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RESONOCO

Categoría: teolog

07/05/2008 GMT 1

Desde la gradería

marfuerte @ 01:21

Mauricio Víquez Lizano

Seriedad y precisión son dos condiciones para opinar y para enseñar

Presbítero

Hace unos días leía un artículo de Agustín Ureña ( La Nación, Foro, 11/4/08) titulado E ducación religiosa, matrimonio e Inquisición . Debo confesar que el artículo me resultó algo raro, molesto, e incluso, difícil de ser captado como unidad. Dice el autor que es profesor universitario. No nos informa el susodicho acerca de la especialidad que enseña.

No debe ser profesor de Lógica el docente en cuestión porque el texto que nos presenta no parece indicarlo. Es seguro que no se dedica a ninguna rama del saber teológico porque no acierta en ninguna de las afirmaciones que rozan con esa parte intelectual del acto de fe que llamamos Teología. La Historia tampoco debe ser su fuerte y menos el Derecho. No logramos descubrir nada que, por la precisión mostrada, nos haga ubicar el campo de trabajo del profesor Ureña.

Enviado a las gradas. El artículo que aquí ocupa mi atención me ubica junto a todos los curas en la mera gradería. “Cómodo, seco, seguro”, soy enviado a las gradas “al calor de dogmas milenarios”. Allí debería sentirme ordinariamente un poco idiota, habitante de una especie de limbo etéreo que me impide enterarme de nada, ansioso de disfrutar al ver cómo la gente sufre y mal lleva su vida, sobre todo, si son casados.

Un poco más adelante, el profesor Ureña me eleva en su artículo de nivel y me pone en el “palco de la vida”. Allí me hace disfrutar –a mí y a todos los curas– de censurar a diestro y siniestro y, por supuesto, insiste en que de la familia el clero no tiene ni la menor idea. Una insistencia que hace pensar que todo sacerdote fue concebido in vitro, gestado en un tubo de ensayo y, luego de ser criado en un laboratorio, puesto “ensotanado” en medio de un mundo ficticio en que la familia feliz no existe.

En el cierre, el garrapato que leí me hace un “arrogante que ignora” (todos los curas y yo, repito), un vil inquisidor moderno (con la compañía de la CECOR) y, por supuesto, un iluso añorador de la maraña histórica que cierra la nota de don Agustín.

Independientemente de lo que yo pueda pensar sobre la missio canonica y sin abordar las razones de la CECOR para indicar lo que afirma acerca del matrimonio canónico de los profesores de Religión católica, ciertamente hay un punto en que sí quisiera insistir aquí: la necesaria seriedad y precisión de las personas que opinan públicamente –máxime si firman como “profesor universitario”– al externar su parecer sobre ciertos temas y referirse a personas concretas.

Familia y matrimonio. Falaz e irrespetuoso es cuanto Ureña afirma acerca de lo que puede o no conocer un clérigo acerca de la familia y el matrimonio. Tendencioso es cuanto dice acerca de la vida matrimonial y sus “sufrimientos” desconocidos e incomprensibles para quien no está casado. Y, por supuesto, nada serio el caldo final histórico con que la nota se cierra.

Pues bien, cierro esta breve réplica desde “la gradería” donde me ha ubicado el articulito de marras. Lo curioso es que aquí sentadito, y a pesar de don Agustín, ni me siento estúpido ni en el limbo. Creo, además, conocer bien la familia y su vida, desde lo teórico y desde lo práctico, al contemplar tantos y tantos ejemplos que, empezando por la mía propia, me enseñan que la familia y el matrimonio no son como Ureña los pinta.

Y en cuanto a la historia, ¿volver al siglo XV? ¡Jamás!, señor profesor universitario (estimado colega, de paso). En eso puede estar tranquilo, muy tranquilo. Y otra cosa: cero nostalgias, téngalo en consideración.

periódico La Nación 18 abril 2008.

Lo que da la fe

marfuerte @ 00:10

Guillermo Malavassi

La verdadera fehace ver al creyente todas las cosasde otra manera

Filósofo

La fe es la virtud teologal que se refiere directamente a Dios. Por ella creemos en Dios, en todo lo que Él ha dicho y revelado, y que la Iglesia nos propone. Por la fe, la persona se entrega entera y libremente a Dios. Por ello, el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella. Pero la fe sin obras está muerta. Junto con la esperanza y la caridad, la fe une plenamente el fiel a Cristo y hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

La fe se profesa, se testimonia con firmeza y se difunde. El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

La vida verdadera. En su admirable encíclica Spe Salvi, el santo Padre hace una exégesis sobre la fe en un texto de la Carta a los Hebreos. Llega a poner de manifiesto que por la fe, de manera incipiente, ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el todo, la vida verdadera. “Y precisamente –dice Benedicto XVI– porque la realidad misma ya está presente, esta presencia de lo que vendrá genera también certeza: esta ‘realidad’ que ha de venir no es visible aún en el mundo externo (no ‘aparece’), pero debido a que, como realidad inicial y dinámica la llevamos dentro de nosotros, nace ya ahora una cierta percepción de la misma”.

La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía ausente, sino que la fe da más: nos da aquí y ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para el creyente prueba ( elencos ) de lo que aún no se ve. Esta prueba atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro “todavía-no”. El hecho de que para el creyente este futuro existe, cambia el presente. El presente está marcado por la realidad futura. Así, las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras.

Es por ello que la misma encíclica explica la distinción que en el mismo texto de laCarta a los Hebreos se hace entre los bienes que necesitamos en este mundo para el diario vivir (hyparchonta en griego) y los bienes mejores y permanentes (hyparxis en griego).

Bienes duraderos. La fe hace ver la importancia de los bienes duraderos, inmarcesibles, respecto de los cuales resultan despreciables los bienes transitorios. Ello otorga al creyente una nueva libertad frente a los bienes transitorios, sin negar su sentido normal. Esta nueva libertad, la conciencia de los verdaderos bienes, es la que actúa en la decisión de los mártires, que los hizo enfrentar serenamente la prepotencia de la ideología y de sus órganos políticos, con lo que han renovado el mundo con su muerte. Esa misma nueva libertad es la que explica las grandes renuncias desde los monjes de la Antigüedad a Francisco de Asís y tantos otros miles. Es que se percataron, por la auténtica fe, de que los bienes de este mundo son nada comparados con los que la fe hace ver desde ahora: “Pues ¿qué provecho sacará un hombre si ganare el mundo entero, pero malograre su alma.” (Mt 16, 26).

