cuerpo, el escarnio público, los grilletes y los cepos.

Los gobernantes diseñaron otro sistema, en el cual “el pueblo” dejase de matar a su rival y buscara un juicio; que, en vez de lesionar o machetear a un mentiroso, lo acusase de calumnias ante un alcalde; que, antes de objetar las arbitrariedades del sistema de propiedad, aceptase el concepto de delito y castigo; y que, antes de raptar o violar a una doncella, los hombres recurrieran a las “meretrices”. Al civilizar las costumbres, los liberales procuraban una legitimidad de la sociedad, a pesar de las injusticias.

No obstante, el sistema de profilaxis tenía muchas contradicciones. Por ejemplo, desde muy temprano, las autoridades escribían partes como el siguiente, de 1895, que la Municipalidad de San José envió al “Señor Secretario de Estado en el Despacho de Policía”: “Varios vecinos del distrito de Mata Redonda solicitan la creación de un Agente de Policía para su jurisdicción [...]. Es notorio que á la Sabana concurren de día y de noche patrullas de gente á dar rienda suelta á pasiones que ofenden la moral pública, atenidos á que allí gozan de entera libertad porque no hay autoridad que reprima desórdenes”.

Poco a poco, La Sabana se convertía en un espacio para la prostitución de “alta calidad”. Esto evidenciaba que ya desaparecía la antigua prostitución, asociada a los tiangues, el piano indio (la marimba), las pulperías, las ventas de tamales y las hosterías.

La Sabana se transformaba en el centro de la prostitución de la alta sociedad, como bien retrataron Joaquín García Monge en su célebre novela Hijas del campo , y Carmen Lyra en sus cuentos sobre una familia imaginaria llamada “Cothnejo Fishy”. Estas obras simbolizaban tanto las contradicciones del sistema de prostitución oficial o reglamentada, como la doble moral de la oligarquía cafetalera.

A la vez de “entretenerse” con las que ellos llamaban “mujeres de la vida”, los hombre de la oligarquía se esforzaban por controlar las costumbres de los sectores populares; por promover leyes de profilaxis social; por perseguir a las que se alejaban del ideal de mujer, y por estigmatizar a todos los sectores que se alejaban de los arquetipos sociales.

Planes. Tres décadas después de emitida la ley de profilaxis, las preocupaciones de la oligarquía y sus intelectuales aún persistían. En 1929, el coronel Gregorio Aguilar señalaba la necesidad de comprar “un terreno en las afueras de la ciudad, de unas seis hectáreas de extensión, el cual se destinará para levantar una ciudadela en la que se construirán por lo pronto algunas doscientas casitas higiénicas con el confort necesario; un edificio de administración, cárcel y hospital a la vez. Esta ciudadela será amurallada para evitar su acceso por diferentes lugares, dejándole solamente una puerta principal de entrada y otra de emergencia. Se construirá también, en su interior, salón para espectáculos honestos, pequeños jardines y paseos en donde puedan divertirse las recluidas y el público que las visite”.

Se suponía que, gracias a ese placentero edén, se erradicarían desde las lujosas mancebías hasta los deprimentes “tabaranes”, “chinchorros” y “tugurios” de prostitutas que supuestamente perturbaban a los jefes de familia y que también perjudicaban la moral de los niños y muchachas de los centros educativos de la capital.

En el primer tercio del siglo XIX, a los tradicionales barrios populares de La Puebla, El Laberinto, La Laguna y La Fábrica se unían otros como Peor Es Nada, Keith, Las Latas y Gracias a Dios, y el Callejón de la Puñalada. En estos lugares surgían demandas de justicia social; se objetaba la moral dominante y también la forma en la que se distribuía la riqueza.

Soluciones. La gente marginal trataba de sobrevivir y de adquirir, por sus medios, lo que la sociedad ofrecía, pero que no le daba. A la par, los obreros y los campesinos usaban las instancias creadas por los liberales, para sus propias demandas.

En el resto de Centroamérica, el imperio de la ley era un mecanismo de subyugación; pero, en Costa Rica, los sectores populares lo transformaron en un medio de equidad social. La doctrina terapéutica eugenésica se creó para marginar a los grupos sociales, pero fue transfigurada en un elemento de dignidad social. Las instituciones creadas originalmente para preservar el orden social, se convirtieron en espacios de negociación.

En 1943, el sistema reglamentario de la prostitución fue eliminado legalmente. En su lugar se creó un sistema que castigaba el ejercicio de la prostitución. Ese cambio tampoco creó dignidad ni solidaridad, y solo duró seis años.

Hoy, el primer paso para discutir el problema de la prostitución es pensar en nuestro modelo de desarrollo, en las percepciones de género y en la cultura paternalista.

Recordemos lo que escribió Luisa González en su libro A ras del suelo: “‘Mujeres de la vida alegre’. ¿Por qué las llamarían así? ¿De la vida alegre? ¿De cuál vida, Dios mío? No eran alegres aquellas mujeres cuyos rostros extraños se grabaron muy hondo en mi mente infantil”.

Premio Nacional

Juan José Marín Hernández acaba de recibir el Premio Nacional de Historia por su libro Prostitución, honor y cambio cultural en la provincia de San José de Costa Rica (1860-1949) . Marín es doctor en Historia y profesor de la Escuela de Historia de la UCR e investigador del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la UCR. También ha publicado el libro La tierra del pecado, entre la quimera y el anhelo: Historia de la prostitución en Costa Rica (1750-2005) .El jurado que concedió el premio resaltó que el libro ganador es “una gran contribución teórico- metodológica a la historiografía costarricense. Es un trabajo muy sólido desde el punto de vista de la cantidad y la calidad de las fuentes”.

