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RESONOCO

Categoría: teolog

05/04/2008 GMT 1

Religión, razón y educación

marfuerte @ 21:20

Víctor Ml. Mora Mesén

Es necesario distinguir entre las diferentes vivencias religiosas

Director del Saint FrancisCollEge

La experiencia religiosa no puede ser equiparada con su estudio científico-social o filosófico. De la misma manera, el conocimiento acerca de lo religioso no se puede identificar con el pensamiento racional surgido de la experiencia de lo divino. Estas acotaciones parecen ser necesarias después de leer el artículo del señor Jaques Sagot, que apareciera el domingo 2 de marzo. Si bien en sus palabras hay un verdadero interés por despertar el deseo de preguntarse acerca del sentido último de la existencia, vivimos en una época en que lo “espiritual” comienza a parecerse a una mera vivencia estética: este es el peligro de desvincular la experiencia religiosa de su contenido hermenéutico.

Pensamiento teológico. En efecto, la irrupción de lo sagrado en la vida humana implica la construcción de nuevos significados, que se expresan en concepciones éticas, credos, ritos, etc. Pero no se limitan a esto; lo religioso configura la existencia y desarrolla una nueva manera de enfrentar la vida. En el ámbito del cristianismo, esta realidad se unió con los fundamentos de la racionalidad filosófica, dando origen a la Teología. Bajo la más estricta rigurosidad, el quehacer teológico consiste en preguntarse acerca del ser humano, su relación con el entorno y su vinculación con Dios, que ha sido revelado en Jesús de Nazaret. El Concilio Vaticano II habló de esta revelación como la voluntad comunicativa de Dios, que no quiere mantenerse al margen de la historia humana, sino que entra en ella como participante dialógico.

Todo esto caracteriza al cristianismo de forma particular y lo hace diferente a otras experiencias de lo religioso. Y este hecho ha determinado en gran parte la discusión filosófica del fenómeno religioso en Occidente. Esto queda en evidencia cuando hablamos de “Dios” o de “dioses”, en el fondo se proyecta la antigua herencia judeocristiana a las manifestaciones de lo sagrado, desde unos presupuestos racionales nacidos en el seno del helenismo. Esta es nuestra determinación cultural, la cual no debe ser obviada a la hora de definir un programa formativo que incluya la presentación de la vivencia religiosa. Todo ello implica que la crítica hacia la religión no puede prescindir del conocimiento del pensamiento teológico, ya que este es pertinente como una acción humana en medio de un contexto que nos inquieta e interroga. Sin embargo, muchas veces la ignorancia reina –con frecuencia lamentable en el mismo ámbito eclesial –, y resultan discursos carentes de valor objetivo: irreverencias seudorreligiosas o seudocientíficas a la capacidad intelectiva.

Enraizamiento de lo divino. Por todo esto disiento del señor Sagot. No da lo mismo cualquier tipo de acercamiento a lo religioso. No hay que caer en un falso posmodernismo que iguala todos los discursos y que los hace parecer productos de la mera inventiva humana. Si hay algo que necesitamos rescatar, es la seriedad de nuestros juicios para mantener una sana espiritualidad, que está muy lejos de ser una autoalienación. No es una experiencia intimista, descontextualizada, de lo sagrado lo que puede inspirar una vida, sino el enraizamiento de lo divino en el devenir humano. Toda manifestación religiosa se ha valido de las culturas en las que ha nacido para expresar su propuesta existencial y para incidir en su entorno de manera efectiva. Comprender esta dinámica puede ayudar a situarnos más objetivamente ante ellas.

¿Cuál es el objetivo de una formación religiosa? ¿Un conocimiento aséptico de la religión? Caeríamos, entonces, en una ridiculización de lo que ella es y dejaríamos de lado su fuerza interrogativa. A lo religioso hay que acercarse desde su impronta vital, sin dejar fuera de consideración todos los símbolos que produce. Para ello hay que desarrollar una capacidad muy dormida en nuestro medio: la disposición a ser impactados, cuestionados y retados.

Programas educativos. Cabe advertir que los programas educativos actuales en formación religiosa, al menos los diseñados para el sector público, no cumplen con estas expectativas. Para aquellos que profesamos la fe cristiana, nos urge hacer una distinción importante entre esta formación y la catequesis, que deberían ser procesos claramente diferenciados por sus objetivos y metas. La religión en los centros académicos debe suscitar la construcción de un razonamiento crítico, audaz y fundado, en claro diálogo con el mejor pensamiento teológico y filosófico a nuestro alcance. La catequesis debe entrar con sentido de compromiso en la vida eclesial y fortalecer la experiencia de cercanía con Jesús, para ser parte activa de la comunidad que se reconoce en la fe. Claro está, todo ello supone un cambio importante de mentalidad y actitud, que nos ayude a ser más responsables con el patrimonio espiritual que hemos heredado
periódico La Nación 22 marzo 2008

Educación y vivencia religiosa

marfuerte @ 21:19

Jacques Sagot | jacsagot@gmail.com

Ya sea para afirmarlo o para negarlo, el hombre necesita a Dios

Pianista

La enseñanza de la religión debe volver a nuestros colegios. ¿Creen haberme leído mal? ¿Están las furibundas huestes de la laicidad ya planeando mi incineración en la pira de los nuevos perseguidos? Pues entonces, para provocarlos, voy a repetir lo que acabo de decir: la enseñanza de la religión debe volver a nuestros colegios.

¿A qué me refiero con esto? ¿A que debemos poner a nuestros jóvenes a recitar de un tirón y sin respirar el Padre Nuestro en latín? No. ¿A que es imperativo aprenderse el Corán de memoria? No. ¿A que debemos volver a instaurar los ritos de inhumación de los sumerios y los hititas? No. Dejemos los credos por fuera. Hablo de la experiencia religiosa. De la vivencia de lo divino. Desde todas las perspectivas: antropológica, cultural, filosófica, psíquica y, sí, como revelación mística. ¿Por qué? Enumero ahora mis razones.

La gran pregunta. La pregunta sobre la existencia de Dios –o de los dioses– no es una pregunta cualquiera, es la Pregunta, así, con mayúscula. La ineludible, la que ningún ser humano dejará jamás de formularse. ¿Que nunca encontraremos respuesta definitiva? Quizás. Y precisamente por eso es crucial. El tema vale por las preguntas que suscita tanto como por sus respuestas. ¿Que de qué nos sirve indagar una realidad que nunca será completamente desentrañada? Porque la curiosidad metafísica es lo que diferencia al hombre de los crustáceos. Porque es nuestro deber como seres humanos comprometidos con el vivir buscar un sentido –o celebrar la absurdidad– de nuestra existencia: ambas posiciones se valen.