Cuando el protomártir Esteban fue requerido por el Sanedrín, después del elocuente discurso que allí dijo, y cuando la rabia de los que lo malquerían se iba a traducir en su muerte, dicen losHechos de los Apóstoles que clavó los ojos en el cielo y “vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, y dijo: ‘He aquí que contemplo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios’”. Cuando ya agonizaba apedreado, hincó las rodillas y clamó con grande voz: “Señor, no les demandes este pecado. Y, esto dicho, se durmió en el Señor”.

La verdadera fe hace ver al creyente todas las cosas de otra manera. La fe da nuevos ojos para ver. Y ello se traduce en lo que recordaba S. Pablo en suCarta a los Hebreos : “Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio”.

Hay que cuidar con esmero el don de la fe.
periódico La Nación 17 ABRIL 2008

25/04/2008 GMT 1

La Sapienza oscurecida

marfuerte @ 23:49

Mauricio Víquez Lizano

Sacerdote

Corría el año 1303 cuando Bonifacio VIII decidió la fundación de una universidad que, financiada mediante algunos impuestos y las donaciones de unos cuantos nobles romanos, fuera su Studium Urbis. Trasladada la sede de esta universidad a Avignon una temporada, las cosas se restablecen en su orden original a mediados del siglo XV.

Durante todo el Renacimiento se introducen nuevas cátedras, la universidad estrena sede por decisión de Alejandro VII, al lado del Palazzo della Sapienza . Las reformas de Benedicto XIV en el año 1748 y de la República Romana en el 1798 fueron ciertamente las más notables.

Fundamental fue la que introdujeron los franceses conforme a la legislación imperial francesa y la sede fue trasladada al Palazzo del Collegio Romano, al inicio del siglo XIX.

Durante la fase de paso entre el Estado Pontificio y el Reino de Italia, el rector, T. Mamiani della Róvere, seculariza la universidad, separándola definitivamente de la administración papal mantenida desde su creación.

Ambiente hostil. Justamente de esta universidad, nacida del corazón de la iglesia, es donde Benedicto XVI no asistió recientemente, para no dar espacio alguno al grupúsculo de gentes que, claramente minoritario, había amenazado con actos que reñían con todo espíritu universitario decente y que hacía difícil la acogida pacífica y digna que merecía la presencia del obispo de Roma en aquella universidad, un centro de estudios superiores de gran tradición ubicado dentro de su territorio diocesano.

«Consciente, sin embargo, del deseo sincero de la gran mayoría de profesores y estudiantes de escuchar una palabra culturalmente significativa, de la cual sacar indicaciones estimulantes para su camino personal de búsqueda de la verdad, el Santo Padre ha indicado que se le envíe el texto que él había preparado personalmente con este motivo», indicó en una misiva al rector de la susodicha universidad, el cardenal Bertone.

Las protestas de estudiantes tuvieron lugar después de que se hiciera pública la carta de 67 profesores –sobre todo de facultades de ciencias exactas– entre los más de 4.000 de la universidad, dirigida al rector en la que le pedían que revocara la invitación que se hiciera al Papa. En esa nota decían que el Santo Padre negaba la libertad de investigación, citando un discurso pronunciado por el cardenal Joseph Ratzinger en 1990, en esa misma universidad, sobre la crisis de confianza en la ciencia en sí misma.

En la conferencia anotada el cardenal Ratzinger citó esta frase incriminada por los profesores: «En la época de Galileo la Iglesia permaneció mucho más fiel a la razón que el mismo Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo».

Mala fe científica. Los profesores indicados, haciendo gala de poco tacto intelectual, obviaron notar que esa frase no era del cardenal Ratzinger, sino del filósofo de la ciencia Paul Feyerabend. El purpurado solamente le citó para ilustrar sus palabras en un acto académico. Algo, como se ve, semejante al malentendido en Ratisbona en septiembre de 2006.

La llamada “nota de los 67” pasó otro dato por alto: que la rehabilitación del «caso Galileo», que tuvo lugar durante el pontificado de Juan Pablo II, se debió en parte gracias al trabajo intenso realizado en esa dirección por el entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de entonces.

Varias veces, Benedicto XVI se pregunta en su discurso no pronunciado “¿Qué puede y debe decir el Papa en el encuentro con la universidad de su ciudad?” Respondía a ello en una doble dirección. En cuanto obispo, es el “vigía” que cuida de los suyos. En cuanto papa, habla desde una tradición de siglos que representa y de una razón ética valiosa y respetable de por sí.

Concepto de Universidad. Al preguntarse de lo que entiende por universidad, Benedicto XVI la identifica con la búsqueda de la verdad. Realidad misma que analiza en detalle y para ello se vale de la dinámica de la universidad medieval, lo mismo que del recurso a Platón, Tomás, Habermas, Rawls y otros pensadores de épocas y corrientes diversas. Incluso, hace ver cómo la verdad es un anhelo que no debe dejar de ser perseguido por el ser humano de ninguna manera.

Las reacciones –desde manifiestos de catedráticos hasta el encuentro del 20 de enero que reúne más de doscientos mil personas en la Plaza de San Pedro– son abundantes. M. Bersanelli, profesor de astrofísica en Milán, dirá luego de leer el mensaje no pronunciado: “resulta evidente la desproporción entre la postura rígida e ideológica de los ‘67’ y el elevado concepto de razón del Papa, verdadero defensor de la libertad y de la laicidad”. Por otra parte y en la línea del artículo The Copernican miths de M. Singhan, aparecido en Physics Today (dic. 07), J. Saz, de la universidad de Alcalá de Henares, recordaba aquello de Leonardo: “Donde se grita, no hay ciencia”.
periódico La Nación 8 abril 2008.

15/04/2008 GMT 1

Secta rusa espera el fin del mundo

marfuerte @ 00:26

30 miembros se encerraron en un refugio subterráneo en Penza, Rusia 'esperando la voluntad de Dios'.