Suplemento Áncora. Periódico La Nación 3 febrero 2008.

03/02/2008 GMT 1

Don Abelardo Bonilla

marfuerte @ 00:36

Hilda Chen Apuy

Catedrática y Premio Nacional Magón

Don Abelardo Bonilla fue -en los primeros años en que lo vi por primera vez- de 1941 a 1949 y con excepción de los tres años en que estuve en los Estados Unidos, una figura distante al que se respetaba como a uno de los intelectuales reconocidos en ese momento. La primera vez, cuando yo tenía dieciocho años, vi a un señor que llegaba a la escuela de ballet de Margarita Esquivel a vernos ensayar. No nos dirigía la palabra, sino que observaba. Sólo hablaba con nuestra maestra.
En ese año también conocí a Lilia Ramos en la oficina de don Joaquín García Monge, ya que yo empezaba a colaborar con mis pequeños trabajos en Repertorio Americano. Lilia, con mucha cordialidad, me invitó a asistir a su tertulia literaria que ella tenía los jueves de siete a nueve de la noche. Vivía cerca del Correo Central de San José y yo empecé a asistir regularmente. Por supuesto, llegaba a escuchar a las personalidades que asistían, tales como don Abelardo Bonilla y don Enrique Macaya. Hablaban de literatura, tanto europea como latinoamericana, la que interesaba especialmente a Lilia. Eran los tiempos de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarborou. También a veces llegaban poetas centroamericanos de visita, como Hugo Lindo; de igual manera que otros escritores latinoamericanos llegaban a la tertulia de don Froylán Turcios y a la oficina de don Joaquín García Monge.
El año en que sí empezó una relación personal con don Abelardo fue en 1949, la noche en que varias exdiscípulas de Margarita Esquivel, muerta en 1946, bailamos en el Teatro Nacional en recuerdo y homenaje a nuestra maestra de danza, entre las cuales recuerdo a Cecilia Martínez, muy amiga mía, y a Olga Franco. Esa noche bailé por primera y única vez en mi vida, el Bolero de Ravel. Recuerdo que me aplaudieron muchísimo porque el público quería repetición; sin embargo, el esfuerzo de crear una obra personal de tanta intensidad, me hacía sentirme incapaz de repetirlo. Recuerdo que llegó don Pepe Figueres, Presidente de la Junta de Gobierno, a felicitarnos en el escenario y fuimos fotografiadas en su compañía.
Al terminar la función, cuando la mayoría del público había abandonado el Teatro, bajé para salir, y para mi sorpresa, encontré a don Abelardo de pie apoyado en su bastón; de inmediato me dijo con entusiasmo: "¡Un abrazo por ese baile!" . Entonces supe que don Abelardo ya me tomaba en cuenta.
Después de esa noche, un señor llamado Manuel Picado Chacón me invitó a ir a la casa de la profesora Virginia Zúñiga Tristán, a posar para fotos que me tomaron él y don Abelardo, aficionados a la fotografía artística. Algunas de esas fotografías fueron incluidas en la exposición de fotografías inaugurada en el Teatro Nacional en abril de 1949.
Después de esa exposición, María Rosa, la hermana de Manuel Picado, empezó un noviazgo con don Abelardo que culminó en su matrimonio en julio de 1952. Durante este tiempo, en algún momento María Rosa y don Abelardo me invitaron a acompañarlos a Puntarenas. Eran los tiempos en que no se acostumbraba que los novios viajaran solos a la playa. Así, gradualmente, fui siendo cada vez más cercana a ellos. A veces me invitaban al cine y terminábamos la velada tomando algo en un café llamado "Petit Trianon", en la Avenida Central. Era el punto de reunión de intelectuales como don José Marín Cañas, muy amigo de don Abelardo.
Después del matrimonio de don Abelardo con María Rosa, la amistad se hizo más cercana ya que incluso fuimos vecinos.
Tengo en mi memoria grabados todos estos recuerdos, que no sólo dan idea de mi relación con quien sería, años más tarde, no sólo un gran amigo, sino también un verdadero maestro cuando trabajamos juntos en la Universidad de Costa Rica. Recuerdo con nostalgia esas décadas del cuarenta y del cincuenta, no sólo como un período de formación intelectual y artística para mí, sino también como un período de efervescencia intelectual y política.

Semanario Universidad 31 enero 2008

01/02/2008 GMT 1

Presidente, general y abogado

marfuerte @ 00:13

Tomás F. Arias Castro

Don Bernardo Soto destacó en diferentes vertientes de la vida nacional

Tomás Federico Arias Castro es abogado, historiador y profesor en la Universidad de Costa Rica

Al conmemorarse el 77.º aniversario del deceso del expresidente de la República don Bernardo Soto Alfaro, ocurrido el 28 de enero de 1931, merece la pena reflexionar acerca de la vida y obra de uno de los más importantes gobernantes de Costa Rica, cuya egregia impronta permanece vigente en los más diversos órdenes de nuestra patria.