Porque no pasará un día de nuestra vida en que, en el sanctasanctórum de nuestras almas, no revisemos las respuestas que tan altisonantemente hemos exhibido a guisa de atuendo espiritual ante nuestros semejantes. Porque una cosa es aquello de lo que fachenteamos públicamente, y otra muy diferente la suma de sospechas, dudas, temores, esperanzas, rencores e incertidumbres que nos asaltan tan pronto nos quedamos a solas con nosotros mismos. La verdadera interrogación por lo divino es siempre, por su naturaleza misma, íntima.

Porque nuestra ética, nuestra cosmovisión, nuestra sensibilidad ante la realidad dependerá enteramente de la respuesta que nos demos. O de las respuestas, que bien puede ser que cambiemos de parecer cada día o cada hora de nuestra vida. Porque no ha habido nunca, en lugar ninguno del mundo, desde que el Tigris y el Éufrates inventaron la civilización –o quizás antes, como parecen sugerirlo recientes teorías– una cultura que no haya tenido su dios o sus dioses. Las pre-científicas como las postcientíficas. Esto nos autoriza a pensar que Dios representa una necesidad antropológica del hombre. Si no necesariamente para el individuo, sí para la especie humana contemplada en su totalidad histórica. Ya sea para afirmarlo o para negarlo furibundamente, el hombre necesita a Dios. Su existencia –o su no existencia– es por mucho el generador de discursividad más grande que el mundo ha conocido.

La peor absurdidad. Es la peor de las absurdidades no preparar al hombre desde su temprana educación a abordar el tema más importante de su vida, aquel al que consagrará más pensamiento, el que más crisis habrá de suscitar en su vida. ¿Quieren ver en Dios una mera construcción cultural? Sea. ¿Quieren ver en él una estafa histórica? Sea. ¿Quieren conceptualizarlo como un exorcismo mágico contra el miedo primal a la muerte? Sea. ¿Quieren convertirlo en la piadosa confortación de la gente más inculta y pueblerina (el “Blasillo”, de Miguel de Unamuno)? Sea, si bien esto haría de Platón, San Agustín, Leibniz, Tomás Moro, Pascal, René Descartes, Velásquez, Bach, Beethoven, Liszt, Kierkegaard, Víctor Hugo, Marcel, Unamuno, Maritain, Claudel y Einstein unos pobres ilusos. ¡Pobrecitos, tan incultos y tonticos! Mandémoslos a todos a la “Escuelita de la Niña Pochita”, a ver si se nos ilustran un poco.

Pero no importa, que cada cual piense lo que quiera (o lo que pueda, sería más propio decir). El hecho es que la vivencia religiosa debe ser estudiada. Como fenómeno distintivo de la especie humana. ¡Señores: es la sed de divinidad la que en mayor medida nos diferencia de los ornitorrincos! ¿No merecemos ser educados para investigar el hecho religioso, la experiencia mística, sea cual sea la conclusión a la que lleguemos (y posiblemente la cambiaremos tres o cuatro veces a lo largo de nuestra vida)?

No hablo de los adolescentes de colegio, hablo también de los niños –que piensan mucho más de lo que algunos creen–. Tanto unos como otros deben ser guiados, orientados en un asunto en el que se juega ni más ni menos que el sentido mismo de su vida. Y no, por favor, no me vengan a recordar, como quien descubre la palanca, la importancia de la separación de Estado e Iglesia y de la laicidad como marco convivencial entre los hombres. Todos sabemos que ambas cosas son harto saludables, y mucho dolor le costaron al mundo como para venir ahora a revertirlas. Ese no es el punto. El punto es la vivencia religiosa como tal, ser preparados para ella, tener armas epistemológicas para explorarla, para aceptarla o negarla. Y hacerlo para adentro, no para fuera.

Pensamiento mágico. ¿Que Dios es un residuo ancestral del pensamiento mágico? Tal vez. No es cosa que me perturbe. Siento un infinito respeto por el pensamiento mágico. ¿Cómo no habría de tenerlo? De ahí proceden toda la poesía y la música del mundo. Pero quien prefiera seguir oponiendo la ciencia (¡tan llena de magia, por cierto!) a Dios –pleito pasadísimo de moda– pues que siga haciéndolo. Remanentes de un positivismo comtiano completamente anacrónico. Se creen vanguardia, cuando son la más rezagada de las retaguardias. Pero eso quizás no importa. Lo único que importa es que también la negación tenga elementos de juicio adecuados para sostener su postura. Y hasta para esto hace falta una propedéutica de la experiencia religiosa. Es algo que se enseña, se transmite, se estudia.

Como siempre conmigo, esta no es una mera opinión. Yo no soy un opinador profesional. Es un compromiso personal y una exhortación a quienes hoy diseñan nuestros programas educativos. Dios –como presencia o como ausencia– es algo o alguien con quien vamos a tener que vivir toda nuestra vida. ¿No resulta sensato cultivar el arte y la ciencia de pensarlo, de vivirlo, de amarlo, de negarlo?

Nota bene: desde mi último artículo sobre el tema, no pocos lectores han tenido la amabilidad de enviarme sus comentarios, a veces convergentes, a veces divergentes, de mis planteamientos. En un caso como en el otro, he respondido únicamente a aquellos que tenían más contenido conceptual y que estaban más inteligentemente formulados. Pienso hacer lo mismo en esta ocasión.
periódico La Nación 2 marzo 2008

03/04/2008 GMT 1

ANTES DE LLEGAR LOS ESPAÑOLES INDIOS TICOS YA ESPERABAN A JESÚS

marfuerte @ 23:12

Especialista asegura encontrar evidencias
José Adrián Marrero R.
amarrero@780america.com
Fotos cortesía de Leonardo Patterson

Leonardo Patterson cuando en el año 1997 fue recibido por el Santo Padre Juan Pablo II.
Mucho se ha hablado del conocimiento espiritual manejado por los pueblos indígenas de Costa Rica, antes de que llegaran los españoles, pero quizás uno de los estudios más reveladores ha sido el dado a conocer a DIARIO EXTRA por el especialista en Cultura indígena costarricense Leonardo Patterson.

“En las investigaciones que he realizado en los pueblos indígenas costarricenses he encontrado evidencia tanto física como testimonial que muestran que los indígenas cabécar y bribri, estaban esperando la llegada del Mesías, de Jesús, desde tiempos antes que incluso llegaran los españoles”, apunto el experto Patterson.

Explicó que desde muy niño visita las zonas indígenas de Talamanca y que una vez le llamó la atención observar una especie de crucifijo católico, pero los indígenas le explicaron que databa de antes de la llegada de los españoles, porque ellos esperaban la llegada del Salvador.

“Luego empecé a realizar viajes por diferentes culturas indígenas de Centro América y estando en Guatemala me encontré con un indígenas que tenía otra pieza muy similar a la que había observado en Costa Rica y me dio la misma versión, que antes de llegar los españoles ya ellos esperaban la llegada del Cristo”, narró Patterson.

