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RESONOCO

Categoría: Historia

03/02/2008 GMT 1

Don Abelardo Bonilla

marfuerte @ 00:36

Hilda Chen Apuy

Catedrática y Premio Nacional Magón

Don Abelardo Bonilla fue -en los primeros años en que lo vi por primera vez- de 1941 a 1949 y con excepción de los tres años en que estuve en los Estados Unidos, una figura distante al que se respetaba como a uno de los intelectuales reconocidos en ese momento. La primera vez, cuando yo tenía dieciocho años, vi a un señor que llegaba a la escuela de ballet de Margarita Esquivel a vernos ensayar. No nos dirigía la palabra, sino que observaba. Sólo hablaba con nuestra maestra.
En ese año también conocí a Lilia Ramos en la oficina de don Joaquín García Monge, ya que yo empezaba a colaborar con mis pequeños trabajos en Repertorio Americano. Lilia, con mucha cordialidad, me invitó a asistir a su tertulia literaria que ella tenía los jueves de siete a nueve de la noche. Vivía cerca del Correo Central de San José y yo empecé a asistir regularmente. Por supuesto, llegaba a escuchar a las personalidades que asistían, tales como don Abelardo Bonilla y don Enrique Macaya. Hablaban de literatura, tanto europea como latinoamericana, la que interesaba especialmente a Lilia. Eran los tiempos de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarborou. También a veces llegaban poetas centroamericanos de visita, como Hugo Lindo; de igual manera que otros escritores latinoamericanos llegaban a la tertulia de don Froylán Turcios y a la oficina de don Joaquín García Monge.
El año en que sí empezó una relación personal con don Abelardo fue en 1949, la noche en que varias exdiscípulas de Margarita Esquivel, muerta en 1946, bailamos en el Teatro Nacional en recuerdo y homenaje a nuestra maestra de danza, entre las cuales recuerdo a Cecilia Martínez, muy amiga mía, y a Olga Franco. Esa noche bailé por primera y única vez en mi vida, el Bolero de Ravel. Recuerdo que me aplaudieron muchísimo porque el público quería repetición; sin embargo, el esfuerzo de crear una obra personal de tanta intensidad, me hacía sentirme incapaz de repetirlo. Recuerdo que llegó don Pepe Figueres, Presidente de la Junta de Gobierno, a felicitarnos en el escenario y fuimos fotografiadas en su compañía.
Al terminar la función, cuando la mayoría del público había abandonado el Teatro, bajé para salir, y para mi sorpresa, encontré a don Abelardo de pie apoyado en su bastón; de inmediato me dijo con entusiasmo: "¡Un abrazo por ese baile!" . Entonces supe que don Abelardo ya me tomaba en cuenta.
Después de esa noche, un señor llamado Manuel Picado Chacón me invitó a ir a la casa de la profesora Virginia Zúñiga Tristán, a posar para fotos que me tomaron él y don Abelardo, aficionados a la fotografía artística. Algunas de esas fotografías fueron incluidas en la exposición de fotografías inaugurada en el Teatro Nacional en abril de 1949.
Después de esa exposición, María Rosa, la hermana de Manuel Picado, empezó un noviazgo con don Abelardo que culminó en su matrimonio en julio de 1952. Durante este tiempo, en algún momento María Rosa y don Abelardo me invitaron a acompañarlos a Puntarenas. Eran los tiempos en que no se acostumbraba que los novios viajaran solos a la playa. Así, gradualmente, fui siendo cada vez más cercana a ellos. A veces me invitaban al cine y terminábamos la velada tomando algo en un café llamado "Petit Trianon", en la Avenida Central. Era el punto de reunión de intelectuales como don José Marín Cañas, muy amigo de don Abelardo.
Después del matrimonio de don Abelardo con María Rosa, la amistad se hizo más cercana ya que incluso fuimos vecinos.
Tengo en mi memoria grabados todos estos recuerdos, que no sólo dan idea de mi relación con quien sería, años más tarde, no sólo un gran amigo, sino también un verdadero maestro cuando trabajamos juntos en la Universidad de Costa Rica. Recuerdo con nostalgia esas décadas del cuarenta y del cincuenta, no sólo como un período de formación intelectual y artística para mí, sino también como un período de efervescencia intelectual y política.

Semanario Universidad 31 enero 2008

01/02/2008 GMT 1

Presidente, general y abogado

marfuerte @ 00:13

Tomás F. Arias Castro

Don Bernardo Soto destacó en diferentes vertientes de la vida nacional

Tomás Federico Arias Castro es abogado, historiador y profesor en la Universidad de Costa Rica

Al conmemorarse el 77.º aniversario del deceso del expresidente de la República don Bernardo Soto Alfaro, ocurrido el 28 de enero de 1931, merece la pena reflexionar acerca de la vida y obra de uno de los más importantes gobernantes de Costa Rica, cuya egregia impronta permanece vigente en los más diversos órdenes de nuestra patria.

Nacido en Alajuela el 12 de febrero de 1854, fueron sus padres el general Apolinar de Jesús Soto Q. y doña Joaquina Alfaro M. Se graduó como bachiller en Ciencias y Artes en 1871 y obtuvo el título de abogado en la Universidad de Santo Tomás el 10 de diciembre de 1877. En 1881, fue nombrado gobernador de Alajuela, cargo al que renunció en 1882, cuando el presidente Próspero Fernández O. lo nombró secretario de Gobernación y Policía, y posteriormente secretario de Guerra y Marina.

Periodo brillante. En 1883 el Congreso lo escogió en el cargo de primer designado a la Presidencia, y para 1884 se le otorgó el rango de general de Brigada. Debido al súbito fallecimiento del general Fernández Oreamuno en marzo de 1885, don Bernardo asumió la presidencia de Costa Rica, otorgándole el Congreso concomitantemente el grado de general de División y el título de ‘benemérito de la patria’. Después de enfrentarse al general Víctor Guardia Q. en un disputado proceso electoral, fue elegido presidente de la República a partir del 8 de mayo de 1886, con lo que empezó uno de los períodos de gobierno más brillantes de nuestra historia, al designar en su gabinete ministerial a los mejores prohombres de la época.

En ese sentido, referirse sucintamente a su obra, constituye una odisea, pues su mandato se destacó en casi todos los ordenes del quehacer nacional. Así en el campo educacional, junto con su secretario de Instrucción Publica, Mauro Fernández A., emitió la Ley General de Instrucción Pública(1885) y la Ley General de Educación Común(1886), y creó en virtud de ambas el Liceo de Costa Rica(1887), el Colegio Superior de Señoritas(1888) y el Instituto Nacional de Alajuela(1888); clausuró, asimismo, la Universidad de Santo Tomás(1888), por considerarse que no respondía a las exigencias académicas de la época.