David Castillo y AFP
dcastillo@vueltaenu.co.crEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla
Convencidos de que Dios les envió una señal, poco a poco han ido saliendo 17 miembros de 30 de una secta ortodoxa rusa que se refugió en un sitio subterráneo desde hace cinco meses esperando el fin del mundo.
Los miembros de la secta autoproclamada La auténtica Iglesia Ortodoxa Rusa, integrada en su mayorí­a por mujeres -varias procedentes de Bielorrusia y Ucrania-, insisten en que la catacumba es confortable. Además, han hecho acopio de ví­veres, agua y varias bombonas de gas y bidones de gasolina.
“¡Déjennos en paz!”, gritan por los seis agujeros de ventilación de los que dispone la catacumba excavada.
Su lí­der, un ingeniero de 43 años llamado Piotr Kuznetsov, al que le diagnosticaron hace varios años una esquizofrenia tras proclamar públicamente que era un profeta, ha sido detenido por la policí­a y podrí­a ser condenado a tres años de cárcel.
“En mayo me uniré a ellos y juntos esperaremos la llegada del Anticristo”, comentó Kuznetsov al ser interrogado. “Moriremos todos, pero en la otra vida seremos jueces. Os juzgaremos por vuestros actos”, añadió Kuznetsov, al que las autoridades acusan de lavar el cerebro a sus fieles.
Por otra parte, las autoridades rusas definieron al grupo como “una secta ortodoxa radical y apocalí­ptica”, y explicaron que su intención es seguir negociando con las personas encerradas para que abandonen el sitio.
Las autoridades quieren que Kuznetsov persuada a sus pupilos para que dejen en libertad a los niños y, por el momento, las fuerzas de seguridad descartan el recurso de la fuerza ante el temor de que los adultos cumplan con lo prometido y quemen el refugiocon sus miembros dentro.
En este sentido, algunos expertos han aconsejado actuar con cautela, ya que los miembros de la secta podrí­an “cometer un suicidio colectivo” si sienten que las fuerzas de seguridad planean ingresar a donde están ubicadas las personas.
17 miembros de la secta rusa han salido de su refugio debido a un deslizamiento.
80 sectas existen en Rusia con creencias apocalí­pticas conformadas por entre 600 y 800 mil miembros.
12 metros bajo tierra es la profundidad a que se encuentran los túneles donde se han ocultado.

periódico Vuelta en U 4 abril 2008

10/04/2008 GMT 1

Página Germinal

marfuerte @ 00:48

Año 2 No. 59

Alfonso Chase
El pensamiento y la acción creativa del sacerdote Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) ha sido incorporado este año como legado especial al ejercicio de la literatura, es decir, como escritor reconocido y de amplios valores estéticos, junto a su aporte a la geología, la paleontología y su visión religioso filosófica, que tantos conflictos provocó en su tiempo, y tanto rechazos mereció aún después de su muerte. El corpus literario de este admirable religioso se ha incorporado a la literatura sacra del siglo XX, con pleno valor estético, invención, realidad y fantasía, y un sostenido andamiaje de cultura, pero el cual debe verse como un aporte literario al desarrollo de la cultura francesa de todos los tiempos.

Se ha dado gran valor al aporte de las ideas del sacerdote, inundadas de un halo de poesía que transforma el lenguaje científico, para dar a la expresión personal creativa el valor de estar haciendo un estilo, casi desde sus primeros trabajos, sobre la base científica de lo que iba haciendo, pero rebuscando en la belleza insólita de su propuesta de conocimiento, una manera de ser y estar en las palabras, las frases, las ideas expuestas que escaparon al lenguaje meramente científico, dentro del cual quiso vérsele, aun después de la edición de sus obras póstumas.

La literatura religiosa de su época parece haberse enriquecido con sus concisas propuestas de lectura, a partir de las propias historias inventadas o de todo aquello que, como legado de los siglos, él encontró en las excavaciones, las rocas, los cuerpos absorbidos por el tiempo y su manera de ver hacia el arriba del cielo, donde palpitan nebulosas y galaxias.

Es claro que en este reconocimiento de Pierre Teilhard de Chardin, como escritor realmente importante, hay un rescate para el valor de su prosa sinfónica, el medio y la fe mística que supone trascender a otros universos, presentes en la distancia y las cosas cotidianas, para llegar al corazón de la materia y descubrirla como sujeto de la vida misma en el universo. No es que el pensamiento, y sus resultados, se hayan arrinconado hacia la ficción como invención, sino que además del valor científico anticipatorio de sus escritos, hay en él un notable escritor en lengua francesa y universal. Posterior a cualquier recuerdo suyo, siempre quedará el valor de la resurrección de contribuir a la belleza del universo.

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• Pierre Teilhard de Chardin
El fuego en el mundo

Ilustración: foto del padre Teilhard de Chardin
Está hecho.
El fuego ha penetrado una vez más la Tierra.

No ha caído ruidosamente sobre las cimas, como el rayo en su estallido. ¿El dueño fuerza las puertas para entrar en su casa? La llama lo ha iluminado todo sin sacudidas, sin trueno, desde dentro. Desde el corazón del más pequeño de los átomos hasta la energía de las leyes más universales ha invadido individualmente y en su conjunto, con naturalidad, a cada uno de los elementos, a cada uno de los resortes, a cada una de las conexiones de nuestro Cosmos, de tal forma que podría creerse que el Cosmos se ha inflamado espontáneamente.

En la nueva humanidad que se está engendrando hoy, el Verbo, ha prolongado el acto sin fin de su nacimiento, y en virtud de su inmersión en el seno del Mundo, las grandes aguas de la Materia se han cambiado la vida sin un estremecimiento. Nada se ha estremecido, en apariencia, en esta inefable transformación. Y, sin embargo, al contacto de la palabra sustancial, el Universo, inmensa hostia, se ha convertido, misteriosa y realmente, en carne. Desde ahora, toda la materia se ha encarnado, Dios mío, en tu encarnación.

Hace ya mucho tiempo que nuestros pensamientos, y nuestras experiencias humanas habían reconocido las extrañas propiedades que hacen al Universo tan semejante a una carne…
Lo mismo que la carne, nos atrae por el encanto que flota en el misterio de sus pliegues y la profundidad de sus ojos.

Lo mismo que la carne, se descompone y se nos escurre tras los esfuerzos de nuestros análisis, de nuestros fracasos y de su propia duración.

Lo mismo que la carne, no se comprime realmente más que en el esfuerzo sin fin para alcanzarle siempre más allá de lo que se nos concede.

Todos nosotros, Señor, advertimos esa mezcla turbadora de proximidad y de distancia cuando nace. Y no hay, en la herencia de dolor y de esperanza que se transmiten las edades, no hay nostalgia más desolada que la que hace llorar al hombre de irritación y de deseo en el seno de la presencia que flota, impalpable y anónima, en todas las cosas, a su alrededor: “Si forte attrectent eum”.

Ahora, Señor, por medio de la consagración del Mundo, el resplandor y el perfume que flota en el Universo adquieren para mí cuerpo y rostro en ti. Eso que entreveía mi pensamiento indeciso, eso que reclamaba mi corazón en aras de un deseo inverosímil, me lo das tú magníficamente: que las criaturas sean no solo de tal modo solidarias entre sí, que ninguna pueda existir sin todas las demás para rodearla, sino que estén de tal forma suspendidas en un mismo centro real que una verdadera vida, sufrida en común, les proporcione, en definitiva, su consistencia y su unión.

