Fania Oz-Salzberger
Solo quieren la muerte de Israel. Es así de sencillo
Fania Oz-Salzberger es profesora de Estudios Modernos sobre Israel en la Universidad Monash de Melbourne (Australia) y directora del Foro Posen de Investigaciones sobre Pensamiento Político en la Facultad de Derecho de la Universidad de Haifa (Israel). Es autora, entre otros, de los siguientes libros: Translating the Enlightenement (“Plasmación de la Ilustración”) e Israelies in Berlin (“Israelíes en Berlín”).
Imaginemos que nuestro vecino de la puerta de al lado, con el que hemos tenido una larga y sangrienta rencilla, saca una pistola y dispara a nuestras ventanas desde su sala de estar, atestada de mujeres y niños. De hecho, sostiene a su hija en su regazo, mientras intenta acertar a nuestros hijos. Declara que no cesará hasta que nuestra familia haya muerto y, además, no hay una policía que pueda intervenir. ¿Qué deberíamos hacer?
Una opción es la de no hacer nada o poco. Probamos por un tiempo. Al fin y al cabo, nuestro vecino es pobre y está traumatizado, hay una historia triste y complicada entre nosotros y él y nosotros tenemos parte de culpa. Pero al final, cuando un disparo alcanza el cuarto de nuestros hijos, consideramos que ya está bien y sacamos nuestra arma, que es mucho mejor. Intentamos lanzar un ataque controlado: apuntamos a la cabeza del que dispara e intentamos preservar a los inocentes.
En sentido abstracto, eso es lo que Israel está haciendo en este momento. Pero, con la sangre y el intenso dolor que han inundado Gaza en la última semana, ningún ataque puede ser controlado. Por mucho que Israel apunte solo a militantes, se van sacando cadáveres civiles de entre los escombros, porque, como ocurre con la casa de nuestro metafórico pistolero, los militantes y los civiles viven en el mismo espacio urbano en la franja de Gaza.
La ciudad de Gaza y Rafah están superpobladas y son pobres y más que nunca hacen las veces de campamentos militares. Los combatientes se entrenan junto a escuelas y los cohetes están almacenados en los sótanos de edificios de pisos. Según noticias recientes, los oficiales principales de Hamás se esconden actualmente en hospitales. Más de un millón de palestinos, privados de la posibilidad de huir a Egipto o a Israel, llevan años gobernados por una junta militar que concede prioridad a la muerte de israelíes, allende la frontera internacional, a toda costa.
Los civiles. Naturalmente, los civiles siempre han estado en la línea de fuego y de la conquista, desde Troya hasta Berlín, pero ningún régimen ha utilizado nunca a sus ciudadanos tan deliberadamente como instrumentos para inspirar compasión al mundo, como rehenes de las sensibilidades modernas. Mientras que las teorías de una guerra justa nos imponen la obligación de no herir a los no combatientes, Hamás y su brazo militar han adoptado una decisión consciente, aprovechándose de las preocupaciones humanitarias mundiales, para procurar que Israel afecte a la mayor cantidad posible de civiles.
Así, pues, aunque la actual guerra de Israel contra Gaza sea justa, como lo indican sus intentos de aplicar una represalia limitada y “mesurada” después de que a su retirada unilateral de Gaza siguieran ocho años de lanzamiento de cohetes por parte de Hamás, es también una guerra muy sucia. Hay un triste juego de suma cero entre el sufrimiento palestino y la soberanía, la seguridad y la vida normal de Israel.
La mayoría de los israelíes –incluso los que abrigan la esperanza de ver durante su vida una Palestina independiente y próspera– convienen en que al ataque a Hamás era necesario. A muchos otros no les gustaría ver al ejército israelí lanzar una invasión terrestre de Gaza. El primer ministro Ehud Olmert ha permitido atinadamente que convoyes de alimentos y medicinas entraran en Gaza durante los combates y los hospitales israelíes están tratando a varios ciudadanos heridos de Gaza.
Acusaciones generales. Israel desea con toda razón un acuerdo de cese el fuego internacionalmente garantizado y supervisado que ponga fin totalmente a los asaltos de Hamás contra su territorio, pero, cuando la opinión mundial despierte de su sueño vacacional, es probable que se vuelva contra Israel. Al fin y al cabo, Israel es el fuerte, la antigua potencia ocupante, el que mejor dispara. Su bombardeo de Gaza no es “proporcional”.
De hecho, no hay una simetría del sufrimiento a los dos lados de la frontera. Los habitantes de Gaza están en peor situación que los israelíes de cualquier modo concebible, pero, ¿significa eso que Israel debe dejar que sigan disparando contra él? ¿O debe responder “proporcionalmente” disparando de 10 a 80 cohetes, dirigidos indiscriminadamente contra hogares y escuelas de Gaza, todos los días durante los próximos años?
Los israelíes se han acostumbrado a las acusaciones generales. Es el tipo de mensaje que une a la nación, a la izquierda y la derecha, con una determinación inflexible. ¿Qué harían –preguntan los israelíes– otros países? ¿Es el sufrimiento civil del enemigo una baza mayor que la soberanía de Israel? ¿Mayor que el dolor real, aunque menos sangriento, y el temor de centenares de miles de israelíes por años? Olmert, el ministro de Defensa, Ehud Barack, y el ministro de Asuntos Exteriores, Tzippi Livni, han dejado de lado sus rivalidades políticas para organizar una respuesta: Israel debe acabar con los ataques con cohetes desde Gaza.
Rayo de esperanza. Ahora bien, la unidad de Israel puede durar poco. Es una democracia, no una nación con una sola voz y, con las elecciones generales convocadas para febrero, el debate continúa dentro del Gobierno y fuera de él. Si la campaña de Gaza resulta ser como la del Líbano, con una catástrofe en materia humanitaria, los bombardeos constantes contra civiles israelíes o ambas cosas, las críticas internas resonarán con fuerza y claridad. Pero incluso los oponentes de la segunda guerra de Olmert han de afrontar el hecho innegable de que Hamás es letal. Sus dirigentes, Haled Mash’al e Ismail Hanieh, no quieren ni paz ni avenencia, lo que redunda en perjuicio de su propio pueblo. Como su amigo y protector Mahmoud Ahmedinejad del Irán, quieren la muerte de Israel. Es así de sencillo.
Hay un rayo de esperanza gracias a que los dirigentes árabes moderados, incluido el ministro de Asuntos Exteriores de Egipto, han culpado abiertamente a Hamas de la triste situación actual de Gaza. Egipto, Arabia Saudí y Jordania están deseosos de mediar en pro de la paz y tal vez salvar a los palestinos de sus peores dirigentes. Israel ha avanzado mucho desde que el mundo árabe se propuso destruirlo. Por primera vez, destacadas voces árabes absuelven a Israel de la culpa total que algunos críticos occidentales siguen reprochándoles, indolentes.
De momento, Israel debe esforzarse por lograr la tregua más segura que pueda obtener, siempre y cuando Hamás deje de disparar desde su atestada sala de estar, pero, después de las elecciones de febrero, el próximo dirigente de Israel debe afrontar el imperativo que imponen los árabes moderados. Debe hablar directamente con la Liga Árabe, cuyo propuesto plan de paz requerirá una dura negociación israelí, pero es un punto de partida razonable para prevenir guerras futuras, incluidas las justas. Debe concederle una oportunidad.
PERIÓDICO LA NACIÓN 11 ENERO 2009