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RESONOCO

Categoría: Historia

17/10/2007 GMT 1

Día de las Culturas, no de la Raza

marfuerte @ 02:50

Juan Rafael Quesada C.

La memoria en la construcción y preservación de la identidad nacional

Historiador

Antes, el 12 de octubre era llamado el Día de la Raza y, después de un cambio en la legislación nacional, se llamó Día de las Culturas, un cambio que fue el resultado de una profunda lucha de un importante sector de la ciudadanía, consciente de la vital importancia de la memoria en la construcción y preservación de la identidad nacional.

La ley número 7426, del 21 de setiembre de 1994, abolió la 4169, “Día del Descubrimiento y la Raza”, del 29 de julio de 1968, que era discriminatoria y racista. La ley de 1994 estableció que “todos los años se conmemorará el 12 de octubre como ‘Día de las Culturas’, para enaltecer el carácter pluricultural y multiétnico de Costa Rica”.

Realidad disimulada. Desafortunadamente, no pocas personas, incluso periodistas, siguen hablando de “Día de la Raza”. Otros, como la joven Vanessa Loaiza (La Nación, 9/10/07, pág. 13), hablan de “Encuentro de Culturas”, un término incorrecto pues induce a pensar que, el 12 de octubre de 1492, los europeos (españoles) y los americanos (habitantes autóctonos de nuestro continente) se reunieron en medio del océano para una “amable feria de intercambios” (Nestor García Canclini, La globalización imaginada). Lo cierto es que el inicio de la presencia europea en América representó la conquista y estuvo marcada por la imposición y la violencia, aunque esa realidad haya sido disimulada con diferentes eufemismos. El más cordial o “políticamente correcto” ha sido el de “encuentro de dos mundos” o “encuentro de culturas”.

No obstante, es importante destacar que los latinoamericanos somos hijos de 1492. Esto quiere decir que de ese desencuentro o conquista surgió un continente mestizo, producto de una múltiple hibridación. Por eso, la ley 7426 determina que “los valores indígenas, europeos, africanos y asiáticos presentes en la idiosincrasia costarricense se exaltaran en los actos conmemorativos del Día de las Culturas”.

Significado real. A pesar de lo anterior, todavía existe mucha incomprensión por parte de la población costarricense acerca del significado de la conmemoración del 12 de octubre, tanto que las escuelas ahora organizan ferias internacionales sobre diferentes países del mundo, sin enfocarse en aquellos que marcaron nuestra cultura para siempre.

Los periodistas podrían, sin embargo, contribuir a clarificar esa situación, empezando por difundir la ley del “Día de las Culturas”. Ese sería un paso importante para lograr una urgente rectificación para que el 12 de octubre deje de ser un feriado turístico y vuelva a ser una fiesta nacional.

periódico La Nación 11 de octubre de 2007.

21/08/2007 GMT 1

1856, el TLC y la responsabilidad del historiador

marfuerte @ 00:26

Iván Molina Jiménez

Historiador

En un artículo publicado en Áncora (3-6-2007, p. 6), el historiador estadounidense, Lowell Gudmundson, señaló que Armando Vargas y Juan Rafael Quesada, en sus libros sobre la guerra de 1856-1857 recientemente publicados, establecen "…comparaciones directas entre las amenazas que ven en el TLC actual y el filibusterismo decimonónico".
Si bien la afirmación de Gudmundson es incorrecta, lo que más sorprende es la respuesta de ambos autores: Quesada calificó a Gudmundson de "detractor" (Tribuna Democrática (5-6-2007) y Vargas lo presentó como un calumniador (La Nación, 7-6-2007, p. 28A).
La forma en que respondieron Quesada y Vargas, en mi opinión innecesariamente violenta, llama la atención porque ambos autores han asumido posiciones públicas en contra del TLC, y en algunos de sus escritos han relacionado la Costa Rica de 1856-1857 con la del presente. De esta manera, han contribuido a crear un contexto básico de interpretación para sus libros que supera los libros mismos.
Ahora bien, si Quesada y Vargas hubieran hecho lo que Gudmundson -incorrectamente- les atribuye, no habría razón alguna para reclamarles por eso. En el estudio del pasado, la objetividad no consiste en omitir los motivos ni los propósitos que llevan a una persona a tratar determinado tema, sino en considerar debidamente toda la evidencia disponible, incluida aquella que no respalda los puntos de vista del investigador. Precisamente, la ausencia de esto último es lo que, entre otros aspectos, he cuestionado en los libros de Quesada y Vargas (La Nación, 12-5-2007, p. 31A; UNIVERSIDAD, 28-6-2007, p. 23).
Las respuestas a mis cuestionamientos han sido variadas: unas personas han interpretado mi crítica a esos libros como un intento de desacreditar la guerra de 1856-1857 y de desvalorizar a los héroes costarricenses; y otras han expresado que, entre conocer o no conocer aspectos controversiales de la Campaña Nacional y de los héroes nacionales, prefieren no saber. Algunos lectores concluyeron que la mejor forma de enfrentar las dudas planteadas por mí, era leer, hasta tres o cuatro veces, los libros de Quesada y Vargas. Y, por supuesto, no han faltado quienes han tratado de equipararme con un fabricante de armas, ni quienes han sugerido que mi crítica a esos libros obedece a oscuros motivos, y que lo más probable es que yo sea un agente de Óscar Arias encargado de debilitar al movimiento anti-TLC y que por este trabajo seré compensado de alguna forma.
Pese a su diversidad, estas respuestas (algunas escritas por profesores universitarios) tienen en común que quienes las escribieron asumieron la defensa de los libros de Quesada y Vargas como una cuestión de fe, sin considerar siquiera en qué se basan mis cuestionamientos. Al proceder así, tales personas escogieron una forma de debatir que, por definición, excluye el análisis, una estrategia seguida también por Quesada y Vargas, quienes, en vez de responder a mis comentarios, se han dedicado a descalificarme a partir de ataques personales (La Nación, 19-5-2007, p. 36A, y 20-6-2007, p. 37A).
Desde su recuperación por los liberales en la década de 1880 hasta el presente, la guerra de 1856-1857 ha sido utilizada con fines políticos e ideológicos, y el momento actual no es la excepción. Independientemente de si está a favor o en contra del TLC, el historiador tiene la responsabilidad de producir conocimiento histórico que considere críticamente toda la evidencia disponible sobre el tema que interesa. Proceder de otra manera quizá pueda servir momentáneamente a una causa, pero no contribuirá al desarrollo de una ciudadanía crítica e informada.

Semanario Universidad 16 de agosto de 2007.

Oscar Aguilar Bulgarelli: "El SINART es víctima de la dictadura mediática"

marfuerte @ 00:24

Mariana Murillo Q.
redactora

Las memorias del exdirector del Canal 13 son el punto de partida para un libro que documenta la trayectoria de la institución.

Oscar Aguilar Bulgarelli fundó el SINART y actualmente prepara un libro titulado "Costa Rica: Dictadura Mediática". (Foto Katya Alvarado)

La historia del Sistema Nacional de Radio y Televisión (SINART) ha transcurrido entre momentos de luz y oscuridad, bajo la mirada vigilante de uno de sus fundadores: Óscar Aguilar Bulgarelli.
Hoy esa historia ha sido recopilada en su libro "Entre luces y sombras: La historia del SINART (1978-2007).
El Sistema Nacional de Radio y Televisión Cultural se fundó el 15 de setiembre de 1978, cuando se unieron la Red Nacional de Televisión, la Radio Nacional, Canal 13 y se creó el periódico cultural Contrapunto.
A partir de entonces la vocación del SINART fue la de fortalecer los valores democráticos, estimular "la solidaridad y comprensión ente los ciudadanos conscientes de sus deberes, sus derechos y de sus libertades fundamentales", y de contribuir al progreso cultural económico y de sano esparcimiento de los costarricenses, según se citó en sus objetivos.
En ese periodo Canal 13 transmitió gran cantidad de programas de producción nacional como el noticiario "Cosmovisión", junto con "Queremos saber", "El libro de la semana" y "Noches de teatro"; mientras que en Radio Nacional se ofrecían espacios como "Somos como somos", "Arte Nacional" y "Viajemos por el mundo".
Así, en encuestas publicadas en 1981, Canal 13 se posicionó como el segundo lugar de audiencia nacional, mientras que Radio Nacional era una de las diez primeras emisoras.
Sin embargo, según el texto de Aguilar, los aciertos no bastaron para que poco a poco el SINART comenzara a decaer.
"El SINART no puede ser analizado fuera del contexto de lo que fue la estrategia mediática a partir de los años 70, es decir, la de la concentración de medios en pocas manos, no solo en Costa Rica, sino en todo el mundo. Esto responde a que el poder ya no estaba en los ejércitos ni en la política, sino en los medios de comunicación. La opinión publica se forma a través de la opinión publicada", dijo Aguilar, quien fuera director de la institución en dos ocasiones.
DIFÍCIL TRAYECTORIA