Nacido en Alajuela el 12 de febrero de 1854, fueron sus padres el general Apolinar de Jesús Soto Q. y doña Joaquina Alfaro M. Se graduó como bachiller en Ciencias y Artes en 1871 y obtuvo el título de abogado en la Universidad de Santo Tomás el 10 de diciembre de 1877. En 1881, fue nombrado gobernador de Alajuela, cargo al que renunció en 1882, cuando el presidente Próspero Fernández O. lo nombró secretario de Gobernación y Policía, y posteriormente secretario de Guerra y Marina.

Periodo brillante. En 1883 el Congreso lo escogió en el cargo de primer designado a la Presidencia, y para 1884 se le otorgó el rango de general de Brigada. Debido al súbito fallecimiento del general Fernández Oreamuno en marzo de 1885, don Bernardo asumió la presidencia de Costa Rica, otorgándole el Congreso concomitantemente el grado de general de División y el título de ‘benemérito de la patria’. Después de enfrentarse al general Víctor Guardia Q. en un disputado proceso electoral, fue elegido presidente de la República a partir del 8 de mayo de 1886, con lo que empezó uno de los períodos de gobierno más brillantes de nuestra historia, al designar en su gabinete ministerial a los mejores prohombres de la época.

En ese sentido, referirse sucintamente a su obra, constituye una odisea, pues su mandato se destacó en casi todos los ordenes del quehacer nacional. Así en el campo educacional, junto con su secretario de Instrucción Publica, Mauro Fernández A., emitió la Ley General de Instrucción Pública(1885) y la Ley General de Educación Común(1886), y creó en virtud de ambas el Liceo de Costa Rica(1887), el Colegio Superior de Señoritas(1888) y el Instituto Nacional de Alajuela(1888); clausuró, asimismo, la Universidad de Santo Tomás(1888), por considerarse que no respondía a las exigencias académicas de la época.

En el ámbito jurídico nacional, promulgó la magna obra delCódigo Civil (1888), que introdujo las figuras del matrimonio civil y el divorcio en nuestra legislación, mientras que, allende nuestras fronteras, logró la declaratoria a favor de Costa Rica del denominado “Laudo Loubet” (1888), que supuso la primera victoria patria contra Nicaragua por los derechos de navegación en el río San Juan.

Abundantes obras. En cuanto a infraestructura, creó el Parque Central de San José (1885), la Dirección General de Telégrafos (1885), la Inspección de Hacienda Fiscal (1885), colocó la lotería nacional a cargo de la Junta de Caridad de San José (1885), creó la Cruz Roja (1887), el parque Morazán (1887), el Museo Nacional (1887), el Hospicio Nacional de Huérfanos (1887), la Biblioteca Nacional (1888), el Registro Civil (1888), el Hospicio Nacional de Enfermos Mentales (1888), finalizó el ferrocarril al Atlántico y decretó la creación de los cantones de San Rafael de Heredia (1885), Naranjo (1886) y Palmares (1888).

Finalmente, su mandato feneció por los hechos acaecidos entorno a la “jornada cívica” del 7 de noviembre de 1889, cuando entregó el poder al tercer designado, doctor Carlos Durán C., lo que provocó su retiró de toda actividad política. Para 1906 participó como candidato presidencial por el Partido Republicano Independiente y fue uno de los signatarios de la ilustre Constitución Política de 1917, en su calidad de expresidente.

Murió en San José, en el citado año de 1931, y sus restos se depositaron junto a los de su suegro, el general Fernández Oreamuno, en el cementerio general capitalino, con los honores de un funeral de Estado.
periódico La Nación 29 enero 2008.

24/01/2008 GMT 1

Iglesia La Agonía (Remembranzas)

marfuerte @ 00:44

El Santuario del Santo Cristo de Esquipulas

José Manuel Morera Cabezas
Jmorera50@hotmail.com
Mezcladas con imágenes del álbum familiar, destacan en sus páginas varias fotos del Santuario del Santo Cristo de Esquipulas –iglesia La Agonía– inaugurado el primero de abril de mil novecientos cuarenta.

Las hermosas fotos traen muchos recuerdos... la pintura en las paredes, exteriores e interiores, tenían formas rectangulares pintadas en tonos suaves, similares a los colores llamados pastel. A cierta distancia, desde cualquier ángulo, parecía estar cubierto con un inmenso manto confeccionado con retazos de tela a colores, por hábiles modistas o costureras profesionales. Nadie olvida aquellos colores y delicadeza empleada por el pintor al definir cada línea.

Hoy, si nos detenemos por un instante, es fácil distinguir sus trazos y tamaños, tratando de escapar o sobresalir del color pálido que muestra el Santuario, con la complejidad de la acelerada contaminación ambiental y el caminar rápido del tiempo, que nada los detiene.

Los pedacitos de colores hicieron juego con las cuatro alegres campanas encargadas del llamado de los feligreses. Éstas, permanecieron muchos años como centinelas del barrio y la ciudad desde las alturas; mas no resistieron la embestida del terremoto en el noventa, obligando a dos de ellas, la parejita, bajar al pie del Santuario, plantadas en los costados norte y sur de la entrada principal.

Si nos acercamos a las campanas podemos conocer sus nombres escritos en relieve macizo: “María” y “Esquipulas” quienes viajaron desde Valencia, España, hasta este hermoso barrio “La Agonía”, en mil novecientos cincuenta y dos, bendecidas el diecinueve de octubre para las fiestas de San Gerardo María Mayela.