INDÍGENAS MUY ESPIRITUALES
El especialista Leonardo Patterson, quien actualmente se dedica a difundir la cultura indígena de Costa Rica en diferentes partes del mundo, montando exposiciones con piezas arqueológicas, propiedad de diferentes coleccionistas, explicó que es muy probable que los indígenas conocieran de Jesús ya que ellos aun hoy mantienen una alta espiritualidad.

“Los indígenas, son mucho más espirituales que nosotros porque se acercan más a los elementos, como por ejemplo identificar los elementos esenciales de la vida con animales, como ligar la fertilidad con el Jaguar o el Dios con el agua”, señala.

Agregó que cuando llegaron los españoles quienes muchos eras misioneros, tuvieron apertura en los indígenas porque les llevaban el mensaje de quien están esperando y ese era precisamente Cristo.

CAMINANDO CON LOS INDÍGENAS
Patterson a pesar de vivir en Europa, ha realizado diferentes incursiones a las montañas pobladas por indígenas de Centro América, donde ha realizado una serie de reportajes, mostrando elementos íntimos de las tribus indígenas. “Una vez que obtuve conocimiento sobre la cultura indígena me fui a España para conocer otra visión de la llegada de los españoles a América.

“Ahí tuve contacto en el Museo de las Américas, donde amplíe mis conocimientos y quedé más convencido de que se debe mostrar todas las cosas bonitas que tiene la cultura indígena costarricense”, señaló Patterson.
Diario Extra 20 marzo 2008

02/04/2008 GMT 1

Gracias y misterios

marfuerte @ 00:28

Germinal
Año 2 No. 58

Alfonso Chase
Nada más oportuno que recordar en estos días a la escritora, religiosa, fundadora, polemista, sufrida criatura de los odios y rechazos profanos, porque en los poéticos pareciera que tenía la protección divina, que siempre mereció, por amorosa y digna de todas las cosas de su Señor. Teresa de Ávila (1515-1582) es una de las más grandes escritoras que ha producido España y su valor universal corre por el mundo a pesar de las persecuciones, intrigas, malevolencias y las ejecutorias de la no tan santa Inquisición que, espulgando en sus escritos, creyó ver herejías en donde solo hubo poesía, amor divino, vistas sobre misma para así entender a sus prójimos, escapando para siempre de aquellos que dijeron, decían y dicen que su prosa es descuidada, salpicada de giros populares, egocéntrica y con propósitos de interpretar los textos sagrados a su manera y deseo. Pero eso no es cierto, a pesar de Fray Luis de León o de don Miguel de Unamuno, que se sorprendieron al leer su vida, fortunas e infortunios, monólogos y diálogos, como si estuviera levitando sobre todas las cosas mundanas, para escapar así a las miserias de todos conocidas.

Santa Teresa de Jesús es la patrona de los escritores y escritoras, honor que comparte con su amigo San Juan de la Cruz, poeta como ella, compañero de ideas, los cuales forman al binomio sagrado más importante de su época. La de Ávila, como la llamaron algunos, supo construir una voluminosa obra mística, decimos ahora, que la convirtió en clásica viviente, beata en 1614 y santa en 1622, con grandes manifestaciones de júbilo popular y rechazo de sus enemigos, algunos todavía vivos en esa época.

El estilo de la escritora es pulcro, severo algunas veces, desbocado otras, pues escribía entre viajes, admoniciones y fundaciones, en una carrera vertiginosa por hacer en vida lo que se había propuesto. Entre carmelitas siempre, calzadas o descalzas, sus escritos constituyen un ardiente desafío espiritual, escrito todo al modo de oración y mercedes, para dar testimonio de su vida entre los mortales y las escuchas divinas que la impulsaron a sobrevivir a todos los problemas, teniendo como norte la literatura, su propia historia convertida en testimonio colectivo de esos azarosos días, certero vehículo para acercarse a Dios, y acercarnos a nosotros, al genio de esta doctora de la Iglesia Católica, ejemplo de perfección, camino de belleza escrita, esteta de su propia vida y guerrera insólita para lograr dar a sus ideas valor sobre el inmenso tiempo.

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• Santa Teresa de Ávila

1. Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades, que ya yo tenía vergüenza de en tan particular amistad como es tratar de oración tornarme a llegar a Dios. Y ayudóme a esto que, como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me faltaba esto a mí por faltaros yo a Vos.
Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que estaba obligada y vocalmente, que no tener oración mental y tanto trato con Dios la que merecía estar con los demonios, y que engañaba a la gente, porque en lo exterior tenía buenas apariencias.

Y así no es de culpar a la casa adonde estaba, porque con mi maña procuraba me tuviesen en buena opinión, aunque no de advertencia fingiendo cristiandad; porque en esto de hipocresía y vanagloria a Dios, jamás me acuerdo haberle ofendido que yo entienda; que en viniéndome primer movimiento, me daba tanta pena, que el demonio iba con pérdida y yo quedaba con ganancia, y así en esto muy poco me ha tentado jamás. Por ventura, si Dios permitiera me tentara en esto tan recio como en otras cosas, también cayera; más Su Majestad hasta ahora me ha guardado en esto, sea por siempre bendito; antes me pesaba mucho de que me tuviesen en buena opinión, como yo sabía lo secreto de mí.

2- Este no me tener por tan ruin venía que, como me veían tan moza y en tantas ocasiones y apartarme muchas veces a soledad a rezar y leer, mucho hablar de Dios, amiga de
hacer pintar su imagen en muchas partes y de tener oratorio y procurar en él cosas que hiciesen devoción, no decir mal, otras cosas de esta suerte que tenían apariencia de virtud, y yo que de vana me sabía estimar en las cosas que en el mundo se suelen tener por estima, con esto me daban tanta y más libertad que a las muy antiguas y tenían gran seguridad de mí. Porque tomar yo libertad ni hacer cosas sin licencia, digo por agujeros o paredes o de noche, nunca me parece lo pudiera acabar conmigo en monasterio hablar de esta suerte, ni lo hice, porque me tuvo el Señor de su mano. Parecíame a mí —que con advertencia y de propósito miraba muchas cosas— que poner la honra de tantas en aventura, por ser yo ruin, siendo ellas buenas, que era muy mal hecho; como si fuera bien otras cosas que hacía. A la verdad, no iba el mal de tanto acuerdo como esto fuera, aunque era mucho.

3. Por esto me parece a mí me hizo harto daño no estar en monasterio encerrado; porque la libertad que las que eran buenas podían tener con bondad (porque no debían más, que no se prometía clausura), para mí, que soy ruin, hubiérame cierto llevado al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro. Y así me parece lo es grandísimo, monasterio de mujeres con libertad, y que más me parece es paso para caminar al infierno las que quisieren ser ruines, que remedio para sus flaquezas. Esto no se tome por el mío, porque hay tantas que sirven muy de veras y con mucha perfección al Señor, que no puede Su Majestad dejar, según es bueno, de favorecerlas, y no es de los muy abiertos, y en él se guarda toda religión, sino de otros que yo sé y he visto.

