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RESONOCO

Categoría: Historia

24/07/2007 GMT 1

Exponen vida de dos filibusteros

marfuerte @ 22:48

Mariana Murillo Q.
redactora * Al trayectoria de los hermanos Kewen revela que algunos filibusteros tenían influencia política e ideología clara.

La vida de los estadounidenses Edward J.C. Kewen y su hermano Achilles ha resultado ser una pieza en el rompecabezas que es la historia de Centroamérica. Su trayectoria es objeto de estudio del historiador Manuel Araya Incera y el tema principal de su ensayo "Los hermanos Edward J.C. y Achilles Kewen: escritos y trayectoria de dos filibusteros".
Araya, quien escribió sobre los Kewen con el fin de someter su texto a la Academia Costarricense de Geografía e Historia, descubrió a los dos personajes a principios de los años 80, cuando codirigía, con su colega Clotilde Obregón, un proyecto de Trabajo Comunal en el Archivo Nacional.
"Nos propusimos reordenar la documentación de la colección diplomática y hacer fichas de los documentos. Esta comienza en 1825 y en la caja número ocho aparecieron unos textos en inglés que no tenían el formato de documentos diplomáticos", recordó el historiador.
Estos llamaron la atención de Araya porque en ellos se mencionaba a Narciso López, un filibustero conocido y eso lo llevó a revisar la bibliografía sobre el tema. Fue entonces que encontró referencias de los autores: Achilles y Edward Kewen fueron filibusteros.
HALLAZGO
Los documentos del Archivo Nacional, escritos por Edward Kewen, son tres discursos, que según Araya, están escritos en un estilo "muy barroco, muy lleno de figuras literarias, de evocaciones de Grecia y Roma, de la mitología y con un lenguaje muy abundante en retórica. Sus textos se refieren a la política, a la moral y a acontecimientos como el proceso de expansión hacia el Oeste, la conquista de California".
"La visión de mundo de Edward era absolutamente racista, era la que estaba en boga en el mundo euro-estadounidense de la época. Creía en la superioridad de la raza blanca y eso queda de manifiesto en varios escritos, con razonamientos sobre la organización política y la misión del hombre civilizado", explicó.
Por otro lado, el texto producido por Achilles es una novela llamada "Víctor Hernández, The Avenger of Cuba" ("Víctor Hernández, El Vengador de Cuba"). El autor participó en expediciones de filibusteros en Cuba y es posible que también estuviera en 1852, bajo el mando de William Walker en Sonora y Baja California, México.
Viajó a Nicaragua donde obtuvo el grado de Teniente Coronel y "se convirtó en uno de los más cercanos lugartenientes de Walker". Murió en una batalla en Rivas el 29 de junio de 1855.
El manuscrito escrito por él consta de 59 folios y cuenta las aventuras de un filibustero que se une a la conspiración encabezada por Narciso López.
Dichas jornadas en Cuba, a mediados del siglo XIX, figuran en la historia "como los primeros intentos sistemáticos de parte de sectores de la sociedad estadounidense en apoyo a expediciones para el dominio de territorios en el Caribe y Centroamérica", según dice el texto de Araya.
"La investigación se ha hecho arañando poquitos de información de distintas fuentes", agregó el historiador, quien consultó periódicos, artículos, bases de datos y que asegura, aún tiene fuentes por explorar.
Hoy sabe que Edward John Cage Kewen se embarcó hacia Nicaragua el 20 de octubre de 1855, con el propósito de unirse a William Walker en la conquista de ese país y de paso, vengar la muerte de su hermano Achilles.
Edward se involucró en la política desde muy joven, pues en 1844, cuando tenía 19 años, apoyó a Henry Clay en las elecciones presidenciales en las que triunfó James K. Polk, uno de los presidentes más expansionistas de los Estados Unidos. Fue además editor del periódico del Partido de los Whig en Mississippi, abogado en Missuri y en California, a donde se trasladó en 1849.
"Él viene a dar la imagen diferente del fenómeno del filibusterismo, ya que no era un aventurero, más bien pertenecía a un sector muy influyente en la política interior y exterior de EE.UU. Tuvo un protagonismo en la formación de la sociedad de ese país: fue el primer procurador del Estado de California, Procurador del distrito de Los Ángeles y Superintendente de Escuelas Públicas en ese estado. Fue además diputado en la Cámara de Representantes de California", comentó Araya.
En Nicaragua, Kewen participó de varias contiendas, entre ellas, la Batalla de Rivas de 1856.
Más tarde, Walker lo nombró Agente Financiero del Gobierno de Nicaragua, cargo equivalente al de Ministro de Hacienda. Vendió bonos nicaragüenses en Nueva Orleáns y formó parte de una comisión de tres miembros establecida por Walker para determinar la deuda de la Compañía del Tránsito al gobierno de Nicaragua. También le encargó reclutar hombres y fondos en la zona suroeste de los Estados Unidos.
"Para finales de 1857 tenía un grupo de 800 hombres enlistados para viajar a recuperar Nicaragua", establece el texto de Araya.
Luego de esa fecha, Kewen rompió relaciones con Walker, regresó a California y continuó su carrera política.
EVIDENCIAS HISTÓRICAS
Aún queda mucho por descubrir acerca de los hermanos Kewen y los hechos relacionados con el filibusterismo.
Entre las interrogantes que Araya plantea en su ensayo es por qué estaban los manuscritos en la documentación diplomática, o por qué estaban en la caja correspondiente al año 1844, si estos deben haber sido escritos luego de la muerte de Narciso López en 1851, pero antes de la de Achilles Kewen en 1855.
La hipótesis de Araya, es que la persona que los ubicó no sabía inglés y se guió por una de las fechas a las que se hace referencia en los textos.
Otra de las preguntas es si los manuscritos son originales o si son copias hechas por otra persona. Araya reconoce que es difícil que sean originales, pero hasta hoy no se ha encontrado evidencia de que estos textos hayan sido publicados.
"Muchas veces la verdad es relativa. Pero hay un hecho real y concreto que es la significación del acontecimiento en el proceso histórico. El hecho de que esos documentos hayan aparecido en Costa Rica significa que alguien estuvo interesado en esa temática y eso demuestra la relevancia de lo que fue la gesta en contra de los filibusteros", manifestó Araya.
"Juan Rafael Mora intuyó muy pronto la naturaleza del peligro que existía. No sabemos cuánto pudo haber influido en el este tipo de escritos", agregó.
Aunque las fuentes demuestran que un buen número de los filibusteros fueron migrantes recién llegados a los Estados Unidos, que bajo la promesa de tierra se unieron a la causa de Walker, el historiador apuntó que " tenemos también como prueba en la trayectoria de Walker y en la los Kewen que muchos de los que vinieron eran individuos de talento con influencia política".
Araya dijo que continuará buscando información sobre ambos filibusteros y traducir el texto novelado de Achilles.
Semanario Universidad 19 de julio de 2007