Aguilar Bulgarelli señaló varios hechos importantes en la historia del SINART, mediante los cuales "los políticos lo han sumido en las sombras". Según él, la historia de la institución ha sido dictada por medios comerciales poderosos y los empresarios que los controlan.
"El SINART es víctima de la dictadura mediática. En Costa Rica los gobiernos han estado al servicio de los intereses que representan los medios privados. Lo que interesa es que la gente no piense, entonces si los medios en manos del Estado son realmente independientes, con la posibilidad de ser los más libérrimos e inducir a la sociedad a salirse del pensamiento único, los demás se ven afectados porque no pueden domesticar a la población fácilmente. La importancia del SINART es que, al igual que los medios de la UCR, permiten al costarricense tener otra óptica y por eso han optado por acabarlo o llevarlo a la mínima expresión", agregó.
El historiador recordó que la mayoría de los medios de comunicación pertenecen a grandes grupos ."Desde Oduber hasta Pacheco, todos los presidentes, sin excepción, han dicho que La Nación ha tratado de imponerles la agenda".
El primer golpe que se documenta en el libro "Entre luces y sombras" lo sufrió el SINART en la administración de Luis Alberto Monge (1982-1986), cuando se creó la Secretaría de Información y para ello se tomó presupuesto y equipo de la institución. En ese momento también se le prohibió vender publicidad , con lo cual disminuyeron sus ingresos.
Más tarde, durante el gobierno de Rafael Ángel Calderón ( 1990-1994) el SINART tuvo más de media docena de directores generales.
En 1991 Calderón anunció la privatización del SINART y algunas otras entidades estatales, pero esto no se llevó a cabo porque se incluyó una norma en el Proyecto de Ley del SINART que establecía que la aprobación requería de una ley especial con votación calificada.
Posteriormente, y luego de que múltiples sectores sociales se pronunciaran en contra de la privatización, llegó la Administración de José María Figueres (1994-1998).
"La guerra de La Nación contra Figueres se calma cuando él firma el pacto Figueres- Calderón. En la formulación de ese pacto estuvo involucrado Julio Rodríguez (editorialista de La Nación) y en él se acordó el cierre del SINART", manifestó el historiador.
En ese entonces se nombró a William Ortiz como Director General de la institución. Aguilar dijo que al encarar a Ortiz sobre su intento de cerrar el SINART desde el principio de su gestión, este le respondió: "Lo que me duele es no haberlo cerrado".
En 1996 llegó a la dirección general Guido Sáenz, que con la intención de reestructurar el SINART y dotarlo de marco jurídico interrumpió las transmisiones de Canal 13, disminuyó las de Radio Nacional y cerró Contrapunto.
Varios meses después le cedió la señal de Canal 13, por tres meses, al Padre Minor Calvo, quien después intentó que se le otorgara la frecuencia permanentemente.
Según el libro, para 1998 el SINART era una institución débil, con infraestructura insuficiente, cuyo personal estaba desmotivado.
No obstante, se buscó revitalizarlo con la campaña "Un SINART diferente" que hacía alusión a que los contenidos difundidos en esos medios de comunicación no buscaban competir con los comerciales, sino ser una alternativa.
Durante esta etapa, Canal 13 por ejemplo, produjo programas como "Antorcha", "Hora diez", "Sabelotodo" y "Gente como nosotros". Este último recorrió el territorio nacional cuatro veces y llegó a empatar en sintonía a los partidos de fútbol de primera división de los domingos.
"Hay que recordar al SINART en sus etapas de luz, cuando se hicieron cosas impresionantes que sirvieron de escuela, de guía. Cuando fue lo que debe ser: una alternativa y no una competencia", agregó Aguilar.

LEY Y OSCURIDAD

En abril del 2002 se aprobó la Ley Orgánica que convirtió al SINART en la sociedad anónima que Aguilar Bulgarelli denomina "adefesio jurídico".
A esta ley se llegó después de 18 proyectos, pero de acuerdo al exdirector del SINART, hay puntos en ella que amenazan la existencia de la institución.
"En el proyecto original no se le otorgaba plazo a las frecuencias. Ahora es de 10 años, es decir, la vida del SINART tiene acta de defunción. Cuando se venzan las licencias, el Estado está obligado a sacarlas a concurso, dentro de 6 años. Cada una de esas frecuencias tienen un valor de mercado inconmensurable", explicó Aguilar.
"Además, limitaron la acción del SINART. Eliminaron "cultural" del nombre y por eso le dieron una vocación de empresa. Ahora el que paga tiene un espacio, aunque su quehacer no sea cultural", dijo.
El historiador manifestó su molestia porque los puestos de Director Ejecutivo y Director General sean nombrados por el Concejo de Gobierno, y además porque la Junta Directiva no esté conformada por personas con conocimiento técnico.
Esta combinación entre lo comercial y lo gubernamental ha provocado, según él, que la institución no solo esté entre sombras, sino en una "oscuridad absoluta".
"Nunca había sucedido lo que ha pasado en esta, la administración de la tiranía de Arias. Hubo en otros gobiernos alguna orientación de favorecerse, pero en ninguno el director general declaró que el SINART es "la voz de gobierno" como lo hizo Alicia Fournier, actual directora. Nunca se habían cerrado programas de opinión porque expresaban una visión contraria a la del gobierno, para luego abrirle un espacio al presidente", puntualizó.
Aguilar expresó que la única oportunidad de sobrevivir que le queda a la institución que vio nacer, es que la sociedad se preocupe por hacer cambios en la ley que la sustenta.
"Las universidades, los sindicatos, las cooperativas, las asociaciones de educadores, los sectores de cultural independientes y las iglesias. Todos esos sectores pueden salvar al SINART", concluyó.

Semanario Universidad 16 de agosto de 2007.

12/08/2007 GMT 1

Comunistas armados

marfuerte @ 01:25

(Vivencias familiares en la Alajuela de ayer)

José Manuel Morera Cabezas
La casona que nos vio nacer y brindó calor para trabajar y disfrutar la vida, fue un centro muy popular en Alajuela, porque en su interior se desarrolló gran actividad comercial casera, un lugar agradable para tertulias, lecturas, negocios, humor, reuniones políticas y otras situaciones propias de la época.

Allí funcionó el pequeño taller de costura bajo la dirección de doña Adilia Cabezas Quesada, maestra en el corte, diseño y hechura de camisas; además, la confección de sábanas con recortes de tela en lindos colores estampados y lisos; uniformes para futbolistas; una pieza pequeña de la edificación ocupada por la “remendona” del abuelo Paulino Soto, destacada en su puerta con un visible rótulo donde se leía “Se remiendan zapatos”, escrito con tinta negra (anilina), utilizada para teñir el cuero del calzado; la elaboración de panes, cajetas, tamales mudos, de frijol y cerdo; el club de camisas rifadas con el número mayor de la lotería nacional y el incansable molino -ruidoso y pesado armazón de hierro, aluminio, bronce y acero, acompañado de un poderoso motor- utilizado para las moliendas de maíz, papa, arroz, chile dulce, culantro, chicharrones y otros ingredientes que daban como producto la “masa arreglada o condimentada”, lista para los tamales, si el cliente así lo decidía.

Ese ambiente laboral era, como llamarían hoy, el centro comercial del barrio, diferente por estar ubicado en una edificación antigua, con techo entejado, sin parqueos, sin puertas automáticas, ni pantallas luminosas.

Según la astucia o disimulo para decir las cosas, característica del pícaro alajuelense, la cabeza o jefe del negocio casero era conocida en los barrios alajuelenses, especialmente en El Llano y La Agonía, como la “comunista armada, muy hábil en mover y revolcar las masas”. Estos calificativos se lanzaban con doble intención, pero sin mala intención, prevaleciendo el chiste y el humor manudo.

A su padre, el zapatero remendón, en tiempos de la llamada Guerra Civil o Revolución del Cuarenta y Ocho, le encaramaron el apodo “armado o
armadillo” -distintivo que por herencia llegó a las nuevas
generaciones en la familia- ya que, según sus intereses políticos u otras necesidades, se ocultaba en las alcantarillas y huecos, similares a los construidos por esos animalitos casi en extinción, con caparazón o placas
córneas articuladas, listos para evadir el peligro y su captura.

Así, a la hija de don Paulino, Adilia la costurera y fabricante de deliciosas comidas y panes, le fueron quitando el nombre de pila hasta dejarla en el puro pellejo como la famosa “armada o armadilla”, para continuar con la tradición de su papá, el señor Soto Córdoba.