María y Esquipulas, hoy están censuradas, sus voces silenciadas y sus cuerpos inmóviles, fuertemente atados con gruesas cadenas, como Prometeo Encadenado, remachadas contra el suelo para evitar el robo de su valioso material y belleza, no para exhibir su calidad, historia y alegría; sino para convertirlas en dinero y negocio. ¡Tanta es la maldad y desconfianza en nuestra sociedad!
Arriba quedaron las compañeras más pequeñas, bautizadas con los nombres “Argentina” y “Angélica” -la primera así por su padrino procedente de la nación suramericana y la segunda con el nombre de la madrina, vecina de San Antonio del Tejar- llorando la esclavitud de María y Esquipulas quienes no dejan la lucha por romper cadenas para restablecer su libertad e independencia y estar más cerca de Dios.

La bella pareja, expuesta al sol y a la lluvia, al desprecio y abandono, miran casi a ras del suelo, el trajín de la ciudad: el auge comercial con olor a pan, pollo, cerveza, pizzas, medicinas, dinero, frutas, sin faltar la contaminación sónica y ambiental, producto del constante tránsito y parqueo de automóviles en el área interna y externa, contaminación que nos da el progreso, la tecnología, bajo la mano y mente irracional del hombre, que por culpa de éste, también el inmenso y bello Santuario, deben protegerse con enormes barrotes de hierro, similar a grandes prisiones, adornados con brillantes rollos de alambre navajas.

Bellísima la pileta o “Fuente de San Gerardo”, ubicada al costado norte del Santuario, adornada con cuatro peces enormes fabricados en puro hierro, lanzando chorros de agua cristalina sobre lirios y peces de colores; y la garza desplegando sus alas blancas, mientras su enorme pico y mirada apuntaban directo al centro del cielo, fue la atracción de niños y adultos, hoy convertida en escombros, unos aquí y otros allá, hasta la extinción de los lindos peces verdaderos y bellos adornos, que daban frescura al lugar sagrado. Posiblemente esta no fue la intención del General Tomás Guardia, quien la trajo de Europa y la donó a la Iglesia. Menos, la idea o el propósito del sacerdote quien dio la bendición, en presencia de decenas de fieles creyentes.

El Santuario del Santo Cristo de Esquipulas, nos invita a leer una placa, en el frente: “Hoy 22 de diciembre 1935 a las nueve horas se colocó la primera piedra fundamental de este Santuario comenzado el once de noviembre próximo pasado. Esta piedra fue solemnemente bendecida por Monseñor Monestel, ayudado de los P.P. Redentoristas: Baldomero Silva, visitador e inspector de obras, Baldomero del Pozo, Superior, Carlos Cavero, Procurador. Miguel Raimondez, Perfecto Crespo y Javier
García, misioneros. Hermanos legos, Jorge Gil y Basilio Bertolez.

Fue inaugurado el primero de abril mil novecientos cuarenta. La primera misa fue oficiada por Monseñor Sanabria con el
cáliz donado por el Excmo Señor Presidente de la República Lic don León Cortés y Sra. PP. Eduardo Perea, Provincial, Cándido Peña, Rector.

Planos y Dirección ejecutado por el ing. Alajuelense, don Clodomiro Fallas S. Donado por don Clodomiro Fallas, el 11 de agosto1941. Fiesta de San Alfonso.”
Ayer y hoy, el Santuario del Santo
Cristo de Esquipulas, debe ser un lugar para el descanso y distracción familiar, punto de referencia y atractivo para el turista nacional y de otras naciones y, muy especial, un sitio tranquilo para la meditación, orgullo del alajuelense.
periódico La Prensa Libre 18 enero 2008.

17/01/2008 GMT 1

Pasión entre iguales

marfuerte @ 22:26

Equidad Un libro fundador del feminismo revela la historia de dos personas que se amaron como pocas

Bértold Salas Murillo | bsalasmurillo@gmail.com
Una inusual –y sin embargo esperada– ceremonia de matrimonio civil tuvo lugar en Londres el 21 de abril de 1851. Antes de comenzar, el novio declaró que era una unión “entre iguales” y que renunciaba a los “poderes odiosos” que la ley otorgaba al marido.

La relación entre ambos era de dominio público desde hacía veinte años, como lo era también que ninguno de los dos, John Stuart Mill (1806-1873) y Harriet Taylor (1807-1858), aprobaba la institución matrimonial. Para él, en nueve de cada diez casos empeoraba la condición de quienes lo contraían.

Por su parte, Taylor solía comparar el voto de fidelidad conyugal con la entrega absoluta e irrevocable de una monja, quien desconoce a ciencia cierta las enormes consecuencias de tal decisión.

Meses después del matrimonio, Taylor publicó, de manera anónima, un sonado artículo sobre los derechos políticos de las mujeres en la beligerante Westminster Review , editada por su reciente esposo. En 1869, casi una década después de la muerte de Taylor, Mill daría a conocer La esclavitud femenina , uno de los textos fundadores del feminismo, el cual incluye varias de las tesis que antes enunció su esposa.

Antes y después de estos textos –y detrás de ellos–, se encuentra una historia de amor que escandalizó a la Inglaterra victoriana y que involucró al pensador británico más destacado del siglo XIX y a la mujer que, si bien publicó poco, participó decididamente en la escritura de sus principales trabajos. Este fue un papel que Mill sería el primero en resaltar.

Dos se encuentran. Hijo mayor del filósofo James Mill, John Stuart creció en un hogar donde los estímulos intelectuales eran tan abundantes como escasos los emocionales. Su padre se encargó personalmente de su educación y no lo envió a una escuela. Esto lo privó del contacto con gente de su edad: a los tres años leía griego, y a los ocho, latín; al llegar a la adolescencia, conocía lo viejo y lo nuevo en economía, filosofía, historia, lógica, política y psicología.