18/07/2007 GMT 1

Mirabeau

marfuerte @ 01:56

François de Chateaubriand
Habiéndose visto involucrado por los desórdenes y azares de su vida en los más grandes acontecimientos y en la existencia de reos de la justicia, ladrones y aventureros, Mirabeau, tribuno de la aristocracia, tenía algo de Graco y de Don Juan, de Catalina y de Guzmán de Alfarache, de cardenal de Richelieu y de cardenal de Retz, de libertino de la Regencia y de salvaje de la Revolución; tenía además algo de Mirabeau , familia florentina exiliada, que conservaba un no sé qué de aquellos palacios blasonados y de aquellos grandes facciosos celebrados por Dante. La naturaleza parecía haber moldeado su cabeza para el mando o para el patíbulo, tallado sus brazos para estrechar fuertemente a una nación o para raptar a una mujer.
Cuando meneaba la melena mirando al pueblo, lo contenía; cuando levantaba su garra y enseñaba las uñas, la plebe echaba a correr furiosa. En medio del espantoso desorden de una sesión, lo he visto en la tribuna, sombrío, feo e inmóvil: recordaba al Caos de Milton, impasible y amorfo en medio de su confusión.
Mirabeau tenía algo de su padre y de su tío, quienes, como Saint-Simon, escribían a la diabla páginas inmortales. Se le proporcionaban discursos para la tribuna: él tomaba de ellos lo que su espíritu podía amalgamar con su propia sustancia. Si los adoptaba por entero, los decía mal; se notaba que no eran suyos por algunas palabras intercaladas al azar, y que lo delataban. Sacaba su energía de sus vicios; tales vicios no nacían de un temperamento gélido, sino que tenían que ver con unas pasiones profundas, ardientes, tormentosas.
El cinismo de las costumbres, al anular el sentido moral, trae a la sociedad una especia de bárbaros; estos bárbaros de la civilización aptos como los godos para la destrucción, no tienen igual que ellos la capacidad de fundar: estos eran los hijos enormes de una naturaleza virgen; aquellos, los abortos monstruosos de una naturaleza depravada.
Dos veces coincidí con Mirabeau en banquetes; una de ellas en casa de la nieta de Voltaire, la marquesa de Villette, la otra en el Palais-Royal, con unos diputados de la oposición que Chapelier me había presentado: Chapelier fue al cadalso en la misma carreta que mi hermano y monsieur de Malesherbes. Mirabeau habló mucho, y sobre todo de sí mismo. Este hijo de leones, siendo él mismo un león con cabeza de quimera, este hombre tan positivo en los hechos, era todo él novelesco, todo poesía, todo entusiasmo para la imaginación y el lenguaje. El gran convidado se extendió hablando de política extranjera, y no dijo casi nada de política nacional, que era, sin embargo, aquello de lo que se ocupaba; pero dejó escapar algunas palabras de un soberano desprecio hacia esos hombres que se proclaman superiores, en razón de su afectada indiferencia para con la desgracia y el crimen.
Mirabeau había nacido generoso, sensible a la amistad, dado a perdonar las ofensas. Pese a su inmoralidad, no le fue posible falsear su conciencia; sólo era corrupto para sí mismo. Su recto y firme espíritu no hacía del homicidio un acto sublime de la inteligencia; no sentía ninguna admiración por los mataderos y muladares.
Sin embargo, Mirabeau no dejaba de tener su orgullo; se vanagloriaba en exceso; por más que se hubiera hecho comerciante en paños para ser elegido por el Tercer Estado (porque el orden de la nobleza había cometido la honrosa locura de rechazarlo), estaba pagado de sus orígenes: pájaro zahareño, que tuvo su nido entre cuatro torrecillas , dice de él su padre. No olvidaba que había aparecido en la corte montado en las carrozas reales y que había ido de cacería con el rey. Exigía que se le diera el título de conde; sentía apego por sus colores, y vistió a sus criados de librea cuando todo el mundo los despojó de ella.
Los sentimientos de Mirabeau eran, en el fondo, monárquicos; suyas son esas hermosas palabras: “He querido curar a los franceses de la superstición de la monarquía y sustituir su culto”. En una carta, destinada a ser puesta ante los ojos de Luis XVI, escribía: “No quisiera haber trabajado tan sólo para una vasta destrucción”. Sin embargo, es lo que sucedió.
Mirabeau agitaba la opinión pública con dos acicates: por una parte, tomaba como punto de apoyo a las masas, de las que se había erigido en defensor al tiempo que las despreciaba; por otra, aunque traidor a su clase, gozaba de su simpatía por afinidades de casta e intereses comunes. Esto no le sucedería al plebeyo, campeón de las clases privilegiadas; habría sido abandonado por su partido sin ascender a la aristocracia, ingrata e inalcanzable por naturaleza cuando no se forma parte de sus filas desde la cuna. La aristocracia no puede, por otra parte, improvisar un noble, ya que la nobleza es hija del tiempo.
Mirabeau ha creado escuela. Liberándose de toda traba moral, no ha faltado quien ha soñado que se transformaba en hombre de Estado. Estas imitaciones han producido perversos de baja ralea: quien se congratula de ser corrupto y ladrón, no es sino un desenfrenado y un bribón; quien se cree vicioso, no es sino un vil; quien se jacta de ser un criminal, no es sino un infame.
Demasiado pronto para él, y demasiado tarde para ella, se vendió Mirabeau a la corte, y la corte lo compró. Se jugó su renombre por una pensión y una embajada. Cromwell estuvo en un tris de canjear su porvenir por un título y la Orden de la Jarretera.
Ahora, cuando la abundancia de numerario y de cargos ha elevado el precio de la propia estima, no hay pillastre cuya compra no cueste cientos de miles de francos y los primeros honores del Estado. La tumba liberó a Mirabeau de sus promesas, y lo puso al abrigo de unos peligros que probablemente no habría podido superar: su vida hubiera mostrado su debilidad en el bien; su muerte lo dejó en posesión de su fuerza en el mal.
Al salir de nuestra comida, se hablaba de los enemigos de Mirabeau; yo me encontraba a su lado y no había dicho ni media palabra. Él me miró a la cara con sus ojos llenos de orgullo, de vicio y de genio, y, poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo: “¡No me perdonarán nunca mi superioridad!”. Todavía siento la impresión de esa mano, como si Satán me hubiera tocado con su garra de fuego. Cuando Mirabeau clavó su mirada en un joven mudo, ¿tuvo un presentimiento de mis posibilidades futuras? ¿Pensó que comparecería un día en mis recuerdos? Yo estaba destinado a convertirme en el historiador de altos personajes: han desfilado ante mí, sin que yo me haya colgado de su manto, para hacerme arrastrar con ellos a la posteridad.
Mirabeau ha sufrido ya la metamorfosis que se produce entre aquellos cuya memoria ha de perdurar; llevado del Panteón a las cloacas, y vuelto a traer de las cloacas al Panteón, se ha elevado a la máxima altura del tiempo que le sirve hoy de pedestal. Ya no se ve al Mirabeau real, sino al Mirabeau idealizado, al Mirabeau tal como lo presentan los pintores, para convertirlo en el símbolo o el mito de la época que representa: se vuelve a así más falso y más verdadero. De tantas reputaciones, de tantos actores, de tantos acontecimientos, de tantas ruinas no quedarán más que tres hombres, cada uno de ellos unido a cada una de las tres grandes épocas revolucionarias: Mirabeau para la aristocracia, Robespierre para la democracia, Bonaparte para el despotismo; la monarquía no tiene nada: Francia ha pagado caro tres reputaciones que la virtud no puede aprobar.
Suplemento Ancora. La Nación 15 de julio de 2007.