Hoy, en toda la numerosa familia, es normal un saludo entre “armadillos, armados o cusucos”, como cosa normal. Inclusive, en ocasiones en que se han dado concentraciones familiares, alguna voz del mismo grupo o vecino lo ha manifestado con mucha fuerza: ¡un rifle para cazar armados, antes de que se pongan a hacer huecos… o revoluciones!
¡Sí!, este valeroso apodo se mantiene sin peligro de extinción, puesto que va pasando de generación en generación en la familia Soto. Así es nuestra hermosa Alajuela, cuna del apodo.

Lo de “mover y revolcar las masas”, provenía de su tremenda experiencia en echar el maíz en la tolva del molino, hasta recoger la masa y depositarla en las ollas y sacos de manta. Todos los días pasaba agitando la masa, por más de cincuenta años, en las moliendas del nutritivo grano. Nunca por otra situación, aunque se le escuchaba decir que nuestro pueblo tenía que despertar y protestar por las cosas injustas, como el costo de vida y los malos salarios.

¡Ah!. Lo de “comunista”, por sentir admiración hacia líderes reconocidos como Carlos Luis Fallas Sibaja, nuestro escritor Calufa, personajes distinguidos de nuestra historia patria; por cierto, una historia con más rectitud y menos corruptos. El escritor y sindicalista, quien tenía su casa-biblioteca casi pegada a la nuestra, disfrutó del humor, cariño, hospitalidad, pan casero, tamales y aguadulce brindado por aquel negocio y hogar de trabajadores alajuelenses, en compañía de otras figuras literarias, políticas y obreras, quienes honraron nuestra negocio y familia con su presencia y conocimientos.

Adultos y niños, fuimos testigos de momentos clandestinos, aplicados a nuestra manera de pensar, según los conceptos de la época, muy diferente al pensamiento actual. Con tales actividades prohibidas y presencia de conocidos políticos y escritores nacionales, siempre el humor alajuelense encontraba sus ocurrencias.

Divulgaron que los guardias civiles se hacían “los rusos” al permitir el trabajo clandestino de quienes, con la colaboración de algunos vecinos, atacaban en las primeras horas de las mañanas a repartir hojas sueltas y hacer “pegas y pintas” (en postes y tapias), alusivas al desfile del Primero de Mayo en la Capital y otras actividades indicadas por sindicatos y organización política de entonces; mientras era costumbre la visita del policía en las frías mañanas a disfrutar un café con pan “melcochón” untado de miel de abejas, tamal u otra comida para combatir el sueño y frío, invitación exclusiva del negocio a los humildes trabajadores de la ley, quienes cuidaban nuestras barriadas. Hoy, ¡cuánto no deseamos una autoridad, por lo menos para recordar cómo eran y cómo funcionaban!
Y el trabajo político era clandestino porque la llamada “izquierda costarricense o comunistas” estaban fuera de ley, de acuerdo a la Constitución Política de Costa Rica en el artículo noventa y ocho, párrafo segundo, que impedía la organización y funcionamiento de este sector, por considerar su ideología y prácticas contrarias a nuestra paz y sistema democrático, poniendo en peligro nuestra Patria e instituciones, con ideas extrañas y subversivas.

La visita honrosa de guardias civiles a nuestro hogar y centro de trabajo, fue interpretada con humor y malicia, ya que las autoridades desempeñaron siempre su trabajo con honestidad y patriotismo. Ciertamente existió amistad, vecindad y respeto entre ellos y los “comunistas armados” del barrio La Agonía. ¿Acaso no todos éramos una misma comunidad, un pueblo con los mismos problemas, necesidades y aspiraciones?
Los niños vivimos una preciosa etapa. Conocimos las herramientas utilizadas para el trabajo diario, sentimos lo que es el esfuerzo y satisfacción al colaborar en la manutención del hogar, nos convertimos en auténticos obreros: cortamos hebras, limpiamos el taller, aceitamos las máquinas, pegamos botones con aguja en mano, colaboramos en la confección de prendas, conocimos en las páginas del libro, el espíritu de tantos personajes como nuestro hermano amigo del alma Marcos Ramírez, Mi madrina, Juan Varela, El moto, A ras del suelo, Los cuentos de mi tía Panchita, y conocer la heroica lucha de nuestros compatriotas y de otras nacionalidades, en las duras y enfermizas tierras de Mamita Yunai.

En nuestra casona no faltaron las gentes amigas quienes fueron testigos del trabajo, de los defectos y virtudes que permitieron a nuestros abuelos y padres, desempeñar su labor constante para lograr la crianza y educación de sus hijos y nietos; éstos, interesados en rescatar las muchas páginas ejemplares escritas con sacrificio por ellos, como esta historia.

Recordando y siguiendo el ejemplo y pasos de nuestros abuelos y padres, hacemos Patria. Un gigante homenaje a nuestra madre Adilia a quien Dios aún la mantiene en pie de lucha… armada con mucha vitalidad ante los retos modernos y, por supuesto, ¡siempre revolcando las masas!

periódico La Prensa Libre 9 de agosto de 2007.

01/08/2007 GMT 1

JUNTOS CONTRA WALKER

marfuerte @ 00:54

Solidaridad EL PERÚ fue el ÚNICO PAÍS SURAMERICANO QUE AYUDÓ a Costa Rica EN LA CAMPAÑA NACIONAL

Rosa Garibaldi de Mendoza
Ministra en el Servicio Diplomático del Perú@nacion.com

El presidente peruano Ramón Castilla (1797-1867) formuló un proyecto de estrategia hemisférica: la agresión contra una nación latinoamericana debía ser vista como un ataque a la América Latina entera. En 1856, un hecho reforzó su determinación de establecer un pacto hemisférico: el reconocimiento estadounidense del gobierno que William Walker había implantado en Nicaragua.

El auspicio del gobierno norteamericano quedó al descubierto el 14 de mayo de 1856, cuando el presidente Franklin Pierce recibió a Agustín Vigil, representante del gobierno de Rivas-Walker. El ministro (embajador) peruano en Washington, Juan Ignacio de Osma, se unió a las enérgicas protestas formuladas ante el gobierno estadounidense por los representantes de Centroamérica. Frente a ello, Vigil debió regresar a Nicaragua.

El apoyo estadounidense fue más notorio a partir de marzo de 1857, cuando ascendió a la presidencia el demócrata James Buchanan, líder máximo de la corriente expansionista.

Cuando se preparaba la lucha contra los filibusteros, llegó a Lima un enviado de Costa Rica: Gregorio Escalante, con las misiones de lograr un préstamo para la guerra y de trasmitir la invitación de Costa Rica a los otros gobiernos hispanoamericanos para realizar un congreso hispanoamericano en San José en mayo de 1857. Escalante y el enviado costarricense a Chile, Nazario Toledo, fueron acogidos en el Perú con gran entusiasmo.

Sacrificios. Castilla apoyó a Costa Rica con la creación de una legación en Centroamérica y el nombramiento de Pedro Gálvez como ministro residente en Centroamérica, Nueva Granada (Colombia) y Venezuela. Un decreto dispuso auxilios para la América Central y negociaciones para lograr adhesiones al defensivo Tratado Continental que, a instancias de Castilla, habían suscrito el Perú, el Ecuador y Chile.

Antes de que Gálvez llegase a Costa Rica, Castilla ya había aprobado ayuda económica a Costa Rica y había decidido enviar una nave a puertos de la América Central para estimular el espíritu de resistencia contra los invasores.

En un relato que remitió a la Cancillería peruana el 21 de junio de 1862, tituladoCuenta que da el Ministro del Perú en Centro América, Nueva Granada y Venezuela de la misión que se le confió en 1856 , Pedro Gálvez relató la ayuda que proporcionó a Costa Rica y las adhesiones que logró de los gobiernos del istmo al Tratado Continental.

Gálvez llegó a San José el 22 de enero de 1857, en un momento crítico, cuando la victoria contra Walter era aún incierta. A los diez días de arribar, Gálvez obtuvo la adhesión de Costa Rica al Tratado Continental.

A su vez, el bergantínOnce de Abril , confiado al marino peruano Antonio Valle Riestra, se incendió en un combate contra laGranada , nave de guerra de Walker. Terriblemente quemado, Valle Riestra se salvó de morir, pero estuvo hospitalizado durante muchos meses. Dos marinos peruanos murieron entonces en defensa de Costa Rica: Adrián Vargas y Javier Saldívar.

La solidaridad con Costa Rica llegó a ser tan estrecha que el Perú se convirtió en su socio para la construcción de un canal interoceánico. El 31 de enero de 1857, Gálvez firmó, con el gobierno de San José, un tratado de amistad y comercio, cuyo artículo 12 estipuló que, en caso de que ese gobierno llegase a construir una comunicación interoceánica, el gobierno del Perú compartiría los gastos y beneficios de la empresa sin que ello afectase la soberanía de Costa Rica sobre la parte de su territorio atravesado por el canal.