4- Digo que me hace gran lástima; que ha menester el Señor hacer particulares llamamientos —y no una vez sino muchas— para que se salven, según están autorizadas las honras y recreaciones del mundo, y tan mal entendido a lo que están obligadas, que plega a Dios no tengan por virtud lo que es pecado, como muchas veces yo lo hacía. Y hay tan gran dificultad en hacerlo entender, que es menester el Señor ponga muy de veras en ello su mano.

Si los padres tomasen mi consejo, ya que no quieran mirar a poner sus hijas adonde vayan camino de salvación sino con más peligro que en el mundo, que lo miren por lo que toca a su honra; y quieran más casarlas muy bajamente, que meterlas en monasterios semejantes, si no son muy bien inclinadas –y plega a Dios aproveche; o se las tenga en su casa. Porque, si quiere ser ruin, no se podrá encubrir sino poco tiempo, y acá muy mucho, y en fin lo descubre el Señor; y no sólo daña a sí, sino a todas; y a las veces las pobrecitas no tienen culpa, porque se van por lo que hallan; y es lástima de muchas que se quieren apartar del mundo y, pensando que se van a servir al Señor y a apartar de los peligros del mundo, se hallan en diez mundos juntos, que ni saben cómo se valer ni remediar; que la mocedad y sensualidad y demonio las convida e inclina a seguir algunas cosas que son del mismo mundo. Ve allí que lo tienen por bueno, a manera de decir.

Paréceme como los desventurados de los herejes, en parte, que se quieren cegar y hacer entender que es bueno aquello que siguen, y que lo creen así sin creerlo, porque dentro de sí tienen quién les diga que es malo.

5. Oh, grandísimo mal, grandísimo mal de religiosos
—no digo ahora más mujeres que hombres— adonde no se guarda religión, adonde en un monasterio hay dos caminos; de virtud y religión, y falta de religión, y todos casi se andan por igual; antes mal dije, no por igual, que por nuestros pecados camínase más el más imperfecto; y como hay más de él, es más favorecido. Usase tan poco el de la verdadera religión, que más ha de temer el fraile y la monja que ha de comenzar de veras a seguir del todo su llamamiento a los mismos de su casa, que a todos los demonios, y más cautela y disimulación ha de tener para hablar en la amistad que desea tener con Dios, que en otras amistades y voluntades que el demonio ordena en los monasterios. Y no sé de qué nos espantamos haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados para que todos sacasen virtudes tienen tan borrada la labor que el espíritu de los santos pasados dejaron en las religiones.

Plega a la divina Majestad ponga remedio en ello, como ve que es menester, amén.

6. Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones, no me pareciendo —como veía que se usaban— que había de venir a mi alma el daño y distraimiento que después entendí era semejantes tratos, pareciéndome que cosa tan general como es este visitar en muchos monasterios que no me haría a mi más mal que a las otras que yo veía eran buenas —y no miraba que eran muy mejores, y que lo que en mi fue peligro en otras no le sería tanto, que alguno dudo yo le deja de haber, aunque no sea sino tiempo malgastado, estando con una persona, bien al principio de conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad; representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de aquello le pasaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que ha esto más de veintiséis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba.

7. Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada si no era con los ojos del cuerpo, y el demonio que me ayudó a que lo creyese así y hacerme entender era imposible y que se me había antojado y que podía ser el demonio y otras cosas de esta suerte, pues que siempre me quedaba un parecerme era Dios y que no era antojo. Mas, como no era a mi gusto, yo me hacía a mí misma desmentir; y yo, como no lo osé tratar con nadie y tornó después a haber gran importunación asegurándome que no era mal ver persona semejante ni perdía honra, antes que la ganaba, torné a la misma conversación y aun en otros tiempos a otras, porque fue muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí —como estaba en ello— tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el distraimiento que esta que digo, porque la tuve mucha afición.

8. Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros —y otras personas que estaban allí también lo vieron— una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la ha habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco esto se me olvidó jamás. ¡Oh, grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estabais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí!.

1. Ilustración de Johann Ulrich Krauss (1655- 1719).

2. Bilder Bible (1705).
Revista Abanico, periódico La Prensa Libre 15 marzo 2008

Cada uno de nosotros: un apóstol

marfuerte @ 00:24

Claudio Alpízar Otoya

Hay que hacer el mayor esfuerzo para mejorar la sociedad

Politólogo

A principios del mes de febrero, el santo papa, Benedicto XVI, recibió a los obispos de nuestra Conferencia Episcopal en su visitaad limina apostolorum (visita a las puertas de los apóstoles). Durante una semana los siete obispos, encabezados por monseñor Hugo Barrantes Ureña, fueron atendidos uno a uno en visita individual por el Sumo Pontífice. En su importante mensaje, el Papa dejo claro que, ante los peligros que hoy enfrenta la sociedad, los religiosos deben actuar en primera instancia, pero que eso no exime a los fieles laicos a quienes “les corresponde participar en esa misión según su vocación específica”. En esta última recomendación es en la que quisiera enfocarme.

Es de suma importancia que todos los costarricenses hagamos los mayores esfuerzos para mejorar la sociedad actual, ante el deterioro que se vienen presentando en las instituciones sociales –desde la familia hasta las diversas instancias de la organización civil– en las que se ha sustentado el desarrollo del país, lo que ha repercutido en todo el entramado social con las consecuencias correspondientes.

Nuestro apostolado. Como seres humanos, todos estamos expuestos a cometer errores; sin embargo, la labor de apostolado que debemos ejecutar desde ese abanico de posiciones –como obreros, administradores, dirigentes comunales, sacerdotes o políticos– nos obliga a una revisión constante del quehacer profesional. Los esfuerzos y la consecución de objetivos deben estar apegados a los más altos principios y valores cristianos de solidaridad, para que sean la guía permanente. Así, los asuntos de raza, nacionalidad, sexo, credo o afinidad política no marcarán diferencia en la lucha por una sociedad en la que se respete la diversidad.

Ahora bien, desde el campo político, los fieles laicos que ejercen el poder en forma transitoria, deben mostrar sus mayores virtudes para la consecución del objetivo primordial: el bien común, única manera para que el pacto social establecido entre todos sea revisado y actualizado con en el transcurrir de los tiempos, realidad que todas las sociedades experimentan en este mundo cambiante y también pasajero.

Las dificultades que día a día se nos presentan son tierra fértil para generar nuevas maneras de anunciar las prédicas cristianas, para que así nuestras funciones profesionales vengan a formar parte de esa misión solidaria que debe emprender toda la sociedad como unidad. De la misma forma, la precariedad económica y la violencia doméstica deberá ser superadas, más cuando en la mayoría de estos casos son mujeres las más perjudicadas: convertidas obligatoriamente en padre y madre, en proveedoras y distribuidoras, como consecuencia del abandono y el debilitamiento que ha sufrido la familia costarricense por las profundas transformaciones a que se ha visto expuesta, pese a ser la institución más importante de todas. El Papa comparte esta preocupación ante la presencia de movimientos que formulan una “multitud de promesas de un bienestar fácil e inmediato, pero que terminan en el desengaño y la desilusión”.

