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RESONOCO

Categoría: otros

11/03/2008 GMT 1

Columna Desde mi espejo

marfuerte @ 02:22

Aún existen caballeros

Haydée de lev

Ayer al doblar para tomar la calle 10, lo hice muy cerca de la acera, sin percatarme de que había un desnivel largo y muy profundo.

Como resultado, mi sufrido y maltratado carro cayó en el desnivel y, por más que traté de moverlo, no pude.

Delante de mi automóvil, orillado, estaba un vehículo de la Fuerza Pública. Ambos ocupantes se bajaron y se acercaron a mí, que continuaba sentada al volante. Con gran amabilidad me saludaron y dieron una vuelta de inspección alrededor de mi carro.

Sobre la avenida 10, a pocos pasos, de una grúa oficial bajó el conductor para ver en qué podía colaborar y, por si esto fuera poco, tres jóvenes cruzaron la calle y me ofrecieron ayuda.

Yo era la única que no podía hacer nada pues la puerta de la izquierda estaba prensada contra la acera. El grupo deliberó unos instantes y llegó a la conclusión de que lo mejor era alzar el carro (conmigo dentro) y sacarme del apuro.

Y dicho y hecho: en un par de minutos estábamos el vehículo y yo sobre la calle. Los agradecimientos brotaron de mí calurosamente. Y aún más, uno de los policías retrocedió y dijo que me convenía ir a un taller porque podía haberse dañado el cárter y podría derramarse el aceite del motor. Saludó y se fueron todos.

Puse en marcha mi carro mientras pensaba en el privilegio de haber obtenido la gentil ayuda de seis caballeros, porque aún quedan algunos ¿verdad?
periódico Al Día 1 marzo 2008

08/03/2008 GMT 1

ESAS COSAS RARAS

marfuerte @ 21:34

María Elena Jiménez Vega
mjimenez@prensalibre.co.cr
“Doy gracias a la vida, que me ha dado tanto...” Definitivamente a veces no valoramos el estar vivitos y coleando.

El martes estuve en el hospital San Juan de Dios. Ese día acompañé a mi madre a una cita médica. Bien dice el dicho: no hay cosa más triste que un hospital.

Llegamos al sector de Ortopedia y, tras confirmar la cita, tuvimos además que informar la realización un examen realizado a finales de noviembre, cuyo resultado debía ser revisado por él médico. Padecimos unos minutos de zozobra, el examen de medicina nuclear no aparecía. La enfermera no andaba de buenas, si el examen se había extraviado, nada se podía hacer. Se tendría que reprogramar.

Mientras, por el salón pasaron a un niño recién nacido en incubadora. Luego a otro más chiquitito aun. Una señora con bastón le pidió el campo a un menor de edad, porque no aguantaba estar más de pie y otra señora se quejaba por las horas que llevaba en espera y al parecer no había desayunado.

Contaron que ese día, al menos no había mucha gente y que los ventiladores funcionaban. Pero es fácil imaginar con nuestro sistema de salud aquella sala abarrotada de pacientes con algún malestar y con un calor infernal.

Al cabo de dos horas de espera apareció el examen y luego el doctor nos hizo pasar a su consultorio.

El cuarto, conformado únicamente por una camilla, una cortina de tela arrugada con la insignia de la CCSS (Caja Costarricense de Seguro Social), tres sillas distintas y un escritorio sin nada más que unas hojas mal cortadas en pequeños tamaños y el expediente. Ni siquiera había teléfono, el médico mucho menos contaba con una computadora.

Al menos el doctor, un hombre joven y bastante alto por cierto, se comportó amable, algo usual en él, según las referencias de otros pacientes. Sin embargo, queda un sabor a nada tras esperar una cita durante medio año o más, que se evapora en diez minutos. El médico abrió el expediente y explicó en qué consistía el padecimiento de mi madre.

No la revisó ni mucho menos, lo que necesitaba saber estaba en el expediente. Según dijo, nada se puede hacer. Su padecimiento es como llevar un mal matrimonio, dijo el médico.