En el ámbito jurídico nacional, promulgó la magna obra delCódigo Civil (1888), que introdujo las figuras del matrimonio civil y el divorcio en nuestra legislación, mientras que, allende nuestras fronteras, logró la declaratoria a favor de Costa Rica del denominado “Laudo Loubet” (1888), que supuso la primera victoria patria contra Nicaragua por los derechos de navegación en el río San Juan.

Abundantes obras. En cuanto a infraestructura, creó el Parque Central de San José (1885), la Dirección General de Telégrafos (1885), la Inspección de Hacienda Fiscal (1885), colocó la lotería nacional a cargo de la Junta de Caridad de San José (1885), creó la Cruz Roja (1887), el parque Morazán (1887), el Museo Nacional (1887), el Hospicio Nacional de Huérfanos (1887), la Biblioteca Nacional (1888), el Registro Civil (1888), el Hospicio Nacional de Enfermos Mentales (1888), finalizó el ferrocarril al Atlántico y decretó la creación de los cantones de San Rafael de Heredia (1885), Naranjo (1886) y Palmares (1888).

Finalmente, su mandato feneció por los hechos acaecidos entorno a la “jornada cívica” del 7 de noviembre de 1889, cuando entregó el poder al tercer designado, doctor Carlos Durán C., lo que provocó su retiró de toda actividad política. Para 1906 participó como candidato presidencial por el Partido Republicano Independiente y fue uno de los signatarios de la ilustre Constitución Política de 1917, en su calidad de expresidente.

Murió en San José, en el citado año de 1931, y sus restos se depositaron junto a los de su suegro, el general Fernández Oreamuno, en el cementerio general capitalino, con los honores de un funeral de Estado.
periódico La Nación 29 enero 2008.

24/01/2008 GMT 1

Iglesia La Agonía (Remembranzas)

marfuerte @ 00:44

El Santuario del Santo Cristo de Esquipulas

José Manuel Morera Cabezas
Jmorera50@hotmail.com
Mezcladas con imágenes del álbum familiar, destacan en sus páginas varias fotos del Santuario del Santo Cristo de Esquipulas –iglesia La Agonía– inaugurado el primero de abril de mil novecientos cuarenta.

Las hermosas fotos traen muchos recuerdos... la pintura en las paredes, exteriores e interiores, tenían formas rectangulares pintadas en tonos suaves, similares a los colores llamados pastel. A cierta distancia, desde cualquier ángulo, parecía estar cubierto con un inmenso manto confeccionado con retazos de tela a colores, por hábiles modistas o costureras profesionales. Nadie olvida aquellos colores y delicadeza empleada por el pintor al definir cada línea.

Hoy, si nos detenemos por un instante, es fácil distinguir sus trazos y tamaños, tratando de escapar o sobresalir del color pálido que muestra el Santuario, con la complejidad de la acelerada contaminación ambiental y el caminar rápido del tiempo, que nada los detiene.

Los pedacitos de colores hicieron juego con las cuatro alegres campanas encargadas del llamado de los feligreses. Éstas, permanecieron muchos años como centinelas del barrio y la ciudad desde las alturas; mas no resistieron la embestida del terremoto en el noventa, obligando a dos de ellas, la parejita, bajar al pie del Santuario, plantadas en los costados norte y sur de la entrada principal.

Si nos acercamos a las campanas podemos conocer sus nombres escritos en relieve macizo: “María” y “Esquipulas” quienes viajaron desde Valencia, España, hasta este hermoso barrio “La Agonía”, en mil novecientos cincuenta y dos, bendecidas el diecinueve de octubre para las fiestas de San Gerardo María Mayela.

María y Esquipulas, hoy están censuradas, sus voces silenciadas y sus cuerpos inmóviles, fuertemente atados con gruesas cadenas, como Prometeo Encadenado, remachadas contra el suelo para evitar el robo de su valioso material y belleza, no para exhibir su calidad, historia y alegría; sino para convertirlas en dinero y negocio. ¡Tanta es la maldad y desconfianza en nuestra sociedad!
Arriba quedaron las compañeras más pequeñas, bautizadas con los nombres “Argentina” y “Angélica” -la primera así por su padrino procedente de la nación suramericana y la segunda con el nombre de la madrina, vecina de San Antonio del Tejar- llorando la esclavitud de María y Esquipulas quienes no dejan la lucha por romper cadenas para restablecer su libertad e independencia y estar más cerca de Dios.

La bella pareja, expuesta al sol y a la lluvia, al desprecio y abandono, miran casi a ras del suelo, el trajín de la ciudad: el auge comercial con olor a pan, pollo, cerveza, pizzas, medicinas, dinero, frutas, sin faltar la contaminación sónica y ambiental, producto del constante tránsito y parqueo de automóviles en el área interna y externa, contaminación que nos da el progreso, la tecnología, bajo la mano y mente irracional del hombre, que por culpa de éste, también el inmenso y bello Santuario, deben protegerse con enormes barrotes de hierro, similar a grandes prisiones, adornados con brillantes rollos de alambre navajas.

Bellísima la pileta o “Fuente de San Gerardo”, ubicada al costado norte del Santuario, adornada con cuatro peces enormes fabricados en puro hierro, lanzando chorros de agua cristalina sobre lirios y peces de colores; y la garza desplegando sus alas blancas, mientras su enorme pico y mirada apuntaban directo al centro del cielo, fue la atracción de niños y adultos, hoy convertida en escombros, unos aquí y otros allá, hasta la extinción de los lindos peces verdaderos y bellos adornos, que daban frescura al lugar sagrado. Posiblemente esta no fue la intención del General Tomás Guardia, quien la trajo de Europa y la donó a la Iglesia. Menos, la idea o el propósito del sacerdote quien dio la bendición, en presencia de decenas de fieles creyentes.

El Santuario del Santo Cristo de Esquipulas, nos invita a leer una placa, en el frente: “Hoy 22 de diciembre 1935 a las nueve horas se colocó la primera piedra fundamental de este Santuario comenzado el once de noviembre próximo pasado. Esta piedra fue solemnemente bendecida por Monseñor Monestel, ayudado de los P.P. Redentoristas: Baldomero Silva, visitador e inspector de obras, Baldomero del Pozo, Superior, Carlos Cavero, Procurador. Miguel Raimondez, Perfecto Crespo y Javier
García, misioneros. Hermanos legos, Jorge Gil y Basilio Bertolez.