Desde la adolescencia, John Stuart participó en todo tipo de discusiones. Reclamó nuevos derechos y libertades, siempre de acuerdo al ideario utilitarista (la mayor felicidad para el mayor número). Sin embargo, la rigurosa formación también propició un carácter melancólico, para el cual la actividad política era un bálsamo de sus continuas depresiones.

Luego de la más grave de esas depresiones, en el otoño de 1826, John Stuart Mill comenzó a valorar el cultivo de los sentimientos; brindó así color y calor al demasiado racional utilitarismo de su padre y de su maestro, Jeremy Bentham.

Poco después, en 1830, Mill visitó la casa de John Taylor, quien compartía con su esposa Harriet las mismas ideas políticas, entonces denominadas ‘radicales’. La atracción entre los dos fue inmediata. Según relata Carlos Mellizo, Mill quedó impactado por la inteligencia y belleza de la señora Taylor. Por su parte, a Harriet sorprendió que, por primera vez, un hombre le hablase como “igual” intelectual, y que incluso le pidiese que revisara los borradores de su nuevo libro.

John Stuart y Harriet comenzaron a encontrarse con frecuencia, si bien renunciaron a hacerlo en casa de los Taylor. La censura pública y la presión del marido llevaron a que el matrimonio se separase durante seis meses en 1833; en ese período, el filósofo se encontró con ella en París, donde no los alcanzaba la prohibición social. Finalmente, ella atendió los ruegos del esposo; regresó a él con la condición de conservar la amistad de Mill. Según afirmaban e insistió Mill en su Autobiografía , el vínculo siempre se mantuvo en el terreno platónico, principalmente por respeto al esposo de Harriet.

En 1849, Taylor murió a consecuencia de un cáncer. Harriet lo acompañó durante los meses de agonía y solicitó a Mill que respetasen un duelo de dos años.

La esclavitud femenina . El matrimonio duró apenas siete años: casi simultáneamente, a ambos les diagnosticaron tuberculosis. Huyendo del frío londinense, visitaban el sur de Francia. Entonces se escriben los principales textos atribuidos a Mill y en cuya redacción ella tuvo un papel fundamental.

El más conocido es Sobre la libertad , ensayo escrito, revisado y corregido durante una década y que ambos desearon publicar en 1859. Así ocurrió finalmente, pero tras la muerte de Harriet: una infección pulmonar le arrebató la vida cuando ambos pasaban por Aviñón el 3 de noviembre de 1858.

Durante la siguiente década, en diferentes ensayos, Mill reunió sus ideas con respecto al utilitarismo, el gobierno representativo y la religión. Como contraparte y soporte emocional e intelectual, el lugar que antes ocupaba Harriet lo desempeñaba ahora Helen, hija de los Taylor y activista del sufragio femenino.

Entre todos los escritos de Mill, destaca La esclavitud femenina , que equiparaba la situación de la mujer con la esclavitud. Según él explica, cuando se abolía el trabajo esclavo y se limitaban los privilegios de la nobleza, las mujeres –la mitad de la Humanidad– tenían signado su destino desde el nacimiento.

Riquísima exposición de argumentos y contraargumentos sobre la condición de las mujeres en Occidente, La esclavitud femenina atribuye el origen de esta sujeción a la superioridad de la fuerza muscular masculina: un acto de violencia que se transformó en legalidad. Asimismo, Mill objeta cualquier caracterización de la mujer (“lo que se llama la naturaleza de la mujer es una cosa artificial”), mientras no se modifique su educación y no exista una relación de iguales.

Dicho ensayo persigue condiciones políticas que fueron conquistadas durante el siguiente siglo, el XX. Sin embargo, también describe con dureza la cotidianidad matrimonial, más allá de la ley: la violencia intrafamiliar, física y psicológica, y la complicidad de muchas mujeres en la perpetuación de esas prácticas.

Mill señala que, incluso en parejas donde reina el respeto, los cónyuges pueden ser dos desconocidos…, descripción que recuerda la que destinó al matrimonio Taylor en su Autobiografía .

Puede objetarse que, aunque Mill reconoce la capacidad de la mujer para ejercer cualquier profesión, objeta lo que hoy conocemos como “doble jornada” y defiende la permanencia de la mujer en el hogar. Por otra parte, nada dice sobre el divorcio.

Poco antes de morir, Mill publicó su Autobiografía , texto sobrio y apasionante sobre “una vida sin acontecimientos”. En aquella reseña sus batallas intelectuales y políticas. Es también un largo homenaje a Harriet, a quien describe como algo más que su musa: como la persona que lo transformó intelectualmente y cuya sabiduría y nobleza quiso interpretar adecuadamente en sus escritos. Mill afirmó en su diario en 1854: “Así escribo para ella cuando no escribo desde ella”.

Tras la muerte de Harriet, Mill pasaba largas temporadas en Aviñón, junto a su tumba. Por supuesto, allí murió y fue enterrado.

EL AUTOR ES PERIODISTA Y ESTUDIANTE DEL POSGRADO DE FILOSOFÍA DE LA UCR. PREPARA SU TESIS SOBRE ÉTICAS DE LA FELICIDAD, INCLUIDA LA PROPUESTA UTILITARISTA DE JOHN STUART MILL.

