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RESONOCO

Categoría: Libros

16/05/2008 GMT 1

Quién lee más y mejor en el mundo

marfuerte @ 00:21

Cantidad y calidad los distingue

Paola Ortiz, Univision Online

¿Quién está a la cabeza?

Novelas y ficción, los preferidos

Los hábitos de lectura varían de país a país y para conocer a los mejores ubicados ha distintas formas de constatarlo. Una es saber qué país tiene la mayor cantidad de lectores y otra los que comprenden mejor lo que leen. Entérate de los resultados de esta carrera mundial de lectores, porque hay datos que te sorprenderán.

¿Quién está a la cabeza?

Si empezamos por los países que tienen un alto porcentaje de lectores, Suecia encabeza la lista. De acuerdo con el Eurobarómetro, un reporte de la opinión pública en la Unión Europea, el 80 por ciento de los suecos ha leído al menos un libro en su vida.

En la misma lista le siguen los finlandeses con un 75 por ciento y los británicos, con un 74 por ciento. De acuerdo con este reporte, en promedio 60 por ciento de los europeos ha leído al menos un libro en los últimos doce meses.

Sin embargo, de acuerdo con los diagnósticos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Finlandia encabeza la lista de los que mejor entienden lo que leen, seguido por Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

Pero hablar del porcentaje de lectores que tiene un país y de la calidad de comprensión de lectura no lo dice todo. Para demostrarlo, están los reportes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación (UNESCO).

Según la UNESCO, Japón tiene el primer lugar en el hábito de la lectura. El 91 por ciento de la población está acostumbrado a leer.

Otro ejemplo que demuestra la diferencia entre hábitos de lectura y número de lectores es México. Según la última encuesta nacional de lectura, 56.4 por ciento de los mexicanos lee libros. Sin embargo, contra estos resultados, la UNESCO asegura que el 2 por ciento de los mexicanos tiene un real hábito de la lectura.

El panorama en Europa no es tan bueno para todos, como parece. La Federación de gremios de editores de España dio a conocer que el 46.5 por ciento de los españoles nunca lee, y según el Eurobarómetro, los índices más bajos de lectura en Europa se observan en Portugal, con 32 por ciento de lectores, y en Grecia, con 45 por ciento.

Menos lectores en América

Según datos de la Asociación Nacional de la Educación de Estados Unidos (NEA), 57 por ciento de la población norteamericana acostumbra a leer contra un 26.5 por ciento de los latinos que viven en Estados Unidos.

Por su parte, algunos países de América Latina tienen índices más bajos de lectura, como: Brasil, con 14.8 por ciento y Colombia, con 37 por ciento. En Argentina, 30 por ciento de los habitantes no leyó ningún libro en los últimos seis meses contra un 40 por ciento que afirma haber leído entre uno y tres libros, según una encuesta divulgada por el diario Clarín.

En el Caribe, tan sólo 25 por ciento de los dominicanos dedican su tiempo libre a la lectura.

Novelas y ficción, los preferidos

¿Quién está a la cabeza?

Novelas y ficción, los preferidos

Las encuestas también demuestran que uno de los géneros preferidos alrededor del mundo es la novela, en especial en España y México.

De acuerdo con el último sondeo de la consultora Mitofsky, un 23.3 por ciento de los mexicanos prefiere las novelas y el 19.7 por ciento prefiere textos de superación personal.

Otro de los géneros favoritos es la ciencia ficción. A 47 por ciento de los norteamericanos, por ejemplo, les gusta leer este género. Así mismo, Finlandia lo tiene entre sus preferidos, junto a uno que quizá sorprenda a muchos: la gastronomía.

Abril 2008.

15/05/2008 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 00:36

Ilusiones renovadas

Fragmento del libro ‘Castillo Fantasía’, ganador del Primer Premio Embajada de España de Narrativa Infantil 2008.

Todo empezó más o menos una semana antes de Navidad. Ana Sofía y Mario estaban sentados en las gradas del orfanato, viendo las decoraciones de las tiendas del otro lado de la calle, y contando los días que faltaban para que los llevaran al centro comercial. Esperaban con ansias ese paseo, pues difícilmente los llevaban más de una vez al año.

Mario era un niño extrovertido y muy bajito; tenía nueve años, pero parecía de siete. Sus brillantes ojos café y su eterna sonrisa, se hacían más luminosos conforme se acercaban las fiestas navideñas, su época favorita. Además, se moría por visitar su local preferido, donde, tras un enorme ventanal, se exhibían carritos de colección.

Ana Sofía era su mejor amiga y muy diferente a él. Ella era seria y tímida, por lo que evitaba relacionarse con los demás niños del orfanato. Tenía ojos negros y rizado cabello castaño rojizo. Acababa de cumplir ocho, y aún no se acostumbraba a la vida en ese lugar, su casa desde los cuatro años. Su mayor sueño era ser adoptada por una linda familia, con muchos niños, y vivir en una casa grande de jardines floridos.

Mario y Ana Sofía discutían por enésima vez acerca de cuántos árboles de Navidad verían y en cuántas jugueterías los dejarían entrar, cuando los llamó la tía Alicia. Era hora de comer; el sol había desaparecido detrás de una enorme nube gris y parecía que iba a llover. no les importó entrar en la casa, porque, además, había empezado a correr un viento muy frío.

Fueron los últimos en sentarse a la mesa. Alrededor de ella ya había unos veinte niños y niñas de diferentes edades, y dos mujeres: la tía Alicia y la tía Paulina. […]

La comida transcurrió de la manera habitual, sin mayor incidente que el castigo de Javier y Arturo por lanzarse garbanzos. Cuando todos terminaron el postre […], la tía Alicia tomó la palabra.

—Niños, tengo noticias para ustedes. Primero debo contarles que este año no iremos al centro comercial.

Un murmullo de decepción recorrió la mesa. Los niños mayores se veían tristísimos. Una de las niñas empezó a llorar y varios preguntaron en voz alta:

—¿Por qué?

—Pero si también hay buenas noticias —los tranquilizó la tía Paulina—. Lo que pasa es que una familia nos invitó a una fiesta de Navidad en su casa. Ellos tienen un jardín muy grande, con una fuente, y nos van a recibir el sábado, todo el día.

Autora: Irene Guzmán Ferreto

Ilustradora: Carmen Ferreto Gutiérrez

Editorial: Alfaguara Infantil

Suplemento Áncora. periódico La Nación 27 abril 2008.

Librero

marfuerte @ 00:34

Identidades

David Díaz Arias

La fiesta de la independencia

Historia

Editorial UCR

Iván Molina Jiménez
Escuela de Historia de la UCR

Existen tres interpretaciones básicas sobre el origen de la identidad nacional costarricense. La primera plantea que esa identidad tuvo su origen durante la colonia y fue resultado de un proceso casi natural, caracterizado por las relaciones cotidianas entre los pobladores en un espacio determinado.

Tal versión está presente en las primeras obras históricas publicadas en el país, y ha sido recientemente recuperada por algunos historiadores profesionales, en particular por Juan Rafael Quesada.

Una segunda versión, surgida a inicios de la década de 1990, señala que la identidad nacional fue más bien una invención (en el sentido de construcción cultural) de los círculos de políticos e intelectuales liberales que dominaban el Estado costarricense a mediados de la década de 1880. Dichos círculos habrían inventado esa identidad a partir de una recuperación de la guerra de 1856-1857 contra William Walker. El proponente de esta interpretación fue el historiador canadiense Steven Palmer.