¡Haz, Dios mío, que estalle, forzada por la audacia de tu revelación, la timidez de un pensamiento pueril que no tiene arrestos para concebir nada más vasto ni más vivo en el mundo que la miserable perfección de nuestro organismo humano! En el camino hacia una comprensión más atrevida del Universo, los hijos del siglo superan todos los días a los maestros de Israel. Tú, Señor Jesús, “en quien todas las cosas encuentran su subsistencia”, revélate al fin a quienes te aman como el alma superior y el foco físico de la creación. Nos va en ello la vida; ¿no lo ves tú así? Si yo no pudiera creer que tu presencia real anima, templa, enardece la más insignificante de las energías que me penetran o me rozan ligeramente, ¿no resultaría que, transido hasta la médula de mi ser, me moriría de frío?
¡Gracias, Dios mío, por haber dirigido mi mirada de mil maneras hasta hacerle descubrir la inmensa sencillez de las cosas! Poco a poco, en virtud del desarrollo irresistible de las aspiraciones que tú has depositado en mí cuando era un niño, bajo la influencia de amigos excepcionales que se han cruzado en momentos determinados en mi camino para ilustrar y fortificar mi espíritu con el despertar de iniciaciones terribles y dulces cuyos círculos tú me has hecho franquear sucesivamente, he llegado a no poder y a ver nada ni respirar fuera del medio en el que todo no es más que uno. En este momento en que tu vida acaba de pasar, con un aumento de fortaleza, al sacramento del Mundo, gustaré con una conciencia acrecentada, la fuerte y tranquila embriaguez de una visión cuya coherencia y armonía no logro agotar. Lo que yo experimento, frente y dentro del Mundo asimilado por tu carne, convertido, frente y dentro del Mundo asimilado por tu carne, convertido en tu carne, Dios mío, no es ni la absorción del monista ávido de fundirse en la unidad de las cosas, ni la emoción del pagano prosternado a los pies de una divinidad tangible, ni el abandono pasivo del quietismo que se mueve a merced de las energías místicas. Aprovechando algo de la fuerza de estas diversas corrientes, sin lanzarme contra ningún escollo, la actitud en que me sitúa tu presencia universal es una admirable síntesis en que se mezclan, corrigiéndose, tres de las más formidables pasiones que puedan jamás soplar sobre un corazón humano.

Lo mismo que el monista, me sumerjo en el Universo total; más la unidad que me recibe es tan perfecta que sé encontrar en ella, perdiéndome, el perfeccionamiento último de mi individualidad. Lo mismo que el pagano, yo adoro a un Dios palpable. Llego incluso a tocar a ese Dios en toda la superficie y la profundidad del Mundo de la Materia en que me encuentro cogido. Mas para asirlo como yo quisiera (para seguir sencillamente tocándole) necesito ir más lejos, a través y más allá de toda limitación, sin poder jamás descansar en nada, empujado en cada momento por las criaturas y superándolas en todo momento, en un continuo acoger y en continuo desprendimiento.

Lo mismo que el quietista, me dejo mecer deliciosamente por la divina fantasía. Mas, al mismo tiempo, sé que la voluntad divina no me será revelada en cada momento más que dentro de los límites de mi esfuerzo. No palparé a Dios en la Materia, como Jacob, más que cuando haya sido vencido por él.

Así, por habérseme aparecido el objeto definitivo, total, en que se ha insertado mi naturaleza, las potencias de mi ser comienzan a vibrar espontáneamente al unísono con una nota única, increíblemente rica, en la que yo distingo, asociadas sin esfuerzo, las más opuestas tendencias: la exaltación de obrar y la alegría de padecer; la voluptuosidad de poseer y la fiebre de superar; el orgullo de crecer y la felicidad de desaparecer en alguien mayor que uno mismo.

Enriquecido con la savia del Mundo, subo hacia el Espíritu que me sonríe más allá de toda conquista, envuelto en el esplendor concreto del Universo. Y no sabría decir, perdido en el misterio de la carne divina, cuál es la más radiante de estas dos beatitudes; haber encontrado al Verbo para dominar la Materia o poseer la Materia para llegar hasta la luz de Dios y experimentar sus efectos.

Haz, Señor, que tu descenso bajo las especies universales no sea para mí estimado y acariciado solo como el fruto de una especulación filosófica, sino que se convierta verdaderamente en una presencia real. En potencia y de hecho, lo queramos o no, tú te has encarnado en el Mundo y vivimos pendientes de ti. Más, de hecho, es necesario (¡y cuánto!) que estés igualmente próximo a todos nosotros. Situados, todos juntos, en el seno de un mismo Mundo, formamos, sin embargo, cada uno de nosotros nuestro pequeño Universo, en que la encarnación se opera independientemente, con una intensidad y unos matices incomunicables. He aquí por qué en nuestra oración en el altar pedimos que la consagración se haga para nosotros: “Ut nobis corpus et sanguis fiat…”. Si creo firmemente que todo en torno a mí es el cuerpo y la sangre del Verbo, entonces para mí (y en cierto sentido para mí solo) se produce la maravillosa “diafanía” que hace transparezca objetivamente en la profundidad de todo hecho y de todo elemento el calor luminoso de una misma vida. Si, por desgracia, mi fe se debilita, inmediatamente la luz se apaga, todo se hace oscuro, todo se descompone.

Señor, en este día que está comenzando acabas de descender. ¡Ay! ¡Qué infinita diversidad en los grados de su presencia a través de los acontecimientos que se preparan y que todos nosotros experimentaremos! Tú puedes estar un poco, mucho, cada vez más, o no estar en absoluto en las mismas circunstancias que están a punto de envolverme a mí y de envolver a mis hermanos.

Para que ningún veneno me dañe hoy, para que ninguna muerte me mate, para que ningún vino me embriague, para que te descubra y te sienta en toda criatura, ¡haz, Señor, que crea!

Revista Abanico, periódico La Prensa Libre 29 marzo 2008.

05/04/2008 GMT 1

Religión, razón y educación

marfuerte @ 21:20

Víctor Ml. Mora Mesén

Es necesario distinguir entre las diferentes vivencias religiosas

Director del Saint FrancisCollEge

La experiencia religiosa no puede ser equiparada con su estudio científico-social o filosófico. De la misma manera, el conocimiento acerca de lo religioso no se puede identificar con el pensamiento racional surgido de la experiencia de lo divino. Estas acotaciones parecen ser necesarias después de leer el artículo del señor Jaques Sagot, que apareciera el domingo 2 de marzo. Si bien en sus palabras hay un verdadero interés por despertar el deseo de preguntarse acerca del sentido último de la existencia, vivimos en una época en que lo “espiritual” comienza a parecerse a una mera vivencia estética: este es el peligro de desvincular la experiencia religiosa de su contenido hermenéutico.