Préstamo generoso. El presidente Mora autorizó a Gálvez, quien estaba a punto de partir hacia Guatemala, para que, en representación de Costa Rica, coordinase y alentara allí la acción militar conjunta con las otras naciones centroamericanas. El canciller costarricense Lorenzo Montúfar fue enviado en idéntica misión a El Salvador.

El presidente guatemalteco Rafael Carrera acordó las bases de unión con Costa Rica y El Salvador para que sus ejércitos se unieran al de Nicaragua. Entonces, las fuerzas centroamericanas derrotaron a Walker y a sus secuaces y los expulsaron de Nicaragua.

Restablecida la paz, Gálvez se concentró en apoyar a Costa Rica en sus intentos de concertar de una alianza centroamericana que defendiese la independencia común. Aunque no se suscribió un tratado, se iniciaron relaciones más francas y cordiales entre Guatemala, El Salvador y Costa Rica.

En su informe, Gálvez explicó también que, en julio de 1857, estando de nuevo en San José, firmó el convenio que fijó las condiciones de un empréstito de cien mil pesos con el que el gobierno peruano auxiliaba a Costa Rica, suma que se puso a disposición del cónsul costarricense en Lima, Tomás Conroy.

Pedro Gálvez explicó al gobierno de Costa Rica que el gobierno peruano hubiese deseado que el préstamo fuese mayor, pero que los fuertes gastos extraordinarios ocurridos últimamente lo habían impedido. Agregó que el ánimo del Perú hubiera sido no cobrar interés alguno. Cobraba 4,5 % porque el Perú pagaba ese interés por los cien mil pesos que su consignatario del guano (fertilizante) en Gran Bretaña le había cobrado por adelantarle el dinero destinado a Costa Rica.

Se fijaron diez años de plazo para reembolsar el capital principal y los intereses. En Lima, mediante comunicación a su Departamento de Estado, el ministro estadounidense John Randolph Clay criticó que el gobierno peruano hiciera un préstamo tan elevado cuando sus finanzas no se lo permitían.

Mutua gratitud. La obligación de Costa Rica venció en 1868, pero solo en 1879 (a los 21 años de contraída la deuda), llegó a Costa Rica el embajador Tomás Lama y solicitó el pago del préstamo, que Costa Rica canceló.

El historiador costarricense Cleto González Víquez señala que el préstamo no fue propiamente un negocio, sino un acto de amistad y una demostración de simpatía a Costa Rica por su defensa contra el filibusterismo. A su vez, el historiador costarricense Rafael Obregón afirma que es bueno destacar esta actitud del Perú porque fue el único país de Suramérica que ayudó de manera efectiva a la causa centroamericana.

En 1879 comenzó una guerra del Perú y Bolivia contra Chile; entonces, Costa Rica quiso expresar al gobierno peruano su gratitud por el apoyo recibido durante la guerra contra Walker.

Para no comprometer a su país y crear un problema con Chile, el gobierno de San José acudió a una solución indirecta: vender armas al general Domingo Vásquez, exministro de Honduras en Lima, quien las revendió en Panamá al ministro peruano Tomás Lama para su traslado al Perú.

Esa actitud ocasionó problemas al gobierno costarricense. En una comunicación de 28 de agosto de 1879, el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Miguel Amunátegui, pidió explicaciones al gobierno de Costa Rica. El ejército chileno que invadió al Perú había encontrado, en los archivos de la Cancillería peruana, pruebas de esa entrega de armas. Por ello fue a San José una misión, bajo el mando del encargado de negocios chileno Adolfo Carrasco Albano, para entablar un reclamo.

Hace unos años, la Municipalidad de San José dedicó al presidente Ramón Castilla un monumento cuya placa resume su solidaridad con Centroamérica: “El Perú siente como propio cualquier agravio inferido a uno de sus hermanos de América”.
Suplemento Ancora. Periódico La Nación 29 de julio de 2007.

24/07/2007 GMT 1

Exponen vida de dos filibusteros

marfuerte @ 22:48

Mariana Murillo Q.
redactora * Al trayectoria de los hermanos Kewen revela que algunos filibusteros tenían influencia política e ideología clara.

La vida de los estadounidenses Edward J.C. Kewen y su hermano Achilles ha resultado ser una pieza en el rompecabezas que es la historia de Centroamérica. Su trayectoria es objeto de estudio del historiador Manuel Araya Incera y el tema principal de su ensayo "Los hermanos Edward J.C. y Achilles Kewen: escritos y trayectoria de dos filibusteros".
Araya, quien escribió sobre los Kewen con el fin de someter su texto a la Academia Costarricense de Geografía e Historia, descubrió a los dos personajes a principios de los años 80, cuando codirigía, con su colega Clotilde Obregón, un proyecto de Trabajo Comunal en el Archivo Nacional.
"Nos propusimos reordenar la documentación de la colección diplomática y hacer fichas de los documentos. Esta comienza en 1825 y en la caja número ocho aparecieron unos textos en inglés que no tenían el formato de documentos diplomáticos", recordó el historiador.
Estos llamaron la atención de Araya porque en ellos se mencionaba a Narciso López, un filibustero conocido y eso lo llevó a revisar la bibliografía sobre el tema. Fue entonces que encontró referencias de los autores: Achilles y Edward Kewen fueron filibusteros.
HALLAZGO
Los documentos del Archivo Nacional, escritos por Edward Kewen, son tres discursos, que según Araya, están escritos en un estilo "muy barroco, muy lleno de figuras literarias, de evocaciones de Grecia y Roma, de la mitología y con un lenguaje muy abundante en retórica. Sus textos se refieren a la política, a la moral y a acontecimientos como el proceso de expansión hacia el Oeste, la conquista de California".
"La visión de mundo de Edward era absolutamente racista, era la que estaba en boga en el mundo euro-estadounidense de la época. Creía en la superioridad de la raza blanca y eso queda de manifiesto en varios escritos, con razonamientos sobre la organización política y la misión del hombre civilizado", explicó.
Por otro lado, el texto producido por Achilles es una novela llamada "Víctor Hernández, The Avenger of Cuba" ("Víctor Hernández, El Vengador de Cuba"). El autor participó en expediciones de filibusteros en Cuba y es posible que también estuviera en 1852, bajo el mando de William Walker en Sonora y Baja California, México.
Viajó a Nicaragua donde obtuvo el grado de Teniente Coronel y "se convirtó en uno de los más cercanos lugartenientes de Walker". Murió en una batalla en Rivas el 29 de junio de 1855.
El manuscrito escrito por él consta de 59 folios y cuenta las aventuras de un filibustero que se une a la conspiración encabezada por Narciso López.
Dichas jornadas en Cuba, a mediados del siglo XIX, figuran en la historia "como los primeros intentos sistemáticos de parte de sectores de la sociedad estadounidense en apoyo a expediciones para el dominio de territorios en el Caribe y Centroamérica", según dice el texto de Araya.
"La investigación se ha hecho arañando poquitos de información de distintas fuentes", agregó el historiador, quien consultó periódicos, artículos, bases de datos y que asegura, aún tiene fuentes por explorar.
Hoy sabe que Edward John Cage Kewen se embarcó hacia Nicaragua el 20 de octubre de 1855, con el propósito de unirse a William Walker en la conquista de ese país y de paso, vengar la muerte de su hermano Achilles.
Edward se involucró en la política desde muy joven, pues en 1844, cuando tenía 19 años, apoyó a Henry Clay en las elecciones presidenciales en las que triunfó James K. Polk, uno de los presidentes más expansionistas de los Estados Unidos. Fue además editor del periódico del Partido de los Whig en Mississippi, abogado en Missuri y en California, a donde se trasladó en 1849.
"Él viene a dar la imagen diferente del fenómeno del filibusterismo, ya que no era un aventurero, más bien pertenecía a un sector muy influyente en la política interior y exterior de EE.UU. Tuvo un protagonismo en la formación de la sociedad de ese país: fue el primer procurador del Estado de California, Procurador del distrito de Los Ángeles y Superintendente de Escuelas Públicas en ese estado. Fue además diputado en la Cámara de Representantes de California", comentó Araya.
En Nicaragua, Kewen participó de varias contiendas, entre ellas, la Batalla de Rivas de 1856.
Más tarde, Walker lo nombró Agente Financiero del Gobierno de Nicaragua, cargo equivalente al de Ministro de Hacienda. Vendió bonos nicaragüenses en Nueva Orleáns y formó parte de una comisión de tres miembros establecida por Walker para determinar la deuda de la Compañía del Tránsito al gobierno de Nicaragua. También le encargó reclutar hombres y fondos en la zona suroeste de los Estados Unidos.
"Para finales de 1857 tenía un grupo de 800 hombres enlistados para viajar a recuperar Nicaragua", establece el texto de Araya.
Luego de esa fecha, Kewen rompió relaciones con Walker, regresó a California y continuó su carrera política.
EVIDENCIAS HISTÓRICAS
Aún queda mucho por descubrir acerca de los hermanos Kewen y los hechos relacionados con el filibusterismo.
Entre las interrogantes que Araya plantea en su ensayo es por qué estaban los manuscritos en la documentación diplomática, o por qué estaban en la caja correspondiente al año 1844, si estos deben haber sido escritos luego de la muerte de Narciso López en 1851, pero antes de la de Achilles Kewen en 1855.
La hipótesis de Araya, es que la persona que los ubicó no sabía inglés y se guió por una de las fechas a las que se hace referencia en los textos.
Otra de las preguntas es si los manuscritos son originales o si son copias hechas por otra persona. Araya reconoce que es difícil que sean originales, pero hasta hoy no se ha encontrado evidencia de que estos textos hayan sido publicados.
"Muchas veces la verdad es relativa. Pero hay un hecho real y concreto que es la significación del acontecimiento en el proceso histórico. El hecho de que esos documentos hayan aparecido en Costa Rica significa que alguien estuvo interesado en esa temática y eso demuestra la relevancia de lo que fue la gesta en contra de los filibusteros", manifestó Araya.
"Juan Rafael Mora intuyó muy pronto la naturaleza del peligro que existía. No sabemos cuánto pudo haber influido en el este tipo de escritos", agregó.
Aunque las fuentes demuestran que un buen número de los filibusteros fueron migrantes recién llegados a los Estados Unidos, que bajo la promesa de tierra se unieron a la causa de Walker, el historiador apuntó que " tenemos también como prueba en la trayectoria de Walker y en la los Kewen que muchos de los que vinieron eran individuos de talento con influencia política".
Araya dijo que continuará buscando información sobre ambos filibusteros y traducir el texto novelado de Achilles.
Semanario Universidad 19 de julio de 2007