Finalmente, una tercera versión fue dada a conocer unos pocos años después de la de Palmer por el historiador Víctor Hugo Acuña. Según él, antes de la independencia, las elites locales iniciaron un proceso de invención de particularidades identitarias para diferenciar a Costa Rica del resto de sus vecinos centroamericanos, proceso que se intensificó luego de 1821.

Acuña y Quesada tienen en común que ambos buscan el origen de la identidad nacional en el período colonial y consideran su desarrollo a largo plazo, pero existe una diferencia fundamental entre ellos.

Para Quesada, esa identidad es un producto natural; en contraste, para Acuña, igual que para Palmer, esa identidad es una invención. Si para Acuña esa invención fue un proceso de larga duración, para Palmer fue un proceso de corto plazo.

A este interesantísimo debate se ha sumado recientemente David Arias, con un libro muy bien fundamentado en términos documentales, y riguroso metodológica y teóricamente. Construido en torno al análisis de la fiesta de la independencia, el libro se organiza en ocho capítulos. Los cinco primeros se dedican al análisis de períodos específicos (de 1809 a 1921), en los que se examinan los cambios y las permanencias en las festividades.

Los tres últimos capítulos se concentran en algunos temas de particular importancia: la fiesta de la independencia y su relación con la identidad de las elites y la de los sectores populares; la conmemoración del centenario de la independencia en 1921; y los ejes principales de los discursos asociados con la festividad estudiada.

Díaz considera imaginativamente la relación de la fiesta de la independencia con la construcción del Estado, con la memoria de la Campaña Nacional (1856-1857), con el sistema educativo, con la esfera pública, con las culturas populares y con la diversificación de los círculos intelectuales, entre otros temas.

Este libro ofrece así una interpretación fascinante sobre los cien años que se extienden entre 1821 y 1921.

Su interpretación sorprenderá incluso a quienes se crean familiarizados con este período de la historia de Costa Rica.

En el libro de Díaz, escrito de manera clara y amena, lectores especializados y público en general encontrarán un análisis del pasado, hecho con seriedad y responsabilidad, que invita a superar los viejos estereotipos y el patriotismo fácil que prevalecen en las versiones idílicas de la historia costarricense.

Por esa razón, es también un libro desafiante, que se inscribe en la tradición de renovación de los estudios históricos iniciada en Costa Rica en la década de 1970.

Algunas personas podrían pensar que este es el momento para revelar cuál de las tres versiones sobre el origen de la identidad nacional es apoyada por el libro de Díaz, o si él propone una interpretación nueva. Privar a los lectores del placer de responder por sí mismos a esta cuestión sería, evidentemente, algo imperdonable.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 27 abril 2008.

La tierna violencia de Aimé Césaire

marfuerte @ 00:32

Negritud El recién fallecido poeta dio conciencia lírica a una cultura oprimida y dispersa en el mundo

Julián González Zúñiga | revlem@le.ucr.ac.cr
Gracias a la Antología de la nueva poesía negra y malgache , publicada por el gran poeta senegalés Léopold Sédar Senghor en 1948, se establece el vínculo entre literatura africana y literatura antillana, vale decir, literatura de la negritud. A esa tendencia en la lírica cabría agregarle el componente lingüístico que fusiona ambas geografías: el uso de la lengua francesa por encima de las lenguas criollas y vernáculas.

El martiniqués Aimé Césaire (1913-2008) escribió su obra en la lengua instaurada por el colonizador, pero con los acentos, la fuerza –casi violencia–, el léxico y los matices de la cultura negra antillana. Así lo demuestra en su obra poética más conocida, Cuaderno de un retorno al país natal (compuesta en 1938-1939 y publicada en 1947), a la que siguen Las armas milagrosas , Soleil cou coupé , Cuerpo perdido , Ferrements y Catastro .

Resurrección. La ideología de la negritud vino a sustituir la del asimilacionismo y comprende más que el mejoramiento de las condiciones de vida de las colonias, lo que se traduce en seguridad social y educación principalmente, como Césaire había postulado. Años después clamaría por una asimilación diferente, homologada a igualdad económica con la metrópoli. A las voces que gritaban “asimilación”, él les respondía “resurrección”.

Cercano al Surrealismo y a la obra de Apollinaire, su actitud rebelde lleva a Césaire a una poesía en la que la violencia del clamor exalta –por medio de las imágenes y del ritmo– el doloroso anhelo de una esperanza.

En 1941, André Breton descubre la poesía “bella como el oxígeno naciente” de Césaire, a quien se acerca de inmediato. Breton califica el Cuaderno como “el mayor monumento lírico de la época”. Por su lado, Sartre ve en esta obra algo así como un cohete del que brotan soles y donde el Surrealismo se expande “en una flor enorme y negra”.

Césaire se sitúa entre los escritores franceses más iconoclastas y de izquierda. Su militancia en el Partido Comunista Francés lo introduce en el mundo de la política, aunque años después se retira de la agrupación al comprobar que Europa quiere seguir decidiendo el destino de los negros. “Lo que quiero es que marxismo y comunismo estén al servicio de los pueblos negros”, pero no al contrario, dijo en 1956.

Al igual que Senghor, Aimé Césaire nunca puso en duda su expresión literaria en lengua francesa. La hicieron propia, pero acorde con la vitalidad necesaria para exaltar su negritud con acentos de rebelión, no obstante los cambios en el “imperio colonial” francés: los países del África francófona se independizaron (1958-1960), mientras las Antillas permanecen como “departamentos de ultramar”.

Poesía y teatro. Así, la literatura negra/africana predominó por su poesía gracias a dos excepcionales poetas: Césaire y Senghor. Con su Cuaderno , el martiniqués –más abrupto y violento en su lírica que el senegalés– demostró la fortaleza y la originalidad de su verbo.

Es la reflexión de un joven formado en París que regresa a su tierra y confronta la cultura “blanca” con su propia identidad negra. Ataca duramente a la Europa colonizadora y le señala su responsabilidad por la mayor tasa de cadáveres de la historia.

Esa visión se relaciona con los temas de su obra: denuncia de una Europa agonizante; elogio y revalorización de la negritud; contraste entre un conocimiento vital del mundo y un conocimiento pragmático de las cosas, así como el desarraigo y el exilio.

Aimé Césaire llega al teatro sin perder el ímpetu de su poesía. Su teatro es muy político y expresa la negación de una Europa que insiste en su visión de “velar” por la suerte de los negros. Por ello, su teatro no presenta sólo la visión épica de la rebelión negra, sino la tragedia de un “poder negro” aislado y en combate contra males insuperables (injusticia, corrupción, alienación, pérdida de identidad, explotación y miseria).

Dentro de este género se encuentran La tragedia del rey Cristóbal , Una estación en el Congo , Una tempestad y Los perros se callaban . La primera data de 1963 y es la historia de un reyezuelo negro en el Haití de principios del siglo XIX, quien procura encabezar la independencia de su pueblo, pero es abandonado por sus partidarios.

Una estación en el Congo (1967) se vuelca sobre los acontecimientos que hundieron al Congo en la tragedia, desde su independencia hasta el asesinato de Patrice Lumumba.

Todos los temas de su teatro profundizan en los problemas de la comunidad negra, marcada por la vivencia del colonialismo, dentro de una negritud asumida, atacada, combatida y defendida.