10/07/2007 GMT 1

Andrés Bello, el desterrado

marfuerte @ 01:23

Arturo Uslar Pietri
El hombre que con queda voz interior lee los mutilados versos donde fulgura el primer resplandor en la lengua del alma y de la pasión de una raza que, prodigiosamente, es todavía suya, alza la cabeza y fija la vista en los altos ventanales empañados de niebla.
Está envejecido y refleja cansancio. Las arrugas, las canas y la calvicie prematuras no han destruido la bella nobleza de su rostro ni la honda serenidad de aquella mirada azul, que parece reposar sobre las cosas sin prisa, pero también sin esperanza.
Los guardianes del British Museum, que pasan silenciosos junto a su habitual mesa de trabajo, lo conocen bien. Es Mister Bello , un caballero de la América del Sur, que desde hace diecisiete años visita asiduamente la rica biblioteca. Unas veces se enfrasca en la lectura de los clásicos griegos y su rostro se ilumina de una plácida sonrisa de niño sobre los renglones de una erudita edición de la Odisea .
En otras ocasiones lo ven mecer tímidamente la mano, como marcando con vago gesto el compás de la medida de una égloga de Virgilio, y, en otras, se hunde en la Crónica de Turpín , o en un tratado de fisiología, o en el grueso infolio de Las siete partidas .
Cuando entra al gran edificio y se dirige a su sitio, se hace ligero y firme aquel pesado andar que arrastra entre la neblina de las calles. Se despoja de su raído abrigo y de su viejo sombrero, se sienta y suspira acongojadamente.
Pero en aquel invierno de 1827 no hace otra cosa que leer y releer con infatigable ansia el Poema del Cid . Día a día se llenan con su menuda y enrevesada letra los cuadernos de apuntes que lleva. Se propone analizar a fondo y reconstruir el poema, su lengua, su gramática, su sentido y su historicidad. […]
En 1814 se casa con Mary Ann Boyland. Es una inglesa, una mujer del norte y de la niebla, que no habla su lengua ni puede entender sus versos. Es el mismo año en que Boves, a la cabeza de sus feroces jinetes, parece que va a anegar en sangre y fuego a Venezuela.
Empiezan a nacer los hijos, y la pobreza y la estrechez se hacen mayores. Los niños juegan en las sombrías callejas del barrio pobre y cantan canciones inglesas. Su nombre se hace irreconocible en la pronunciación de sus compañeros de juego. Bello se esfuerza en hablarles en español, en hablarles de su raza, de su pueblo, de la civilización a la que pertenecen.
Le parece que aquel mundo neblinoso que está devorándolo acabará de tragárselo por entero en sus hijos el día en que el inglés llegue a ser la lengua materna de ellos.
Su mujer sigue siendo extranjera; sus hijos no conocen la patria lejana, que cada día parece hacerse más remota e inaccesible, y la pobreza lo persigue y lo atenaza con su infinita cauda de humillaciones y amarguras, de la que no es la menor la de no poderse dedicar de lleno a sus estudios y a su obra.
Más tarde enviuda y en 1824 vuelve a casarse con otra dama inglesa, Isabel Dunn, quien le da nuevos hijos. Es el año de la victoria de Ayacucho, y el joven héroe que la gana es el hermano de María Josefa de Sucre, aquella fina mujer que fue el hondo amor juvenil de Bello en Caracas.
Su destino parece ser el de marchar agobiado y alejarse de todo lo que ama. No es sino el desterrado y por eso se aferra con tanta ansiedad a lo que ha podido llevarse consigo: la ciencia, la literatura, la lengua y la imagen de América.
Por eso resulta tan revelador que en sus investigaciones sobre la literatura española haya de detenerse por largo tiempo, por todo el tiempo de su vida, en el estudio y la meditación del poema del Cid. No sólo porque es el monumento auroral del alma castellana y el poderoso vagido de su lengua, que son esencia unificadora de su América, sino porque también es la gesta del desterrado, la hazaña del paladín que lucha para reconquistar lo que le han arrebatado, del que convierte la desgracia en grandeza y alegría: “Albricias, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra”.
En el momento en que se sumerge en el poema del Cid va llegando a su término aquella larga etapa de Londres, que es la de la angustiosa espera, la del aprendizaje inagotable de la pobreza y la del rumbo borrado.
Entre la modesta casa, que es casi tugurio; el trabajo en las ambulantes oficinas de la Legación de la Gran Colombia o de Chile, las clases a los hijos del Ministro Hamilton, la ocasional charla con Blanco White, el laborioso descifrar de los manuscritos de Bentham, la vasta sala del Museo Británico y sobre el sabor de humillación del hombre que sabe lo que vale y se siente injustamente preterido, vienen a asaltarlo las visiones esplendorosas de su tierra.
Entonces parece olvidar todo lo demás. No oye el áspero quehacer de Mrs . Bello y las riñas de los chicos, no mira al empañado cristal de niebla que cubre la ventana ni los maltrechos muebles, sino que únicamente siente aquella poderosa voz interior, “flor de su cultura”, que brota en la contenida cadencia de unos versos perfectos: “Salve, fecunda zona, / Que al sol enamorado circunscribes / El vago curso…”.
Desfilan las estremecidas palmeras, el maíz, “jefe altanero de la espigada tribu”, el cacao con sus “urnas de coral”, el banano, amigo de la mano esclava, los jazmines del cafetal, las flores, todo el coloreado hálito del gran drama de la vida vegetal y animal del trópico, y después la visión “del rico suelo al hombre avasallado”, abierto a la paz y a la dulzura de la vida, sin que la emoción llegue a alterar un acento ni a perturbar el sereno ritmo de la Silva inmortal. […]
Es entonces cuando se abre la tercera y definitiva etapa de su vida con el viaje a Chile en 1829. El signo del desterrado vuelve a afirmarse ante el pesado paso de aquel hombre de cuarenta y ocho años, lleno de conciencia, de fe en los destinos superiores del espíritu y de reflexiva desesperanza en su destino.
La Europa que deja es la de la batalla de los románticos. Los versos de Byron y los de Hugo han resonado con sus ricos ecos en aquella alma clásica. Ha ensayado, con alegre curiosidad, su mano en la versión de algunos fragmentos del Sardanápalo , y ninguna de aquellas novedades escapan a su amor de la belleza ni alarma al asiduo lector de los griegos, de los cantares de gesta y del romancero; pero tampoco lo arrastran a sacrificar la perfección de la forma ni la pureza del lenguaje. Ese difícil fruto del esfuerzo paciente, de la fina sensibilidad y del estudio es el que le da ese sabor de eternidad sin fecha a todo lo que escribe y que empieza a ganarle el título intemporal de “Príncipe de los poetas americanos”.
Vuelve a alejarse en el destierro. Es un “largo penar”. Va ahora a aquella provincia perdida en las playas australes del remoto Pacífico, a la que llega después de dar la vuelta a toda la América, de rebasar el Trópico y de pasar por las heladas soledades del estrecho de Magallanes. […]
En 1847 sale su Gramática de la lengua castellana . Es un anciano de cerca de setenta años, movido por el poderoso anhelo de toda una vida, el que completa la extraordinaria hazaña, viva, fecunda y combatiente que está en esa grande obra.
En la vida de la lengua castellana hay dos dramáticos momentos cargados de destino: uno es aquel en que el habla del condado de Fernán González se transforma, bajo los Reyes Católicos, en el instrumento de la unidad y de la culminación de la raza española, y el otro es aquel en que, roto y desmembrado el gran imperio, queda en la lengua la mayor esperanza de la reconstrucción de la unidad moral y cultural de las Espa-ñas. Dos de las mayores figuras de humanistas hispánicos realizan el sino de esas dos grandes horas.
La hazaña de Lebrija, que hizo la primera gramática de una lengua moderna, porque “la lengua es la compañera del imperio”, la repite Bello, el criollo, que liberta la gramática castellana de la imitación latina y la rehace para que no se repita en América “la tenebrosa época de la corrupción del latín”.
Refugiado en lo que ya nadie podía arrebatarle, en la forma más alta y perdurable de su patrimonio, Bello llega a cumplir plenamente su misión de servidor del espíritu y de la civilización. […]
Personaje
Personaje

paisaje de niebla con solitario pensativo
El venezolano Arturo Uslar Pietri nació en Caracas en 1906, donde murió en el 2001. Fue periodista y político. Se lo considera uno de los grandes escritores de su país, y, sin duda, es de los mejores ensayistas que ha dado Hispanoamérica. Ha proliferado tanto y bien el ensayo en nuestros países, hay tantos reyes buenos en aquel arte, que esta realeza se acerca, por su número, a una democracia. Como ya se dijo, el ensayo es la sonata del pensamiento, y he aquí un virtuoso que juega con la historia, la biografía y las sutilezas de la observación.
Algunos escritores publican tanto que tienen su obra dispersa en periódicos; otros publican más y tienen su obra dispersa en libros. Arturo Uslar es de estos últimos: nos dejó muchos libros, y buenos. Clásico de la novela histórica hispanoamericana es Las lanzas coloradas (1931), no menos que La isla de Robinson (1981), donde él recrea el delirio cívico del excéntrico y visionario Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. Uslar también incurrió en la cortesía agradecible de publicar un libro intitulado Sumario de economía venezolana para alivio de estudiantes (1945), esfuerzo de esclarecimiento y compasión que solo podría igualarse con el de quien escriba Hegel sin esfuerzo .
El siguiente ensayo-semblanza apareció en el libro Veinticinco ensayos , compilación de la que –esta vez sí– puede afirmarse que el título lo dice todo. Lo publicó Monte Ávila, Editores, en Caracas en 1969.
El escrito traza luces sobre las sombras del pobre Andrés Bello, genial poeta, crítico, historiador, jurista y gramático nacido en Caracas y fallecido, como ciudadano y senador, en Chile. Por entre la turbulencia funeraria de las guerras de independencia, Bello escapa y se asila en el limbo de una atroz pobreza londinense. ¿Qué hace este personaje de Dickens, transido de niebla, tan solamente acompañado, tan lejos del sol plenario de Caracas? No ha de volver allá. Retornará a su “destino sudamericano” por otras tierras, y en Chile, y siempre en el mundo, ha de resurgir eterno y magistral. (Víctor Hurtado Oviedo)