18/07/2007 GMT 1

Mirabeau

marfuerte @ 01:56

François de Chateaubriand
Habiéndose visto involucrado por los desórdenes y azares de su vida en los más grandes acontecimientos y en la existencia de reos de la justicia, ladrones y aventureros, Mirabeau, tribuno de la aristocracia, tenía algo de Graco y de Don Juan, de Catalina y de Guzmán de Alfarache, de cardenal de Richelieu y de cardenal de Retz, de libertino de la Regencia y de salvaje de la Revolución; tenía además algo de Mirabeau , familia florentina exiliada, que conservaba un no sé qué de aquellos palacios blasonados y de aquellos grandes facciosos celebrados por Dante. La naturaleza parecía haber moldeado su cabeza para el mando o para el patíbulo, tallado sus brazos para estrechar fuertemente a una nación o para raptar a una mujer.
Cuando meneaba la melena mirando al pueblo, lo contenía; cuando levantaba su garra y enseñaba las uñas, la plebe echaba a correr furiosa. En medio del espantoso desorden de una sesión, lo he visto en la tribuna, sombrío, feo e inmóvil: recordaba al Caos de Milton, impasible y amorfo en medio de su confusión.
Mirabeau tenía algo de su padre y de su tío, quienes, como Saint-Simon, escribían a la diabla páginas inmortales. Se le proporcionaban discursos para la tribuna: él tomaba de ellos lo que su espíritu podía amalgamar con su propia sustancia. Si los adoptaba por entero, los decía mal; se notaba que no eran suyos por algunas palabras intercaladas al azar, y que lo delataban. Sacaba su energía de sus vicios; tales vicios no nacían de un temperamento gélido, sino que tenían que ver con unas pasiones profundas, ardientes, tormentosas.
El cinismo de las costumbres, al anular el sentido moral, trae a la sociedad una especia de bárbaros; estos bárbaros de la civilización aptos como los godos para la destrucción, no tienen igual que ellos la capacidad de fundar: estos eran los hijos enormes de una naturaleza virgen; aquellos, los abortos monstruosos de una naturaleza depravada.
Dos veces coincidí con Mirabeau en banquetes; una de ellas en casa de la nieta de Voltaire, la marquesa de Villette, la otra en el Palais-Royal, con unos diputados de la oposición que Chapelier me había presentado: Chapelier fue al cadalso en la misma carreta que mi hermano y monsieur de Malesherbes. Mirabeau habló mucho, y sobre todo de sí mismo. Este hijo de leones, siendo él mismo un león con cabeza de quimera, este hombre tan positivo en los hechos, era todo él novelesco, todo poesía, todo entusiasmo para la imaginación y el lenguaje. El gran convidado se extendió hablando de política extranjera, y no dijo casi nada de política nacional, que era, sin embargo, aquello de lo que se ocupaba; pero dejó escapar algunas palabras de un soberano desprecio hacia esos hombres que se proclaman superiores, en razón de su afectada indiferencia para con la desgracia y el crimen.
Mirabeau había nacido generoso, sensible a la amistad, dado a perdonar las ofensas. Pese a su inmoralidad, no le fue posible falsear su conciencia; sólo era corrupto para sí mismo. Su recto y firme espíritu no hacía del homicidio un acto sublime de la inteligencia; no sentía ninguna admiración por los mataderos y muladares.
Sin embargo, Mirabeau no dejaba de tener su orgullo; se vanagloriaba en exceso; por más que se hubiera hecho comerciante en paños para ser elegido por el Tercer Estado (porque el orden de la nobleza había cometido la honrosa locura de rechazarlo), estaba pagado de sus orígenes: pájaro zahareño, que tuvo su nido entre cuatro torrecillas , dice de él su padre. No olvidaba que había aparecido en la corte montado en las carrozas reales y que había ido de cacería con el rey. Exigía que se le diera el título de conde; sentía apego por sus colores, y vistió a sus criados de librea cuando todo el mundo los despojó de ella.
Los sentimientos de Mirabeau eran, en el fondo, monárquicos; suyas son esas hermosas palabras: “He querido curar a los franceses de la superstición de la monarquía y sustituir su culto”. En una carta, destinada a ser puesta ante los ojos de Luis XVI, escribía: “No quisiera haber trabajado tan sólo para una vasta destrucción”. Sin embargo, es lo que sucedió.
Mirabeau agitaba la opinión pública con dos acicates: por una parte, tomaba como punto de apoyo a las masas, de las que se había erigido en defensor al tiempo que las despreciaba; por otra, aunque traidor a su clase, gozaba de su simpatía por afinidades de casta e intereses comunes. Esto no le sucedería al plebeyo, campeón de las clases privilegiadas; habría sido abandonado por su partido sin ascender a la aristocracia, ingrata e inalcanzable por naturaleza cuando no se forma parte de sus filas desde la cuna. La aristocracia no puede, por otra parte, improvisar un noble, ya que la nobleza es hija del tiempo.
Mirabeau ha creado escuela. Liberándose de toda traba moral, no ha faltado quien ha soñado que se transformaba en hombre de Estado. Estas imitaciones han producido perversos de baja ralea: quien se congratula de ser corrupto y ladrón, no es sino un desenfrenado y un bribón; quien se cree vicioso, no es sino un vil; quien se jacta de ser un criminal, no es sino un infame.
Demasiado pronto para él, y demasiado tarde para ella, se vendió Mirabeau a la corte, y la corte lo compró. Se jugó su renombre por una pensión y una embajada. Cromwell estuvo en un tris de canjear su porvenir por un título y la Orden de la Jarretera.
Ahora, cuando la abundancia de numerario y de cargos ha elevado el precio de la propia estima, no hay pillastre cuya compra no cueste cientos de miles de francos y los primeros honores del Estado. La tumba liberó a Mirabeau de sus promesas, y lo puso al abrigo de unos peligros que probablemente no habría podido superar: su vida hubiera mostrado su debilidad en el bien; su muerte lo dejó en posesión de su fuerza en el mal.
Al salir de nuestra comida, se hablaba de los enemigos de Mirabeau; yo me encontraba a su lado y no había dicho ni media palabra. Él me miró a la cara con sus ojos llenos de orgullo, de vicio y de genio, y, poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo: “¡No me perdonarán nunca mi superioridad!”. Todavía siento la impresión de esa mano, como si Satán me hubiera tocado con su garra de fuego. Cuando Mirabeau clavó su mirada en un joven mudo, ¿tuvo un presentimiento de mis posibilidades futuras? ¿Pensó que comparecería un día en mis recuerdos? Yo estaba destinado a convertirme en el historiador de altos personajes: han desfilado ante mí, sin que yo me haya colgado de su manto, para hacerme arrastrar con ellos a la posteridad.
Mirabeau ha sufrido ya la metamorfosis que se produce entre aquellos cuya memoria ha de perdurar; llevado del Panteón a las cloacas, y vuelto a traer de las cloacas al Panteón, se ha elevado a la máxima altura del tiempo que le sirve hoy de pedestal. Ya no se ve al Mirabeau real, sino al Mirabeau idealizado, al Mirabeau tal como lo presentan los pintores, para convertirlo en el símbolo o el mito de la época que representa: se vuelve a así más falso y más verdadero. De tantas reputaciones, de tantos actores, de tantos acontecimientos, de tantas ruinas no quedarán más que tres hombres, cada uno de ellos unido a cada una de las tres grandes épocas revolucionarias: Mirabeau para la aristocracia, Robespierre para la democracia, Bonaparte para el despotismo; la monarquía no tiene nada: Francia ha pagado caro tres reputaciones que la virtud no puede aprobar.
Suplemento Ancora. La Nación 15 de julio de 2007.

