Para Enrique Obregón, su Sra. y Manuel, también Obregón, y su piano
Rufino Gil Pacheco
Había una radio que nos remontaba al pasado a través de los recuerdos que la música transmitía. Tangos, boleros, guarachas, merengues, baladas, mambos y pasillos, pasacalles y pasodobles. No oíamos danzones ni danzonetes, no sé por qué razón.
Cuando matutinamente emprendíamos nuestras labores, esa radio nos acompañaba como un eco del ayer. Era tan agradable recibir la música mañanera preñada de recuerdos, de suaves y cadenciosas melodías que hablaban de una época sin estridencias, sin altos decibeles que destrozan el oído y al cerebro atormenta.
Emisora que enfilaba sus ondas y quería ser oída por nuestra generación, la del Atletic Club, la del Catarina, la del Kit-Kat Club, la del Amón, la del Imperial, la de los que bailáramos en el Roof Garden del Hotel Costa Rica, al compás de las orquestas conducidas por Gilberto Murillo y Julio Barquero.
Generación que compartía todas las armonías, los pasos, los pases y las poses, que el bolero, la conga y el tango exigían y después se marchaba para encontrarse de nuevo en la Pila Volio, en Ojo de Agua, en el Balneario de Patarrá, en el Frontón Jai-Alai, o en el Estadio Mendoza. No existía en ese entonces, ni la piscina del Tenis Club, ni la del Costa Rica Country Club y mucho menos el Indoor Club, donde poder fortalecer el músculo, ya que el espíritu lo traíamos fortalecido, lleno de melodías que luego se transmitían en el programa para automovilistas, matutino y dominguero: “Melodías al Volante”, en Radio Titania; programa que patrocinaba la agencia de automóviles Morris de la cual era socio y gerente quien esto escribe.
Guardo en mi escritorio una foto tomada en Ojo de Agua de los nadadores de hace sesenta y cinco años: Rodrigo Sotela, Rogelio Sotela, Rafael Sotela, Daniel Oduber, Rufino Gil, solo quedamos dos de todos ellos.
Cuando enfilábamos rumbo a casa, Mr. ECO nos dejaba en “Noche de Tangos”, programa preparado “pensando en usted”, toda la emoción de una noche de tangos.
Eran: Gardel, Hugo del Carril, Libertad Lamarque, la Orquesta de Canaro, que tantas veces nos alegró y nos prendió nostalgias en el Año Nuevo en el Club Unión.
La noche lluviosa y húmeda, relampagueante de oscuros, de tortuosas callecillas, de trampas llenas de agua, huecos donde los faroles esfondan su luz de andar. Melodías al volante, en esas noches de tangos, te transportaban al Buenos Aires querido, la tierra del tango, del Río de la Plata, dulzón, milonguero, trasnochado y vejete.
Y llegábamos con sus melodías a la Boca, en Buenos Aires, donde los viejos bodegones te esperan con el payador asido a su guitarra, donde las celosías de desteñida y húmeda madera te aguardan y donde la luz, sin sombra, es una sola sombra larga y tenue y el bombillo escueto y solitario alumbra la estancia donde se alberga la pebeta, trasnochada y difusa, colgando su ropaje en el balcón de enfrente, te habla de soledades y misteriosos.
“Caminito que el tiempo ha borrado,
que juntos un día nos viste pasar,
una sombra tan solo serás,
una sombra lo mismo que yo.
Yira, Yira...
tengo miedo del encuentro,
parecía un gallo desplumao,
una percha en el escote,
una arruga en el gogote.
Silencio en la noche,
ya todo está en calma.
Entonces tu tenías dieciocho primaveras
yo veinte y el tesoro preciado de cantar,
te engrupieron los otarios
los amigos y el gabión,
y la puerta se cerró detrás de ti.
La milonga entre magnates
con sus locas pretensiones
se te metieron muy hondo
en tu pobre corazón.
Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida,
tengo miedo del encuentro,
mejor apagá la luz!”.
El Riachuelo, pequeño brazo del Río de la Plata, sucio y destartalado, inspirador de “Niebla del Riachuelo”. La calle “Corrientes”, donde con ilusión se busca el 3-4-8 segundo piso ascensor, que ya no existe y no se sabe si existió y nos dejó “todo a media luz, crepúsculo interior”.
Los chinchulines, el asado, la parrillada, comidos golosamente en los restaurantes de la costanera, profusamente distribuidos en la orilla del Plata.
Y en la noche la calle Lavalle, trasnochadora y paseante pues solo peatones se permiten en ella y en sus cercanías el teatro de “variettes” el famoso Maipó; todos los recuerdos agolpándose en una noche de tangos.
Seguramente había una hábil mano conductora detrás de estos programas, ¿Sería Mr. Eco? cómo también debió existir en Radio Uno para el auditorio juvenil, con estridencias instrumentadas, en Radio Cucú con música típica mexicana, de mariachis, Radio 1000 para los musicodisquistas, antes tan variada, donde solamente música disco tocan ahora. ¡Ojalá no se les raye el disco!
Una mano directora tras la formidable Faro del Caribe, cultural, donde se conversa con Cristo y con el Hermano Pablo y al ser las ocho, con la música del continente: la “folk music” norteamericana, Glen Miller y su saxofón, Guy Lombardo y su clarinete, Dupe Ellington y su piano, Bob Amstrong con su carnosa voz, valsecitos peruanos y marineras, Chabuca Granda con “La Flor de la Canela”, su “Fina estampa” y “José Antonio”, Lucha Reyes, la Morena de Oro del Perú, los Tres Paraguayos interpretando “Mis noches sin ti”, “Recuerdo de Ypacarai”, “Curuzú Verá”, “India”; los tiples dando vida a los pasillos ecuatorianos y a los bambucos colombianos; la flauta y los instrumentos de percusión con las melodías y sones del altiplano, el arpa paraguaya, el bandoneón porteño, la cueca chilena, el joropo venezolano, todos ellos nos llegan a través de las ondas hertzianas y del eco.
¡Dichosa integración americana, la que nos da la música!
periódico La prensa Libre 13 mayo 2008.