Suplemento Ancora. periódico La Nación 13 enero 2008.

05/12/2007 GMT 1

El último refugio de la libertadora

marfuerte @ 00:52

Vida heroica Manuela Sáenz, la compañera de Simón Bolívar, cursó una vida azarosa, pero no murió olvidadaHistoria

Sara Beatriz Guardia | sarabeatriz@telefonica.net.pe
Cuando Manuela Sáenz se dirigía al puerto colombiano de Santa Marta para reunirse con Simón Bolívar, recibió una carta de Louis Peru de Lacroix, auxiliar del general, en la que se le anunciaba la muerte del Libertador. Era el 17 de diciembre de 1830, y se abría así el episodio más dramático en la vida de Manuela Sáenz.

Pronto se trasladó a Bogotá y, haciendo frente a los ataques que lanzaban contra ella, manifestó públicamente su adhesión a los ideales bolivarianos. Vicente Azuero incitó la cólera y el desprecio contra “la Sáenz”, llenando las calles de carteles difamatorios. Los ataques concluyeron en el día de Corpus Christi con la quema de dos muñecos que personificaban a Manuela y a Bolívar.

“Nosotras, las mujeres de Bogotá, protestamos de esos provocativos libelos contra esta señora que aparecen en los muros de todas las calles [...]. La señora Sáenz, a la que nos referimos, no es sin duda una delincuente”, se leyó luego en otros escritos

Los ánimos se calmaron hasta la publicación de La Torre de Babel , un folleto escrito por Manuela Sáenz donde acusaba al gobierno de ineptitud para resolver los problemas más acuciantes y de actos de provocación y sedición. Ese folleto le costó la cárcel. Posteriormente, en abril de 1831, el general Rafael Urdaneta la expulsó de Colombia.

Cuando el general Francisco de Paula Santander fue elegido Presidente de Colombia, la desterró definitivamente de ese país el 1° de enero de 1834, y le confiscó sus bienes.

Maxwell Hyslop, comerciante inglés amigo de Bolívar, la acogió en Kingston (Jamaica). Allí vivió Manuela Sáenz durante un año hasta que recibió el salvoconducto que le permitía ingresar a su natal Ecuador, otorgado por el presidente Juan José Flores.

Sin embargo, no pudo ingresar a Quito. En octubre de 1835, Flores había perdido el poder, y Manuela debió trasladarse a Guayaquil, de donde fue expulsada el 18 de octubre de ese año por el gobierno de Vicente Roca-Fuerte.

Entonces se dirigió al Perú, acompañada de Jonatás, su esclava desde que era niña. Se instaló en Paita, un pequeño puerto en medio del desierto de la costa norte peruana.

Destino americano. Manuela llegó al mundo con el signo del amor ilícito y de la deshonra. Tal fue el escándalo que produjo su nacimiento que, con frecuencia, en Quito se hablaba más de la hija bastarda de don Simón Sáenz Vergara (miembro del Concejo de la Ciudad, capitán de la milicia del Rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito) que del movimiento por la independencia que se gestaba, y en el que esa niña tendría gran presencia.

No en vano, ella presagió, muy joven: “Mi país es el continente de América. He nacido bajo la línea del Ecuador”.

En efecto, quienes creyeron que desterrando a Manuela Sáenz la habían vencido, se equivocaron. Era la misma Caballera de la Orden del Sol, condecorada el 11 de enero de 1822 por el general José de San Martín en reconocimiento por su entrega a la lucha independentista. Fue coronela del Ejército de la Gran Colombia por su destacada participación en la batalla de Junín (6 de junio de 1824). Entonces recorrió a caballo la agreste cordillera andina, con Simón Bolívar.

Luego prosiguió la campaña con el general Antonio José de Sucre, cuando Bolívar debió regresar a Lima para combatir un motín. El general Sucre le escribe a Bolívar detallando la batalla de Ayacucho y solicitando reconocimiento a Manuela Sáenz por su extraordinario valor:

“Ayacucho, Frente de Batalla, diciembre 10 de 1824. A Su Excelencia el Libertador de Colombia, Simón Bolívar: Se ha destacado particularmente Doña Manuela Sáenz por su valentía, incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos. La Providencia nos ha favorecido demasiadamente en estos combates. Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el grado de Coronela del Ejército colombiano.

El vicepresidente de Colombia, general Francisco de Paula Santander, protestó y, en una carta, exigió a Bolívar que la degrade. Bolívar respondió indignado:

“¿Que la degrade? ¿Me cree usted tonto? Un Ejército se hace con héroes (en este caso heroínas), y estos son el símbolo del ímpetu con que los guerreros arrasan a su paso en las contiendas, llevando el estandarte de su valor”.

Visitantes ilustres. Manuela Sáenz tenía 38 años cuando llegó a Paita en 1835, y allí permaneció hasta el 23 de noviembre de 1856. Durante estos años la acompañó Jonatás, con quien atendía una pequeña tienda en su casa y en cuya puerta se podía leer: Tobbaco. English spoken .

Nunca pudo recuperar sus bienes ni acceder a la dote que James Thorne, su esposo, le había devuelto en su testamento. Thorne fue asesinado en 1847, pero ella se negó a realizar cualquier trámite para hacer valer sus derechos.

Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar, vivía en un pueblo cercano a Paita, y con frecuencia la visitaba. También fue a conocerla el patriota italiano Giuseppe Garibaldi.