Suplemento Ancora periódico La Nación 8 de julio de 2007

La patria canta

marfuerte @ 01:20

Música e historia LA CAMPAÑA NACIONAL GENERÓ MÚSICA Y POESÍA POPULARES QUE DEBEMOS RECORDAR

Juan Rafael Quesada Camacho
Historiador @nacion.com
Contrariamente a lo que se ha creído, la Campaña Nacional sí logró despertar la “fantasía” y la fibra literaria de los contemporáneos de aquella gesta. El ejemplo más significativo de ello es el Clarín Patriótico o Colección de Canciones y otras poesías compuestas durante la guerra contra los filibusteros invasores de Centroamérica.
Se trata de un opúsculo publicado en 1857 por la Imprenta de la Paz; su autor fue Tadeo Nadeo Gómez. Según él, “algunas de esas composiciones habían sido publicadas en los periódicos de San José [desde 1855], otras en hojas sueltas, las demás hasta ahora se dan a la luz pública”.
Clarinadas. José Martí enseñó que la patria se defiende en las “trincheras de piedra” y en las “trincheras de ideas”, aunque él creía que las últimas valían más que las primeras. El Clarín patriótico es precisamente una prueba de la lucha de ideas, pero no fue la única.
¿Por qué esa producción poética fue llamada Clarín ? El clarín era un instrumento musical caracterizado por la diafanidad y limpieza de sus notas agudas, que en el siglo XIX se utilizaba como elemento complementario de la táctica militar para dar órdenes a las tropas durante los periodos de instrucción, maniobras y combates.
En Costa Rica, el clarín, los trombones y las cornetas eran instrumentos fundamentales de las bandas militares, es decir, tenían un carácter bélico. Justamente, Juan Santamaría, entre 1843 y 1846, aprendió y practicó la ejecución del clarín y el tambor.
Cabe destacar que de la palabra ‘clarín’ derivó ‘clarinada’, término usado coloquialmente para designar una enérgica llamada de atención. Por tanto, es válido suponer que el nombre ‘clarín’, empleado por Nadeo Gómez, expresara su deseo de prevenir poéticamente a los costarricenses acerca del peligro filibustero.
Defensa. Desde mucho antes de 1856, en Costa Rica, se tenía claro que el expansionismo territorial estadounidense era la concreción de las ideas del Destino Manifiesto. Esa doctrina ya había sido denunciada en 1854 por el francés Adolphe Marie, gran consejero de Juan Rafael Mora.
Ante la grave amenaza filibustera, entonces, el Clarín patriótico procuraba lanzar una clarinada, exaltar los sentimientos de identificación colectiva de aquellos que ya en 1856 se denominaban “hermanos”: esto dio pie para que los filibusteros se burlaran del nacionalismo de los “buenos hermaniticos”.
El propósito de Nadeo Gómez se evidencia cuando afirma que, si “algún mérito” tienen esas composiciones, se debe a su “origen nacional” pues “el amor a la patria es capaz de todo; ese fuego que anima el corazón costarricense hasta la heroicidad no necesita de pábulo para arder, el fue quien nos inspiró lo que hoi [sic] aparece en esta corta colección”.
Se comprueba que en la introducción o “advertencia” de esa obra literaria se encuentran términos claves como nacional, patria, patriotismo, independencia, guerra santa , los cuales están presentes también en todo el Clarín patriótico y en las prácticas discursivas de la comunidad letrada de la época (autoridades civiles y eclesiásticas, periodistas, escritores).
En todas esas “composiciones”, el filibusterismo es presentado como símbolo de la esclavitud, del barbarismo, de la impiedad y la traición. En contraposición, la causa costarricense es nacional, es decir, de la nación como un todo orgánico.
Esas poesías y canciones se refieren a la partida y retorno del ejército costarricense, a gobernantes (Juan Rafael Mora), a militares (José Joaquín Mora), a los vencedores en Santa Rosa, a la toma del río y puerto de San Juan del Norte, o a conceptos como paz, libertad y patriotismo . Algunos versos también sirvieron como “adornos” en las calles el día de la “entrada del ejército costarricense” a San José.
Himno. De interés particular resulta el himno “Antes de salir del ejército para la campaña” pues ese canto guerrero fue musicalizado por el español Alejandro Cardona y Llorens.
Él fue un músico destacado que dio origen a una estirpe de literatos y músicos, hasta hoy. Según su narración, él llego a tierra costarricense el 16 de octubre de 1853. “Del año 1853 al 1856 me dediqué a enseñar música. La juventud a que dediqué mis esfuerzos, hizo que adquiriera más cariño si cabe, por este país”, escribe.
En 1855, en vísperas del inicio de la guerra antifilibustera, ese notable compositor y trovador compuso una “versión a dos voces con acompañamiento de guitarra” para el himno “Antes de salir…”.
Se estrenó la versión pocas semanas después de que Juan Rafael Mora lanzase su primera proclama (20 de noviembre) y monseñor Anselmo Llorente y Lafuente publicase el trascendental edicto del 22 de ese mes.
Según el Boletín Oficial , “en la noche del 6 de diciembre, se formó una cabalgata de más de doscientas personas con la música militar a su frente y fueron a la hacienda del Sr. Presidente Mora a hacerle una manifestación patriótica con motivo de su proclama de alerta. Se estrenó un himno patriótico y se recorrió las calles de San José dando vivas a la libertad”.
Cardona. La ejecución del himno “Antes de salir…” no fue un hecho aislado. El componente musical había sido muy importante en las guerras, y, ya a mediados del siglo XIX, las bandas militares gozaban de gran popularidad. En Costa Rica, esas agrupaciones musicales eran un instrumento eficaz para emocionar a la población; pero sobre todo tenían la función de animar a los soldados e infundirles el coraje necesario en los combates. Así vemos cómo, en la mañana del 4 de marzo de 1856, junto a la vanguardia del ejército nacional, marchaba la banda militar de San José con su director, Manuel María Gutiérrez.
Aunque Martí sentía mas aprecio “por las trincheras de ideas” que por las de piedra, estas fueron indispensables en 1856 y 1857. En el año en que empezó la Campaña Nacional, Cardona y Llorens contrajo matrimonio; pero, según su testimonio, “identificado con mi nueva patria y decidido como cualquier ciudadano a hacer propias las penas y las alegrías de Costa Rica, me afilié con verdadero entusiasmo a los valientes que salieron a luchar por la honra e integridad de Centro América”.
El desempeño de ese honorable hijo adoptivo de Costa Rica hizo que se lo distinguiera con el “honroso grado de capitán de las milicias”. De acuerdo con su hijo Ismael, al morir, ya anciano, Alejandro Cardona recibió “los honores de teniente coronel que acostumbraba a tributar la República”.
En el mismo sentido, en 1939, don Ricardo Fernández Guardia sostuvo que Alejandro Cardona y Llorens “puso su espada al servicio de Costa Rica”. Así, por su aporte a la defensa de la soberanía nacional, nuestro país debería preocuparse por honrar su memoria. No obstante, su obra, junto con la de Tadeo Nadeo Gómez, demuestra que, en momentos de peligro, el patriotismo conduce a los habitantes a defender a la madre que protege, pero que necesita ser protegida.
El poeta canta entonces al patriotismo porque una poesía y una tonalidad musical son también formas de vivir y defender la patria.

Suplemento Ancora periódico La Nación 8 de julio de 2007

03/07/2007 GMT 1

LA Espada justiciera

marfuerte @ 01:50

El día de Yorktown EL PRÓCER CUBANO NARRA LA FIESTA dEL CENTENARIO DE LA BATALLA QUE EMANCIPÓ A LOS EE. UU.