Pensamiento teológico. En efecto, la irrupción de lo sagrado en la vida humana implica la construcción de nuevos significados, que se expresan en concepciones éticas, credos, ritos, etc. Pero no se limitan a esto; lo religioso configura la existencia y desarrolla una nueva manera de enfrentar la vida. En el ámbito del cristianismo, esta realidad se unió con los fundamentos de la racionalidad filosófica, dando origen a la Teología. Bajo la más estricta rigurosidad, el quehacer teológico consiste en preguntarse acerca del ser humano, su relación con el entorno y su vinculación con Dios, que ha sido revelado en Jesús de Nazaret. El Concilio Vaticano II habló de esta revelación como la voluntad comunicativa de Dios, que no quiere mantenerse al margen de la historia humana, sino que entra en ella como participante dialógico.

Todo esto caracteriza al cristianismo de forma particular y lo hace diferente a otras experiencias de lo religioso. Y este hecho ha determinado en gran parte la discusión filosófica del fenómeno religioso en Occidente. Esto queda en evidencia cuando hablamos de “Dios” o de “dioses”, en el fondo se proyecta la antigua herencia judeocristiana a las manifestaciones de lo sagrado, desde unos presupuestos racionales nacidos en el seno del helenismo. Esta es nuestra determinación cultural, la cual no debe ser obviada a la hora de definir un programa formativo que incluya la presentación de la vivencia religiosa. Todo ello implica que la crítica hacia la religión no puede prescindir del conocimiento del pensamiento teológico, ya que este es pertinente como una acción humana en medio de un contexto que nos inquieta e interroga. Sin embargo, muchas veces la ignorancia reina –con frecuencia lamentable en el mismo ámbito eclesial –, y resultan discursos carentes de valor objetivo: irreverencias seudorreligiosas o seudocientíficas a la capacidad intelectiva.

Enraizamiento de lo divino. Por todo esto disiento del señor Sagot. No da lo mismo cualquier tipo de acercamiento a lo religioso. No hay que caer en un falso posmodernismo que iguala todos los discursos y que los hace parecer productos de la mera inventiva humana. Si hay algo que necesitamos rescatar, es la seriedad de nuestros juicios para mantener una sana espiritualidad, que está muy lejos de ser una autoalienación. No es una experiencia intimista, descontextualizada, de lo sagrado lo que puede inspirar una vida, sino el enraizamiento de lo divino en el devenir humano. Toda manifestación religiosa se ha valido de las culturas en las que ha nacido para expresar su propuesta existencial y para incidir en su entorno de manera efectiva. Comprender esta dinámica puede ayudar a situarnos más objetivamente ante ellas.

¿Cuál es el objetivo de una formación religiosa? ¿Un conocimiento aséptico de la religión? Caeríamos, entonces, en una ridiculización de lo que ella es y dejaríamos de lado su fuerza interrogativa. A lo religioso hay que acercarse desde su impronta vital, sin dejar fuera de consideración todos los símbolos que produce. Para ello hay que desarrollar una capacidad muy dormida en nuestro medio: la disposición a ser impactados, cuestionados y retados.

Programas educativos. Cabe advertir que los programas educativos actuales en formación religiosa, al menos los diseñados para el sector público, no cumplen con estas expectativas. Para aquellos que profesamos la fe cristiana, nos urge hacer una distinción importante entre esta formación y la catequesis, que deberían ser procesos claramente diferenciados por sus objetivos y metas. La religión en los centros académicos debe suscitar la construcción de un razonamiento crítico, audaz y fundado, en claro diálogo con el mejor pensamiento teológico y filosófico a nuestro alcance. La catequesis debe entrar con sentido de compromiso en la vida eclesial y fortalecer la experiencia de cercanía con Jesús, para ser parte activa de la comunidad que se reconoce en la fe. Claro está, todo ello supone un cambio importante de mentalidad y actitud, que nos ayude a ser más responsables con el patrimonio espiritual que hemos heredado
periódico La Nación 22 marzo 2008

Educación y vivencia religiosa

marfuerte @ 21:19

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Ya sea para afirmarlo o para negarlo, el hombre necesita a Dios

Pianista

La enseñanza de la religión debe volver a nuestros colegios. ¿Creen haberme leído mal? ¿Están las furibundas huestes de la laicidad ya planeando mi incineración en la pira de los nuevos perseguidos? Pues entonces, para provocarlos, voy a repetir lo que acabo de decir: la enseñanza de la religión debe volver a nuestros colegios.

¿A qué me refiero con esto? ¿A que debemos poner a nuestros jóvenes a recitar de un tirón y sin respirar el Padre Nuestro en latín? No. ¿A que es imperativo aprenderse el Corán de memoria? No. ¿A que debemos volver a instaurar los ritos de inhumación de los sumerios y los hititas? No. Dejemos los credos por fuera. Hablo de la experiencia religiosa. De la vivencia de lo divino. Desde todas las perspectivas: antropológica, cultural, filosófica, psíquica y, sí, como revelación mística. ¿Por qué? Enumero ahora mis razones.

La gran pregunta. La pregunta sobre la existencia de Dios –o de los dioses– no es una pregunta cualquiera, es la Pregunta, así, con mayúscula. La ineludible, la que ningún ser humano dejará jamás de formularse. ¿Que nunca encontraremos respuesta definitiva? Quizás. Y precisamente por eso es crucial. El tema vale por las preguntas que suscita tanto como por sus respuestas. ¿Que de qué nos sirve indagar una realidad que nunca será completamente desentrañada? Porque la curiosidad metafísica es lo que diferencia al hombre de los crustáceos. Porque es nuestro deber como seres humanos comprometidos con el vivir buscar un sentido –o celebrar la absurdidad– de nuestra existencia: ambas posiciones se valen.

Porque no pasará un día de nuestra vida en que, en el sanctasanctórum de nuestras almas, no revisemos las respuestas que tan altisonantemente hemos exhibido a guisa de atuendo espiritual ante nuestros semejantes. Porque una cosa es aquello de lo que fachenteamos públicamente, y otra muy diferente la suma de sospechas, dudas, temores, esperanzas, rencores e incertidumbres que nos asaltan tan pronto nos quedamos a solas con nosotros mismos. La verdadera interrogación por lo divino es siempre, por su naturaleza misma, íntima.

Porque nuestra ética, nuestra cosmovisión, nuestra sensibilidad ante la realidad dependerá enteramente de la respuesta que nos demos. O de las respuestas, que bien puede ser que cambiemos de parecer cada día o cada hora de nuestra vida. Porque no ha habido nunca, en lugar ninguno del mundo, desde que el Tigris y el Éufrates inventaron la civilización –o quizás antes, como parecen sugerirlo recientes teorías– una cultura que no haya tenido su dios o sus dioses. Las pre-científicas como las postcientíficas. Esto nos autoriza a pensar que Dios representa una necesidad antropológica del hombre. Si no necesariamente para el individuo, sí para la especie humana contemplada en su totalidad histórica. Ya sea para afirmarlo o para negarlo furibundamente, el hombre necesita a Dios. Su existencia –o su no existencia– es por mucho el generador de discursividad más grande que el mundo ha conocido.