Para Césaire, la negritud no debe ser vista como un fenómeno antirracista, sino como una exigencia del momento para que millones de hombres y mujeres salie-ran del mundo ausente en el que la historia los había ubicado y para que recuperasen el lugar que les correspondía desde toda la vida.

Diáspora y esperanza. Más allá de África y del mundo francohablante, existe la diáspora negra, diseminada en tierras continentales e insulares. Vasto territorio de desarraigo, son Martinica, Guadalupe, Haití, Madagascar y la isla Mauricio, cercadas por un mar que encarcela y a su vez sirve de puerta al exilio, a la evasión y al vuelo. La literatura deviene, entonces, un arma milagrosa para abrirse camino, para forjarse un destino y para borrar un pasado de humillación.

Césaire ha dado voz a la negritud y a los marginados. La carga intemporal de su poesía lo aleja del discurso político inmediatista, presente en cierta poesía comprometida. En alusión a su Cuaderno , Césaire dijo: “Es el primer texto en que empecé a reconocerme. Lo escribí como un antipoema. Se trataba para mí de atacar, en el nivel de la forma, la poesía tradicional francesa”.

Aimé Césaire sabía que la literatura no era un lugar de complacencia y, al querer decir la verdad por medio de la poesía, terminó acusando.

¿Supieron Francia y la Europa colonizadora reconocer su deuda frente al dedo acusador del poeta martiniqués? ¿Se sumó Francia a la causa de la negritud con total convicción? ¿Compartió con Césaire sus armas milagrosas y su afán liberador y rehabilitador?

En la Martinica, el 17 de abril, lo sorprendió la muerte, tras 94 años de intensa vida. Desde esta isla “desesperadamente bloqueada / cerrada en todos sus confines”, logró desplegar imágenes universales del ser reprimido y rebelde.

Hoy, entre tanto, la literatura negra busca su propia definición frente a las dificultades y problemas derivados de la descolonización. Aimé Césaire le abrió el camino.

EL AUTOR ES CATEDRÁTICO DE LENGUA y literatura FRANCESAS. DIRIGE LA ‘REVISTA DE LENGUAS MODERNAS’, DE LA UCR, y la revista ‘repertorio americano’, de la Universidad Nacional.

Legado

perpetuo

“Nos conmueve profundamente el fallecimiento del gran poeta y político martiniqués Aimé Césaire, quien simbólicamente nos abandonó al cierre de la celebración del Festival de la Francofonía. Nos despedimos de uno de los máximos representantes de ella y fundador del movimiento filosófico, cultural y político de la negritud, desarrollado como una forma de combatir el colonialismo y el racismo. Sabemos que no nos abandonará su legado, especialmente en estos tiempos, necesitados de solidaridad y justicia”. Philippe Gasparini, director de la Alianza Francesa en Costa Rica.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 27 abril 2008.

Intuición de la utopía

marfuerte @ 00:30

Indispensable Cuando muchos reniegan de su viejo optimismo, la poesía ayuda a revalorar la esperanza

Klaus Steinmetz | Escritor@nacion.com
El escritor nacional Klaus Steinmetz ganó la X Edición del Premio de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz con un poema de 64 páginas titulado La yema del tiempo. Sus 24 capítulos forman una unidad, pero tienen sentido individual. Se trata de un road movie por dimensiones paralelas en las que sus dos desafortunados personajes se transforman en seres y cosas distintas, viajando al pasado o a mundos alternos hasta su final disolución. Su principal inspiración proviene de Paul Celan, Haruki Murakami y Stephen Hawking.

Transcribimos extractos de su discurso de agradecimiento, pronunciado en 16 de abril en el Instituto de México, San José.

Alguien dijo que el oficio más solitario del mundo era el del escritor. Estoy seguro de que hay peores: el laburo de un campeón de apnea consiste en bajar al azul profundo a lo largo de un cable. Saint-Exupéry piloteaba un avión del servicio postal por encima del desierto y tuvo que inventarse un niño de rubio cabello rizado para que lo acompañara... Pero, sin duda, el escritor necesita y padece la soledad tanto como ellos: peor aun, el escritor en ciernes, que no tiene certeza de que alguien lea su trabajo dándole al fin sentido.

A diferencia del pintor, el actor o el músico, el escritor novel exige a sus amigos dedicar muchas horas a sus divagaciones. A los cercanos al pintor les bastará con un “muy interesante” para salir bien librados. Los íntimos del músico tan solo deben aprender a dormir en una butaca con los ojos abiertos fingiendo un profundo arrobamiento; pero al joven escritor es difícil engañarlo porque siempre preguntará: “¿Y qué te pareció el final?”, pregunta lapidaria ante la cual no hay evasión posible.

Algún ingenuo creerá que la solución está en leer solamente la última página, ignorante de que, en la posmodernidad, el final es el principio, que a su vez está en el medio, que fingía ser el final. Terrible herencia de Cortázar que obliga a los buenos amigos de un narrador a aburrirse impunemente.

Cabe la posibilidad de que en el barrio se haya incubado un genio, pero hace falta más que un vecino para reconocer un genio literario de hoy. Hace falta un crítico alemán o un guionista de California. Nuestra mayor probabilidad de cumplir con decoro con las normas de la amistad se da cuando el amigo pretende ser poeta. La poesía tiene la inmensa virtud de la brevedad. Uno puede leer la obra completa de Girondo en una presa un viernes en la tarde. Yo llegué a amar la fila interminable de la avenida Segunda repasando El tigre de Eduardo Lizalde; es más, rogando que no avanzara.

Hasta que uno tiene la pésima suerte de que el amigo decide ser poeta y, en un acto de sadismo extremo, hilvana un poema de 64 páginas: ese soy yo. La yema del tiempo solo puede leerse de un tirón y en un estado de plena iluminación, cerca del Nirvana, o borracho, o fumado, delirando.

El lírico es un hombre solitario que durante siglos se dedicó a cantar a la nostalgia, es decir, a la pérdida. Cuán acuciante debe ser su angustia hoy en día, cuando la sociedad postindustrial anuncia la muerte del libro; pero el libro no morirá. Basta conocer la historia de J. K. Rowling.

Ahora bien, si uno no tiene el talento para describir la vida de un joven mago y ansía la fama, puede escoger otro género: autoayuda, cocina o negocios son las opciones que ocupan la mayor cantidad de anaqueles en las librerías. ¿Poesía?; sí, señor, esos cincuenta centímetros en el estante de abajo; o sea, ¿para qué seguir escribiendo poesía hoy? En boca de uno que está por recibir un premio de poesía, esta pregunta es un terrible mea culpa . ¿Para qué poesía hoy?

Rilke diría: eso es mirar hacia fuera; solo si prefieres morir a dejar de escribir eres poeta. Pero, lejos del pathos del romanticismo, lejos de mi necesidad de proyectar lo que pasa dentro de mí (necesidad que escoge su vehículo, sea una novela o un salto en mitad de la calle, un dibujo en la arena o una sinfonía compuesta con los dedos sobre una mesa) la pregunta es crucial.

Cambiémosla un poco, como una concesión a Rilke: ¿para qué publicar poesía hoy, cuando pocos leen y muchos menos son capaces de sentir lo que leen, aunque lo entiendan?