José Martí
(1853-1895)@nacion.com
Los caballeros de las Colonias se alzaron contra los caballeros de Jorge III. Desuncieron los campesinos los caballos de sus carros, y los vistieron con los arreos de batallar. Con el acero de los arados, trocado en espada justiciera, rompieron las leyes selladas con el tacón de la bota del monarca. Se combatió, se padeció frío, se venció el hambre, y con largo y doloroso cortejo se cautivó al fin a la gloria.
El 16 de octubre de 1781, los franceses y americanos aliados recibieron, de manos del caudillo británico, el pabellón inglés vencido. Cornwallis, cercado, deslumbrado, anonadado, aterrado, se rindió a Washington y a Lafayette en York-town.
Siete mil ingleses se rindieron con su jefe: trescientos cincuenta habían perecido en el brillante sitio; con valor fiero asaltaron los sitiadores las obras de defensa de las tropas reales; con gallarda nobleza y ejemplar calma, se regocijaron de su triunfo. Allí descansaron, de su jornada de seis años, los soldados de Lexington, Concord y Bunker Hill. Allí doblaron la rodilla, para dar gracias a Dios, los que la habían alzado de una vez fatigados de tenerla humillada ante su tirano, en 1775. Allí se ha honrado ahora a los héroes, se ha conmemorado a los muertos, se ha contado la gloriosa historia y se ha saludado cariñosamente a los vencidos.
Hace cien años fue la señal de la redención la toma de Yorktown: Francia, que ha redimido a los hombres con su sangre, se había aliado a las colonias americanas rebeldes. En aquellos tiempos de odios, el rey francés obedecía así a la usual política y debilitaba el poder de Inglaterra, su robusta enemiga. Mas no fue el rey quien decretó la alianza: fue el clamor de la nación generosa que, enamorada de la libertad, y, no bastante fuerte aún para conseguirla, empleaba la energía ya recogida en empujar a la libertad a un pueblo más cercano a ella y más fuerte.
Washington, con cartas diestramente escritas, que aparentaba dejar sorprender a los enemigos, hacía creer a Clinton, el representante del monarca y director de la campaña, que, cuando cruzaba el Hudson estaba aún lejos de él. Cuando despertó de su sueño, halagado por la seguridad de venideras glorias el inglés Cornwallis, Washington mismo, con su mano firme y su postura augusta, disparaba contra Yorktown la bala de cañón que abrió el famoso sitio.
La luz de una fragata incendiada alumbra el combate. Lafayette generoso y Rochambeau valiente, mandan a los franceses, y Washington sereno, Washington amado, manda a los americanos. Con ellos pelea el soldado bravo, el disciplinador enérgico, el alemán noble, el barón de Steuben. De Lauzan va a la cabeza de la caballería. Viomenil guía la infantería ligera.
¡Cada mañana amanecían los sitiadores más cerca de los absortos sitiados! ¡Es que hay una hora en que la tiranía se ciega, y se deja vencer, aturdida por el brillo y la pujanza de la Libertad! ¡Es que el soldado que lucha por la honra vale más, y lidia mejor, que el soldado que lucha por la paga!
Rivalizaban en bravura los tenaces americanos y los ardientes franceses. Dos reductos se levantan a su paso: “¡Viva el Rey!” dicen los soldados de Francia, y toman el uno: sobre cien de sus compañeros, muertos o heridos, pasan los triunfadores: en el otro reducto, el jefe inglés rinde su espada a Alejandro Hamilton, el jefe americano.
En vano aguarda Lord Cornwallis refuerzos de la flota inglesa, que ha sido vencida; en vano intenta, contra la naturaleza que, amiga una vez de los hombres libres, le cierra con una tormenta el paso, la fuga de sus tropas. Ya no tiene fuerzas el Lord poderoso para sacar el acero de la vaina. Bate el tambor pidiendo tregua.
Se ajustan condiciones: el inglés las rechaza; el americano las impone; se firman en una casa histórica, la casa de Moore: las tropas quedan prisioneras de guerra; la propiedad pública pasa a manos de los vencedores; la propiedad privada, ya de los hombres de armas, de los habitantes del pueblo, queda en poder de sus dueños; los productos del saqueo y la rapiña han de ser devueltos a los que los reclamen.
Témese que peligren, por su fama de crueles, algunos oficiales de Cornwallis, y Washington permite y favorece su salida del campo de batalla, so pretexto de que van en comisión de duelo, a dar parte a los gobernantes ingleses de la amarga derrota.
Y el día brilla: en carros, a caballo, a pie, ha venido de los campos y poblaciones vecinas, muchedumbre imponente de curiosos. ¡Cuán solitario suele estar el campo de batalla el día antes del combate! ¡Cuán poblado el día después de la victoria!
Es la hora de la entrega de las armas. A un lado del campamento, con Rochambeau al frente, forman, con sus lujosos uniformes, los franceses: al otro lado, mandados por Washington, forman, con sus uniformes empolvados, desiguales y raídos, los americanos; aquellos, brillantes; estos, ingenuos.
Por entre ambas columnas adelanta, con paso solemne, armas al hombro, banderas plegadas y tambor batiente, el ejército vencido: no lo manda Cornwallis, que está avergonzado. Allá cerca, en un espacio vecino, dejan aquellos hombres tristes sus mosquetes. Nadie los injuria, no los maltrata nadie. Y la nación entera, como a alba magnífica, se regocija y amanece.
Filadelfia era ciudad de fieles, y, cuando el guardia nocturno anunció las doce de la noche, con aquel grito lento: “Las doce de la noche, y todo va bien” y añadió: “y Cornwallis ha sido tomado”, no hubo ventana sin luz, ni balcón sin bandera, ni ser humano dormido en Filadelfia. El Congreso en masa fue a dar gracias al bondadoso Legislador del Universo.
La grandeza serena había vencido a la tradición insolente: a Jorge III lo había vencido Washington.
Yorktown fue la batalla decisiva, el triunfo efectivo, la victoria incontestada. Tras ella, quedó de hecho el país libre. Esa es la batalla que en estos días los americanos han conmemorado. Han vuelto, llenos de vida, a aquel lugar famoso donde a ella nacieron. Han llamado, para apretar la liga de los pueblos buenos, a los descendientes de aquellos bravos soldados de Francia. Como el alemán Steuben batalló en Yorktown, llamaron también a sus descendientes alemanes. Como Inglaterra ama a sus hijos y no está celosa sino orgullosa de ellos, han saludado la bandera de Inglaterra en el lugar mismo en que fue vencida, nueva manera de vencerla.
Recuerdo sin odio, fuerza sin vanidad, agradecimiento sin interés, esto ha sido esta fiesta. Y viene a tiempo a este país laborioso esta hora de remembranza de aquellas puras glorias, como vino a tiempo la noble agonía y dichosa muerte del honrado Garfield.
Tiene el corazón sus caudales, y perecen en su palacio de oro, como el rey Midas, los pueblos que dejan morir estas puras riquezas. Sentir, es ser fuerte. Ni cabe comparación, en el concepto y gratitud humanos, entre Jesús y Creso. ¡No hay flores más lozanas ni fragantes que las que nacen sobre la tierra de los muertos! De amar las glorias pasadas, se sacan fuerzas para adquirir las glorias nuevas.
Nueva York, 29 de octubre de 1881.