En su libro Las cuatro estaciones de Manuela , Victor W. von Hagen narra que la visita de Garibaldi coincidió con una de Simón Rodríguez: “Juntos pasaban sus años invernales estos dos enamorados de Simón Bolívar; juntos leían las cartas que les hablaban del pasado. Así estaban un día de 1851, cuando un caballero distinguido preguntó por la Libertadora... Se llamaba Giuseppe Garibaldi”.

Von Hagen agrega que los tres pasaron el día conversando de Bolívar: ella, en su cama, y Garibaldi, “recostado en el sofá pues sufría de una malaria contraída en las selvas de Panamá”.

Manuela conoció en este período a Herman Melville, cuando el futuro autor de Moby Dick arribó a Paita en 1841 a la edad de 22 años a bordo del ballenero Acushnet .

También llegaron a visitarla Carlos Holguín, político colombiano con quien ella recordó pasajes de su vida con Bolívar; Ricardo Palma, que recogió posteriormente la entrevista en sus Tradiciones , y el político y poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo, autor del Canto a Bolívar .

En Paita, rodeada del mar y de la arena del desierto, todos conocían a Manuela Sáenz, la respetaban y la querían. Ella estaba donde la necesitaban, con la fe y el coraje que caracterizaron su vida.

En noviembre de 1856, el puerto de Paita fue asolado por una epidemia de difteria, que pronto se propaló causando la muerte a gran parte de la población. Debido a ello, el 23 de noviembre murió Manuela Sáenz; unas horas antes había fallecido Jonatás, su fiel compañera.

El cadáver de la Libertadora fue incinerado a fin de evitar el contagio, y su casa, y sus pertenencias, quemadas.

LA AUTORA ES ESCRITORA Y PERIODISTA PERUANA. DIRIGE EL CENTRO DE ESTUDIOS LA MUJER EN LA HISTORIA DE AMÉRICA LATINA: HTTP://WEBSERVER.RCP.NET.PE/CEMHAL/

Suplemento Áncora. periódico La Nación 11 noviembre 2007

¿Cuál acta de independencia?

marfuerte @ 00:46

Juan Rafael Quesada C.

Historiador

El dominio de la lengua y el conocimiento del pasado son instrumentos esenciales en la conformación de la identidad de las personas y de los pueblos. Así, se habla de uso de la historia cuando se le confiere la función pedagógica de dotar a una comunidad de cohesión, de fortalecer sus raíces y estimular el sano patriotismo. En este sentido es una conquista, un instrumento de poder de toda agrupación humana.

En concordancia con lo anterior, debemos manifestar nuestra satisfacción y complacencia por el hecho de que algunas comunidades del país se hayan organizado para combatir la práctica extranjerizante de celebrar –gracias al interés del comercio y la complicidad de cierto periodismo superficial– la fiesta foránea de Halloween. Este fue el caso, este año, de Cartago, San Ramón y Desamparados. Esta necesidad de fomentar tradiciones y valores costarricenses se enmarca dentro de esta concepción de desarrollar conciencia histórica, de hacer uso de la historia.

Control de la memoria. Es imperativo advertir que desde la antigüedad se ha ejercido el control de la memoria para acrecentar el prestigio, justificar y legitimar determinados proyectos políticos, e incluso satisfacer egos. En ese caso, hay abuso de la historia, pues deviene en un discurso del poder, es objeto de manipulación, de deformación, de censura o de silencio.

Veamos el caso siguiente. Ante la insistencia de un grupo de cartagineses para que el acta emitida por el Ayuntamiento (Cabildo) de Cartago el 29 de octubre de 1821 sea reconocida como “Acta de Independencia de Costa Rica”, la vicepresidenta de la República, Laura Chinchilla, dio apoyo a esa vieja iniciativa originada en la antigua metrópoli de Costa Rica. Más aún, durante las actividades realizadas en Cartago, el recién pasado 29 de octubre, se distribuyó entre los estudiantes, un documento supuestamente elaborado por un funcionario de la Dirección Regional de Enseñanza de Cartago.

En este “documento”, con el propósito de demostrar “¿Por qué SÍ se debe celebrar el 29 de octubre?”, el autor basa su argumentación en siete puntos. Todos empiezan, invariablemente, con el adverbio sí, lo cual hace pensar que se trata de una prolongación de la campaña a favor del TLC. Termina con una cita parcial del artículo primero del acta de Cabildo de Cartago, en el que se declara “La independencia absoluta del gobierno español”. No obstante olvida decir que, en el artículo siguiente, esa misma acta establecía el acatamiento de la Constitución y de las leyes que promulgase el imperio que acababa de fundar en México el general Agustín de Iturbide.

Repudio al proceso. Téngase presente que Iturbide, encargado de reprimir a los patriotas mexicanos dirigidos por Vicente Guerrero que luchaban por la independencia, había proclamado en febrero de 1821 el Plan de Iguala, uno de cuyos puntos esenciales planteaba la creación de un Gobierno monárquico, lo que quería decir que México sería un imperio, y que la corona se ofrecería a Fernando VII, o en su defecto, a un príncipe español. En consecuencia, tanto en León, Nicaragua, como en Costa Rica, las autoridades españolas que repudiaban el proceso independentista se acomodaban a la fórmula que proclamaba “la independencia de España hasta que se aclaren los nublados del día”. Esto significaba que “la tal independencia tan solo duraría el tiempo que tardasen los ejércitos de Fernando VII en meter en cintura a los insurrectos de Guatemala” (Ricardo Fernández Guardia).