Pensaba en esas cosas cuando recordé un artículo que preparaba para enviarlo a La Nación , artículo que pretendía intuir el destino de este amado e inefable país nuestro. Empieza así:

“Nunca un pequeño país estuvo tan urgido de una nueva utopía. El subdesarrollo tenía al menos una ventaja: nos ahorraba el esfuerzo de articular nuestras ilusiones, de idear el modelo para alcanzar nuestra propia versión del paraíso.

“Todos los relatos locales acababan integrándose a la potente cosmovisión eurocéntrica por ese proceso que llamamos ‘sincretismo’ y que con mayor justicia cabría calificar de ‘canibalismo cultural’.

“Pero ahora, cuando la cultura global solo prolonga la incertidumbre y mundializa, por así decirlo, el fracaso del proyecto humano de la Ilustración; ahora, cuando reniega de su optimismo anterior, pierde todo derecho a seguir reclamando nuestra buena fe.

“Como el nihilismo con el individuo de fines del XIX, haber perdido la certeza de que el progreso es el fin último de las sociedades, nos sitúa en el fango de la amoralidad política. Huérfanos de futuro, ¿en nombre de qué panacea podemos convocar aún la democracia? ¿Cómo intuir entonces la nueva definición de una ventura posible?”.

Dediqué algún tiempo a pensar en la utopía y a pensar si solo este país tenía semejante urgencia o la comparte con el resto del Tercer Mundo o con la humanidad toda. Por primera vez en la historia, no hay un concepto que trace el camino, así sea errado.

Si de las ruinas del presente y de semejante desazón existencial, de semejante fracaso de la especie, deberá renacer un nuevo sueño, nuestra tarea más elemental y más urgente es soñar.

La especie humana debe imaginar nuevos caminos a la tierra prometida. Imaginar, intuir la utopía: esta es la más radical definición de la poesía en el mundo de hoy, la que señala su inconmensurable necesidad, su carácter impostergable.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 27 abril 2008.

Debravo eternamente joven

marfuerte @ 00:20

Por Alí Víquez
Escuela de Filología, Lingüística y Literatura
De no ser por las aciagas circunstancias conocidas, Jorge Debravo hubiera cumplido setenta años el 31 de enero pasado, una edad en la que -cabe esperar- estaría aún en plena producción poética. La afirmación no deja de suscitar la extrañeza: un Debravo vivo y maduro resulta inverosímil -creo- sobre todo entre los escritores y los lectores jóvenes y ya no tan jóvenes de Costa Rica, para quienes él ha sido siempre algo así como el presidente de nuestra Sociedad de los Poetas Muertos. El talento y la fatalidad hicieron de Debravo una figura poco menos que mítica: el joven desbordante de inspiración se detuvo en el tiempo en el imaginario de las generaciones posteriores, que repitieron sus versos con una fascinación que en ocasiones se agotó y dio lugar al escepticismo, pero que en ningún caso -me parece-ha dado paso a la indiferencia.
¿Qué tiene Debravo, qué lo ha hecho ocupar ese sitio? No es mi intención el darle a esta pregunta una respuesta más que puramente personal. De todos modos, no creo que se pueda resolver con objetividad el asunto. El primer gran atractivo de Debravo para mí ha sido siempre su autenticidad, que es una digamos que variable muy incierta en la literatura. ¿Cómo saber cuándo un poeta dice la verdad acerca de lo que siente o lo que piensa, cómo diferenciarlo de ese otro gran impostor lírico que únicamente ha perfeccionado sus malabarismos retóricos para fingirse auténtico? Si Juan Ramón Jiménez, como se cuenta, molía a patadas a los burros y demás seres vivientes, ¿cómo averiguar que la prosa de Platero no es auténtica? No lo sé: de hecho, creo que no hay manera de saberlo. Uno solo decide creer que alguien es sincero porque así lo parece; en esto el riesgo se corre tanto en la literatura como en la vida y en ambos casos lamentarás la equivocación si luego se te comprueba. Pero a mí hasta ahora nadie me la ha comprobado con Debravo, de manera que sigo creyendo. Cada día más, por cierto. Muchas veces lo encontré equivocado, sobre todo cuando insiste en sus posturas maniqueístas (veía el bien y el mal tan claramente diferenciados como en película de John Wayne) o cuando se pone en plan religioso y le habla a Cristo como si evidentemente estuviera ahí una divinidad cuyo amor por la humanidad nunca ha constado en actas, a menos que le demos al sadismo el nombre de amor; pero ni siquiera en estos dos casos he podido dejar de creerle que habla con sinceridad. En mi primera juventud, me molestaban bastante estos desacuerdos; ahora en cierto modo he llegado a acostumbrarme a ellos. Me siento mucho más comprensivo; después de todo, Debravo sigue sin cumplir los treinta y yo ya pasé los cuarenta: me corresponde actuar con madurez al juzgarlo; él seguirá eternamente joven mientras los demás envejecemos.
Es que, además (y esto no es poco), su intenso amor por el hombre lo salva de sus errores. Creía en Cristo no por el motivo que mueve a la mayoría, el temor a la muerte personal, sino por la empatía del poeta hacia el ideario de solidaridad del profeta. Al estilo de Carlos Fuentes, no pensaba que Jesús resucitara a los muertos (es lo que yo interpreto del verso que define el morir como un "entregar la batalla a otras manos"), sino que él resucitaba a los vivos, por demostrar que el ser humano posee un valor sagrado. Sentía la urgencia de combatir los grandes errores históricos de la humanidad, como la guerra, la desigualdad, la injusticia, la repartición obscena de la riqueza. Por eso tendía a esquematizar y, en su afán de denunciar los problemas, veía el mundo social en blanco y negro. Amaba a la mujer con esa primera intensidad que ciega ante la realidad del otro e idealiza; acaso su poesía amatoria es tan hermosa porque nos habla solo de ese momento primigenio del erotismo en que después -más sabios pero más tristes-- anhelamos habernos anclado. Debravo se detuvo frescamente en su ideario de muchacho pero acompañado de su talento de gran poeta, comunicante y novedoso: en esta combinación están cifrados su éxito, su permanencia.
Renglón aparte merece ese talento comunicativo de Jorge Debravo. Neruda (otro gran comunicador, en el mejor sentido de la palabra) dijo que hay poetas a los que solo su amada los entiende, posiblemente porque se toman el trabajo de explicarle sus textos, y esto es muy triste; pero que hay otros a los que hasta los burros les entienden, y esto también es muy triste. Un buen poeta aspiraría según esto a ser un comunicador que no cae en el facilismo, porque no hay nada más sencillo que el lugar común. Metidos en los campos del "todo se entiende", nos movemos en la mera expresión vulgar. Pero si transitamos en el "nada se entiende", entonces no habrá quien nos aguante: incluso la amada llegará a padecer el hastío. Debravo se da a entender con un lenguaje que sin recurrir a las trampas de la cripticidad te hace descubrir nuevas maravillas escondidas en las palabras más simples: "el amor bajo el hombre está creciendo", "tengo piel y esperanza" son solo dos de los ejemplos más conocidos de ese extraordinario talento que convierte en nuevo y bello lo que se halla usado y ya sin gracia en el lenguaje ordinario. Afirmo que este es su gran valor puramente estético, el cual, sumado al anterior valor humano, le da una ventaja ante quienes cojean: ni Juan Ramón Jiménez ni León Felipe. Debravo es sincero y su violín no está roto.
Entiendo que hay una generación, más joven que la mía, que no lo admira demasiado uniformemente. Reitero que aunque algunos no lo toleren, tampoco le son indiferentes; para hablar mal de él lo han tenido que conocer, y la mayoría lo hace. Posiblemente se han distanciado de él por haber sido el favorito de quienes consideran unos viejos. O ven a Debravo como uno de los ídolos recuperados por el sistema. Esto último quizá sea cierto, y aquí es imposible entrar en detalles, pero no habría que perder de vista el hecho de que se trataría de una "recuperación", es decir, de un proceso de apropiación de lo marginal por parte de las instituciones del poder. Más allá de eso, Debravo es todo lo contrario de un poeta que canta complacientemente para quienes se hallan en la vida y en la sociedad de manera confortable. Por el contrario, solo se lo podría maljuzgar por medio de un cinismo que por desgracia reina en ciertos espacios; allí están sus enemigos. Los que pretenden que todo está mal, y que eso no importa, porque solo importan la propia fatiga en el mundo, la propia decepción y el propio aburrimiento, no pueden sino encontrarse muy a disgusto con Debravo. Porque a este hay que leerlo como dice Todorov que se ha de leer la literatura, como un discurso orientado hacia la moral y hacia la verdad, y tanto peor para quienes se horrorizan ante las grandes palabras. Podemos diferir de Jorge Debravo en cuanto a sus nociones de verdad y de moral, pero creo que no deberíamos pasar por alto su compromiso con una búsqueda que él juzgó, con razón, urgente.