Fue inaugurado el primero de abril mil novecientos cuarenta. La primera misa fue oficiada por Monseñor Sanabria con el
cáliz donado por el Excmo Señor Presidente de la República Lic don León Cortés y Sra. PP. Eduardo Perea, Provincial, Cándido Peña, Rector.

Planos y Dirección ejecutado por el ing. Alajuelense, don Clodomiro Fallas S. Donado por don Clodomiro Fallas, el 11 de agosto1941. Fiesta de San Alfonso.”
Ayer y hoy, el Santuario del Santo
Cristo de Esquipulas, debe ser un lugar para el descanso y distracción familiar, punto de referencia y atractivo para el turista nacional y de otras naciones y, muy especial, un sitio tranquilo para la meditación, orgullo del alajuelense.
periódico La Prensa Libre 18 enero 2008.

17/01/2008 GMT 1

Pasión entre iguales

marfuerte @ 22:26

Equidad Un libro fundador del feminismo revela la historia de dos personas que se amaron como pocas

Bértold Salas Murillo | bsalasmurillo@gmail.com
Una inusual –y sin embargo esperada– ceremonia de matrimonio civil tuvo lugar en Londres el 21 de abril de 1851. Antes de comenzar, el novio declaró que era una unión “entre iguales” y que renunciaba a los “poderes odiosos” que la ley otorgaba al marido.

La relación entre ambos era de dominio público desde hacía veinte años, como lo era también que ninguno de los dos, John Stuart Mill (1806-1873) y Harriet Taylor (1807-1858), aprobaba la institución matrimonial. Para él, en nueve de cada diez casos empeoraba la condición de quienes lo contraían.

Por su parte, Taylor solía comparar el voto de fidelidad conyugal con la entrega absoluta e irrevocable de una monja, quien desconoce a ciencia cierta las enormes consecuencias de tal decisión.

Meses después del matrimonio, Taylor publicó, de manera anónima, un sonado artículo sobre los derechos políticos de las mujeres en la beligerante Westminster Review , editada por su reciente esposo. En 1869, casi una década después de la muerte de Taylor, Mill daría a conocer La esclavitud femenina , uno de los textos fundadores del feminismo, el cual incluye varias de las tesis que antes enunció su esposa.

Antes y después de estos textos –y detrás de ellos–, se encuentra una historia de amor que escandalizó a la Inglaterra victoriana y que involucró al pensador británico más destacado del siglo XIX y a la mujer que, si bien publicó poco, participó decididamente en la escritura de sus principales trabajos. Este fue un papel que Mill sería el primero en resaltar.

Dos se encuentran. Hijo mayor del filósofo James Mill, John Stuart creció en un hogar donde los estímulos intelectuales eran tan abundantes como escasos los emocionales. Su padre se encargó personalmente de su educación y no lo envió a una escuela. Esto lo privó del contacto con gente de su edad: a los tres años leía griego, y a los ocho, latín; al llegar a la adolescencia, conocía lo viejo y lo nuevo en economía, filosofía, historia, lógica, política y psicología.

Desde la adolescencia, John Stuart participó en todo tipo de discusiones. Reclamó nuevos derechos y libertades, siempre de acuerdo al ideario utilitarista (la mayor felicidad para el mayor número). Sin embargo, la rigurosa formación también propició un carácter melancólico, para el cual la actividad política era un bálsamo de sus continuas depresiones.

Luego de la más grave de esas depresiones, en el otoño de 1826, John Stuart Mill comenzó a valorar el cultivo de los sentimientos; brindó así color y calor al demasiado racional utilitarismo de su padre y de su maestro, Jeremy Bentham.

Poco después, en 1830, Mill visitó la casa de John Taylor, quien compartía con su esposa Harriet las mismas ideas políticas, entonces denominadas ‘radicales’. La atracción entre los dos fue inmediata. Según relata Carlos Mellizo, Mill quedó impactado por la inteligencia y belleza de la señora Taylor. Por su parte, a Harriet sorprendió que, por primera vez, un hombre le hablase como “igual” intelectual, y que incluso le pidiese que revisara los borradores de su nuevo libro.

John Stuart y Harriet comenzaron a encontrarse con frecuencia, si bien renunciaron a hacerlo en casa de los Taylor. La censura pública y la presión del marido llevaron a que el matrimonio se separase durante seis meses en 1833; en ese período, el filósofo se encontró con ella en París, donde no los alcanzaba la prohibición social. Finalmente, ella atendió los ruegos del esposo; regresó a él con la condición de conservar la amistad de Mill. Según afirmaban e insistió Mill en su Autobiografía , el vínculo siempre se mantuvo en el terreno platónico, principalmente por respeto al esposo de Harriet.

En 1849, Taylor murió a consecuencia de un cáncer. Harriet lo acompañó durante los meses de agonía y solicitó a Mill que respetasen un duelo de dos años.

La esclavitud femenina . El matrimonio duró apenas siete años: casi simultáneamente, a ambos les diagnosticaron tuberculosis. Huyendo del frío londinense, visitaban el sur de Francia. Entonces se escriben los principales textos atribuidos a Mill y en cuya redacción ella tuvo un papel fundamental.

El más conocido es Sobre la libertad , ensayo escrito, revisado y corregido durante una década y que ambos desearon publicar en 1859. Así ocurrió finalmente, pero tras la muerte de Harriet: una infección pulmonar le arrebató la vida cuando ambos pasaban por Aviñón el 3 de noviembre de 1858.

Durante la siguiente década, en diferentes ensayos, Mill reunió sus ideas con respecto al utilitarismo, el gobierno representativo y la religión. Como contraparte y soporte emocional e intelectual, el lugar que antes ocupaba Harriet lo desempeñaba ahora Helen, hija de los Taylor y activista del sufragio femenino.

Entre todos los escritos de Mill, destaca La esclavitud femenina , que equiparaba la situación de la mujer con la esclavitud. Según él explica, cuando se abolía el trabajo esclavo y se limitaban los privilegios de la nobleza, las mujeres –la mitad de la Humanidad– tenían signado su destino desde el nacimiento.

Riquísima exposición de argumentos y contraargumentos sobre la condición de las mujeres en Occidente, La esclavitud femenina atribuye el origen de esta sujeción a la superioridad de la fuerza muscular masculina: un acto de violencia que se transformó en legalidad. Asimismo, Mill objeta cualquier caracterización de la mujer (“lo que se llama la naturaleza de la mujer es una cosa artificial”), mientras no se modifique su educación y no exista una relación de iguales.