Entonces me pregunté: ¿cuántos malos matrimonios de este tipo hay? Posiblemente muchos. Pero, ¿cuántos con posibilidades de ser llevaderos? Tal vez pocos. Uno de los niños que pasó en incubadora murió esa tarde. El enfermero puso una mantilla para taparlo, mientras un aparato no dejaba de sonar, tic tic tic, como queriendo alertar lo ocurrido.

Mi madre lloró después. Fue cuando le dije que en ese consultorio no me dieron un diagnóstico fatalista, y lo único que necesito es que ella esté viva. Lo demás se resolverá, obviamente con un especialista que atienda en su consultorio y con medicamentos más eficaces, que se tendrán que comprar.

Aun con todo, doy gracias a la vida, que me ha dado tanto.

periódico La Prensa Libre 29 febrero 2008

Columna A FONDO

marfuerte @ 02:40

José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
La noticia sobre una empresa rusa dedicada al establecimiento de casinos que pretende afincarse en Costa Rica, debería de provocar una alarma general. Dichosamente vemos una reacción muy digna y defensora de parte de las autoridades gubernamentales, quienes están tratando de traerse a su campo de batalla a los alcaldes municipales de donde podrían ubicarse estos negocios. Ojalá que uno que otro de ellos, que gusta de aparecer continuamente en la farándula echándose unas canitas al aire e ideando negocios de bares y vacilones en su cantón, no se le ocurra sentirse en onda y acceda a la instalación de estos casinos.

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En sí mismos no son centros de lenocinio ni perdición, como lo califican algunos. Hemos dicho en estas columnas que alguna vez visitamos uno de ellos con el fin de observar. Y no vimos ni prostitutas, ni jóvenes, ni borrachos. Vimos solo a gente adulta, dentro de la cual había alguna que apostaba el dinero que a todas luces, supone que debió de haber sido destinado a los menesteres de sus hogares. Su vestimenta y la ansiedad de su rostro lo decía todo.

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Sin embargo, hay por las inmediaciones del centro de la capital, otros en los que basta pasar por el frente en nuestro vehículo, para darse cuenta de que son un centro de acopio de todos los vicios, al mirar la cantidad y calidad de sus clientes. Y especialmente de sus “clientas”.

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El solo pensar que se masifique la presencia de casinos por las ciudades y playas, con el abolengo que otorga la condición de rusos, nos para el pelo.

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Porque si el refrán popular dice de que en “arca abierta hasta el justo peca”, no nos imaginamos la proliferación de estas arcas. Si algo no permite disparar el vicio o la pérdida del dinero familiar, es en parte que no haya tanta oferta de casinos. Por sobre abundar estos, sobre abundará lo demás.

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Está bien, está muy bien el declarar la guerra de antemano. El gobierno tiene todos los medios para hacerlo. Que apriete, que persiga, que fiscalice hasta la asfixia a los hoteles que les abran las puertas. En fin, que envíe el mensaje al mundo que diga que Costa Rica no es, ya, un sitio de venta de decencia.

periódico La Prensa Libre 28 febrero 2008.

Columna Pido la palabra

marfuerte @ 02:33

Salario ajeno

Roxana Zúñiga Quesada
ropazu@racsa.co.cr

Lo malo de las argollas, dicen muy cínicamente, es no pertenecer a ellas. Igual ocurre con los salarios y sus aumentos: lo duro es que nos dejen fuera.

Pocas cosas atraen más que vinear en los ingresos ajenos. He visto gente practicar impresionantes malabares con los ojos para observar el sueldo del jefe en la orden patronal. Ni el último secreto de Fátima suscita tanto interés como saber cuánto percibe “ése que no hace nada”.

Conocer los billetes que llegan al mes a alguien es una tentación; por eso, siempre es noticia.

Dos “salarios notables” han sufrido prensa últimamente: los ¢5 millones del presidente del ICE, Pedro Pablo Quirós, y los ¢8,7 millones de Hernán Medford.

Y el diablillo de la calculadora no resistió hacer números.

El jerarca de La Sabana, con jornada de ocho horas, cinco días a la semana (aunque todos sabemos que debe trabajar más) se embolsa ¢168 mil por día; ¢21 mil por hora, y ¢350, por minuto.