Semanario Universidad 24 abril 2008.

10/05/2008 GMT 1

LA RONDA DE LOS LIBROS

marfuerte @ 19:12

Alfonso Chase
Toda una vida
Obra poética 1974-2007
Mayra Jiménez
Editorial Costa Rica, 2007

Mayra Jiménez (1938) es una escritora costarricense que ha construido, desde 1966, una obra poética de indudable valor literario y de apertura a nuevas visiones formales, que le otorgan un lugar de privilegio en la historia de la poesía nacional. En este libro recoge una segunda versión de una obra antológica que se inicia con parte del libro “Qué buena tu memoria” (2001), que abre la selección, para incorporar luego otros dos apartes que muestran un libro sólido, capaz de resistir una lectura amplia y razonada, y que nos permite conocer la obra, casi total, de una poeta que ha dedicado su vida a descubrirse a sí misma y a dar forma a la realidad social y política de su tiempo, en un espacio que ella determina como toda una vida con una voz potente, una visión de la poesía como testimonio y propuesta de existencia, donde la forma adquiere aspectos coloquiales, como si estuviera contando la historia en un diálogo entre ella y nosotros.

La sustancia de sus poemas es la memoria. No solo la convencional y personal, sino el panorama de ser y estar en ella, con plena responsabilidad histórica, dentro de su concepción política, revolucionaria, y el valor de expresar lo que mira y siente para dar luz a sus sombras, que muchas veces se refieren al amor, en sus diferentes versiones de encuentro, maduración, separación o historia personal, para dar paso a las diferentes etapas que configuran su vida. No hay nada de oscuridad en esa memoria abierta y sí las tensiones que se derivan de sus palabras para mostrarnos, algunas veces de, manera objetiva, la conversión de la anécdota en hecho real y perteneciente al mundo de la poesía.

Eso un aspecto de lo que se muestra en el libro. Lo otro es también el misterio o la angustia, el ámbito secreto de la poesía que mana, como si estuviera escribiendo un diario personal que se transforma en epístola, para ser compartido por todos nosotros, en la valentía de exponer sus dudas, muchas dialécticas, que la certeza de lo expresado las convierte en hechos reales, rodeados todos de su historia, su testimonio y el sentido de vivirse en acción con las cosas cotidianas, expresado en ese su estilo exteriorista de lo interno a lo externo, para sacar de sí misma los asuntos que la oprimen y que tienen respuesta en los actos volitivos que ella transforma en poemas, y que pertenecen a seres de carne y hueso, que su fuerte memoria proyecta como sólidas existencias que se sobreponen a todos los infortunios, o destinos personales, para existir en esos poemas-historia que les dan vida y les aseguran su presencia. Algunos de ellos tienen su propia evocación en sitios determinados: Costa Rica, Nicaragua, Venezuela, que son territorios de esa buena memoria, que da testimonio del paso de la vida por el oficio poético de la escritora.

Conversaciones, tarjetas, diapositivas, cartas, gramática al uso, nos permiten conocer el mundo poético de Mayra Jiménez, las categorías de su pensamiento, su cultura, el amor y el desamor, la nostalgia, como elementos presentes en la materialidad del poema y los sucesos, todo eso discurriendo en las tres partes en que se divide su libro, y el propósito de escribir sobre lo que percibe y siente concretamente.

Aunque el elemento emocional está presente en esta antología de sus poemas, lo racional impone su derecho a percibir la vida personal como parte de lo social y lo político, siempre relacionado con lo humano, en ese diálogo permanente que constituye la esencia de su poesía.

Mayra Jiménez ha escrito poemas que podemos definir como clásicos en la poesía de Costa Rica, por su intensidad poética y por los recursos formales de que hace uso para construirlos. No todos los incluidos aquí son de amor y de dolor, sino más bien de encuentro con su propia vida, con la ternura implícita en hacer de la poesía diálogo y afirmación, singularidad y orden. Es un libro completo de Mayra Jiménez para con nosotros. Está hecho, configurado, diseñado, como ella es: una mujer que ha vivido su existencia como totalidad, como afirmación, como batalla.

Aunque eso, algunas veces, nos negamos a aceptárselo. Envidiosos que somos.

Resabios
Luissiana Naranjo
Ediciones Andrómeda, 2008

“Resabios”, de Luissiana Naranjo (1962), es un volumen de poemas en prosa o simplemente textos, que podemos leer como si fuera un libro de horas, especie de arrebatada conjunción entre la lucidez y el desvarío, pero que ella logra darle sustancia en un libro completo, concreto, en que cada texto vale por sí mismo, pero se puede encontrar una continuidad entre uno y otro, según sea el deseo de la autora por ordenarlos y hacer una obra compacta, en medio de su híbrido sentido de rastrear sus tropismos mentales y corporales. Puede también ser un diario, extraño pero convincente, producto del insomnio ante la vida, en un duermevela que determina ese resabio volitivo del acto de escribir como se quiera, pero con el orden altivo de que cada texto valga por sí mismo y se convierta en poema. Todos los temas se unen para darnos un rastro de quien escribe, que lo hace con la secreta profundidad de una autora que alcanza su madurez, trabajando la palabra como arte de orfebrería y donde la placidez abrupta de la prosa poética nos permite buscar lo que son formas de pensamiento, embriones de poemas, o el poema hábilmente logrado, para así infringirnos un sobresalto. La unidad de quien escribe con la naturaleza es el sustento del libro. Una visión panteísta del mundo, que se integra a la poeta para darle un orden, ella misma, y el placer de hacer el texto para salir de la cueva omisa de las ideas. De allí que estas se conviertan en propuestas, convicciones, espectros transformantes que tocan con irreverencia lo que ya está hecho. Es un libro escrito para romper la piel de las convenciones y ser un cuerpo que escribe y no solo una mente que elabora múltiples ideas, que trata de comunicar, primero a sí misma, luego a sus lectores.