La peor absurdidad. Es la peor de las absurdidades no preparar al hombre desde su temprana educación a abordar el tema más importante de su vida, aquel al que consagrará más pensamiento, el que más crisis habrá de suscitar en su vida. ¿Quieren ver en Dios una mera construcción cultural? Sea. ¿Quieren ver en él una estafa histórica? Sea. ¿Quieren conceptualizarlo como un exorcismo mágico contra el miedo primal a la muerte? Sea. ¿Quieren convertirlo en la piadosa confortación de la gente más inculta y pueblerina (el “Blasillo”, de Miguel de Unamuno)? Sea, si bien esto haría de Platón, San Agustín, Leibniz, Tomás Moro, Pascal, René Descartes, Velásquez, Bach, Beethoven, Liszt, Kierkegaard, Víctor Hugo, Marcel, Unamuno, Maritain, Claudel y Einstein unos pobres ilusos. ¡Pobrecitos, tan incultos y tonticos! Mandémoslos a todos a la “Escuelita de la Niña Pochita”, a ver si se nos ilustran un poco.

Pero no importa, que cada cual piense lo que quiera (o lo que pueda, sería más propio decir). El hecho es que la vivencia religiosa debe ser estudiada. Como fenómeno distintivo de la especie humana. ¡Señores: es la sed de divinidad la que en mayor medida nos diferencia de los ornitorrincos! ¿No merecemos ser educados para investigar el hecho religioso, la experiencia mística, sea cual sea la conclusión a la que lleguemos (y posiblemente la cambiaremos tres o cuatro veces a lo largo de nuestra vida)?

No hablo de los adolescentes de colegio, hablo también de los niños –que piensan mucho más de lo que algunos creen–. Tanto unos como otros deben ser guiados, orientados en un asunto en el que se juega ni más ni menos que el sentido mismo de su vida. Y no, por favor, no me vengan a recordar, como quien descubre la palanca, la importancia de la separación de Estado e Iglesia y de la laicidad como marco convivencial entre los hombres. Todos sabemos que ambas cosas son harto saludables, y mucho dolor le costaron al mundo como para venir ahora a revertirlas. Ese no es el punto. El punto es la vivencia religiosa como tal, ser preparados para ella, tener armas epistemológicas para explorarla, para aceptarla o negarla. Y hacerlo para adentro, no para fuera.

Pensamiento mágico. ¿Que Dios es un residuo ancestral del pensamiento mágico? Tal vez. No es cosa que me perturbe. Siento un infinito respeto por el pensamiento mágico. ¿Cómo no habría de tenerlo? De ahí proceden toda la poesía y la música del mundo. Pero quien prefiera seguir oponiendo la ciencia (¡tan llena de magia, por cierto!) a Dios –pleito pasadísimo de moda– pues que siga haciéndolo. Remanentes de un positivismo comtiano completamente anacrónico. Se creen vanguardia, cuando son la más rezagada de las retaguardias. Pero eso quizás no importa. Lo único que importa es que también la negación tenga elementos de juicio adecuados para sostener su postura. Y hasta para esto hace falta una propedéutica de la experiencia religiosa. Es algo que se enseña, se transmite, se estudia.

Como siempre conmigo, esta no es una mera opinión. Yo no soy un opinador profesional. Es un compromiso personal y una exhortación a quienes hoy diseñan nuestros programas educativos. Dios –como presencia o como ausencia– es algo o alguien con quien vamos a tener que vivir toda nuestra vida. ¿No resulta sensato cultivar el arte y la ciencia de pensarlo, de vivirlo, de amarlo, de negarlo?

Nota bene: desde mi último artículo sobre el tema, no pocos lectores han tenido la amabilidad de enviarme sus comentarios, a veces convergentes, a veces divergentes, de mis planteamientos. En un caso como en el otro, he respondido únicamente a aquellos que tenían más contenido conceptual y que estaban más inteligentemente formulados. Pienso hacer lo mismo en esta ocasión.
periódico La Nación 2 marzo 2008

03/04/2008 GMT 1

ANTES DE LLEGAR LOS ESPAÑOLES INDIOS TICOS YA ESPERABAN A JESÚS

marfuerte @ 23:12

Especialista asegura encontrar evidencias
José Adrián Marrero R.
amarrero@780america.com
Fotos cortesía de Leonardo Patterson

Leonardo Patterson cuando en el año 1997 fue recibido por el Santo Padre Juan Pablo II.
Mucho se ha hablado del conocimiento espiritual manejado por los pueblos indígenas de Costa Rica, antes de que llegaran los españoles, pero quizás uno de los estudios más reveladores ha sido el dado a conocer a DIARIO EXTRA por el especialista en Cultura indígena costarricense Leonardo Patterson.

“En las investigaciones que he realizado en los pueblos indígenas costarricenses he encontrado evidencia tanto física como testimonial que muestran que los indígenas cabécar y bribri, estaban esperando la llegada del Mesías, de Jesús, desde tiempos antes que incluso llegaran los españoles”, apunto el experto Patterson.

Explicó que desde muy niño visita las zonas indígenas de Talamanca y que una vez le llamó la atención observar una especie de crucifijo católico, pero los indígenas le explicaron que databa de antes de la llegada de los españoles, porque ellos esperaban la llegada del Salvador.

“Luego empecé a realizar viajes por diferentes culturas indígenas de Centro América y estando en Guatemala me encontré con un indígenas que tenía otra pieza muy similar a la que había observado en Costa Rica y me dio la misma versión, que antes de llegar los españoles ya ellos esperaban la llegada del Cristo”, narró Patterson.

INDÍGENAS MUY ESPIRITUALES
El especialista Leonardo Patterson, quien actualmente se dedica a difundir la cultura indígena de Costa Rica en diferentes partes del mundo, montando exposiciones con piezas arqueológicas, propiedad de diferentes coleccionistas, explicó que es muy probable que los indígenas conocieran de Jesús ya que ellos aun hoy mantienen una alta espiritualidad.

“Los indígenas, son mucho más espirituales que nosotros porque se acercan más a los elementos, como por ejemplo identificar los elementos esenciales de la vida con animales, como ligar la fertilidad con el Jaguar o el Dios con el agua”, señala.

Agregó que cuando llegaron los españoles quienes muchos eras misioneros, tuvieron apertura en los indígenas porque les llevaban el mensaje de quien están esperando y ese era precisamente Cristo.