Dicho ensayo persigue condiciones políticas que fueron conquistadas durante el siguiente siglo, el XX. Sin embargo, también describe con dureza la cotidianidad matrimonial, más allá de la ley: la violencia intrafamiliar, física y psicológica, y la complicidad de muchas mujeres en la perpetuación de esas prácticas.

Mill señala que, incluso en parejas donde reina el respeto, los cónyuges pueden ser dos desconocidos…, descripción que recuerda la que destinó al matrimonio Taylor en su Autobiografía .

Puede objetarse que, aunque Mill reconoce la capacidad de la mujer para ejercer cualquier profesión, objeta lo que hoy conocemos como “doble jornada” y defiende la permanencia de la mujer en el hogar. Por otra parte, nada dice sobre el divorcio.

Poco antes de morir, Mill publicó su Autobiografía , texto sobrio y apasionante sobre “una vida sin acontecimientos”. En aquella reseña sus batallas intelectuales y políticas. Es también un largo homenaje a Harriet, a quien describe como algo más que su musa: como la persona que lo transformó intelectualmente y cuya sabiduría y nobleza quiso interpretar adecuadamente en sus escritos. Mill afirmó en su diario en 1854: “Así escribo para ella cuando no escribo desde ella”.

Tras la muerte de Harriet, Mill pasaba largas temporadas en Aviñón, junto a su tumba. Por supuesto, allí murió y fue enterrado.

EL AUTOR ES PERIODISTA Y ESTUDIANTE DEL POSGRADO DE FILOSOFÍA DE LA UCR. PREPARA SU TESIS SOBRE ÉTICAS DE LA FELICIDAD, INCLUIDA LA PROPUESTA UTILITARISTA DE JOHN STUART MILL.

Suplemento Ancora. periódico La Nación 13 enero 2008.

05/12/2007 GMT 1

El último refugio de la libertadora

marfuerte @ 00:52

Vida heroica Manuela Sáenz, la compañera de Simón Bolívar, cursó una vida azarosa, pero no murió olvidadaHistoria

Sara Beatriz Guardia | sarabeatriz@telefonica.net.pe
Cuando Manuela Sáenz se dirigía al puerto colombiano de Santa Marta para reunirse con Simón Bolívar, recibió una carta de Louis Peru de Lacroix, auxiliar del general, en la que se le anunciaba la muerte del Libertador. Era el 17 de diciembre de 1830, y se abría así el episodio más dramático en la vida de Manuela Sáenz.

Pronto se trasladó a Bogotá y, haciendo frente a los ataques que lanzaban contra ella, manifestó públicamente su adhesión a los ideales bolivarianos. Vicente Azuero incitó la cólera y el desprecio contra “la Sáenz”, llenando las calles de carteles difamatorios. Los ataques concluyeron en el día de Corpus Christi con la quema de dos muñecos que personificaban a Manuela y a Bolívar.

“Nosotras, las mujeres de Bogotá, protestamos de esos provocativos libelos contra esta señora que aparecen en los muros de todas las calles [...]. La señora Sáenz, a la que nos referimos, no es sin duda una delincuente”, se leyó luego en otros escritos

Los ánimos se calmaron hasta la publicación de La Torre de Babel , un folleto escrito por Manuela Sáenz donde acusaba al gobierno de ineptitud para resolver los problemas más acuciantes y de actos de provocación y sedición. Ese folleto le costó la cárcel. Posteriormente, en abril de 1831, el general Rafael Urdaneta la expulsó de Colombia.

Cuando el general Francisco de Paula Santander fue elegido Presidente de Colombia, la desterró definitivamente de ese país el 1° de enero de 1834, y le confiscó sus bienes.

Maxwell Hyslop, comerciante inglés amigo de Bolívar, la acogió en Kingston (Jamaica). Allí vivió Manuela Sáenz durante un año hasta que recibió el salvoconducto que le permitía ingresar a su natal Ecuador, otorgado por el presidente Juan José Flores.

Sin embargo, no pudo ingresar a Quito. En octubre de 1835, Flores había perdido el poder, y Manuela debió trasladarse a Guayaquil, de donde fue expulsada el 18 de octubre de ese año por el gobierno de Vicente Roca-Fuerte.

Entonces se dirigió al Perú, acompañada de Jonatás, su esclava desde que era niña. Se instaló en Paita, un pequeño puerto en medio del desierto de la costa norte peruana.

Destino americano. Manuela llegó al mundo con el signo del amor ilícito y de la deshonra. Tal fue el escándalo que produjo su nacimiento que, con frecuencia, en Quito se hablaba más de la hija bastarda de don Simón Sáenz Vergara (miembro del Concejo de la Ciudad, capitán de la milicia del Rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito) que del movimiento por la independencia que se gestaba, y en el que esa niña tendría gran presencia.

No en vano, ella presagió, muy joven: “Mi país es el continente de América. He nacido bajo la línea del Ecuador”.

En efecto, quienes creyeron que desterrando a Manuela Sáenz la habían vencido, se equivocaron. Era la misma Caballera de la Orden del Sol, condecorada el 11 de enero de 1822 por el general José de San Martín en reconocimiento por su entrega a la lucha independentista. Fue coronela del Ejército de la Gran Colombia por su destacada participación en la batalla de Junín (6 de junio de 1824). Entonces recorrió a caballo la agreste cordillera andina, con Simón Bolívar.

Luego prosiguió la campaña con el general Antonio José de Sucre, cuando Bolívar debió regresar a Lima para combatir un motín. El general Sucre le escribe a Bolívar detallando la batalla de Ayacucho y solicitando reconocimiento a Manuela Sáenz por su extraordinario valor:

“Ayacucho, Frente de Batalla, diciembre 10 de 1824. A Su Excelencia el Libertador de Colombia, Simón Bolívar: Se ha destacado particularmente Doña Manuela Sáenz por su valentía, incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos. La Providencia nos ha favorecido demasiadamente en estos combates. Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el grado de Coronela del Ejército colombiano.

El vicepresidente de Colombia, general Francisco de Paula Santander, protestó y, en una carta, exigió a Bolívar que la degrade. Bolívar respondió indignado:

“¿Que la degrade? ¿Me cree usted tonto? Un Ejército se hace con héroes (en este caso heroínas), y estos son el símbolo del ímpetu con que los guerreros arrasan a su paso en las contiendas, llevando el estandarte de su valor”.