El entrenador nacional, bajo el mismo supuesto de horario, rondaría los ¢290 mil por día; ¢36.250 por hora, y ¢604, por minuto.

Cuando Quirós nos explica en una hora el porqué del aumento tarifario pedido recientemente, cuatro “tucanes” hacen plácido nido en su cuenta bancaria.

Y cuando el director técnico gasta una hora en pelearse con un periodista, otras siete de esas aves emigran hacia su chequera. (El minuto que gastaba al ponerse la gorra del casino era de pago triple).

¡Ah, salario, cuánta imaginación despiertas!

periódico Al Día 28 febrero 2008

06/03/2008 GMT 1

Columna Desde mi espejo

marfuerte @ 01:25

Crepúsculos románticos

Haydée de Lev, actriz
redaccion@aldia.co.cr

En un salón de baile para adultos mayores en Nueva York, vi a los danzantes con una sonrisa que reflejaba el disfrute y la alegría del baile. Vi a adultos mayores bailando en las aceras en Taipei, y no era música tradicional taiwanesa sino la música popular que se oye en casi todo el mundo.

Lo observé, nuevamente, en San Juan, Puerto Rico, y me dije: “Esto hay que hacerlo en Costa Rica”.

Le propuse la idea a Lylliam Quesada, directora del Departamento de Servicios Culturales de la Municipalidad de San José, que a su vez la expuso al alcalde y al Concejo Municipal, quienes aprobaron el proyecto y contactaron a grupos organizados de la vecindad de Aranjuez y a Beatriz Fernández de Hütt, administradora del Polideportivo Aranjuez.

Con la promotora cultural María José Callejas y su equipo de trabajo, más la colaboración de muchas personas, el viernes 15 de este mes comenzaron en el Polideportivo Aranjuez nuestros “Crepúsculos Románticos” para adultos mayores, con música bailable de la época de nuestros invitados.

Desde las 3 p.m. hasta las 5 p.m., las sonrisas iluminaron el espacio donde brindaremos, cada viernes, dos horas gratuitas de felicidad para nuestros tantas veces olvidados adultos mayores.

Si usted está en esa categoría, venga, acompáñenos y diviértase por dos horas porque el baile es vida y hay que aprovecharla ahora.
periódico Al Día 23 febrero 2008

05/03/2008 GMT 1

Columna Pido la palabra

marfuerte @ 01:44

El chayote y Chang

Roxána Zúñiga Quesada
ropazu@racsa.co.cr

Cuentan que una costarricense se marchó a Estados Unidos en busca del “$ueño” americano. Iba con la ilusión de un cartago o un herediano ante un campeonato de fútbol.

Estuvo tres meses hasta que la “Migra” la apresó cuando regresaba de hacer las abundantes compras en el súper. Los patrones se quedaron sin empleada y la doméstica, sin hogar. La pérdida, de cualquier marca que sea, deja un hoyo negro en el alma.

Sabía que Tiquicia era su destino, pero el fracaso no lo asumió con madurez ni sabiduría. Deseaba que envidiaran su triunfo y, para ello, nada como el fachenteo. Tras retornar al “paraíso de la bajada de piso”, un familiar la invitó a comer olla de carne. Cuando le sirvieron el humeante manjar, los plátanos cayeron tiesos, el camote se volvió loco, la yuca empezó a mentir, el tacaco se puso verde del colerón y el elote pelaba los dientes…

¿Qué fue lo que pasó? La compatriota, al mirar el plato, expresó con candidez estúpida: “Oh, ¿qué es esta verdura?”, y señalaba al chayote. ¡Tan solo 90 días fuera y había olvidado el fruto de esa enramada!

Gracias a Dios no todos son igual de bobos. Existe, por ejemplo, el magnífico ejemplo de Franklin Chang, quien, aun con sus logros y méritos, nunca ha perdido la humildad.