Suplemento Ancora Periódico La Nación 1 de julio de 2007

30/06/2007 GMT 1

La guerra de 1856-1857, Juan Rafael Mora y el libro de Armando Vargas

marfuerte @ 02:28

Iván Molina Jiménez
Catedrático Escuela Historia

Parte II
En contraste con las dos versiones que omitían referirse a las arbitrariedades e irregularidades atribuidas a Juan Rafael Mora, el análisis histórico no descartó esos temas, como lo prueban las obras de Ricardo Fernández Guardia, Cleto González Víquez, Armando Rodríguez, Carlos Monge, Carlos Meléndez y, más recientemente, de Carmen Fallas. Estos historiadores, además, destacaron el papel de las elites nicaragüenses en la llegada de Mora a Nicaragua y, con excepción parcial de Rodríguez, disociaron la empresa de Walker del gobierno federal estadounidense.
Si bien Rafael Obregón Loría resaltó el papel de las elites nicaragüenses, evitó considerar los cuestionamientos al régimen de Mora y sugirió que hubo un apoyo tácito del gobierno estadounidense a Walker. Así, su versión de la guerra de 1856-1857 y de Mora recuperó contenidos fundamentales de las nuevas interpretaciones surgidas a partir de 1900.
En la versión de la guerra de 1856-1857 que ofrece el libro de Armando Vargas, el papel jugado por las elites nicaragüenses en la llegada de Walker a Nicaragua y en su ascenso posterior es reducido al mínimo (p. 119), por lo que no sorprende que Vargas se refiera a esa llegada como una invasión (p. 93). Y aunque Vargas no afirma directamente que el gobierno federal de Estados Unidos apoyara a Walker, lo sugiere tácitamente (pp. 58, 86-94, 384-387).
Al cuestionar a Vargas, por no considerar la evidencia aportada por Robert E. May de que el gobierno estadounidense tomó medidas que afectaron las actividades de Walker (evidencia que apoya la versión de los historiadores antes citados), su respuesta fue que lo que May demuestra ?es que en los archivos de los Estados Unidos no encontró papeles oficiales que prueben alguna complicidad gubernamental con Walker? ( La Nación , 19-5-2007, 36A). Elude así referirse al problema de fondo: la evidencia que May sí encontró.
La versión de Mora que ofrece Vargas se inscribe en las interpretaciones surgidas a partir de 1900: equipara a Mora con Bolívar (p. 389), lo define como padre de la democracia costarricense (p. 390) y presenta su caída como resultado, en lo inmediato, del intento de fundar un banco que afectaría a ?un puñado de potentados? (p. 316). Si bien Vargas sintetiza las razones dadas por quienes derrocaron a Mora (pp. 319-321), las introduce como ?imputaciones, en los más de los casos, carentes de prueba alguna? (p. 319). Elude así confrontar la evidencia sobre las irregularidades y arbitrariedades del régimen de Mora que sí fue considerada por los historiadores ya citados.
Señala Vargas que el objetivo principal de su libro es explorar ?algunas dimensiones externas de nuestra epopeya? y, sin duda, aporta información nueva al respecto, en particular sobre la actividad diplomática costarricense, la resonancia internacional de la guerra de 1856-1857 y la caída y fusilamiento de Mora. Debe tenerse presente, sin embargo, que Vargas no es el primero en abordar esos temas, los cuales, en los últimos años, han sido investigados también por Clotilde Obregón, Robert E. May y, especialmente, por Jorge Francisco Sáenz Carbonell. Puesto que no hizo un balance del estado del conocimiento sobre el tema, Vargas no reconoció debidamente la importante contribución de esos investigadores ni precisó cuál es el aporte específico de su libro.
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Semanario Universidad 29 – 6 julio 2007

27/06/2007 GMT 1

Engaño y fuga

marfuerte @ 01:40

En primera persona UN TESTIMONIO CASI DESCONOCIDO ILUSTRA LA VIDA REAL ENTRE LAS FUERZAS DE WILLIAM WALKER

Iván Molina Jiménez
Escuela de Historia de la UCR@nacion.com
Apenas llegué a dicha ciudad [Nueva York]; lo primero que atrajo mi atención, fue unos grandes carteles fijos en los muros, solicitando emigrantes para Nicaragua y ofreciendo a cada cual un acre de terreno, herramientas y semillas, para efectuar la colonización de aquel territorio centroamericano.
Me alucinó mucho la invitación, y resolví inscribirme. Grande fue mi sorpresa, cuando ví que el número de solicitantes que obraban en la oficina de inscripción era bastante crecido.
Llegado el día de la partida hacia aquél magnífico Edén, pude darme cuenta de que unos 300 inmigrantes constituíamos otros tantos colonos, otros tantos propietarios de chacras .
Se elevó el ancla en medio de atronadores hurras del numeroso grupo de curiosos que, desde la bahía, agitaban al aire sus sombreros y pañuelos, despidiéndonos.
Hízose la navegación sin novedad, y pocos días más tarde, desembarcamos en el puerto de San Juan del Norte, lado del Atlántico. Allí nos hicieron trasbordar a un vaporcito que surcaba el río del mismo nombre, cuyas orillas ofrecen hermoso espectáculo, tanto por su exhuberante vegetación y bosques tupidos, como por las enormes bandadas de papagayos y loros que revoloteaban por los aires, y muchos lagartos que salían a la arena para calentarse al sol. Ese río baña también la costa del territorio de los Mosquitos, indios que, a semejanza de los araucanos, han sabido conservar su independencia. Como a la hora de estar navegando, entramos en el extenso lago de Nicaragua, y a las 6 p.m. fondeó en playas de la ciudad de Granada.
Aquí principió nuestra vía-crusis , pues apenas pusimos pie en tierra, quedamos desilusionados. Supimos, entonces, que las promesas de Nueva York eran ilusorias, y que toda la gente que ocupaba Granada era el ejército filibustero que mandaba el General William Walker.
Como estábamos sin alimento desde la mañana en que dejamos la nave que nos trajese de Nueva York, nos dieron por toda comida un pequeño bollo de chocolate y una fría torta de maíz, que era el pan de los indígenas. Nos condujeron en seguida al antiguo convento de franciscanos, donde, en lugar de camas, hallamos unos pellejos de res, tendidos en el suelo, y de almohada hubo de servir el atado de ropa que cada uno tenía consigo. No hubo como protestar. Aquellos pellejos, según parece, constituyen una especie de antídoto contra los alacranes, que caminaban en grandes tropas, por las paredes de las celdas conventuales abandonadas.
La noche fue desastrosa, y al día siguiente, apenas rayó el alba, procedieron a inscribirnos, tomando nuestra filiación. Entregáronnos sendos fusiles y una cartuchera con su dotación de tiros; y nos notificaron, irónicamente, que desde ese instante teníamos que conquistar, por medio de las armas, la futura propiedad de tierras.
Varios de los compañeros llevaban consigo mujeres, con las que eran casados. Pero al desembarcar en Granada, tuvieron que abandonarlas, pues no se consentía que ningún soldado, casado o no, viviese con su mujer.
Abandonadas esas desgraciadas, en país desconocido, sin facilidades para subsistir honradamente, entregáronse al vicio, al libertinaje, con los oficiales, celebrando diarias orgías. Una pobre niña, que en calidad de sirvienta se embarcó en Nueva York, con uno de los aspirantes a colonos, fue despedida por su patrona, y hubo de prostituirse, ya que no era posible hallar en ese medio y en ese instante, otro trabajo que el de las caricias pagadas....
Todos los días, desde muy temprano, hacíamos ejercicios durante dos horas; después –y no siempre– nos daban el almuerzo, que solía consistir en una taza de sopa de plátanos verdes; un pequeño trozo de carne de asno o mula y una torta de maíz. Descansábamos hasta las tres, hora en que salíamos por compañías, a la plaza principal, donde revistábamos al General Lainé, francés, subordinado de Walker, de quien era consejero. En seguida se distribuían las guardias. Las fuerzas filibusteras estaban formadas por sujetos de Norteamérica, Alemania, Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, Bélgica, y hasta de Rusia y de Cuba. Ninguno llevaba uniforme. Cada cual vestía sus propias ropas, distinguiéndose los oficiales por la espada ceñida; y los jefes no solo por la espada; sino por una cucarda roja puesta en el sombrero.
[…]
Supimos que el General Lainé había sido fusilado por los centroamericanos [en octubre de 1856]. Walker, en represalias, ordenó el fusilamiento del Coronel guatemalteco Valderrama y de otros oficiales, que estaban en nuestro poder. La ejecución realizóse a la una de la tarde, hora de la revista, y en presencia de toda la fuerza filibustera, formada en línea de batalla en la plaza principal. Los sentenciados salieron de su prisión, y llegaron al lugar del suplicio, acompañados del padre Vigil, nicaragüense. Avanzaron Valderrama y su compañero, con gran resolución. Antes de ser vendado, Valderrama pidió un vaso de vino, y pronunció estas palabras: “Muero en defensa de mi patria, y me considero feliz de verter hasta la última gota de mi sangre por libertar a mi país y a mi familia del yugo enemigo”. –La primera descarga mató al otro oficial. Valderrama quedó de pies. Cargaron otra vez los ejecutores, y Valderrama cayó exánime, en un lago de sangre.
Ese cuadro lúgubre me impresionó tantísimo, que días después acepté la proposición que dos amigos y paisanos hiciéronme, para desertar y poner término a nuestros padecimientos. El proyecto estaba lleno de peligros, pues Walker había dictado una orden general, disponiendo que los desertores fueran fusilados ipso-facto , sin fórmula de juicio. Empero, nada nos arredró.
[A partir de aquí, Prince relata cómo los tres desertaron con ayuda de algunos indígenas, su llegada a Masaya, su arribo a León (donde uno de sus compañeros murió de Tifoidea) y el posterior viaje a El Salvador.]