Visitantes ilustres. Manuela Sáenz tenía 38 años cuando llegó a Paita en 1835, y allí permaneció hasta el 23 de noviembre de 1856. Durante estos años la acompañó Jonatás, con quien atendía una pequeña tienda en su casa y en cuya puerta se podía leer: Tobbaco. English spoken .

Nunca pudo recuperar sus bienes ni acceder a la dote que James Thorne, su esposo, le había devuelto en su testamento. Thorne fue asesinado en 1847, pero ella se negó a realizar cualquier trámite para hacer valer sus derechos.

Simón Rodríguez, el maestro de Simón Bolívar, vivía en un pueblo cercano a Paita, y con frecuencia la visitaba. También fue a conocerla el patriota italiano Giuseppe Garibaldi.

En su libro Las cuatro estaciones de Manuela , Victor W. von Hagen narra que la visita de Garibaldi coincidió con una de Simón Rodríguez: “Juntos pasaban sus años invernales estos dos enamorados de Simón Bolívar; juntos leían las cartas que les hablaban del pasado. Así estaban un día de 1851, cuando un caballero distinguido preguntó por la Libertadora... Se llamaba Giuseppe Garibaldi”.

Von Hagen agrega que los tres pasaron el día conversando de Bolívar: ella, en su cama, y Garibaldi, “recostado en el sofá pues sufría de una malaria contraída en las selvas de Panamá”.

Manuela conoció en este período a Herman Melville, cuando el futuro autor de Moby Dick arribó a Paita en 1841 a la edad de 22 años a bordo del ballenero Acushnet .

También llegaron a visitarla Carlos Holguín, político colombiano con quien ella recordó pasajes de su vida con Bolívar; Ricardo Palma, que recogió posteriormente la entrevista en sus Tradiciones , y el político y poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo, autor del Canto a Bolívar .

En Paita, rodeada del mar y de la arena del desierto, todos conocían a Manuela Sáenz, la respetaban y la querían. Ella estaba donde la necesitaban, con la fe y el coraje que caracterizaron su vida.

En noviembre de 1856, el puerto de Paita fue asolado por una epidemia de difteria, que pronto se propaló causando la muerte a gran parte de la población. Debido a ello, el 23 de noviembre murió Manuela Sáenz; unas horas antes había fallecido Jonatás, su fiel compañera.

El cadáver de la Libertadora fue incinerado a fin de evitar el contagio, y su casa, y sus pertenencias, quemadas.

LA AUTORA ES ESCRITORA Y PERIODISTA PERUANA. DIRIGE EL CENTRO DE ESTUDIOS LA MUJER EN LA HISTORIA DE AMÉRICA LATINA: HTTP://WEBSERVER.RCP.NET.PE/CEMHAL/

Suplemento Áncora. periódico La Nación 11 noviembre 2007

¿Cuál acta de independencia?

marfuerte @ 00:46

Juan Rafael Quesada C.

Historiador

El dominio de la lengua y el conocimiento del pasado son instrumentos esenciales en la conformación de la identidad de las personas y de los pueblos. Así, se habla de uso de la historia cuando se le confiere la función pedagógica de dotar a una comunidad de cohesión, de fortalecer sus raíces y estimular el sano patriotismo. En este sentido es una conquista, un instrumento de poder de toda agrupación humana.

En concordancia con lo anterior, debemos manifestar nuestra satisfacción y complacencia por el hecho de que algunas comunidades del país se hayan organizado para combatir la práctica extranjerizante de celebrar –gracias al interés del comercio y la complicidad de cierto periodismo superficial– la fiesta foránea de Halloween. Este fue el caso, este año, de Cartago, San Ramón y Desamparados. Esta necesidad de fomentar tradiciones y valores costarricenses se enmarca dentro de esta concepción de desarrollar conciencia histórica, de hacer uso de la historia.

Control de la memoria. Es imperativo advertir que desde la antigüedad se ha ejercido el control de la memoria para acrecentar el prestigio, justificar y legitimar determinados proyectos políticos, e incluso satisfacer egos. En ese caso, hay abuso de la historia, pues deviene en un discurso del poder, es objeto de manipulación, de deformación, de censura o de silencio.

Veamos el caso siguiente. Ante la insistencia de un grupo de cartagineses para que el acta emitida por el Ayuntamiento (Cabildo) de Cartago el 29 de octubre de 1821 sea reconocida como “Acta de Independencia de Costa Rica”, la vicepresidenta de la República, Laura Chinchilla, dio apoyo a esa vieja iniciativa originada en la antigua metrópoli de Costa Rica. Más aún, durante las actividades realizadas en Cartago, el recién pasado 29 de octubre, se distribuyó entre los estudiantes, un documento supuestamente elaborado por un funcionario de la Dirección Regional de Enseñanza de Cartago.

En este “documento”, con el propósito de demostrar “¿Por qué SÍ se debe celebrar el 29 de octubre?”, el autor basa su argumentación en siete puntos. Todos empiezan, invariablemente, con el adverbio sí, lo cual hace pensar que se trata de una prolongación de la campaña a favor del TLC. Termina con una cita parcial del artículo primero del acta de Cabildo de Cartago, en el que se declara “La independencia absoluta del gobierno español”. No obstante olvida decir que, en el artículo siguiente, esa misma acta establecía el acatamiento de la Constitución y de las leyes que promulgase el imperio que acababa de fundar en México el general Agustín de Iturbide.

Repudio al proceso. Téngase presente que Iturbide, encargado de reprimir a los patriotas mexicanos dirigidos por Vicente Guerrero que luchaban por la independencia, había proclamado en febrero de 1821 el Plan de Iguala, uno de cuyos puntos esenciales planteaba la creación de un Gobierno monárquico, lo que quería decir que México sería un imperio, y que la corona se ofrecería a Fernando VII, o en su defecto, a un príncipe español. En consecuencia, tanto en León, Nicaragua, como en Costa Rica, las autoridades españolas que repudiaban el proceso independentista se acomodaban a la fórmula que proclamaba “la independencia de España hasta que se aclaren los nublados del día”. Esto significaba que “la tal independencia tan solo duraría el tiempo que tardasen los ejércitos de Fernando VII en meter en cintura a los insurrectos de Guatemala” (Ricardo Fernández Guardia).

