Joschka Fischer* | *Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, lideró el Partido Verde de Alemania durante casi 20 años. @nacion.com | Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008 www.project-syndicate.org @nacion.com
La idea de una nueva Guerra Fría es engañosa
BERLIN – Después de su victoria sobre Georgia, Rusia perseguirá su estrategia de revisar el orden postsoviético en lo que llama su “exterior cercano” aún con mayor perseverancia. Europa no debería hacerse ilusiones al respecto y debería empezar a prepararse. Pero, mientras la Unión Europea evalúa qué hacer, el realismo frío, y no las reacciones exageradas e histéricas, es lo que surte efecto.
Desafortunadamente, comparar la situación actual en el Cáucaso con la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968 no da fe de este tipo de realismo. Ni Occidente ni la OTAN representan la amenaza estratégica decisiva que enfrenta Rusia, amenaza que proviene del sur islámico y del Lejano Oriente, en particular de la superpotencia en ascenso, China. Es más, la fortaleza de Rusia no es de ningún modo comparable con la de la ex-Unión Soviética.
De hecho, demográficamente, Rusia está experimentando una caída dramática. Más allá de las exportaciones de materias primas, tiene poco que ofrecer a la economía global.
A pesar de los ingresos pujantes provenientes del petróleo y del gas, su infraestructura sigue siendo subdesarrollada y la modernización económica exitosa aún está muy lejos. De la misma manera, su sistema político y legal es autoritario y sus numerosos problemas de minorías siguen sin encontrar solución. En consecuencia, el desafío actual por parte de Rusia a la integridad territorial de Georgia podría terminar siendo un grave error en un futuro no tan distante.
Idea engañosa. Dada esta debilidad estructural, la idea de una nueva Guerra Fría es engañosa. La Guerra Fría fue una carrera de resistencia entre dos rivales con fortalezas similares, el más débil de los cuales finalmente tuvo que rendirse. Rusia no tiene la capacidad de montar otra lucha de ese tipo. Sin embargo, como una gran potencia reconstruida, la nueva Rusia por el momento intentará aprovechar la estela que dejan otras grandes potencias siempre que esto coincida con sus posibilidades e intereses; se concentrará en su propia esfera de influencia y en su papel como potencia energética global y, de lo contrario, hará uso de sus oportunidades en una escala global para limitar el poder de Estados Unidos. Pero no podrá desafiar seriamente a Estados Unidos –o, mirando hacia el futuro, a China– como alguna vez lo hizo la Unión Soviética.
Hoy resulta evidente que, en el futuro, Rusia volverá a perseguir sus intereses vitales con la fuerza militar –particularmente en su “exterior cercano”–. Sin embargo, Europa nunca debe aceptar una reanudación de las políticas de gran potencia de Rusia, que opera según la idea de que el poder justifica la razón. Por cierto, es aquí donde empieza la renovada confrontación de Rusia con Occidente porque la nueva Europa se basa en el principio de la inviolabilidad de las fronteras, la resolución pacífica de los conflictos y el régimen de derecho, de modo que desistir de este principio en beneficio de zonas imperiales de influencia conduciría al auto-abandono. Una mayor expansión de la OTAN hacia el este, sin embargo, solo será posible haciendo frente a la feroz resistencia rusa. Este tipo de política tampoco creará una mayor seguridad, porque implica hacer promesas que no se cumplirán en una emergencia, como podemos ver ahora en Georgia.
Durante mucho tiempo, Occidente ignoró la recuperación de la fuerza de Rusia y no estaba preparado para aceptar las consecuencias. No obstante, no solo Rusia cambió; también el mundo entero. Los neoconservadores de Estados Unidos echaron a perder gran parte del poder y la autoridad moral de su país en una guerra innecesaria en Iraq, debilitando intencionalmente a la única potencia occidental global. China, India, Brasil, Rusia y el Golfo Pérsico hoy son los nuevos centros de crecimiento de la economía mundial y pronto serán centros de poder a tener en cuenta. En vista de estas realidades, la amenaza de exclusión del G8 realmente no parece desestabilizadora para Rusia. La desunión e impotencia de Europa subrayan esta imagen de un Occidente que perdió parcialmente el contacto con las realidades geopolíticas.
Varias medidas. La respuesta al retorno de una política de gran potencia imperial de Rusia no tiene nada que ver con castigar a Rusia y sí mucho que ver con establecer posiciones de poder innatamente occidentales –especialmente europeas–. Esto exige varias medidas:
un nuevo dinamismo político con respecto a Turquía para vincular a este país, crucial para la seguridad europea, permanentemente a Europa;
poner un freno a la política de dividir y conquistar de Moscú mediante la adopción de una política energética común para la UE;
una iniciativa seria para fortalecer las capacidades de defensa de Europa;
un mayor compromiso de la UE con Ucrania para salvaguardar su independencia;
una mayor libertad para viajar para todos los vecinos orientales de la UE.
Se necesita todo esto, y mucho más, para enviar una clara señal a Rusia de que Europa no está dispuesta a mantenerse ociosa mientras ella regresa a la política de gran potencia.
Presuntamente, nada de esto sucederá y es precisamente esta inacción la causa, en gran parte, de la fortaleza de Rusia y la debilidad de Europa. Al mismo tiempo, sin embargo, no deberíamos perder de vista los intereses conjuntos que vinculan a Rusia y Occidente. Deberían mantenerse las relaciones de cooperación hasta donde fuera posible.
Es claramente evidente que para las élites de Rusia, debilidad y cooperación son mutuamente excluyentes. Por lo tanto, quien quiera la cooperación con Rusia –que está en el interés de Europa– debe ser fuerte. Esta es la lección aprendida con la violencia en el Cáucaso que Europa debe tomar a pecho con suma urgencia.
periódico La Nación 3 setiembre 2008