Luz de esperanza. Sin duda, la visita de nuestros obispos y el mensaje transmitido por Benedicto XVI representan una luz de esperanza y una llamada de atención a reaccionar ante cambios que pretenden debilitar la institucionalidad ética y de principios de los seres humanos. Obliga a revitalizar constantemente nuestras creencias cristianas, base fundamental y popular de los cambios y la dirección que exige nuestra sociedad. Debe imperar una “globalización” de beneficios para los más necesitados, que genere una sociedad cada día más justas y caracterizada por una distribución de recursos que no erosione y desintegre, como la que actualmente predomina.

Fundamental en ese cambio de actitud nacional es una intersección de intereses entre la comunidad civil, los políticos y los religiosos, con un diálogo que venga a fomentar la paz social y la tolerancia. Que el intercambio de ideas y la participación sean el principal ingrediente de nuestra democracia, la que debe estar enfocada a la consecución de una sociedad más justa, en la cual desde nuestros diversos estrados todos nos convirtamos no solo en discípulos, sino en misioneros, de Jesucristo.
periódico La Nación 15 marzo 2008

29/03/2008 GMT 1

Pecados desde la compu

marfuerte @ 20:34

Arturo Pardo
apardo@vueltaenu.co.crEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla
Es de conocimiento popular que teclear durante varias horas seguidas podrí­a provocarle un incómodo arratonamiento muscular en sus manos. Observar el monitor encendido durante mucho rato también puede ser perjudicial para su vista. Sin embargo, existen unas cuantas acciones tecnológicas que aunque parezcan inocentes, podrí­an hacerlo caer en pecado.
Esta nueva definición de pecado fue definida, desde hace tres años, por la Conferencia Episcopal Italiana, con la participación de 40 teólogos y pocos la conocen.
Utilizar programas de software sin licencia, entablar relaciones inadecuadas por chat, enviar spam o correos anónimos y datos falsos ahora pueden significar “palabras mayores”.
Por otro lado, acciones como crear virus y páginas de porno en Internet, o comerciar con música y pelí­culas bajadas sin pagar, además de ser ilí­citas, también serán catalogadas como cualquier otro pecado.
El uso de la compu parece que se va dificultar un poco más, si ahora se necesita tener todos los programas de software registrados.
Para no pecar habrí­a que comprar original Windows, el anti virus, el paquete de Office y el programa para quemar discos... Bueno, ese la verdad no tiene mucho sentido si de todos modos ya le está prohibido bajar música o el aterro de pelí­culas que acostumbraba hasta hace poco, para su deleite personal.
El vicario de comunicación de Alajuela, Sixto Varela, indica que “los tiempos cambian y no podemos quedarnos sólo en los pecados de siempre. Hay que concienciar a la gente de que hacer un uso indebido de la tecnologí­a también es pecado”.
Pecados actuales
La reciente clasificación de pecados sociales se presenta como una actualización de diferentes actos.
Si bien es cierto, estos no se mencionan de manera explí­cita en la Biblia según afirma el mismo Varela, “no son nuevos pecados, sino nuevas iluminaciones que podemos interpretarlas teniendo en cuenta todo lo que la escritura nos regala”.
“Imposible que la escritura nos hable de los pecados de la Internet, porque no son términos que la escritura maneja. Probablemente dentro de un tiempo habrá que iluminar nuevas realidades”, complementó.
La Iglesia con la nueva manifestación, no está menospreciando las utilidades de la tecnologí­a o de internet. Sin embargo, sí­ solicita a la ciudadaní­a hacer conciencia sobre el uso que le da, y evitar darle utilizaciones indebidas o en forma abusiva.
En cuanto a otros pecados sociales que se hicieron mención recientemente, se incluyeron la manipulación genética, el daño ambiental, la acumulación excesiva de riquezas, el narcotráfico y el consumo de drogas.
Si usted tiene la costumbre de confesarse o disculparse por cometer cierto tipo de “delitos morales”, para la próxima tendrá que hacer memoria extra sobre sus malas acciones.
Recuerde el último disco que consiguió pirateado, haga lista de los programas que le pasó el técnico de su compu y efectúe un conteo de las horas que le dedica al chat. Mejor que lo agarren confesado
periódico Vuelta en U. 14 marzo 2008

La pava tirándole a la escopeta

marfuerte @ 20:13

Adrián Rodríguez Solórzano

Cientista económico y social

El señor Víctor Hugo Munguía, presbítero de profesión, en Vivat academia, vivant professores (Foro, 6/3/08) critica a los profesores universitarios que “incursionan en teología, en Sagrada Escritura, en historia de la Iglesia...”. Eso, según él, es exclusivo para quienes son “expertos en teología”... y los profesores universitarios no deben “atreverse a hablar de lo que se ignora”. Claro, él y sus colegas sí se conceden la libertad y autoridad para escribir y hablar sobre temas que les son absolutamente ajenos, tanto por su formación como por su experiencia personal: sobre sexualidad, sobre tratados de libre comercio, sobre métodos anticonceptivos, sobre paternidad, sobre la familia... Parafraseándolo, le diría: “Una sotana o un doctorado en teología no convierte a nadie en experto en esos temas”.

En su comentario nos reafirma las “verdades” de siempre: que la Iglesia y sus líderes son los únicos que pueden hablar sobre “religiones comparadas”, que su misoginia se desdice por la devoción a la supuesta virgen María, que su lucha contra el gnosticismo implica que ellos –los curas– dan a las mujeres el lugar que les corresponde, que solo ellos pueden interpretar correctamente la Biblia, que la teología (estudio de lo inexistente) no es superchería supersticiosa, que ellos no esconden los Evangelios Apócrifos y que la prueba es que en sus bibliotecas se encuentran, etc.

Misoginia manifiesta. La Iglesia y sus líderes son misóginos por excelencia. Aparte de un historial que lo confirma, basta con preguntarles: ¿Acaso una mujer puede ser papa, o cardenal, o presbítero? ¿No está llena de sandeces misóginas la misma Biblia? ¿No son “impuras” las mujeres durante su menstruación? Por otro lado, ¿la devoción a la virgen María significa que el resto de las mujeres –mortales, vírgenes o no– tienen los mismos derechos que los hombres en su organización?

Y ellos, profesionales de la religión, lucharon contra el gnosticismo por causas que todos conocemos (era una fuerte competencia –herejía cristiana para su Iglesia– que identificaba al demiurgo creador del corrupto mundo físico con el Jehová bíblico), no porque este no le diera su lugar a las mujeres. Si esta hubiese sido una razón, entonces deberían proscribir la Biblia por su irreductible misoginia.

Por cierto, el que los judíos luchen contra los palestinos (la mayoría de estos se flagela o aprueba dicha práctica) no significa que lo hacen precisamente para erradicar la flagelación.