10/07/2007 GMT 1

Andrés Bello, el desterrado

marfuerte @ 01:23

Arturo Uslar Pietri
El hombre que con queda voz interior lee los mutilados versos donde fulgura el primer resplandor en la lengua del alma y de la pasión de una raza que, prodigiosamente, es todavía suya, alza la cabeza y fija la vista en los altos ventanales empañados de niebla.
Está envejecido y refleja cansancio. Las arrugas, las canas y la calvicie prematuras no han destruido la bella nobleza de su rostro ni la honda serenidad de aquella mirada azul, que parece reposar sobre las cosas sin prisa, pero también sin esperanza.
Los guardianes del British Museum, que pasan silenciosos junto a su habitual mesa de trabajo, lo conocen bien. Es Mister Bello , un caballero de la América del Sur, que desde hace diecisiete años visita asiduamente la rica biblioteca. Unas veces se enfrasca en la lectura de los clásicos griegos y su rostro se ilumina de una plácida sonrisa de niño sobre los renglones de una erudita edición de la Odisea .
En otras ocasiones lo ven mecer tímidamente la mano, como marcando con vago gesto el compás de la medida de una égloga de Virgilio, y, en otras, se hunde en la Crónica de Turpín , o en un tratado de fisiología, o en el grueso infolio de Las siete partidas .
Cuando entra al gran edificio y se dirige a su sitio, se hace ligero y firme aquel pesado andar que arrastra entre la neblina de las calles. Se despoja de su raído abrigo y de su viejo sombrero, se sienta y suspira acongojadamente.
Pero en aquel invierno de 1827 no hace otra cosa que leer y releer con infatigable ansia el Poema del Cid . Día a día se llenan con su menuda y enrevesada letra los cuadernos de apuntes que lleva. Se propone analizar a fondo y reconstruir el poema, su lengua, su gramática, su sentido y su historicidad. […]
En 1814 se casa con Mary Ann Boyland. Es una inglesa, una mujer del norte y de la niebla, que no habla su lengua ni puede entender sus versos. Es el mismo año en que Boves, a la cabeza de sus feroces jinetes, parece que va a anegar en sangre y fuego a Venezuela.
Empiezan a nacer los hijos, y la pobreza y la estrechez se hacen mayores. Los niños juegan en las sombrías callejas del barrio pobre y cantan canciones inglesas. Su nombre se hace irreconocible en la pronunciación de sus compañeros de juego. Bello se esfuerza en hablarles en español, en hablarles de su raza, de su pueblo, de la civilización a la que pertenecen.
Le parece que aquel mundo neblinoso que está devorándolo acabará de tragárselo por entero en sus hijos el día en que el inglés llegue a ser la lengua materna de ellos.
Su mujer sigue siendo extranjera; sus hijos no conocen la patria lejana, que cada día parece hacerse más remota e inaccesible, y la pobreza lo persigue y lo atenaza con su infinita cauda de humillaciones y amarguras, de la que no es la menor la de no poderse dedicar de lleno a sus estudios y a su obra.
Más tarde enviuda y en 1824 vuelve a casarse con otra dama inglesa, Isabel Dunn, quien le da nuevos hijos. Es el año de la victoria de Ayacucho, y el joven héroe que la gana es el hermano de María Josefa de Sucre, aquella fina mujer que fue el hondo amor juvenil de Bello en Caracas.
Su destino parece ser el de marchar agobiado y alejarse de todo lo que ama. No es sino el desterrado y por eso se aferra con tanta ansiedad a lo que ha podido llevarse consigo: la ciencia, la literatura, la lengua y la imagen de América.
Por eso resulta tan revelador que en sus investigaciones sobre la literatura española haya de detenerse por largo tiempo, por todo el tiempo de su vida, en el estudio y la meditación del poema del Cid. No sólo porque es el monumento auroral del alma castellana y el poderoso vagido de su lengua, que son esencia unificadora de su América, sino porque también es la gesta del desterrado, la hazaña del paladín que lucha para reconquistar lo que le han arrebatado, del que convierte la desgracia en grandeza y alegría: “Albricias, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra”.
En el momento en que se sumerge en el poema del Cid va llegando a su término aquella larga etapa de Londres, que es la de la angustiosa espera, la del aprendizaje inagotable de la pobreza y la del rumbo borrado.
Entre la modesta casa, que es casi tugurio; el trabajo en las ambulantes oficinas de la Legación de la Gran Colombia o de Chile, las clases a los hijos del Ministro Hamilton, la ocasional charla con Blanco White, el laborioso descifrar de los manuscritos de Bentham, la vasta sala del Museo Británico y sobre el sabor de humillación del hombre que sabe lo que vale y se siente injustamente preterido, vienen a asaltarlo las visiones esplendorosas de su tierra.
Entonces parece olvidar todo lo demás. No oye el áspero quehacer de Mrs . Bello y las riñas de los chicos, no mira al empañado cristal de niebla que cubre la ventana ni los maltrechos muebles, sino que únicamente siente aquella poderosa voz interior, “flor de su cultura”, que brota en la contenida cadencia de unos versos perfectos: “Salve, fecunda zona, / Que al sol enamorado circunscribes / El vago curso…”.
Desfilan las estremecidas palmeras, el maíz, “jefe altanero de la espigada tribu”, el cacao con sus “urnas de coral”, el banano, amigo de la mano esclava, los jazmines del cafetal, las flores, todo el coloreado hálito del gran drama de la vida vegetal y animal del trópico, y después la visión “del rico suelo al hombre avasallado”, abierto a la paz y a la dulzura de la vida, sin que la emoción llegue a alterar un acento ni a perturbar el sereno ritmo de la Silva inmortal. […]
Es entonces cuando se abre la tercera y definitiva etapa de su vida con el viaje a Chile en 1829. El signo del desterrado vuelve a afirmarse ante el pesado paso de aquel hombre de cuarenta y ocho años, lleno de conciencia, de fe en los destinos superiores del espíritu y de reflexiva desesperanza en su destino.
La Europa que deja es la de la batalla de los románticos. Los versos de Byron y los de Hugo han resonado con sus ricos ecos en aquella alma clásica. Ha ensayado, con alegre curiosidad, su mano en la versión de algunos fragmentos del Sardanápalo , y ninguna de aquellas novedades escapan a su amor de la belleza ni alarma al asiduo lector de los griegos, de los cantares de gesta y del romancero; pero tampoco lo arrastran a sacrificar la perfección de la forma ni la pureza del lenguaje. Ese difícil fruto del esfuerzo paciente, de la fina sensibilidad y del estudio es el que le da ese sabor de eternidad sin fecha a todo lo que escribe y que empieza a ganarle el título intemporal de “Príncipe de los poetas americanos”.
Vuelve a alejarse en el destierro. Es un “largo penar”. Va ahora a aquella provincia perdida en las playas australes del remoto Pacífico, a la que llega después de dar la vuelta a toda la América, de rebasar el Trópico y de pasar por las heladas soledades del estrecho de Magallanes. […]
En 1847 sale su Gramática de la lengua castellana . Es un anciano de cerca de setenta años, movido por el poderoso anhelo de toda una vida, el que completa la extraordinaria hazaña, viva, fecunda y combatiente que está en esa grande obra.
En la vida de la lengua castellana hay dos dramáticos momentos cargados de destino: uno es aquel en que el habla del condado de Fernán González se transforma, bajo los Reyes Católicos, en el instrumento de la unidad y de la culminación de la raza española, y el otro es aquel en que, roto y desmembrado el gran imperio, queda en la lengua la mayor esperanza de la reconstrucción de la unidad moral y cultural de las Espa-ñas. Dos de las mayores figuras de humanistas hispánicos realizan el sino de esas dos grandes horas.
La hazaña de Lebrija, que hizo la primera gramática de una lengua moderna, porque “la lengua es la compañera del imperio”, la repite Bello, el criollo, que liberta la gramática castellana de la imitación latina y la rehace para que no se repita en América “la tenebrosa época de la corrupción del latín”.
Refugiado en lo que ya nadie podía arrebatarle, en la forma más alta y perdurable de su patrimonio, Bello llega a cumplir plenamente su misión de servidor del espíritu y de la civilización. […]
Personaje
Personaje