Este insigne científico impartió la lección inaugural del INA con la sencillez de quien se come la empanada de frijol y toma el fresco de frutas. Los grandes auténticos no necesitan olvidarse del delicioso picadillo de chayote
periódico Al Día 21 febrero 2008

Columna CHISPORROTEOS

marfuerte @ 01:40

Alberto F. Cañas

Surge a veces un detalle satisfactorio en medio de la inconformidad que entre mucha gente consciente y preocupada viene despertando la progresiva decadencia de los llamados premios nacionales, con el Magón convertido en un benemeritazgo no legislativo, y los Aquileos repartidos con frecuencia por jurados incompetentes y novatos, incluso entre escritores extranjeros, y alguna vez (según me lo confesó algún miembro de ese jurado que votó en contra), basándose en que el autor agraciado pasaba por dificultades económicas, culpa esto del bien intencionado error que cometió Aída Fishman cuando multiplicó el contenido económico de los premios, despertando codicias que antaño no existieron, en medio de la inconformidad, venía diciendo, aparece a veces un detalle que satisface no sólo culturalmente sino espiritualmente.

Es cierto que los jurados se niegan a reconocer en Gerardo Campos al más extraordinario cuentista que haya aparecido en este país en muchos años, al igual que como se negaron sistemáticamente a otro notable cuentista, Carlos Luis Altamirano, siempre, a lo que parece, buscando veinteañeros cuya madurez cabría esperar, pero la verdad de todo esto es que la culpa de los errores no es de los jurados, sino de las entidades que los nombran, frecuentemente con personas totalmente desconocidas en el medio.

Este año, el detalle satisfactorio es que por fin el Aquileo le haya reconocido su talento y su valor a Rodolfo Arias Formoso, premiándole su tercera novela.

Las dos primeras: El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios (1991) y Vamos para Panamá (1997). Fueron revelaciones. La primera mostró a un escritor no por novel menos dueño de sus medios de expresión y con gran sentido del lenguaje, escrita en el lenguaje cotidiano de los ticos como captado por una grabadora, y sin arrumacos literarios. La segunda, reveló a un narrador extraordinario capaz de mantener al lector, como dicen, al borde del asiento, creando un suspenso como la literatura costarricense no había producido antes.

La nueva novela de este actor es más subjetiva, más interior. Capitaliza experiencias no solo personales sino también generacionales, y es por lo tanto, más ambiciosa y más lírica (si cabe el término) que las anteriores. Y en ella se consolida el notable escritor que no aparecía hace diecisiete años y que, estoy seguro, impulsado por el premio Aquileo (que todavía ayuda y no se ha choteado del todo), tendrá un merecidísimo éxito de ventas.

Digo esto, a conciencia de que a mi juicio, esta novela no tiene la originalidad de las anteriores, pues su tema, en términos generales, ha sido ya tratado por otros escritores coetáneos de Rodolfo Arias. Pero la verdad es que, si bien la originalidad puede ser una virtud y a veces lo es, no es una virtud imprescindible, y más mérito puede a veces tener una obra cuando comparte tema, personajes o situaciones que otras ya han explorado.

Tanto es así, que si bien esta nueva novela, como queda dicho, no tiene los dones de originalidad y novedad que enaltecieron las dos primeras de su autor, es una de las mejores que han aparecido en este país en los últimos años, por lo cual debemos, no sólo congratular a su autor sino congratularnos todos a nosotros mismos: la literatura costarricense sigue en pie y creciendo.

afcanas@intnet.co.cr periódico La República 20 febrero 2008

04/03/2008 GMT 1

Columna Con la gente

marfuerte @ 00:40

LA FUERZA DEL CONOCIMIENTO
Dr. Oscar Arias Sánchez
Presidente de la República
El crítico literario norteamericano, George Steiner, escribió que “de una manera evidente y a la vez misteriosa, el poema o el drama o la novela se aprovechan de nuestra imaginación. No somos los mismos cuando terminamos la obra que cuando la empezamos… Las grandes obras de arte pasan a través de nosotros como vientos de tormenta, abriendo de golpe las puertas de nuestra percepción, presionando sobre la arquitectura de nuestras creencias”.