Es claro, entonces, que el acta del 29 de octubre de 1821 tuvo un carácter muy limitado. Se refería solo a la ciudad de Cartago y, en modo alguno optaba por una verdadera independencia. No es por casualidad que entre los firmantes figurara, encabezando la lista, el último gobernador, Juan Manuel de Cañas, acérrimo enemigo de las ideas republicanas, quien, por su arbitrariedad y actitudes persecutorias contra los amantes de la libertad, era llamado “terrorista”. En realidad, en Costa Rica no se dio propiamente un acta de independencia, pero lo cierto es que en la Batalla de Ochomogo, al ser derrotados los nostálgicos del viejo régimen o imperialistas, se consolidaron los anhelos de independencia y republicanismo, pilares del Estado nacional en construcción.
periódico La Nación 10c noviembre 2007

04/12/2007 GMT 1

7 de noviembre de 1889

marfuerte @ 00:58

Patricia Fumero

Deberíamos concentrarnos en los desafíos que enfrenta la democracia costarricense

Historiadora

La democracia es un proceso. En la práctica, esto significa que la democracia tiene un carácter perfectible. Sin embargo, en el caso costarricense se asume que la democracia es consustancial a nuestra historia. Craso error, puesto que los miembros de la sociedad costarricense, mujeres y hombres, “blancos”, mestizos, indígenas, chinos y afrocaribeños han tenido que luchar para hacer valer sus derechos, tanto políticos como sociales. Ejemplo son las luchas por el voto femenino y por las garantías sociales.

La democracia también tiene un complemento cultural que se refleja en la selección que se hace de acontecimientos de la historia patria y que se privilegian en un contexto sociopolítico específico. Consecuentemente, en 1989 se decidió celebrar el centenario de una lucha que costarricenses dieran el 7 de noviembre de 1889 y nombrar ese día como el día en que comenzó la democracia. ¿Puede surgir un sistema democrático un día determinado y a partir de un acontecimiento específico? Revisemos los sucesos que acontecieron hace 118 años para decidir.

Conspiraciones y revueltas. En el último tercio del siglo XIX, Costa Rica vio el surgimiento de un grupo de profesionales liberales que florecieron al calor de los cambios en el Estado y en la creciente incorporación al mercado mundial. A su vez, tal proceso supuso una creciente diferenciación social. El resultado fue una serie de manifestaciones sociales que se materializaron en 15 conspiraciones y revueltas, la constante protesta campesina y el aumento en la organización de obreros y artesanos entre 1870 y 1887.

Además, la política financiera del Estado alimentó la inflación, que fue acompañada por dos crisis de precios del café (1874-75 y 1884-85). La situación propició la organización de un sector fuertemente opuesto a las políticas de los gobiernos liberales de Tomás Guardia (1870-1882), Próspero Fernández (1882-1885) y Bernardo Soto (1885-86, 1886-1889), grupo que al final logró articular el descontento de diversos sectores sociales como fueron los intereses del sector campesino, obrero-artesanal y eclesiástico. Así, con el decidido apoyo de la Iglesia Católica, el partido Constitucional Democrático entró en la contienda electoral de 1889, representado por José Joaquín Rodríguez.

Pero cabe recordar que, en 1889, no todos los costarricenses votaban. Solo podían hacerlo aquellos que tenían las calidades requeridas de género, etarias, económicas, civiles y profesionales, lo que dejaba sin poder participar en la contienda electoral a la mayoría de los costarricenses.

Primero la vida. Al calor de la lucha y ante el temor al fraude electoral, la contienda de 1889 produjo que se crearan 27 nuevos periódicos en los centros urbanos y rurales. Lo anterior significa que la ciudadanía, al menos un número importante, estaba al tanto de la lucha por el poder, a la vez que estaban informados y motivados por los discursos pronunciados desde los púlpitos. Así, la tarde del 7 de noviembre, y como respuesta a un desfile no autorizado por el partido Liberal Progresista, en el cual políticos y civiles vitorearon a su candidato Ascensión Esquivel, la oposición movilizó a un contingente de ciudadanos que iba armado, organizado y con experiencia militar. Ante este movimiento, el Gobierno decidió no actuar para evitar pérdida de vidas, por lo que el presidente Soto decidió entregar el poder al tercer designado, el doctor Carlos Durán, quien gobernó por seis meses antes de entregar el poder a José Joaquín Rodríguez (1890-1894).

De esta forma, con apoyo popular se gestó un golpe de Estado que depuso al presidente Soto y mandó al exilio al candidato oficialista. La ironía del caso es que esta manifestación popular, que en principio buscó garantizar elecciones competitivas, puso en el poder a un presidente que, a corto plazo, se convirtió en un dictador al clausurar el Congreso y suspender las garantías individuales.

No obstante, esta visión y celebración de la democracia basada en el sistema electoral tiene un carácter muy limitado. El verdadero carácter de la democracia se encuentra en otro lado: en su búsqueda de la justicia social, la libertad, la igualdad de oportunidades, la paz social y la estabilidad política. Así, en vez de celebrar una “centenaria democracia” basada en las elecciones, deberíamos concentrarnos en los desafíos que la democracia costarricense enfrenta, como son la crisis económica, la corrupción, el autoritarismo, la creciente desigualdad e injusticia social, y la inestabilidad de las instituciones sociales y políticas.
periódico La Nación 8 noviembre 2007.

17/10/2007 GMT 1

Día de las Culturas, no de la Raza

marfuerte @ 02:50

Juan Rafael Quesada C.

La memoria en la construcción y preservación de la identidad nacional

Historiador

Antes, el 12 de octubre era llamado el Día de la Raza y, después de un cambio en la legislación nacional, se llamó Día de las Culturas, un cambio que fue el resultado de una profunda lucha de un importante sector de la ciudadanía, consciente de la vital importancia de la memoria en la construcción y preservación de la identidad nacional.

La ley número 7426, del 21 de setiembre de 1994, abolió la 4169, “Día del Descubrimiento y la Raza”, del 29 de julio de 1968, que era discriminatoria y racista. La ley de 1994 estableció que “todos los años se conmemorará el 12 de octubre como ‘Día de las Culturas’, para enaltecer el carácter pluricultural y multiétnico de Costa Rica”.

Realidad disimulada. Desafortunadamente, no pocas personas, incluso periodistas, siguen hablando de “Día de la Raza”. Otros, como la joven Vanessa Loaiza (La Nación, 9/10/07, pág. 13), hablan de “Encuentro de Culturas”, un término incorrecto pues induce a pensar que, el 12 de octubre de 1492, los europeos (españoles) y los americanos (habitantes autóctonos de nuestro continente) se reunieron en medio del océano para una “amable feria de intercambios” (Nestor García Canclini, La globalización imaginada). Lo cierto es que el inicio de la presencia europea en América representó la conquista y estuvo marcada por la imposición y la violencia, aunque esa realidad haya sido disimulada con diferentes eufemismos. El más cordial o “políticamente correcto” ha sido el de “encuentro de dos mundos” o “encuentro de culturas”.