paisaje de niebla con solitario pensativo
El venezolano Arturo Uslar Pietri nació en Caracas en 1906, donde murió en el 2001. Fue periodista y político. Se lo considera uno de los grandes escritores de su país, y, sin duda, es de los mejores ensayistas que ha dado Hispanoamérica. Ha proliferado tanto y bien el ensayo en nuestros países, hay tantos reyes buenos en aquel arte, que esta realeza se acerca, por su número, a una democracia. Como ya se dijo, el ensayo es la sonata del pensamiento, y he aquí un virtuoso que juega con la historia, la biografía y las sutilezas de la observación.
Algunos escritores publican tanto que tienen su obra dispersa en periódicos; otros publican más y tienen su obra dispersa en libros. Arturo Uslar es de estos últimos: nos dejó muchos libros, y buenos. Clásico de la novela histórica hispanoamericana es Las lanzas coloradas (1931), no menos que La isla de Robinson (1981), donde él recrea el delirio cívico del excéntrico y visionario Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. Uslar también incurrió en la cortesía agradecible de publicar un libro intitulado Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes (1945), esfuerzo de esclarecimiento y compasión que solo podría igualarse con el de quien escriba Hegel sin esfuerzo .
El siguiente ensayo-semblanza apareció en el libro Veinticinco ensayos , compilación de la que –esta vez sí– puede afirmarse que el título lo dice todo. Lo publicó Monte Ávila, Editores, en Caracas en 1969.
El escrito traza luces sobre las sombras del pobre Andrés Bello, genial poeta, crítico, historiador, jurista y gramático nacido en Caracas y fallecido, como ciudadano y senador, en Chile. Por entre la turbulencia funeraria de las guerras de independencia, Bello escapa y se asila en el limbo de una atroz pobreza londinense. ¿Qué hace este personaje de Dickens, transido de niebla, tan solamente acompañado, tan lejos del sol plenario de Caracas? No ha de volver allá. Retornará a su “destino sudamericano” por otras tierras, y en Chile, y siempre en el mundo, ha de resurgir eterno y magistral. (Víctor Hurtado Oviedo)

Suplemento Ancora periódico La Nación 8 de julio de 2007

La patria canta

marfuerte @ 01:20

Música e historia LA CAMPAÑA NACIONAL GENERÓ MÚSICA Y POESÍA POPULARES QUE DEBEMOS RECORDAR

Juan Rafael Quesada Camacho
Historiador @nacion.com
Contrariamente a lo que se ha creído, la Campaña Nacional sí logró despertar la “fantasía” y la fibra literaria de los contemporáneos de aquella gesta. El ejemplo más significativo de ello es el Clarín Patriótico o Colección de Canciones y otras poesías compuestas durante la guerra contra los filibusteros invasores de Centroamérica.
Se trata de un opúsculo publicado en 1857 por la Imprenta de la Paz; su autor fue Tadeo Nadeo Gómez. Según él, “algunas de esas composiciones habían sido publicadas en los periódicos de San José [desde 1855], otras en hojas sueltas, las demás hasta ahora se dan a la luz pública”.
Clarinadas. José Martí enseñó que la patria se defiende en las “trincheras de piedra” y en las “trincheras de ideas”, aunque él creía que las últimas valían más que las primeras. El Clarín patriótico es precisamente una prueba de la lucha de ideas, pero no fue la única.
¿Por qué esa producción poética fue llamada Clarín ? El clarín era un instrumento musical caracterizado por la diafanidad y limpieza de sus notas agudas, que en el siglo XIX se utilizaba como elemento complementario de la táctica militar para dar órdenes a las tropas durante los periodos de instrucción, maniobras y combates.
En Costa Rica, el clarín, los trombones y las cornetas eran instrumentos fundamentales de las bandas militares, es decir, tenían un carácter bélico. Justamente, Juan Santamaría, entre 1843 y 1846, aprendió y practicó la ejecución del clarín y el tambor.
Cabe destacar que de la palabra ‘clarín’ derivó ‘clarinada’, término usado coloquialmente para designar una enérgica llamada de atención. Por tanto, es válido suponer que el nombre ‘clarín’, empleado por Nadeo Gómez, expresara su deseo de prevenir poéticamente a los costarricenses acerca del peligro filibustero.
Defensa. Desde mucho antes de 1856, en Costa Rica, se tenía claro que el expansionismo territorial estadounidense era la concreción de las ideas del Destino Manifiesto. Esa doctrina ya había sido denunciada en 1854 por el francés Adolphe Marie, gran consejero de Juan Rafael Mora.
Ante la grave amenaza filibustera, entonces, el Clarín patriótico procuraba lanzar una clarinada, exaltar los sentimientos de identificación colectiva de aquellos que ya en 1856 se denominaban “hermanos”: esto dio pie para que los filibusteros se burlaran del nacionalismo de los “buenos hermaniticos”.
El propósito de Nadeo Gómez se evidencia cuando afirma que, si “algún mérito” tienen esas composiciones, se debe a su “origen nacional” pues “el amor a la patria es capaz de todo; ese fuego que anima el corazón costarricense hasta la heroicidad no necesita de pábulo para arder, el fue quien nos inspiró lo que hoi [sic] aparece en esta corta colección”.
Se comprueba que en la introducción o “advertencia” de esa obra literaria se encuentran términos claves como nacional, patria, patriotismo, independencia, guerra santa , los cuales están presentes también en todo el Clarín patriótico y en las prácticas discursivas de la comunidad letrada de la época (autoridades civiles y eclesiásticas, periodistas, escritores).
En todas esas “composiciones”, el filibusterismo es presentado como símbolo de la esclavitud, del barbarismo, de la impiedad y la traición. En contraposición, la causa costarricense es nacional, es decir, de la nación como un todo orgánico.
Esas poesías y canciones se refieren a la partida y retorno del ejército costarricense, a gobernantes (Juan Rafael Mora), a militares (José Joaquín Mora), a los vencedores en Santa Rosa, a la toma del río y puerto de San Juan del Norte, o a conceptos como paz, libertad y patriotismo . Algunos versos también sirvieron como “adornos” en las calles el día de la “entrada del ejército costarricense” a San José.
Himno. De interés particular resulta el himno “Antes de salir del ejército para la campaña” pues ese canto guerrero fue musicalizado por el español Alejandro Cardona y Llorens.
Él fue un músico destacado que dio origen a una estirpe de literatos y músicos, hasta hoy. Según su narración, él llego a tierra costarricense el 16 de octubre de 1853. “Del año 1853 al 1856 me dediqué a enseñar música. La juventud a que dediqué mis esfuerzos, hizo que adquiriera más cariño si cabe, por este país”, escribe.
En 1855, en vísperas del inicio de la guerra antifilibustera, ese notable compositor y trovador compuso una “versión a dos voces con acompañamiento de guitarra” para el himno “Antes de salir…”.
Se estrenó la versión pocas semanas después de que Juan Rafael Mora lanzase su primera proclama (20 de noviembre) y monseñor Anselmo Llorente y Lafuente publicase el trascendental edicto del 22 de ese mes.
Según el Boletín Oficial , “en la noche del 6 de diciembre, se formó una cabalgata de más de doscientas personas con la música militar a su frente y fueron a la hacienda del Sr. Presidente Mora a hacerle una manifestación patriótica con motivo de su proclama de alerta. Se estrenó un himno patriótico y se recorrió las calles de San José dando vivas a la libertad”.
Cardona. La ejecución del himno “Antes de salir…” no fue un hecho aislado. El componente musical había sido muy importante en las guerras, y, ya a mediados del siglo XIX, las bandas militares gozaban de gran popularidad. En Costa Rica, esas agrupaciones musicales eran un instrumento eficaz para emocionar a la población; pero sobre todo tenían la función de animar a los soldados e infundirles el coraje necesario en los combates. Así vemos cómo, en la mañana del 4 de marzo de 1856, junto a la vanguardia del ejército nacional, marchaba la banda militar de San José con su director, Manuel María Gutiérrez.
Aunque Martí sentía mas aprecio “por las trincheras de ideas” que por las de piedra, estas fueron indispensables en 1856 y 1857. En el año en que empezó la Campaña Nacional, Cardona y Llorens contrajo matrimonio; pero, según su testimonio, “identificado con mi nueva patria y decidido como cualquier ciudadano a hacer propias las penas y las alegrías de Costa Rica, me afilié con verdadero entusiasmo a los valientes que salieron a luchar por la honra e integridad de Centro América”.
El desempeño de ese honorable hijo adoptivo de Costa Rica hizo que se lo distinguiera con el “honroso grado de capitán de las milicias”. De acuerdo con su hijo Ismael, al morir, ya anciano, Alejandro Cardona recibió “los honores de teniente coronel que acostumbraba a tributar la República”.
En el mismo sentido, en 1939, don Ricardo Fernández Guardia sostuvo que Alejandro Cardona y Llorens “puso su espada al servicio de Costa Rica”. Así, por su aporte a la defensa de la soberanía nacional, nuestro país debería preocuparse por honrar su memoria. No obstante, su obra, junto con la de Tadeo Nadeo Gómez, demuestra que, en momentos de peligro, el patriotismo conduce a los habitantes a defender a la madre que protege, pero que necesita ser protegida.
El poeta canta entonces al patriotismo porque una poesía y una tonalidad musical son también formas de vivir y defender la patria.