No tiene sentido leer un libro si no nos va a cambiar la vida; no tiene sentido presenciar una obra de teatro si no nos va a poner a pensar sobre nosotros mismos; no tiene sentido escuchar un concierto si no vamos a salir de él experimentando todo tipo de emociones nuevas e intensas. Vivir el arte es más que un ejercicio de contemplación: es un ejercicio de participación, en el que están involucrados nuestros prejuicios y nuestras creencias, nuestros gustos y nuestras inclinaciones, nuestros hábitos y nuestras formas de vida. Quien quiera aproximarse al arte deberá estar dispuesto a arriesgar cuando menos un poco de sí.

Dentro de algunos días, se estrenará en San José una de las más dramáticas óperas de todos los tiempos, Rigoletto, del compositor italiano Giuseppe Verdi. Para quienes no han podido escucharla, esta será una oportunidad excepcional de ver al sardónico bufón de la Corte del Duque de Mantua. Pero será, también, una oportunidad excepcional para reflexionar sobre sus propias vidas. Particularmente, creo que será una ocasión ideal para meditar sobre el tipo de educación que estamos dando a nuestros hijos, ahora que nos encontramos en el inicio del curso lectivo.

A pesar de los 157 años que han transcurrido desde su estreno, Rigoletto puede ser hoy la metáfora de cualquier madre o padre sobreprotector. Obsesionado con evitarle a Gilda, su hija, los males del mundo que la rodean, Rigoletto decide mantenerla encerrada entre murallas. Gilda vive entonces en medio de un ambiente artificial, y su ignorancia la hace infinitamente más propensa a caer en las trampas del mundo exterior. Las murallas no logran impedir que el Duque de Mantua conquiste a la inocente Gilda, y que juegue con ella hasta destrozar su corazón, y en última instancia, su vida, con la trágica intervención de Rigoletto.

Es tan solo natural que un padre quiera proteger a sus hijos, pero antes de hacerlo debe preguntarse cuáles son los peores enemigos y dónde están los verdaderos peligros. Yo les aseguro que la ignorancia es mucho más peligrosa que el asaltante de la esquina. Vivimos en un mundo maravilloso, y sin embargo abunda en él la traición y la mentira, el consumismo y la superficialidad, la frustración y la burla, la violencia y la agresión. Sólo el conocimiento es un arma lo suficientemente afilada para doblegar la cobardía, para traspasar la falsedad, para derrotar la indignidad. Ninguna muralla podrá evitar que nuestros hijos se enfrenten a las vilezas de la sociedad, pero cuando ese día llegue, es mejor que los encuentre armados con la espada de la verdad y el escudo de la sabiduría.
Diario Extra 18 febrero 2008

Columna Pido la palabra

marfuerte @ 00:38

A esconderse

Ana Coralia Fernández, periodista
paradigma@racsa.co.cr

Fernando Contreras, autor del libro “Única mirando al mar”, empieza el relato con un hecho insólito: encuentran en el basurero de Río Azul a un anciano, personaje a quien habían tirado a la basura. Duele cuando la ficción y la realidad se conjugan en una curiosa mezcla agridulce.

Hace unas semanas uno de los muchachos que recoge la basura encontró a una bebé muerta en una bolsa con los residuos de la semana. Hace pocos días una pareja de cubanos fueron encontrados en un botadero.

Aunque las autoridades respectivas destinan recursos y “coco” a resolver los casos, todos tenemos el presentimiento de que ambos hallazgos quedarán impunes y se disolverán en el inmenso mar de sucesos que beneficia a los culpables.

Había una cancioncilla guarachera que rezaba: “A esconderse, que ahí viene la basura”, pícara alusión a que siendo uno parte de ésta, debía salir a esconderse.

Pero cuando ya empiezan a aparecer los cuerpos entre los desechos y bajo las cajas de cartón hay seres humanos sin comida, sin vida ni esperanza, ya la cosa no hace gracia.

Y qué lástima ver y escuchar esas noticias y solo decimos ¡qué barbaridad!, y corremos a la ferretería a comprar más picaportes para la puerta.

Sé que el tiempo y el destino, como en “Carmina Burana”, son ruedas que nunca se detienen y nos arrollan con su fuerza poderosa, pero el silencio es el mejor cómplice del horror, el miedo y la miseria.