Es claro, entonces, que el acta del 29 de octubre de 1821 tuvo un carácter muy limitado. Se refería solo a la ciudad de Cartago y, en modo alguno optaba por una verdadera independencia. No es por casualidad que entre los firmantes figurara, encabezando la lista, el último gobernador, Juan Manuel de Cañas, acérrimo enemigo de las ideas republicanas, quien, por su arbitrariedad y actitudes persecutorias contra los amantes de la libertad, era llamado “terrorista”. En realidad, en Costa Rica no se dio propiamente un acta de independencia, pero lo cierto es que en la Batalla de Ochomogo, al ser derrotados los nostálgicos del viejo régimen o imperialistas, se consolidaron los anhelos de independencia y republicanismo, pilares del Estado nacional en construcción.
periódico La Nación 10c noviembre 2007

04/12/2007 GMT 1

7 de noviembre de 1889

marfuerte @ 00:58

Patricia Fumero

Deberíamos concentrarnos en los desafíos que enfrenta la democracia costarricense

Historiadora

La democracia es un proceso. En la práctica, esto significa que la democracia tiene un carácter perfectible. Sin embargo, en el caso costarricense se asume que la democracia es consustancial a nuestra historia. Craso error, puesto que los miembros de la sociedad costarricense, mujeres y hombres, “blancos”, mestizos, indígenas, chinos y afrocaribeños han tenido que luchar para hacer valer sus derechos, tanto políticos como sociales. Ejemplo son las luchas por el voto femenino y por las garantías sociales.

La democracia también tiene un complemento cultural que se refleja en la selección que se hace de acontecimientos de la historia patria y que se privilegian en un contexto sociopolítico específico. Consecuentemente, en 1989 se decidió celebrar el centenario de una lucha que costarricenses dieran el 7 de noviembre de 1889 y nombrar ese día como el día en que comenzó la democracia. ¿Puede surgir un sistema democrático un día determinado y a partir de un acontecimiento específico? Revisemos los sucesos que acontecieron hace 118 años para decidir.

Conspiraciones y revueltas. En el último tercio del siglo XIX, Costa Rica vio el surgimiento de un grupo de profesionales liberales que florecieron al calor de los cambios en el Estado y en la creciente incorporación al mercado mundial. A su vez, tal proceso supuso una creciente diferenciación social. El resultado fue una serie de manifestaciones sociales que se materializaron en 15 conspiraciones y revueltas, la constante protesta campesina y el aumento en la organización de obreros y artesanos entre 1870 y 1887.

Además, la política financiera del Estado alimentó la inflación, que fue acompañada por dos crisis de precios del café (1874-75 y 1884-85). La situación propició la organización de un sector fuertemente opuesto a las políticas de los gobiernos liberales de Tomás Guardia (1870-1882), Próspero Fernández (1882-1885) y Bernardo Soto (1885-86, 1886-1889), grupo que al final logró articular el descontento de diversos sectores sociales como fueron los intereses del sector campesino, obrero-artesanal y eclesiástico. Así, con el decidido apoyo de la Iglesia Católica, el partido Constitucional Democrático entró en la contienda electoral de 1889, representado por José Joaquín Rodríguez.

Pero cabe recordar que, en 1889, no todos los costarricenses votaban. Solo podían hacerlo aquellos que tenían las calidades requeridas de género, etarias, económicas, civiles y profesionales, lo que dejaba sin poder participar en la contienda electoral a la mayoría de los costarricenses.

Primero la vida. Al calor de la lucha y ante el temor al fraude electoral, la contienda de 1889 produjo que se crearan 27 nuevos periódicos en los centros urbanos y rurales. Lo anterior significa que la ciudadanía, al menos un número importante, estaba al tanto de la lucha por el poder, a la vez que estaban informados y motivados por los discursos pronunciados desde los púlpitos. Así, la tarde del 7 de noviembre, y como respuesta a un desfile no autorizado por el partido Liberal Progresista, en el cual políticos y civiles vitorearon a su candidato Ascensión Esquivel, la oposición movilizó a un contingente de ciudadanos que iba armado, organizado y con experiencia militar. Ante este movimiento, el Gobierno decidió no actuar para evitar pérdida de vidas, por lo que el presidente Soto decidió entregar el poder al tercer designado, el doctor Carlos Durán, quien gobernó por seis meses antes de entregar el poder a José Joaquín Rodríguez (1890-1894).

De esta forma, con apoyo popular se gestó un golpe de Estado que depuso al presidente Soto y mandó al exilio al candidato oficialista. La ironía del caso es que esta manifestación popular, que en principio buscó garantizar elecciones competitivas, puso en el poder a un presidente que, a corto plazo, se convirtió en un dictador al clausurar el Congreso y suspender las garantías individuales.

No obstante, esta visión y celebración de la democracia basada en el sistema electoral tiene un carácter muy limitado. El verdadero carácter de la democracia se encuentra en otro lado: en su búsqueda de la justicia social, la libertad, la igualdad de oportunidades, la paz social y la estabilidad política. Así, en vez de celebrar una “centenaria democracia” basada en las elecciones, deberíamos concentrarnos en los desafíos que la democracia costarricense enfrenta, como son la crisis económica, la corrupción, el autoritarismo, la creciente desigualdad e injusticia social, y la inestabilidad de las instituciones sociales y políticas.
periódico La Nación 8 noviembre 2007.

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