No hay exclusividad. Y otra cosa: entre los mismos teólogos hay fuertes diferencias en cuanto a la interpretación de la Biblia. Nadie puede arrogarse la exclusividad de su interpretación. ¿O acaso él tuvo alguna visitación divina que le confirió ese poder?

¡Ah!, los curas pueden tener los Evangelios Apócrifos en sus bibliotecas, pero ¿están disponibles al público?, ¿los ventilan acaso?, ¿forman parte de sus sermones?, ¿promueven su lectura y discusión?

Por supuesto, el señor Munguía debe defender su profesión a capa y espada, mas no debe asumir el papel de juez infalible cuando ya el mismo papa actual contradijo al anterior con esas fábulas del infierno.
periódico La Nación 13 marzo 2008

El seminario

marfuerte @ 00:47

Mauricio Víquez Lizano

Presbítero

Hace algunos días, conversando con un sacerdote amigo y algo disgustado por esas cosas que a veces ocurren en la vida, dije ciertas cosas que en realidad no creía. Ese hecho, más la conversación con un antiguo seminarista y algunas lecturas cuaresmales en espacios pequeños que me he dado en medio de mis labores, me han llevado a recordar cosas que tienen que ver con una vocación y mis días de seminarista.

Repasando y descubriendo cosas, miré algunas de las impresiones que guardaba el actual papa en su obra autobiográfica Mi Vida acerca de su vida de muy joven estudiante. De entre todo lo que narra, J. Ratzinger cuenta de ese refugio de convivencia y estudio que era el seminario en medio de una guerra cruel que poco a poco iba marcando el corazón y la vida de tantos. Un lugar apacible, sobrio y exigente era aquel donde se gestó el corazón y la mente de uno de los teólogos más relevantes del presente.

El genial José Luis Martín Descalzo, en su singular escrito titulado Un cura se confiesa , escribe esto: “Sí, amigo, sí; aunque no lo creas, yo fui hombre feliz en el seminario”.

Una experiencia feliz. Pues estas anotaciones del actual Pontífice y de don José Luis, amén de los hechos que ya indiqué, me lanzaron irremediablemente a pensar en mi recorrido por los pasillos, aulas y jardines del seminario, de nuestro Seminario Central. Curiosamente, llegué a la misma conclusión de ambos. Primero, fue un ambiente incomparable para absorber dos milenios de maravillosa sabiduría católica, así como una tradición filosófica más secular aún y de andar absorto por la historia de una institución excepcional que tiene como misión llevar al ser humano de siempre hasta Cristo. Segundo, efectivamente, fue una experiencia más feliz que otra cosa.

Por mis años, abiertos en 1983 por la visita de Juan Pablo II, el claustro de profesores supo dar lo que tenía. Profesores jóvenes eran esos que venían ansiosos de dar lo mejor de sí y lo dieron a quienes se les confiaron por decisión de los obispos de entonces. Docentes dedicados que pasaban por las aulas del edificio que, visible en Paso Ancho desde muchos lugares de San José, acogía futuras generaciones de hombres animados por un ideal que esperaban no perder de vista.

Un verdadero maestro. Los padres Munguía, Sancho, Hernández, Quirós y otros se sucedían por la aulas semana a semana, compartiendo lo que preparaban con ahínco en sus respectivos estudios.

En mi caso, singular y aleccionadora era la presencia y el magisterio de Carlos J. Alfaro. Un verdadero maestro de esos que solo aparecen una vez en la vida. Nunca antes en la Universidad de Costa Rica o después en posgrados tuve oportunidad de conocer a un hombre de tal talla académica y coherencia vocacional cristiana.

Pero no solo era eso. En el seminario había normalmente alegría de vivir. Había gentes variadas y llenas de riquezas particulares. Los santos notorios y los que lo eran menos evidentes. Los brillantes y los que tenían que dedicarse más. Los que pensaban así y los que pensaban asá. Era una vida marcada por rezos, cantos, hartas horas de estudio serio, alguna que otra hora difícil, disputas deportivas y, por supuesto, de una meta común.

Eso fue el seminario para mí. Hoy no debe ser muy distinto. Y, como siempre, es bueno pensarlo, es casi seguro que, de volver a tomar decisiones fundamentales en la vida, resolvería de nuevo pasar la gran puerta de madera que alguna vez me abrió el rector de entonces, ahora obispo en Cartago. Si fuera joven católico de este 2008, consideraría el camino del sacerdocio si Dios me llamara. Y seguramente sería de nuevo, dentro de los muros del seminario, con sus luces y sombras, un hombre feliz.
periódico LA Nación 10 marzo 2008

25/03/2008 GMT 1

Romero: 28 años.

marfuerte @ 03:08

Ocean Castillo Loría.

El 24 de marzo de 1980 cae asesinado Monseñor Oscar Arnulfo Romero, este año se cumplen 28 años de su muerte martirial. Cuán cierta resulta aquella palabra de Jesús que declaraba que si el grano de trigo no muere en la tierra no produce fruto. Este es precisamente el caso de Mons. Oscar Arnulfo Romero, quien ejerciendo su ministerio pastoral encuentra la muerte. La bala asesina destruye su corazón en el momento del ofertorio, cuando el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor.

El 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, nace el segundo de los ocho hijos del matrimonio compuesto por Santos Romero y Guadalupe Galdaméz. Su nombre: Oscar Arnulfo. Este niño tímido y reservado tuvo que interrumpir sus estudios primarios por enfermedad.

Trabajó desde muy joven, aprendiendo carpintería por las mañanas y en las noches, recibiendo de su madre el amor por la devoción a los santos y reteniendo las oraciones que hacían juntos. Es a partir de estas experiencias que muestra desde muy temprana edad inclinaciones religiosas.

Teniendo trece años presencia la ordenación sacerdotal de un joven, por lo que aprovecha la oportunidad para conversar con un clérigo al que le manifiesta su deseo de ser sacerdote. Al año siguiente, Oscar ingresa al Seminario Menor de San Miguel a cargo de los PP. Claretianos. Allí se encontrará por un periodo de hasta 7 años.

Sin embargo, durante este lapso debe de nuevo enfrentar el corte de sus estudios ya que debe regresar a su hogar dada la mala situación económica de su familia. Es por ello que durante tres meses trabaja junto a sus hermanos en las minas de oro de Potosí, ganando cincuenta centavos al día.

Corría el año de 1937 cuando ingresa al Seminario Mayor de San José de la Montaña en San Salvador. Luego de 7 meses es enviado a Roma para profundizar sus estudios en teología. Romero llega a la capital italiana cuando Europa sufre la destrucción y el sufrimiento de la Segunda Guerra Mundial.

El 4 de abril de 1942 es ordenado sacerdote en Roma. Oscar Arnulfo Romero G. contaba con 25 años. Al año siguiente, obtiene su licenciatura en teología en la Universidad Gregoriana. De cara a la obtención de su grado doctoral, el padre Romero se interesa por temas como la mística y la teología ascética, pero la guerra, no le permite continuar con este proyecto.