CAMINANDO CON LOS INDÍGENAS
Patterson a pesar de vivir en Europa, ha realizado diferentes incursiones a las montañas pobladas por indígenas de Centro América, donde ha realizado una serie de reportajes, mostrando elementos íntimos de las tribus indígenas. “Una vez que obtuve conocimiento sobre la cultura indígena me fui a España para conocer otra visión de la llegada de los españoles a América.

“Ahí tuve contacto en el Museo de las Américas, donde amplíe mis conocimientos y quedé más convencido de que se debe mostrar todas las cosas bonitas que tiene la cultura indígena costarricense”, señaló Patterson.
Diario Extra 20 marzo 2008

02/04/2008 GMT 1

Gracias y misterios

marfuerte @ 00:28

Germinal
Año 2 No. 58

Alfonso Chase
Nada más oportuno que recordar en estos días a la escritora, religiosa, fundadora, polemista, sufrida criatura de los odios y rechazos profanos, porque en los poéticos pareciera que tenía la protección divina, que siempre mereció, por amorosa y digna de todas las cosas de su Señor. Teresa de Ávila (1515-1582) es una de las más grandes escritoras que ha producido España y su valor universal corre por el mundo a pesar de las persecuciones, intrigas, malevolencias y las ejecutorias de la no tan santa Inquisición que, espulgando en sus escritos, creyó ver herejías en donde solo hubo poesía, amor divino, vistas sobre misma para así entender a sus prójimos, escapando para siempre de aquellos que dijeron, decían y dicen que su prosa es descuidada, salpicada de giros populares, egocéntrica y con propósitos de interpretar los textos sagrados a su manera y deseo. Pero eso no es cierto, a pesar de Fray Luis de León o de don Miguel de Unamuno, que se sorprendieron al leer su vida, fortunas e infortunios, monólogos y diálogos, como si estuviera levitando sobre todas las cosas mundanas, para escapar así a las miserias de todos conocidas.

Santa Teresa de Jesús es la patrona de los escritores y escritoras, honor que comparte con su amigo San Juan de la Cruz, poeta como ella, compañero de ideas, los cuales forman al binomio sagrado más importante de su época. La de Ávila, como la llamaron algunos, supo construir una voluminosa obra mística, decimos ahora, que la convirtió en clásica viviente, beata en 1614 y santa en 1622, con grandes manifestaciones de júbilo popular y rechazo de sus enemigos, algunos todavía vivos en esa época.

El estilo de la escritora es pulcro, severo algunas veces, desbocado otras, pues escribía entre viajes, admoniciones y fundaciones, en una carrera vertiginosa por hacer en vida lo que se había propuesto. Entre carmelitas siempre, calzadas o descalzas, sus escritos constituyen un ardiente desafío espiritual, escrito todo al modo de oración y mercedes, para dar testimonio de su vida entre los mortales y las escuchas divinas que la impulsaron a sobrevivir a todos los problemas, teniendo como norte la literatura, su propia historia convertida en testimonio colectivo de esos azarosos días, certero vehículo para acercarse a Dios, y acercarnos a nosotros, al genio de esta doctora de la Iglesia Católica, ejemplo de perfección, camino de belleza escrita, esteta de su propia vida y guerrera insólita para lograr dar a sus ideas valor sobre el inmenso tiempo.

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• Santa Teresa de Ávila

1. Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades, que ya yo tenía vergüenza de en tan particular amistad como es tratar de oración tornarme a llegar a Dios. Y ayudóme a esto que, como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me faltaba esto a mí por faltaros yo a Vos.
Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que estaba obligada y vocalmente, que no tener oración mental y tanto trato con Dios la que merecía estar con los demonios, y que engañaba a la gente, porque en lo exterior tenía buenas apariencias.

Y así no es de culpar a la casa adonde estaba, porque con mi maña procuraba me tuviesen en buena opinión, aunque no de advertencia fingiendo cristiandad; porque en esto de hipocresía y vanagloria a Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido que yo entienda; que en viniéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el demonio iba con pérdida y yo quedaba con ganancia, y así en esto muy poco me ha tentado jamás. Por ventura, si Dios permitiera me tentara en esto tan recio como en otras cosas, también cayera; más Su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto, sea por siempre bendito; antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena opinión, como yo sabía lo secreto de mí.

2- Este no me tener por tan ruin venía que, como me veían tan moza y en tantas ocasiones y apartarme muchas veces a soledad a rezar y leer, mucho hablar de Dios, amiga de
hacer pintar su imagen en muchas partes y de tener oratorio y procurar en él cosas que hiciesen devoción, no decir mal, otras cosas de esta suerte que tenían apariencia de virtud, y yo que de vana me sabía estimar en las cosas que en el mundo se suelen tener por estima, con esto me daban tanta y más libertad que a las muy antiguas y tenían gran seguridad de mí. Porque tomar yo libertad ni hacer cosas sin licencia, digo por agujeros o paredes o de noche, nunca me parece lo pudiera acabar conmigo en monasterio hablar de esta suerte, ni lo hice, porque me tuvo el Señor de su mano. Parecíame a mí —que con advertencia y de propósito miraba muchas cosas— que poner la honra de tantas en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas, que era muy mal hecho; como si fuera bien otras cosas que hacía. A la verdad, no iba el mal de tanto acuerdo como esto fuera, aunque era mucho.

3. Por esto me parece a mí me hizo harto daño no estar en monasterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas podían tener con bondad (porque no debían más, que no se prometía clausura), para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro. Y así me parece lo es grandísimo, monasterio de mujeres con libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las que quisieren ser ruines, que remedio para sus flaquezas. Esto no se tome por el mío, porque hay tantas que sirven muy de veras y con mucha perfección al Señor, que no puede Su Majestad dejar, según es bueno, de favorecerlas, y no es de los muy abiertos, y en él se guarda toda religión, sino de otros que yo sé y he visto.

4- Digo que me hace gran lástima; que ha menester el Señor hacer particulares llamamientos —y no una vez sino muchas— para que se salven, según están autorizadas las honras y recreaciones del mundo, y tan mal entendido a lo que están obligadas, que plega a Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como muchas veces yo lo hacía. Y hay tan gran dificultad en hacerlo entender, que es menester el Señor ponga muy de veras en ello su mano.

Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran mirar a poner sus hijas adonde vayan camino de salvación sino con más peligro que en el mundo, que lo miren por lo que toca a su honra; y quieran más casarlas muy bajamente, que meterlas en monasterios semejantes, si no son muy bien inclinadas –y plega a Dios aproveche; o se las tenga en su casa. Porque, si quiere ser ruin, no se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo descubre el Señor; y no sólo daña a sí, sino a todas; y a las veces las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan; y es lástima de muchas que se quieren apartar del mundo y, pensando que se van a servir al Señor y a apartar de los peligros del mundo, se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer ni remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida e inclina a seguir algunas cosas que son del mismo mundo. Ve allí que lo tienen por bueno, a manera de decir.