No obstante, es importante destacar que los latinoamericanos somos hijos de 1492. Esto quiere decir que de ese desencuentro o conquista surgió un continente mestizo, producto de una múltiple hibridación. Por eso, la ley 7426 determina que “los valores indígenas, europeos, africanos y asiáticos presentes en la idiosincrasia costarricense se exaltaran en los actos conmemorativos del Día de las Culturas”.

Significado real. A pesar de lo anterior, todavía existe mucha incomprensión por parte de la población costarricense acerca del significado de la conmemoración del 12 de octubre, tanto que las escuelas ahora organizan ferias internacionales sobre diferentes países del mundo, sin enfocarse en aquellos que marcaron nuestra cultura para siempre.

Los periodistas podrían, sin embargo, contribuir a clarificar esa situación, empezando por difundir la ley del “Día de las Culturas”. Ese sería un paso importante para lograr una urgente rectificación para que el 12 de octubre deje de ser un feriado turístico y vuelva a ser una fiesta nacional.

periódico La Nación 11 de octubre de 2007.

21/08/2007 GMT 1

1856, el TLC y la responsabilidad del historiador

marfuerte @ 00:26

Iván Molina Jiménez

Historiador

En un artículo publicado en Áncora (3-6-2007, p. 6), el historiador estadounidense, Lowell Gudmundson, señaló que Armando Vargas y Juan Rafael Quesada, en sus libros sobre la guerra de 1856-1857 recientemente publicados, establecen "…comparaciones directas entre las amenazas que ven en el TLC actual y el filibusterismo decimonónico".
Si bien la afirmación de Gudmundson es incorrecta, lo que más sorprende es la respuesta de ambos autores: Quesada calificó a Gudmundson de "detractor" (Tribuna Democrática (5-6-2007) y Vargas lo presentó como un calumniador (La Nación, 7-6-2007, p. 28A).
La forma en que respondieron Quesada y Vargas, en mi opinión innecesariamente violenta, llama la atención porque ambos autores han asumido posiciones públicas en contra del TLC, y en algunos de sus escritos han relacionado la Costa Rica de 1856-1857 con la del presente. De esta manera, han contribuido a crear un contexto básico de interpretación para sus libros que supera los libros mismos.
Ahora bien, si Quesada y Vargas hubieran hecho lo que Gudmundson -incorrectamente- les atribuye, no habría razón alguna para reclamarles por eso. En el estudio del pasado, la objetividad no consiste en omitir los motivos ni los propósitos que llevan a una persona a tratar determinado tema, sino en considerar debidamente toda la evidencia disponible, incluida aquella que no respalda los puntos de vista del investigador. Precisamente, la ausencia de esto último es lo que, entre otros aspectos, he cuestionado en los libros de Quesada y Vargas (La Nación, 12-5-2007, p. 31A; UNIVERSIDAD, 28-6-2007, p. 23).
Las respuestas a mis cuestionamientos han sido variadas: unas personas han interpretado mi crítica a esos libros como un intento de desacreditar la guerra de 1856-1857 y de desvalorizar a los héroes costarricenses; y otras han expresado que, entre conocer o no conocer aspectos controversiales de la Campaña Nacional y de los héroes nacionales, prefieren no saber. Algunos lectores concluyeron que la mejor forma de enfrentar las dudas planteadas por mí, era leer, hasta tres o cuatro veces, los libros de Quesada y Vargas. Y, por supuesto, no han faltado quienes han tratado de equipararme con un fabricante de armas, ni quienes han sugerido que mi crítica a esos libros obedece a oscuros motivos, y que lo más probable es que yo sea un agente de Óscar Arias encargado de debilitar al movimiento anti-TLC y que por este trabajo seré compensado de alguna forma.
Pese a su diversidad, estas respuestas (algunas escritas por profesores universitarios) tienen en común que quienes las escribieron asumieron la defensa de los libros de Quesada y Vargas como una cuestión de fe, sin considerar siquiera en qué se basan mis cuestionamientos. Al proceder así, tales personas escogieron una forma de debatir que, por definición, excluye el análisis, una estrategia seguida también por Quesada y Vargas, quienes, en vez de responder a mis comentarios, se han dedicado a descalificarme a partir de ataques personales (La Nación, 19-5-2007, p. 36A, y 20-6-2007, p. 37A).
Desde su recuperación por los liberales en la década de 1880 hasta el presente, la guerra de 1856-1857 ha sido utilizada con fines políticos e ideológicos, y el momento actual no es la excepción. Independientemente de si está a favor o en contra del TLC, el historiador tiene la responsabilidad de producir conocimiento histórico que considere críticamente toda la evidencia disponible sobre el tema que interesa. Proceder de otra manera quizá pueda servir momentáneamente a una causa, pero no contribuirá al desarrollo de una ciudadanía crítica e informada.

Semanario Universidad 16 de agosto de 2007.

Oscar Aguilar Bulgarelli: "El SINART es víctima de la dictadura mediática"

marfuerte @ 00:24

Mariana Murillo Q.
redactora

Las memorias del exdirector del Canal 13 son el punto de partida para un libro que documenta la trayectoria de la institución.

Oscar Aguilar Bulgarelli fundó el SINART y actualmente prepara un libro titulado "Costa Rica: Dictadura Mediática". (Foto Katya Alvarado)

La historia del Sistema Nacional de Radio y Televisión (SINART) ha transcurrido entre momentos de luz y oscuridad, bajo la mirada vigilante de uno de sus fundadores: Óscar Aguilar Bulgarelli.
Hoy esa historia ha sido recopilada en su libro "Entre luces y sombras: La historia del SINART (1978-2007).
El Sistema Nacional de Radio y Televisión Cultural se fundó el 15 de setiembre de 1978, cuando se unieron la Red Nacional de Televisión, la Radio Nacional, Canal 13 y se creó el periódico cultural Contrapunto.
A partir de entonces la vocación del SINART fue la de fortalecer los valores democráticos, estimular "la solidaridad y comprensión ente los ciudadanos conscientes de sus deberes, sus derechos y de sus libertades fundamentales", y de contribuir al progreso cultural económico y de sano esparcimiento de los costarricenses, según se citó en sus objetivos.
En ese periodo Canal 13 transmitió gran cantidad de programas de producción nacional como el noticiario "Cosmovisión", junto con "Queremos saber", "El libro de la semana" y "Noches de teatro"; mientras que en Radio Nacional se ofrecían espacios como "Somos como somos", "Arte Nacional" y "Viajemos por el mundo".
Así, en encuestas publicadas en 1981, Canal 13 se posicionó como el segundo lugar de audiencia nacional, mientras que Radio Nacional era una de las diez primeras emisoras.
Sin embargo, según el texto de Aguilar, los aciertos no bastaron para que poco a poco el SINART comenzara a decaer.
"El SINART no puede ser analizado fuera del contexto de lo que fue la estrategia mediática a partir de los años 70, es decir, la de la concentración de medios en pocas manos, no solo en Costa Rica, sino en todo el mundo. Esto responde a que el poder ya no estaba en los ejércitos ni en la política, sino en los medios de comunicación. La opinión publica se forma a través de la opinión publicada", dijo Aguilar, quien fuera director de la institución en dos ocasiones.
DIFÍCIL TRAYECTORIA