No es poesía de prisa, aunque en sus orígenes tal vez lo fuera. Son texto de lectura meditada, de penetrar o saltarse los límites psicológicos y reposar en la palabra misma, en el universo de Luissiana Naranjo, que resume vida, acción, naturaleza y espacio para meditar las cosas, contrariando órdenes prefijadas. Nada de garabatos para dar estructura al verso: vida percibida como corriente hacia ninguna parte, como no sea el mundo de la autora, poemas circulares que salen y regresan a la fuente: la escritora divagando por diversos sitios y dejando testimonio de que lo que ha visto ya pertenece, para siempre, a la realidad frenética de quien escribe.

Es un libro diferente, más maduro, de lo que antes escribía la autora. Un encuentro consigo misma, pero dejando para luego cualquier esbozo de biografía centrada en el resabio de haberla vivido, donde conviven lasitud y alteración, mar y huerta, nostalgia y paisaje, con la aceptación, entre humorística y crítica, de su propio cuerpo que es el afirmar: existo, luego soy.

Eso puede percibirse en su visión del mundo externo. Lo que nos agobia de la información transformada en estereotipo, de la falsa realidad de lo que vemos, para adentrarse, al fin, en ese mar que es el vivir. La portada y las ilustraciones son de Rafael Chamorro, como expresión, contenida, de la fuerza del libro.

Autoretrato y
cruci/ficciones
Carlos Cortés
Euned, 2007

Carlos Cortés (1962) ha publicado ocho libros de poesía en Costa Rica, Guatemala, México y España, según afirma la nota bibliográfica que aparece en esta obra, que recibió el Premio Mesoamericano Luis Cardoza y Aragón (2004) y salió editada en México en 2006 y en 2007, en nuestro país. Está dividido en cuatro partes, diferentes entre sí en cuanto a temática, pero con una secuencia real de expresar un tono elegíaco, que combina humor-amor y un inventario de encuentros y desencuentros que nos muestran una poesía coloquial, memorias o epitafios, si así pueden llamarse, que lo presentan como el escritor que es, autorretrato, o las ficciones, crucificadas, de una historia que intenta marcar un orden o secuencia de lectura y donde se cuenta la breve versión de lo que pueden ser mentiras reales, ficcionales o simplemente piadosas. El tono coloquial de todos los poemas nos permite conocer temas singulares, misterios alumbrados por la llama de un cerillo, como en la cuarta parte, donde el tono elegíaco se convierte en oda y en la cual privan la ternura, el recuerdo, o una visión del destino poético muy particular, y se transforma el fracaso de los poetas, no de la poesía, en algo trascendente que vive de la nostalgia del recuerdo.

El sentido de los autorretratos, si lo fueran realmente, permite al poeta exorcizar detalles de su existencia, que son enviados al lector como augurio y pregunta o simplemente como milagro del acto de escribir. El carácter universal de algunas sensaciones poéticas le hacen al autor salirse de sí mismo, en un eterno viaje, elegíaco muchas veces, donde logra percibir lo personal pero en función de lo externo y foráneo, en la creación de un mundo nada piadoso, pero lleno de amor loco, como lo hace en el poema del mismo nombre. Algunos de los poemas de este libro se cuentan entre los mejores que ha escrito Cortés en la plenitud de su viaje hacia la madurez, en el descubrimiento de secretos y exorcismos para hacer de la poesía un lenguaje comprensible, ingenioso y humorista, donde no existe ninguna cruci-ficción, pero sí la plena conciencia de que el fracaso es tener la idea clara de que lo que existe es solo una manera de percibir las alucinaciones, que se perciben en las grandes ciudades transformadas en escaparates.

Los recuerdos, para existir realmente en este libro, deben convertirse en epitafios, y de ellos está constelado este libro, lo que nos permite entender que el autor logra expulsar fantasmas y dar un nuevo rumbo a su poesía, que va dejando en tierra de nadie las experiencias del poeta. Todo esto escrito con maestría, con elementos de leve sarcasmo, que hacen que el poema se autotransforme y que los sitios y momentos evocados se conviertan en la más pura nostalgia, o en esas mentiras piadosas que el poeta nos propone, unidas a la cita epitafio de Wallace Stevens: “lo que cuenta es la mitología del yo”. Este libro de poemas también nos ofrece la propia existencia de quienes acompañan al poeta, seres de carne y hueso, poetas algunos, figurillas que se escapan y aparecen, reiterativamente, bajo diferentes disfraces.

Todo el libro podría ser lo que se recuerda antes del olvido para dar forma a un poemario bien estructurado, hermosamente escrito, con el cual el autor pareciera haber cerrado un ciclo, no solo el de los viajes internos y los periplos por caminos y ciudades, como todo tipo de autoformación exige.

Un libro que expresa un cambio en su poesía y nos hace percibir que ha sido escrito como epitafio por el propio creador, para así lograr acercarse a su propia historia con valentía y desparpajo, expresando que, a pesar de sus propias palabras, ya no hay poeta ciego o cuyo destino real sean los infiernos, dado que estos, simplemente, ya no existen.

periódico LA Prensa Libre 24 abril 2008.

08/05/2008 GMT 1

Anticipo

marfuerte @ 01:27

Luna de miel con libro y otros relatos

Extracto del libro ‘Luna de miel con libro y otros relatos’ de la periodista costarricense Inés Trejos de Montero.

En aquella casa no se permitían palabrotas, y ciertos términos, perfectamente naturales, pero relacionados con funciones fisiológicas, no se usaban o se convertían en sinónimos sutiles:

– Vous, ¡silence! –decía la madre cuando los chiquillos soltaban algún vocablo que ella juzgaba soez.

Era la única casa en donde, en la pared de un dormitorio, el Señor Crucificado estaba vestido y, en general, el arte helénico, con sus dioses desnudos, era tabú.

Y así crecieron, en un mundo de falso refinamiento que su progenitora confiaba que perduraría para toda la vida.

La mamá lanzaba ciertas frases, ya fuera en inglés o en francés, que había aprendido en su lejana infancia y juventud, mas sus hijos, para su disgusto, y en medio de grandes carcajadas, las cambiaban por traducciones obscenas o cómicas.

Put it away, por ejemplo, lo convertían en putita de buey, y el carry it away , en carita de buey , y se alejaban en ruidoso tropel del cuarto de costura donde la madre pasaba muchas horas cosiendo y donde, incluso, recibía visitas.

–Doña Sofía es muy inteligente –decían las vecinas, admiradas de la sapiencia de aquella señora, tan ama de casa, tan buena madre y esposa, que leía, en sus ratos libres, folletos científicos que alternaba con poesías.

Ella también, por sus conocimientos de medicina práctica, daba consejos y recetas caseras para curar males de estómago, torceduras, resfríos y cuanta epidemia aparecía en el vecindario. Eso sí, para dolencias mayores, aconsejaba ver al doctor, quien muchas veces también llegó a su casa, cuando la seriedad del cuadro clínico de sus niños la hacía dejar de lado sus propias aficiones.

Las hijas crecieron completamente convencidas de que “hacer el amor” era besarse y acariciarse, pero, por supuesto, dentro del lazo matrimonial. Su conocimiento de las relaciones sexuales era completamente nulo. Las únicas recomendaciones a las muchachas antes de casarse, eran que fuesen muy sumisas, obedientes y cariñosas con sus maridos.