Ya en El Salvador, sirve en la parroquia de Anamorós y por 20 años en San Miguel donde promueve diversos grupos apostólicos y muchas obras sociales; del mismo modo, impulsa la construcción de la Catedral de San Miguel y la devoción a la Virgen de la Paz.

El Padre Romero es símbolo del sacerdote tradicional: Oración, pastoreo, disciplina, temperancia. En muchas ocasiones, su imagen provocaba el distanciamiento de sus colegas por su tradicionalismo. Por otro lado, Romero se ganaba el cariño de su pueblo.

A estas alturas (Entre 1965 y 1968), la Iglesia Católica en América Latina está siendo impactada por dos importantes documentos: el Concilio Vaticano II y el documento con las conclusiones de Medellín, en los cuales se rescató el valor de la dignidad humana, sobre todo haciendo énfasis en los marginados.

Estos textos tuvieron una importante repercusión en un país como El Salvador donde se verificaba la explotación económica por parte de catorce familias que prácticamente eran dueñas del país, y que estaban aliadas al ejército.

El 3 de mayo de 1970, a los 53 años, es notificado de su nombramiento como Obispo y el 21 de junio de ese año, es ordenado y nombrado Auxiliar de Monseñor Luis Chávez y González, arzobispo de San Salvador. Este es un momento difícil para Romero, pues no encaja en una diócesis donde comenzaban a concretarse los cambios del Concilio y Medellín. Y es que el Padre Oscar era un sacerdote conservador, tímido, dedicado a administrar los sacramentos y a visualizar el Reino de los cielos, como el consuelo en la vida en el mundo futuro.

Monseñor Romero defiende y divulga la lógica del Concilio y Medellín, pero sin un convencimiento interno y sin apoyar la Teología de la Liberación. Es en este momento donde se le elige como director del periódico “Orientación” al que le imprime una línea editorial conservadora, donde critica a los sacerdotes que trataban de llevar adelante una evangelización de corte liberador.

Luego, fue nombrado rector del Seminario Mayor San José de la Montaña. Romero no resultó eficiente en la administración de esta instancia y tuvo que cerrarse. Lo cierto es que esa fue una consecuencia de la excesiva bondad y desprendimiento de Monseñor.

En 1974 es investido como Obispo propietario de la diócesis de Santiago María, donde iniciaba la represión contra campesinos organizados. Serán las masacres propiciadas por el gobierno y el ejército, las que impactarán al religioso e iniciarán su cambio de posición.

En junio de 1975 con motivo del asesinato de 5 campesinos, los sacerdotes del lugar le piden que haga una denuncia pública, pero éste, manda una fuerte carta al Presidente de la República. Romero comienza a despertar a una dura realidad.

Realidad de pobreza del campesinado.

Realidad de injusticia propiciada por la ambición de los patronos que negaban el salario justo.

Pobreza de las mayorías, riqueza de una minoría.

El pueblo se organiza para protestar en medio de la represión, los fraudes electorales y el grito de la Iglesia por justicia y paz. Es por este mensaje de la Iglesia que el gobierno expulsa a varios sacerdotes.

Para 1977, el 23 de febrero, Monseñor Romero con 59 años, es nombrado Arzobispo de San Salvador. Los sectores poderosos muestran su complacencia con el nombramiento, pues su esperanza era que detuviese el accionar progresista de la Arquidiócesis.

El panorama que encontró Monseñor fue el de una Iglesia encarnada en su mayoría con el pueblo. Tal encarnación se pagaba con un precio muy alto.

El 12 de marzo de 1977 es vilmente asesinado de 12 disparos el Padre Rutilio Grande SJ, junto a dos campesinos, un anciano y un niño. Es en estas muertes donde Monseñor termina de identificar dónde está Jesús y dónde sus acosadores. La luz de las Bienaventuranzas y del juicio final iluminan al prelado, él entiende la estatura de su misión, en el momento que aumenta la represión contra la Iglesia.

También en 1977 llega al poder mediante un claro fraude, el General Carlos Humberto Romero. Esta elección provoca protestas populares que desembocan en la muerte de muchos Salvadoreños.

Romero acompaña al pueblo en su sufrimiento continuando la obra de la Iglesia y haciendo realidad su lema: “Sentir con la Iglesia”. Los religiosos siguen siendo asesinados: el 11 de mayo cae el P. Alfonso Navarro Oviedo. En ese momento Monseñor expresa: “…cesen de perseguir la misión de la Iglesia. Cesen de sembrar discordias y rencores. Cesen de propalar esa filosofía de la maldad, de la venganza. Y unámonos todos para hacer de nuestra Patria, una Patria más tranquila…” El 28 de noviembre de 1978, se asesina al P. Ernesto Barrera y con él, a quienes ya hemos mencionado, y que engrosan una larga lista de familias, laicos, sacerdotes y catequistas que caen víctimas de la represión en El Salvador.

El seguimiento de Cristo, se encarna cada vez más en su vida, no como teoría sino como compromiso: “Hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda esa carne que sufre, tiene cerca de Dios. La religión no consiste en mucho rezar: consiste en esa garantía de tener a mi Dios cerca de mí porque les hago el bien a mis hermanos. La garantía de mi oración no es el mucho decir palabras; la garantía de mi plegaria está muy fácil de conocer: ¿Cómo me porto con el pobre? Porque allí está Dios”.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero se entrega a su pueblo. Son numerosas sus visitas pastorales y la celebración frecuente de dos o tres misas en distintos lugares. Se reunía constantemente con la gente, sobre todo, con los más pobres. En muchas oportunidades fungió como mediador en conflictos de trabajo, refugió a campesinos que huían de la persecución y dio mayor impulso a los medios de comunicación de la Iglesia. Así cumple uno de los mensajes de su primera carta pastoral aparecida en 1977: “La Iglesia no vive para sí misma”.

Monseñor se constituye en verdadero testigo de Cristo al denunciar un sistema que enfrenta a los hermanos de un mismo país, poniendo al humilde soldado contra el humilde campesino, lo cual implica como resultante una trasgresión a la ley de Dios. Pecado que conduce indudablemente a la muerte. Testimonia la muerte de Cristo en la muerte de su pueblo, testimonia su resurrección con la esperanza de la paz.

En agosto de 1977, se publica su segunda carta pastoral: La Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia, en la que vuelve a subrayar el sentido de servicio de la iglesia y el papel que esta cumple con relación a la historia humana e historia de la salvación. Asimismo, trata de dialogar con el poder político sobre la situación persecutoria que vive la iglesia, esto por cuanto ha hecho la opción por los pobres.

De igual manera, rescata el concepto de unidad eclesial que se logra: “en la fidelidad a la palabra y en la exigencia de Jesucristo y se cimenta en el sufrimiento común. No puede haber unidad de la Iglesia ignorando la realidad del mundo en que vivimos”.