Suplemento Ancora periódico La Nación 8 de julio de 2007

03/07/2007 GMT 1

LA Espada justiciera

marfuerte @ 01:50

El día de Yorktown EL PRÓCER CUBANO NARRA LA FIESTA dEL CENTENARIO DE LA BATALLA QUE EMANCIPÓ A LOS EE. UU.

José Martí
(1853-1895)@nacion.com
Los caballeros de las Colonias se alzaron contra los caballeros de Jorge III. Desuncieron los campesinos los caballos de sus carros, y los vistieron con los arreos de batallar. Con el acero de los arados, trocado en espada justiciera, rompieron las leyes selladas con el tacón de la bota del monarca. Se combatió, se padeció frío, se venció el hambre, y con largo y doloroso cortejo se cautivó al fin a la gloria.
El 16 de octubre de 1781, los franceses y americanos aliados recibieron, de manos del caudillo británico, el pabellón inglés vencido. Cornwallis, cercado, deslumbrado, anonadado, aterrado, se rindió a Washington y a Lafayette en York-town.
Siete mil ingleses se rindieron con su jefe: trescientos cincuenta habían perecido en el brillante sitio; con valor fiero asaltaron los sitiadores las obras de defensa de las tropas reales; con gallarda nobleza y ejemplar calma, se regocijaron de su triunfo. Allí descansaron, de su jornada de seis años, los soldados de Lexington, Concord y Bunker Hill. Allí doblaron la rodilla, para dar gracias a Dios, los que la habían alzado de una vez fatigados de tenerla humillada ante su tirano, en 1775. Allí se ha honrado ahora a los héroes, se ha conmemorado a los muertos, se ha contado la gloriosa historia y se ha saludado cariñosamente a los vencidos.
Hace cien años fue la señal de la redención la toma de Yorktown: Francia, que ha redimido a los hombres con su sangre, se había aliado a las colonias americanas rebeldes. En aquellos tiempos de odios, el rey francés obedecía así a la usual política y debilitaba el poder de Inglaterra, su robusta enemiga. Mas no fue el rey quien decretó la alianza: fue el clamor de la nación generosa que, enamorada de la libertad, y, no bastante fuerte aún para conseguirla, empleaba la energía ya recogida en empujar a la libertad a un pueblo más cercano a ella y más fuerte.
Washington, con cartas diestramente escritas, que aparentaba dejar sorprender a los enemigos, hacía creer a Clinton, el representante del monarca y director de la campaña, que, cuando cruzaba el Hudson estaba aún lejos de él. Cuando despertó de su sueño, halagado por la seguridad de venideras glorias el inglés Cornwallis, Washington mismo, con su mano firme y su postura augusta, disparaba contra Yorktown la bala de cañón que abrió el famoso sitio.
La luz de una fragata incendiada alumbra el combate. Lafayette generoso y Rochambeau valiente, mandan a los franceses, y Washington sereno, Washington amado, manda a los americanos. Con ellos pelea el soldado bravo, el disciplinador enérgico, el alemán noble, el barón de Steuben. De Lauzan va a la cabeza de la caballería. Viomenil guía la infantería ligera.
¡Cada mañana amanecían los sitiadores más cerca de los absortos sitiados! ¡Es que hay una hora en que la tiranía se ciega, y se deja vencer, aturdida por el brillo y la pujanza de la Libertad! ¡Es que el soldado que lucha por la honra vale más, y lidia mejor, que el soldado que lucha por la paga!
Rivalizaban en bravura los tenaces americanos y los ardientes franceses. Dos reductos se levantan a su paso: “¡Viva el Rey!” dicen los soldados de Francia, y toman el uno: sobre cien de sus compañeros, muertos o heridos, pasan los triunfadores: en el otro reducto, el jefe inglés rinde su espada a Alejandro Hamilton, el jefe americano.
En vano aguarda Lord Cornwallis refuerzos de la flota inglesa, que ha sido vencida; en vano intenta, contra la naturaleza que, amiga una vez de los hombres libres, le cierra con una tormenta el paso, la fuga de sus tropas. Ya no tiene fuerzas el Lord poderoso para sacar el acero de la vaina. Bate el tambor pidiendo tregua.
Se ajustan condiciones: el inglés las rechaza; el americano las impone; se firman en una casa histórica, la casa de Moore: las tropas quedan prisioneras de guerra; la propiedad pública pasa a manos de los vencedores; la propiedad privada, ya de los hombres de armas, de los habitantes del pueblo, queda en poder de sus dueños; los productos del saqueo y la rapiña han de ser devueltos a los que los reclamen.
Témese que peligren, por su fama de crueles, algunos oficiales de Cornwallis, y Washington permite y favorece su salida del campo de batalla, so pretexto de que van en comisión de duelo, a dar parte a los gobernantes ingleses de la amarga derrota.
Y el día brilla: en carros, a caballo, a pie, ha venido de los campos y poblaciones vecinas, muchedumbre imponente de curiosos. ¡Cuán solitario suele estar el campo de batalla el día antes del combate! ¡Cuán poblado el día después de la victoria!
Es la hora de la entrega de las armas. A un lado del campamento, con Rochambeau al frente, forman, con sus lujosos uniformes, los franceses: al otro lado, mandados por Washington, forman, con sus uniformes empolvados, desiguales y raídos, los americanos; aquellos, brillantes; estos, ingenuos.
Por entre ambas columnas adelanta, con paso solemne, armas al hombro, banderas plegadas y tambor batiente, el ejército vencido: no lo manda Cornwallis, que está avergonzado. Allá cerca, en un espacio vecino, dejan aquellos hombres tristes sus mosquetes. Nadie los injuria, no los maltrata nadie. Y la nación entera, como a alba magnífica, se regocija y amanece.
Filadelfia era ciudad de fieles, y, cuando el guardia nocturno anunció las doce de la noche, con aquel grito lento: “Las doce de la noche, y todo va bien” y añadió: “y Cornwallis ha sido tomado”, no hubo ventana sin luz, ni balcón sin bandera, ni ser humano dormido en Filadelfia. El Congreso en masa fue a dar gracias al bondadoso Legislador del Universo.
La grandeza serena había vencido a la tradición insolente: a Jorge III lo había vencido Washington.
Yorktown fue la batalla decisiva, el triunfo efectivo, la victoria incontestada. Tras ella, quedó de hecho el país libre. Esa es la batalla que en estos días los americanos han conmemorado. Han vuelto, llenos de vida, a aquel lugar famoso donde a ella nacieron. Han llamado, para apretar la liga de los pueblos buenos, a los descendientes de aquellos bravos soldados de Francia. Como el alemán Steuben batalló en Yorktown, llamaron también a sus descendientes alemanes. Como Inglaterra ama a sus hijos y no está celosa sino orgullosa de ellos, han saludado la bandera de Inglaterra en el lugar mismo en que fue vencida, nueva manera de vencerla.
Recuerdo sin odio, fuerza sin vanidad, agradecimiento sin interés, esto ha sido esta fiesta. Y viene a tiempo a este país laborioso esta hora de remembranza de aquellas puras glorias, como vino a tiempo la noble agonía y dichosa muerte del honrado Garfield.
Tiene el corazón sus caudales, y perecen en su palacio de oro, como el rey Midas, los pueblos que dejan morir estas puras riquezas. Sentir, es ser fuerte. Ni cabe comparación, en el concepto y gratitud humanos, entre Jesús y Creso. ¡No hay flores más lozanas ni fragantes que las que nacen sobre la tierra de los muertos! De amar las glorias pasadas, se sacan fuerzas para adquirir las glorias nuevas.
Nueva York, 29 de octubre de 1881.

Suplemento Ancora Periódico La Nación 1 de julio de 2007

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