Para Gladys, ir a la cama era, sencillamente, alistarse para leer.

El día de su casamiento y después de la fiesta, Rodolfo y ella se fueron a un hotel [...].

Hubo los arrumacos de costumbre y, cuando Rodolfo le dijo “vamos a la cama”, ella empezó a buscar su libro.

–¿Para qué? –le preguntó él, asombrado.

–Pues para leer.

Gladys estaba, por cierto, en la parte más emocionante de un libro de una de las hermanas Bronté, y al oír hablar de la cama llegaba para ella el momento cumbre del día, cuando podía leer sin que hubiera recriminaciones, hasta que el sueño, contra el que luchaba denodadamente, la vencía.

¡Pero no! Ahora eran otras reglas. Era otro el momento. Lo desconocido se abría ante ella con alucinantes premoniciones. Ya no eran el abrazo y el beso. Era algo más. Eran manos que hurgaban en lugares prohibidos y también pecaminosos como lo habían advertido las monjas, sonrojándose de solo pensarlo. ¿Cómo borrar las enseñanzas de la niñez y la adolescencia? Se dejó llevar. Hubo una sensación extraña y quizás placentera, coartada por los falsos pudores.

Finalmente, Rodolfo, agitado y sudoroso, después de consumado el acto, volvió la espalda y se durmió.

Gladys, entonces, tomó de nuevo el libro que la esperaba en la mesa de noche, y se lanzó, entusiasmada, para proseguir su lectura.

Así que, para Gladys, el momento del “acto” había llegado. “¡Qué extraño!”, dijo para sí, “¿habrá algo más?”.

Autora: Inés Trejos de Montero

Editorial: EUNED

Suplemento Áncora. periódico La Nación 20 abril 2008.

Librero

marfuerte @ 01:25

Otros sueños

Dorelia Barahona

La ruta de las esferas

Novela

Editorial Farben

Ignacio del Valle
Escritor español
A medida que avanzaba yo en la novela La ruta de las esfera s, no hacía más que recordar la carta que escribió Goethe en 1827: “Me gusta echar un vistazo a lo que hacen las naciones extranjeras y recomiendo a cualquiera que haga lo mismo. Hoy día, la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa. Ha llegado la época de la literatura universal, y cada cual debe poner algo de su parte para que se acelere su advenimiento”.

Pues bien, la autora ha puesto un mucho de su parte con esta novela para ese acelerón porque es consciente de que la novela, al igual que Costa Rica, tiene vocación mestiza: es ágora, punto de encuentro, de intercambio, de política; sana colectividad, mosaico de ideas, travestismo social.

Montaigne lo resume mejor que yo: sea cual sea la diversidad de hierbas que haya, se engloba todo bajo el nombre de ensalada.

La ruta de las esferas habla de esa ensalada, es decir, de todo lo que impulsa al ser humano: el amor, el erotismo, la desdicha, el odio, la frustración, el deseo, la carne, la herida, la existencia, la muerte, la belleza…, y lo ha hecho utilizando la lógica de los sueños para contar su historia.

Son sueños cuya textura mezcla el aliento épico de una historia tica llena de colonos, filibusteros, traficantes, indígenas, religiosos, amantes, héroes y canallas, máquinas, oro –el físico y el mítico–, sangre, agua, piedras y volcanes, junto a la magia, ese colibrí que nos guía, brillantísimo y azulado, entre los vivos muy vivos, y unos muertos con una diminuta llama, una chispa roja que los corona y que sólo deambulan ocupados en repetir los actos de cuando estaban vivos.

Se logra así un perturbador panóptico de Costa Rica, de la extrema complejidad de su mundo, de sus categorías, de sus relaciones, de su pluralidad de perspectivas.

No obstante, y en un primer momento, al lector que recorra sus páginas quizás pueda parecer que es una novela sobre la guerra atroz y borradora, un libro sobre las pugnas y enfrentamientos que conformaron el sangriento parto de la nación costarricense.

Puede sacar eso en limpio cualquiera que siga la trayectoria del colibrí –nuestro particular Virgilio aéreo, con su corazón que late 1.200 veces por minuto– y se encuentre las revueltas indígenas contra los españoles, o bien con el despótico y mesiánico William Walker y su lema Five o None , debido a su obsesión por conquistar las cinco repúblicas centroamericanas, o bien se mezcle en los zafarranchos de los mineros contra la explotación de The Costa Rica Pacific Gold Mining.

Sin embargo, esa sería una lectura incompleta porque Dorelia Barahona ha leído con aprovechamiento la afirmación de Scott Fitzgerald acerca de que toda vida consiste en acercarse y alejarse de una sola frase: “Te quiero”. En efecto, La ruta de las esferas es una novela de amor, de ese –como la autora escribe–, mundo complicado de afectos por expresar y palabras por decir.

Son el amor de Francisca por Gil, a pesar de borracheras e infidelidades; el de Nicolás por Mercedes, por mucho que esta se empeñase en que no se puede una dar el lujo de que un corazón mande sobre el destino pues esto sólo lo pueden hacer los ricos; el del héroe nacional Juan Rafael Mora por Inés, un amor hasta el último momento, justo antes de ser fusilado; el de Buenaventura por Josefa, que se comulgaban los secretos mirándose, o el de Buenaventura por Dulcehé o por Pilar; incluso el de Minor Keith por su esposa Cristina.

A la postre, siempre es la búsqueda de unos ojos donde mirarse, un corazón donde sentirse, una memoria donde recordarse: una parte que busca otra parte.

Sin embargo, en esta novela no sólo los personajes sienten: también el aire y el tiempo porque Barahona ha impuesto las manos a Costa Rica, como Buenaventura se las imponía a Cristina para invadir cada una de sus partículas.

Ha tallado un libro al igual que Buenaventura tallaba las piedras brutas a cincel y mazo, para poner orden en el caos, hasta conseguir, a fin de retratar el hermoso y terrible espectáculo de la vida humana, una gran y perfecta esfera de literatura.

IGNACIO DEL VALLE ES AUTOR DE LA NOVELA ‘EL TIEMPO DE LOS EMPERADORES EXTRAÑOS’, PREMIO DE LA CRÍTICA DE ASTURIAS del 2007.

Suplemento Áncora Periódico La Nación 20 abril 2008

La literatura plebeya de ‘Sinatra’

marfuerte @ 01:21

Voluntad y mito Alfredo Oreamuno superó el alcoholismo, y para algunos es hoy un ‘escritor de culto’LiteraturaLa literatura plebeya de ‘Sinatra’

Alexánder Sánchez Mora | alsanchezm@gmail.com
En 1935, Clodomiro Picado acuñó una frase que aún hoy conserva mucho de su validez: “En Costa Rica resulta más difícil deshacerse de un libro que hacerlo”. A pesar de tan poco halagüeño panorama, durante la década de 1970, un escritor ajeno al medio intelectual y sin preparación formal fue el centro de un fenómeno que, en nuestro reducido espacio literario, bien podría llamarse “de masas”.

En tan solo un año se vendieron cinco ediciones (31.000 ejemplares en total) de Un harapo en el camino , la primera novela de Alfredo Oreamuno, conocido como “Sinatra” por su parecido con el cantante Frank Sinatra.