Aguilar Bulgarelli señaló varios hechos importantes en la historia del SINART, mediante los cuales "los políticos lo han sumido en las sombras". Según él, la historia de la institución ha sido dictada por medios comerciales poderosos y los empresarios que los controlan.
"El SINART es víctima de la dictadura mediática. En Costa Rica los gobiernos han estado al servicio de los intereses que representan los medios privados. Lo que interesa es que la gente no piense, entonces si los medios en manos del Estado son realmente independientes, con la posibilidad de ser los más libérrimos e inducir a la sociedad a salirse del pensamiento único, los demás se ven afectados porque no pueden domesticar a la población fácilmente. La importancia del SINART es que, al igual que los medios de la UCR, permiten al costarricense tener otra óptica y por eso han optado por acabarlo o llevarlo a la mínima expresión", agregó.
El historiador recordó que la mayoría de los medios de comunicación pertenecen a grandes grupos ."Desde Oduber hasta Pacheco, todos los presidentes, sin excepción, han dicho que La Nación ha tratado de imponerles la agenda".
El primer golpe que se documenta en el libro "Entre luces y sombras" lo sufrió el SINART en la administración de Luis Alberto Monge (1982-1986), cuando se creó la Secretaría de Información y para ello se tomó presupuesto y equipo de la institución. En ese momento también se le prohibió vender publicidad , con lo cual disminuyeron sus ingresos.
Más tarde, durante el gobierno de Rafael Ángel Calderón ( 1990-1994) el SINART tuvo más de media docena de directores generales.
En 1991 Calderón anunció la privatización del SINART y algunas otras entidades estatales, pero esto no se llevó a cabo porque se incluyó una norma en el Proyecto de Ley del SINART que establecía que la aprobación requería de una ley especial con votación calificada.
Posteriormente, y luego de que múltiples sectores sociales se pronunciaran en contra de la privatización, llegó la Administración de José María Figueres (1994-1998).
"La guerra de La Nación contra Figueres se calma cuando él firma el pacto Figueres- Calderón. En la formulación de ese pacto estuvo involucrado Julio Rodríguez (editorialista de La Nación) y en él se acordó el cierre del SINART", manifestó el historiador.
En ese entonces se nombró a William Ortiz como Director General de la institución. Aguilar dijo que al encarar a Ortiz sobre su intento de cerrar el SINART desde el principio de su gestión, este le respondió: "Lo que me duele es no haberlo cerrado".
En 1996 llegó a la dirección general Guido Sáenz, que con la intención de reestructurar el SINART y dotarlo de marco jurídico interrumpió las transmisiones de Canal 13, disminuyó las de Radio Nacional y cerró Contrapunto.
Varios meses después le cedió la señal de Canal 13, por tres meses, al Padre Minor Calvo, quien después intentó que se le otorgara la frecuencia permanentemente.
Según el libro, para 1998 el SINART era una institución débil, con infraestructura insuficiente, cuyo personal estaba desmotivado.
No obstante, se buscó revitalizarlo con la campaña "Un SINART diferente" que hacía alusión a que los contenidos difundidos en esos medios de comunicación no buscaban competir con los comerciales, sino ser una alternativa.
Durante esta etapa, Canal 13 por ejemplo, produjo programas como "Antorcha", "Hora diez", "Sabelotodo" y "Gente como nosotros". Este último recorrió el territorio nacional cuatro veces y llegó a empatar en sintonía a los partidos de fútbol de primera división de los domingos.
"Hay que recordar al SINART en sus etapas de luz, cuando se hicieron cosas impresionantes que sirvieron de escuela, de guía. Cuando fue lo que debe ser: una alternativa y no una competencia", agregó Aguilar.

LEY Y OSCURIDAD

En abril del 2002 se aprobó la Ley Orgánica que convirtió al SINART en la sociedad anónima que Aguilar Bulgarelli denomina "adefesio jurídico".
A esta ley se llegó después de 18 proyectos, pero de acuerdo al exdirector del SINART, hay puntos en ella que amenazan la existencia de la institución.
"En el proyecto original no se le otorgaba plazo a las frecuencias. Ahora es de 10 años, es decir, la vida del SINART tiene acta de defunción. Cuando se venzan las licencias, el Estado está obligado a sacarlas a concurso, dentro de 6 años. Cada una de esas frecuencias tienen un valor de mercado inconmensurable", explicó Aguilar.
"Además, limitaron la acción del SINART. Eliminaron "cultural" del nombre y por eso le dieron una vocación de empresa. Ahora el que paga tiene un espacio, aunque su quehacer no sea cultural", dijo.
El historiador manifestó su molestia porque los puestos de Director Ejecutivo y Director General sean nombrados por el Concejo de Gobierno, y además porque la Junta Directiva no esté conformada por personas con conocimiento técnico.
Esta combinación entre lo comercial y lo gubernamental ha provocado, según él, que la institución no solo esté entre sombras, sino en una "oscuridad absoluta".
"Nunca había sucedido lo que ha pasado en esta, la administración de la tiranía de Arias. Hubo en otros gobiernos alguna orientación de favorecerse, pero en ninguno el director general declaró que el SINART es "la voz de gobierno" como lo hizo Alicia Fournier, actual directora. Nunca se habían cerrado programas de opinión porque expresaban una visión contraria a la del gobierno, para luego abrirle un espacio al presidente", puntualizó.
Aguilar expresó que la única oportunidad de sobrevivir que le queda a la institución que vio nacer, es que la sociedad se preocupe por hacer cambios en la ley que la sustenta.
"Las universidades, los sindicatos, las cooperativas, las asociaciones de educadores, los sectores de cultural independientes y las iglesias. Todos esos sectores pueden salvar al SINART", concluyó.

Semanario Universidad 16 de agosto de 2007.

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