La próxima vez que pase la basura, ¡cuidado!, a larga nosotros estaremos dentro de la bolsa verde “cangureados”.
periódico Al Día 17 febrero 2008

01/03/2008 GMT 1

Figuras

marfuerte @ 00:55

Enrique Obregón Valverde | enriqueobregon@yahoo.com

Me estaba mirando con sus grandes y bellos ojos de niño bueno

Abogado

Las personas que viajan, que visitan otros países, por lo general adquieren objetos pequeños que luego guardan como recuerdos. Son objetos de poco valor, aparentemente sin importancia, pero que, con el tiempo, agrada mirarlos y sentir que en ellos está impreso un paisaje al atardecer, la simpatía de quien nos atendió en un bazar o un agradable paseo por calles desconocidas.

Así como la mayor parte de los viajeros, yo también he adquirido y guardado algunas figurillas que de vez en cuando miro con cierta complacencia. Una mañana, distraídamente, cerré el libro que estaba leyendo y miré las figuras que tengo y que fueron colocadas, sin ningún orden, sobre el estante de la biblioteca. Entonces me parece que sonreí.

Primero está Confucio, estilizado, con gran seriedad, pensativo, adquirido en Hong Kong; recuerdo que cuando lo tenía en mis manos pensé en su afirmación de no haber entendido el Tao, después de su conversación con Lao-Tsé: “el Tao es como un gran dragón que vuela muy alto y nadie lo puede alcanzar”. Luego Pinocho, una linda estatuilla de sobresalientes colores, rojo, verde y blanco, que me regaló Clotilde Fonseca cuando visité su casa en Roma, atendiendo a una invitación para almorzar, en los días en que su esposo, mi buen amigo Francisco Antonio Pacheco, ejercía funciones de Embajador en Italia. Para esa época se conmemoraba el centenario de la publicación del libroPinocho , y los escaparates de todas las tiendas estaban repletos de pinochos de todo tamaño y color.

Para no olvidar. También está en mi estante la figura rústica de un hachero, de latón quemado, con un hacha en sus manos, un tanto retadoramente, que mi esposa me regaló, en un momento feliz, como para indicar que no me olvidara de que yo, en una época, había sido jornalero que chapeaba potreros, desyerbaba cañales y derribaba árboles en la montaña.

En el centro hay dos figuras de madera que compré en Moscú: un soldado debidamente uniformado, con malla metálica que le cubre la cabeza y el cuerpo hasta la cintura, inclinado reverentemente ante un sacerdote ortodoxo, de la época de los zares, que le da la bendición antes de partir para la guerra, y un mujik que conduce un trineo cargado de troncos y tirado por un caballo, en pleno invierno siberiano. Entonces recordé mi respuesta a un amigo que me preguntó, al regreso, mi impresión de la última capital de los zares: “Moscú es una ciudad propia para rusos y para osos”.

Después está un buda barrigón, carcajeante, con los brazos en alto, que me regaló un profesor de filosofía a la salida de su casa, en un lejano pueblecito de Taiwán. Y a su lado, en fila, un impresionante indio de barro, cargando un saco inmenso de maíz, con sus pantalones rotos y sus grandes pies descalzos (símbolo de una raza conquistada y de una gran civilización desaparecida), que adquirí en Lima cuando fui a dar charlas de democracia en Perú, sin existir allí democracia. A la par del indio peruano, una figura pequeña de bronce, claro y oscuro, del Quijote, que en Madrid, hace ya muchísimos años, una amiga me regaló para el día de mi cumpleaños.

Directamente con Dios. Finalmente, sobre un promontorio donde termina el mueble como un torreón, por encima de todos los demás, está la figura impresionante de Moisés, tallada en madera de milenario olivo, que compré en una tienda de Belén cuando recorría las tierras sagradas de Israel en compañía de mi esposa –en visita mística y sobrecogedora– y pensando que estábamos en el único lugar de la tierra en donde los hombres tenían por costumbre hablar directamente con Dios.

Pero regresé al inicio de la fila –obligado retorno– y descubrí que Pinocho estaba mirando detenidamente al hachero, es decir, me estaba mirando con sus grandes y bellos ojos de niño bueno. Me sorprendió el desmedido contraste y creo que fue por eso por lo que sonreí.
periódico La Nación 16 febrero 2008

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