Paréceme como los desventurados de los herejes, en parte, que se quieren cegar y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y que lo creen así sin creerlo, porque dentro de sí tienen quién les diga que es malo.

5. Oh, grandísimo mal, grandísimo mal de religiosos
—no digo ahora más mujeres que hombres— adonde no se guarda religión, adonde en un monasterio hay dos caminos; de virtud y religión, y falta de religión, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por igual, que por nuestros pecados camínase más el más imperfecto; y como hay más de él, es más favorecido. Usase tan poco el de la verdadera religión, que más ha de temer el fraile y la monja que ha de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los mismos de su casa, que a todos los demonios, y más cautela y disimulación ha de tener para hablar en la amistad que desea tener con Dios, que en otras amistades y voluntades que el demonio ordena en los monasterios. Y no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes tienen tan borrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones.

Plega a la divina Majestad ponga remedio en ello, como ve que es menester, amén.

6. Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones, no me pareciendo —como veía que se usaban— que había de venir a mi alma el daño y distraimiento que después entendí era semejantes tratos, pareciéndome que cosa tan general como es este visitar en muchos monasterios que no me haría a mi más mal que a las otras que yo veía eran buenas —y no miraba que eran muy mejores, y que lo que en mi fue peligro en otras no le sería tanto, que alguno dudo yo le deja de haber, aunque no sea sino tiempo malgastado, estando con una persona, bien al principio de conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad; representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de aquello le pasaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba.

7. Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada si no era con los ojos del cuerpo, y el demonio que me ayudó a que lo creyese así y hacerme entender era imposible y que se me había antojado y que podía ser el demonio y otras cosas de esta suerte, pues que siempre me quedaba un parecerme era Dios y que no era antojo. Mas, como no era a mi gusto, yo me hacía a mí misma desmentir; y yo, como no lo osé tratar con nadie y tornó después a haber gran importunación asegurándome que no era mal ver persona semejante ni perdía honra, antes que la ganaba, torné a la misma conversación y aun en otros tiempos a otras, porque fue muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el distraimiento que esta que digo, porque la tuve mucha afición.

8. Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la ha habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco esto se me olvidó jamás. ¡Oh, grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!.

1. Ilustración de Johann Ulrich Krauss (1655- 1719).

2. Bilder Bible (1705).
Revista Abanico, periódico La Prensa Libre 15 marzo 2008

Cada uno de nosotros: un apóstol

marfuerte @ 00:24

Claudio Alpízar Otoya

Hay que hacer el mayor esfuerzo para mejorar la sociedad

Politólogo

A principios del mes de febrero, el santo papa, Benedicto XVI, recibió a los obispos de nuestra Conferencia Episcopal en su visitaad limina apostolorum (visita a las puertas de los apóstoles). Durante una semana los siete obispos, encabezados por monseñor Hugo Barrantes Ureña, fueron atendidos uno a uno en visita individual por el Sumo Pontífice. En su importante mensaje, el Papa dejo claro que, ante los peligros que hoy enfrenta la sociedad, los religiosos deben actuar en primera instancia, pero que eso no exime a los fieles laicos a quienes “les corresponde participar en esa misión según su vocación específica”. En esta última recomendación es en la que quisiera enfocarme.

Es de suma importancia que todos los costarricenses hagamos los mayores esfuerzos para mejorar la sociedad actual, ante el deterioro que se vienen presentando en las instituciones sociales –desde la familia hasta las diversas instancias de la organización civil– en las que se ha sustentado el desarrollo del país, lo que ha repercutido en todo el entramado social con las consecuencias correspondientes.

Nuestro apostolado. Como seres humanos, todos estamos expuestos a cometer errores; sin embargo, la labor de apostolado que debemos ejecutar desde ese abanico de posiciones –como obreros, administradores, dirigentes comunales, sacerdotes o políticos– nos obliga a una revisión constante del quehacer profesional. Los esfuerzos y la consecución de objetivos deben estar apegados a los más altos principios y valores cristianos de solidaridad, para que sean la guía permanente. Así, los asuntos de raza, nacionalidad, sexo, credo o afinidad política no marcarán diferencia en la lucha por una sociedad en la que se respete la diversidad.

Ahora bien, desde el campo político, los fieles laicos que ejercen el poder en forma transitoria, deben mostrar sus mayores virtudes para la consecución del objetivo primordial: el bien común, única manera para que el pacto social establecido entre todos sea revisado y actualizado con en el transcurrir de los tiempos, realidad que todas las sociedades experimentan en este mundo cambiante y también pasajero.

Las dificultades que día a día se nos presentan son tierra fértil para generar nuevas maneras de anunciar las prédicas cristianas, para que así nuestras funciones profesionales vengan a formar parte de esa misión solidaria que debe emprender toda la sociedad como unidad. De la misma forma, la precariedad económica y la violencia doméstica deberá ser superadas, más cuando en la mayoría de estos casos son mujeres las más perjudicadas: convertidas obligatoriamente en padre y madre, en proveedoras y distribuidoras, como consecuencia del abandono y el debilitamiento que ha sufrido la familia costarricense por las profundas transformaciones a que se ha visto expuesta, pese a ser la institución más importante de todas. El Papa comparte esta preocupación ante la presencia de movimientos que formulan una “multitud de promesas de un bienestar fácil e inmediato, pero que terminan en el desengaño y la desilusión”.

Luz de esperanza. Sin duda, la visita de nuestros obispos y el mensaje transmitido por Benedicto XVI representan una luz de esperanza y una llamada de atención a reaccionar ante cambios que pretenden debilitar la institucionalidad ética y de principios de los seres humanos. Obliga a revitalizar constantemente nuestras creencias cristianas, base fundamental y popular de los cambios y la dirección que exige nuestra sociedad. Debe imperar una “globalización” de beneficios para los más necesitados, que genere una sociedad cada día más justas y caracterizada por una distribución de recursos que no erosione y desintegre, como la que actualmente predomina.

Fundamental en ese cambio de actitud nacional es una intersección de intereses entre la comunidad civil, los políticos y los religiosos, con un diálogo que venga a fomentar la paz social y la tolerancia. Que el intercambio de ideas y la participación sean el principal ingrediente de nuestra democracia, la que debe estar enfocada a la consecución de una sociedad más justa, en la cual desde nuestros diversos estrados todos nos convirtamos no solo en discípulos, sino en misioneros, de Jesucristo.
periódico La Nación 15 marzo 2008

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