Suplemento Ancora. Periódico La Nación 24 de junio de 2007.

24/06/2007 GMT 1

La guerra de 1856-1857, Juan Rafael Mora y el libro de Armando Vargas

marfuerte @ 01:14

Iván Molina Jiménez
Historiador UCR

Parte I
En los últimos días, en diversos medios de comunicación, han sido publicadas respuestas directas e indirectas a lo que expresé sobre el libro El lado oculto del presidente Mora, de Armando Vargas (La Nación 12-5-2007, 31A). Aprovecho ahora para ampliar mi comentario.
Todo libro de historia, escrito por investigadores profesionales o por aficionados, se inscribe en un estado determinado del conocimiento sobre el tema, y en un marco dado de interpretaciones al respecto. El libro de Vargas no es la excepción.
Sobre la guerra de 1856-1857, existen en Costa Rica dos interpretaciones básicas. La primera, elaborada por los intelectuales liberales a finales del siglo XIX e inicios del XX, destacó el papel jugado por las elites nicaragüenses en la llegada de Walker a Nicaragua, y enfatizó que Walker no era apoyado por el gobierno federal estadounidense, sino por los estados esclavistas del sur, contrapuestos al norte liberal y democrático.
En las primeras tres décadas del siglo XX, la guerra fue reinterpretada en un sentido antiimperialista por los intelectuales radicales de la generación de 1900 (García Monge, José María Zeledón y otros), por los nacionalistas del decenio de 1920 y por los comunistas. A diferencia de la versión liberal, este nuevo enfoque disminuía o borraba el papel de las elites nicaragüenses y veía a Walker, tácitamente apoyado por el gobierno estadounidense, como un representante del imperialismo yanqui, que invadió Nicaragua en 1855.
Aunque los liberales no desconocieron el liderazgo de Juan Rafael Mora en la guerra, centraron la atención en una figura de extracción popular:Juan Santamaría. Dos razones principales explicarían tal escogencia: les interesaba contar con un héroe nacional en el que los sectores populares de la época pudieran reconocerse; y de haber escogido a Mora, habrían enfrentado la contradicción de que el héroe nacional de Costa Rica fue fusilado por un gobierno costarricense. Además, los liberales, al tanto de las arbitrariedades e irregularidades atribuidas a Mora, preferían un héroe menos controversial.
A inicios del siglo XX, surgieron dos interpretaciones que revalorizaron la figura de Mora. La primera, conformada por los izquierdistas ya citados, contrapuso a Mora, definido como un gobernante nacionalista, antiimperialista y antioligárquico, a los políticos liberales, proclives a pactar con el capital extranjero. Ya en 1937 los comunistas afirmaban que Mora había sido asesinado por el imperialismo y la plutocracia por haber fundado el Banco Nacional Costarricense.
La otra versión, menos radical, surgió a partir de la conmemoración del centenario del nacimiento de Mora (1914) y de la inauguración de su estatua (1929). Se caracterizó por exaltar a Mora por liderar la guerra de 1856-1857 (fue equiparado ya con Bolívar), y por haber sido un gobernante probo y democrático.
Pese a sus diferencias, ambas versiones tenían en común que dejaron de lado las irregularidades y arbitrariedades atribuidas a Mora, así como el papel que jugó su gobierno en impulsar el capitalismo agrario.
Semanario Universidad 22 – 29 junio de 2007.

21/06/2007 GMT 1

Vieja y “nueva historia”

marfuerte @ 01:12

Vieja y “nueva historia”
La Campaña Nacional se constituyó en crisol o fragua de la nacionalidad costarricense

Juan Rafael Quesada C.
juanquesada@racsa.co.cr
Historiador
L a Nación del 12 de mayo publicó un artículo que, más que un ejercicio de crítica académica, pareciera estar motivado por razones de otra naturaleza, que no alcanzamos a entender. Ostenta un espíritu propio de nuevo Olimpo (académico). Con un tono francamente peyorativo y hasta con cierto “aroma” macartista, hace una caricatura de mi obraClarín Patriótico : la guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense (Museo Juan Santamaría, Colegio de Licenciados y Profesores, 2006, 312 p.). Al respecto, y por consideración a las personas que hasta el momento han adquirido el libro y a todas aquellas que me han escuchado hablar del tema, me permito hacer las siguientes puntualizaciones.
Quien haya leído mi investigación o tenga la intención de hacerlo podrá comprobar los alcances de esas (des)calificaciones, pero especialmente podrá verificar si aporta conocimientos a la comprensión de la Campaña Nacional. Nuestra obra es un estudio razonado y documentado de la nacionalidad costarricense desde la perspectiva de proceso. Por razones de espacio, solo podemos decir, desafortunadamente, que esto significa tener en cuenta, al menos, la herencia colonial, la conformación de Costa Rica como nación moderna, o sea, el adquirir los atributos de la modernidad política (la soberanía popular, la división de poderes, el republicanismo y el constitucionalismo).
Enseñanza de valores. Después de 1821, es imperativo analizar los mecanismos mediante los que los constructores del Estado nacional se esforzaron en desarrollar sentimientos de lealtad entre los habitantes del país (enseñanza de valores cívicos, organización de tertulias patrióticas, adopción de símbolos nacionales, instauración de fiestas patrias o efemérides). Igualmente, es necesario valorar el impacto de las disputas territoriales del país con Colombia y Nicaragua, ya que el espacio o territorio es el elemento de identidad política por excelencia.
Gracias a la interacción dinámica y diacrónica de los factores señalados, la conciencia nacional ya había adquirido un arraigo importante antes de 1856. La Campaña Nacional se constituyó, entonces, en el crisol o fragua de la nacionalidad costarricense pues los peligros, triunfos, glorias y hasta derrotas consolidan a las naciones. Ya lo decía el prócer sudamericano Manuel Belgrano: “Bien puede tener nuestra libertad todos los enemigos que quiera, en verdad nos son necesarios para formar nuestro carácter nacional”. En el caso costarricense, el carácter o temple nacional se forjó al enfrentarse al filibusterismo, pues la población, salvo un puñado de traidores, se unió en torno a la defensa de tradiciones seculares y a los valores de libertad, autonomía y solidaridad.
No tiene asidero cuestionar el significado nacional de la guerra antifilibustera porque existieran contradicciones sociales en la Costa Rica de 1856, y que los derechos políticos –que no es lo mismo que ciudadanía– estuvieran limitados para un sector de la población, según la naturaleza del sistema electoral establecido por la Constitución “reformada” de 1848, impulsada por Castro Madriz. Lo cierto es que, a pesar de la diferenciación socioeconómica y política de la Costa Rica de hace 151 años, en esa difícil coyuntura se demostró, como decía José Martí, que la patria se defiende en las “trincheras de piedra” y en las “trincheras de ideas”. Así, comprobamos cómo los diversos sectores de la población hicieron notables esfuerzos para preservar la tierra que los vio nacer.
Mujeres e indígenas. Demostramos, documentalmente, cómo las comunidades en cabildo abierto optaban por incorporarse a la guerra y cooperar con los gastos bélicos. ¡Qué hermoso, por ejemplo, el gesto del alajuelense Francisco Arias, quien voluntariamente ofreció, en noviembre de 1856, 50 pesos “y cuanto más pueda ratificando el ofrecimiento de mi persona y la de mis tres hijos”. ¡Qué decir de las mujeres –sin derechos políticos del todo– que doblaban su cintura en los campos de trabajo en ausencia de sus maridos! Y eso que tuvieron que esperar casi un siglo para tener derecho al voto.
El ejemplo más contundente de que la guerra contra el expansionismo del Destino Manifiesto cristalizó el sentimiento nacional, lo expresa la actitud de los indígenas. Ellos, a pesar de ser el sector más marginado de la sociedad costarricense –¿ha cambiado eso?–, no dudaron en manifestar su disposición a “ayudar al supremo gobierno a arrojar del suelo centroamericano a los salvajes filibusteros”, decisión que tomaron “sin necesidad de excitación alguna de autoridad”.
La lucha contra los filibusteros requirió también las “trincheras de ideas”. A esa cuestión nos referiremos en otra oportunidad.
Periódico La Nación 20 de junio de 2007.