El éxito del libro fue tal que Radio Columbia transmitió una adaptación radiofónica durante los primeros meses de 1972. En enero de ese año, un grupo de diecinueve diputados publicó, en varios periódicos, una carta en la que instaban al jurado del premio nacional Aquileo J. Echeverría a tener en cuenta “los méritos del escritor nacional don Alfredo Oreamuno Quirós”.

Incluso, se llegó a afirmar que el escritor había firmado un contrato en México con la Editorial Novaro para lanzar una nueva edición, producir una telenovela y una película, esta última dirigida por René Cardona y filmada en Costa Rica.

Vida. Alfredo Oreamuno Quirós nació en 1922. Estudió en el Liceo de Costa Rica, de donde fue expulsado. Aún muy joven trabajó en el Canal de Panamá, se embarcó en un pesquero que se dirigía hacia las islas Galápagos y en un buque petrolero que recorría el Caribe. Regresó a Costa Rica en 1943 y participó en la construcción de la carretera Interamericana.

A partir de 1946 incursionó en el campo de las agencias de viajes, por entonces incipiente. Esta actividad le deparó crecientes ingresos, pero junto con el bienestar económico vino también la vida bohemia:

“Así, paulatinamente, como quien no quiere la cosa me fui adelantando en el vicio del licor, penoso y largo camino que recorrer y que estaba inmisericordemente destinado para mí. A pesar de todos los esfuerzos que hice para detenerme, no lo conseguía. Vivía en la antesala de la muerte sentenciado sin remedio, como todo aquel que bebe con ansias irrefrenables”.

Durante quince años, desde 1948 hasta 1963, Sinatra se convertiría en “un residuo de carroña”, según sus propias palabras.

Por fin, el 23 de noviembre de 1963, en un acto supremo de voluntad, Sinatra dejó el alcohol. Se encerró por tres meses en la Tercera Comisaría de la Guardia Civil en San José, donde inició el lento y doloroso proceso de desintoxicación. Colaboró durante la emergencia provocada por la erupción del volcán Irazú y, poco después, entró a laborar en el Departamento de Ingeniería de la Defensa Civil.

En 1976, Sinatra murió en forma repentina. Así acabó la meteórica carrera literaria de un hombre que escribió, según confesó, con el doble propósito de entretener y advertir a los jóvenes sobre las consecuencias de la adicción.

Sus libros. A lo largo de siete años, desde 1970 hasta su muerte, Oreamuno publicó anualmente un libro. Cada uno de ellos se adentra en el mundo de la plebe urbana, un espacio dominado por cantinas y prostíbulos, e intenta demostrar que la degradación alcanza todos los niveles sociales.

Un harapo en el camino (1970) relata las andanzas de Sinatra y sus amigos: Cailoto, Ñato Rigo, Juan Anafres y otros. Este recuento –que Alberto Cañas calificó de “picaresca macabra”– ofrece, desde la perspectiva de los sujetos marginales, la visión de una Costa Rica escindida que procura olvidar sus desechos humanos.

Noches sin nombre (1971) es la continuación de Un harapo en el camino . Durante una larga noche en una banca del parque Central de San José, el narrador –como una moderna Sherezade alcohólica en vías de recuperación– cuenta las peripecias de su vida de adicción e indigencia a un desconocido que lo ha increpado por un antiguo robo.

La narración se construye como un relato-marco a partir del cual se desgranan pequeñas historias; esta es la técnica que se conoce como “juego de cajas chinas”, de la cual Las mil y una noches es el más celebrado ejemplo.

El callejón de los perdidos (1972) continúa la misma línea de los dos libros anteriores. En una vecindad, cuyo apelativo da título al libro y da cuenta de su sordidez, se entrelazan personajes que tienen en común la marginalidad: drogadictos, pedófilos, proxenetas, prostitutas, delincuentes de todo tipo.

Mamá Filiponda (o Las princesas del dólar) (1973) es el primer texto de Sinatra que procura alejarse del recuento autobiográfico. La historia de Mamá Filiponda, desde muy joven famosa por su belleza, ofrece una reconstrucción del mundo de la prostitución en la zona bananera de Puerto Cortés y en los barrios del sur de San José durante las décadas de 1940 y 1950.

En la novela Terciopelo (1974) se relatan las andanzas de un ladrón solitario y atormentado que afronta tanto sus propios fantasmas como las intrigas de sus colegas. Este delincuente de buen corazón desnuda la doble moral de una sociedad carcomida por el vicio: “Y seguía conversando consigo mismo: ¿la verdad?: es que yo le robo al ladrón, yo escojo al que mal pudiera llamarse víctima; a otros peores que yo: a los burgueses con excepciones [sic], plagados de pecado, putería y mala entraña”.

El jardín de los locos (1975) reúne una serie de relatos escritos entre 1967 y 1974. En ellos, Sinatra se separa un tanto de su habitual reconstrucción de los bajos fondos y presenta una multiplicidad de historias que van desde el típico romance de oficina hasta la amistad entre un niño y un anciano.

Su última novela fue Las hijas de la carraca (1976), cuya acción transcurre en la región bananera del Pacífico Central durante la época de la fundación de Parrita y en la zona aurífera de la península de Osa; allí, una vieja prostituta, la “Carraca”, regenta un miserable burdel. En un ambiente degradado en el que se mezclan la violencia, la enfermedad y el desarraigo, el protagonista actúa como un héroe trágico en busca de venganza por una pena de amor.

Crítica. Ante la aceptación popular, la opinión de los críticos se dividió. Para unos, se trataba de los relatos autobiográficos de un hombre de valor singular que había tenido la entereza de sobreponerse a la adicción al alcohol y de desnudar su pasado en forma sobrecogedora.

Otros –entre los que destacaba el periodista Enrique Benavides– consideraban que los textos de Sinatra carecían de valor estético y que se limitaban a reproducir una realidad vulgar sin ningún tratamiento literario.

Sinatra se defendió alegando que él no era escritor: “Hago lo que haría un carpintero sin aspirar a ser un arquitecto. Yo tengo mi experiencia, otros, sus conocimientos literarios”. En efecto, el lector no debe esperar en ellos un muy logrado trabajo estético pues están lejos de ser un dechado de perfección formal: la escritura es descuidada, plagada de reiteraciones, e, incluso, de incoherencias sintácticas y gruesas faltas ortográficas.

Pese a sus limitaciones formales, estas novelas son de relevancia para la historia literaria costarricense pues representan una mirada privilegiada a una Costa Rica hasta ese momento casi invisible.

Sinatra se convirtió en el cronista de los costarricenses que no llegaron a gozar de la época de oro para la clase media impulsada por la brillante expansión económica de las décadas de 1950 y 1960 y las políticas sociales reformistas. En medio de ese ambiente confiado y de relativa opulencia, su universo narrativo muestra las contradicciones que bullían bajo la armónica superficie y que no pararían de crecer durante los años setenta.

Aunque sus narraciones fueron descalificadas como subliterarias y no han sido reeditadas desde su ya lejana primera publicación, son todavía objeto de culto para un sector de fieles lectores que las persiguen en las ventas de libros usados. Por su parte, la crítica literaria tiene por delante la tarea de efectuar el análisis de su persistente fama.

EL AUTOR ES PROFESOR DE LA ESCUELA DE FILOLOGÍA, LINGÜÍSTICA Y LITERATURA Y MIEMBRO DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES LINGÜÍSTICAS DEL LA UCR.

Suplemento Áncora. periódico La Nación 19 abril 2008.

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