19/06/2007 GMT 1

La visión filibustera

marfuerte @ 01:34

Historia

Colaboración WILLIAM WALKER RECIBIÓ EL APOYO DE LOS EXPANSIONISTAS NORTEAMERICANOS DE LA ‘JOVEN AMÉRICA’

Armando Vargas Araya
vargas@tisingal.com
Las ideas subyacen bajo los procesos históricos. Hay factores ideológicos tras la conducta de los actores internacionales. El expansionismo es una idea-fuerza en la década de 1850.
“Vinimos aquí como columna de vanguardia de la civilización americana”, arenga William Walker a su gavilla. “Nuestra misión se extiende más allá de los límites de la visión ordinaria y abarca el destino no solo de Nicaragua sino tal vez la redención y civilización apropiada de toda la América española”.
Walker es el destino manifiesto y es la “Joven América”.
El filibusterismo y el destino manifiesto son una sola cosa para Albert K. Weinberg. En su obra clásica Destino manifiesto: un estudio del nacionalismo expansionista en la historia de los Estados Unidos (1935), dice: “El filibusterismo se propone extender la civilización anglosajona a regiones habitadas por ‘ignorantes’”
Para don Luis Molina, nuestro embajador en Washington, el “cáncer social” del filibusterismo “cuenta con un seguro asilo de impunidad, si es repelido, y con que sus trofeos serán aceptos a la nación, su botín legitimado y, ensalzadas sus piráticas proezas, si las corona la victoria. [Walker] es impelido por el movimiento extraviado de esta nación, la representa y tiende a la dominación absoluta […] de las Repúblicas Hispanoamericanas”.
Expansionismo. La Guerra contra México engendra el filibusterismo (1848-1860). Se organizan dos expediciones contra Cuba, se tantea una contra el Ecuador y tres van al Pacífico mexicano. Un camarada de Walker invade Sonora y su cabeza es conservada para escarmiento… en mezcal. Se informa de expediciones a la Amazonia, Hawái, Irlanda, Santo Domingo, Venezuela y Yucatán. Como mínimo, 5.000 hombres participan en proyectos filibusteros.
Nuestro canciller don Joaquín Bernardo Calvo recela del expansionismo agresivo: “¿Puede ser infundado ese temor cuando hemos presenciado o sabemos los excesos cometidos en México por esa ralea de gentes, las invasiones de Cuba, las escandalosas escenas del Istmo [Panamá] y, por último, el incalificable bombardeo e incendio de San Juan del Norte?”.
Young America (Joven América) es un movimiento del partido Demócrata (1840-1857) que combina universalismo democrático con nacionalismo agresivo, libre comercio y acceso a mercados externos con anexionismo territorial.
El Club de Pioneros Young America de Nicaragua obsequia una espada a Walker, quien la recibe en ceremonia destacada por El Nicaragüense (Granada).
Costa Rica avizora el peligro del nacionalismo expansivo. El periodista don Emilio Segura escribe: “El coloso del Norte avanza. Ese pueblo-esponja, que desea absorber cuanto existe, esa nación-boa que tortura a Nicaragua, amenaza devorar nuestras fluctuantes nacionalidades. […] El águila rapaz se cierne sobre nosotros: si no queremos sucumbir cobardemente entre sus garras, unámonos y […] consolidemos nuestra nacionalidad”.
Hay una imbricación gordiana entre el filibusterismo, la “Joven América” y el destino manifiesto, encarnados en Walker. Sus contemporáneos, y los eruditos más respetados de los Estados Unidos, así lo atestiguan y exponen.
Coincidencia. El “destino manifiesto” no llega a ser doctrina; es lema periodístico venido a más: los dientes de leche que le salen a la doctrina Monroe (1823). Expresa el ‘Zeitgeist’ o espíritu epocal de aquellos Estados Unidos.
Defensor de Walker, el procurador general Caleb Cushing define la misión de “la excelente raza blanca: cristianizar y civilizar, ordenar y ser obedecida, conquistar y reinar. […] Los hispanoamericanos, debilitados por su evidente incapacidad de autogobierno, se preparan a recibir al pueblo y las leyes de los Estados Unidos”. Véase, de Reginald Horsman, La raza y el destino manifiesto: orígenes del anglosajonismo racial norteamericano (FCE, 1985).
En San José, don Adolphe Marie lo sabe: “¿Quién no se estremecerá, al pensar que […] conviene quizá al destino manifiesto que […] desaparezcan los hispanoamericanos de la faz de la tierra? […] ¿Quién no se entregará a la desesperación [ante] brutales actos que tendrán por inevitable resultado el nombre escarnecido, la raza perseguida, la familia dispersada, el hogar asaltado y, finalmente, la nacionalidad aniquilada?”.
Walker llega a Nicaragua sin un certificado que acredite su militancia en el destino manifiesto o la “Joven América”, pero sus dichos y hechos la demuestran.
Las acciones de Washington lo favorecen de manera directa. A la declaratoria de guerra contra el filibusterismo, el secretario de Estado, William L. Marcy, objeta: “Hubiera sido de esperar que Costa Rica mantuviera una actitud estrictamente defensiva con respecto a Nicaragua (sic)”. Ajusticiados unos invasores por el asesinato de varios guanacastecos, Marcy acusa de bárbaro al país y advierte que “se expone a la enemistad de aquellas cuyos súbditos o ciudadanos sean víctimas de salvaje crueldad”.
Se gestionan 2.000 rifles en Inglaterra para ejercer el derecho inmanente de legítima defensa, y Washington se inconforma. El reconocimiento diplomático al régimen filibustero, dice Marcy, “se precipita por la conducta del Gobierno Británico de proporcionar ayuda a Costa Rica”.
Cercado Walker por los ejércitos centroamericanos, lo rescata la US Navy: una “intervención misericordiosa” del presidente Buchanan, dice el historiador Ralph Lee Woodward, Jr.
Enemigos. La laxitud de Washington ante Walker, la reacción airada ante la Costa Rica que se da a respetar, la discrepancia con el Reino Unido por la venta de las armas, el reconocimiento diplomático al régimen filibustero, el salvamento providencial del bucanero vencido, son indicios claros y concordantes de que los Estados Unidos van mucho más allá de una simple tolerancia.
No hace falta un contrato de conquista para descifrar quién respalda a Walker. Los patriotas Molina, Calvo, Segura o Marie no necesitan examinar un papel para comprenderlo. Tampoco lo necesitan Lord Clarendon para que Londres determine que “los filibusteros ciertamente son apoyados por el Gobierno” de Washington, ni el papa Pío IX para sindicarlos de “bandas de forajidos norteamericanos, cuyos principios y actos son antisociales, anticatólicos y antihumanos”.
Sorprende que, aún hoy, se propale que Walker fue –como quien dice– un chopo alquilado para dirimir un pleito entre nicaragüenses. La verdad es que el filibusterismo, el destino manifiesto y la “Joven América” fueron el enemigo de Costa Rica.
“Por dicha”, escribe don Teodoro Picado en 1922, “ni el Presidente Mora ni sus ministros eran Boabdiles”. El último emir de Granada, Boabdil, llora sobre una colina al ver su ciudad, y su madre lo regaña: “No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”.
Armando Vargas Araya es autor deL LIBRO ‘El lado oculto del Presidente Mora’ (Juricentro, 2007).
Suplemento Ancora. Periódico La Nación 17 de junio de 2007

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