Ya en estos momentos las Homilías de Romero adquieren gran notoriedad, por el análisis de las situaciones que se viven a la luz de la palabra de Dios. Es con las homilías como mejor se reconoce la dimensión profética de Monseñor. Del mismo modo, son punto infaltable en el análisis de la situación del país tanto en el campo político como eclesiástico. Es por esto que en diversas ocasiones la emisora YSAX, donde se trasmitían, trató de ser silenciada. Pese a esto, en los momentos que lograron interrumpir las trasmisiones, el mismo pueblo reproducía su palabra. Indudablemente, a través de las homilías, Monseñor Romero historizaba el mensaje bíblico en la realidad de El Salvador.

Es en este testimonio de palabra y obra donde se haya el centro de su mensaje (Que también es el mensaje de Jesús): No hay amor más grande que dar la vida: “La única violencia que admite el Evangelio es la que uno se hace a sí mismo. Cuando Cristo se deja matar, esa es la violencia, dejarse matar. La violencia en uno es más eficaz que la violencia en otros. Es muy fácil matar, sobre todo cuando se tienen armas, pero, ¡que difícil es dejarse matar por amor al pueblo!”.

En 1978 se publica su tercera carta pastoral: La Iglesia y las organizaciones políticas populares. Aquí se confirma que Monseñor ha tomado partido por el pueblo ante la violencia del opresor. Es esta carta una excelente muestra de creatividad doctrinal.

No hay duda que por su valentía, inteligencia y sencillez es que el mundo puso sus ojos en él, y es así como entre 1978 y 1980, recibe el Doctorado en Humanidades Honoris Causa de la Universidad Georgetown de Washington. En aquel momento entre otras cosas expresó: “… el sufrimiento, el temor, la inseguridad, la marginación de muchos hermanos, están aquí recibiendo hoy conmigo un homenaje de respeto y admiración, lo mismo que un rayo de consuelo y esperanza.
…Ha resonado también en su voz (La de la Iglesia), el acento de la dignidad de una Iglesia que prefiere su fidelidad al Evangelio a los privilegios del poder y del dinero, cuando éstos pueden empañar su testimonio y su credibilidad”.

En este mismo periodo se le otorga el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Lovaina, en su discurso resume del siguiente modo su misión y por ende, la de la Iglesia: “Los antiguos cristianos decían: Gloria Dei, vivens homo, (La gloria de Dios es el hombre que vive). Nosotros podríamos concretar esto diciendo: Gloria Dei, vivens pauper, (La gloria de Dios es el pobre que vive.). Creemos que desde la trascendencia del Evangelio podemos juzgar en qué consiste en verdad la vida de los pobres; y creemos también que poniéndonos del lado del pobre e intentando darle vida sabremos en qué consiste la eterna verdad del Evangelio”.

También recibe el premio de la paz de las Iglesias Suecas y se le propone como candidato al Premio Nóbel de la Paz. Y es que la paz, fue una preocupación permanente de Romero. Es innegable que esta preocupación adquiere actualmente una vigencia tremenda: “Este es el concepto fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana, es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque es vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz”.

Queda claro que aquellos sectores que tanto en el pasado, el presente y el futuro, piensan que la guerra traerá la paz, están equivocados, en el tanto, la violencia solo engendra violencia. En esta misma lógica, el primero de julio de 1979, Monseñor expresó: “…debe quedar bien claro que si lo que se quiere es colaborar con una seudo paz, un falso orden, basados en la represión y el miedo, debemos recordar que el único orden y la única paz que Dios quiere es la que se basa en la paz y la justicia. Y ante esa disyuntiva, nuestra opción… es clara y obedecemos al orden de Dios antes que al orden de los hombres”.

Resulta lamentable que en pleno siglo XXI el mundo tenga que verse involucrado en la dinámica del terror, la inestabilidad y la desconfianza, y que nuestra América Latina vea complicadas sus aspiraciones de desarrollo; postergando también en nuestros países la verdadera vivencia de la justicia y la paz.

Luego de lo que puede considerarse un paréntesis para hablar un poco de lo que Monseñor consideraba sobre el tema de la paz, es importante recordar que en Agosto de 1979 se publicó su cuarta carta pastoral: Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país. En ella, se afina el tratamiento del tema de la violencia condenando aquella que provoca víctimas y la que es generada como exceso en relación a los objetivos que se persiguen.

La violencia continuaba golpeando a El Salvador y a la Iglesia. El 4 de agosto de 1979 asesinan al P. Alirio Napoleón Macías a quien acribillan, según el testimonio del Diario de Romero: “Entre la sacristía y el altar Mayor”. Al día siguiente, Monseñor hace referencia a este hecho en la Misa de la catedral. Tampoco puede olvidarse que en el mes de marzo de ese año, había sido asesinado el P. Octavio Ortiz.

El 20 de junio de 1979 se ejecuta un nuevo asesinato contra un sacerdote, en esta ocasión, se trata del Padre Rafael Palacios. En la homilía ante su cuerpo, Monseñor expresa tal y como lo consignó en su diario: “…que el Padre Palacios había encontrado en Santa Tecla (Lugar donde ejercía su ministerio pastoral), lo que todo sacerdote fiel encuentra donde trabaja, mucho amor y mucho odio. Y testimonio del odio era la trágica muerte por asesinato y que indicaba cómo la Iglesia que tiene que cumplir el deber de denunciar el pecado, tiene que estar dispuesta a sufrir las consecuencias de haber tocado ese monstruo que hace tanto mal en el mundo, el pecado”.

En octubre de ese año diversos sectores políticos se alían a una parte del ejército que promueve el derrocamiento del Presidente G. Carlos Humberto Romero. En esta dinámica, el ejército retiene el control del poder, con lo que los sectores reformistas del nuevo gobierno quedan por fuera y se reprimen las manifestaciones populares.

De allí surge una segunda junta de gobierno, en la que la vieja Democracia Cristiana (DC) tiene un papel fundamental. El juicio de Monseñor Romero sobre lo que acontece

Romero: 28 años (2)

marfuerte @ 03:04

es muy claro: “En las diversas coyunturas políticas lo que interesa es el pueblo pobre. Según les vaya a ellos, la Iglesia irá apoyando desde su especificidad, uno u otro proyecto político… Lo que se ha evidenciado esta semana es que ni la Junta, ni la DC están gobernando el país… si no el sector más represivo de las fuerzas armadas. Si no quieren ser cómplices de tanto abuso de poder y tanto crimen deben señalar y sancionar a los responsables… se siguen manchando sus manos con sangre ahora más que antes…
El actual gobierno carece de sustentación popular y solo está basado en las fuerzas armadas y algunas potencias extranjeras. Su presencia (la de la DC) está encubriendo, sobre todo a nivel internacional, el carácter represivo del régimen actual”.

Ya hemos hecho referencia al Doctorado Honoris causa que recibe Monseñor en Lovaina en 1980, donde describe muy bien su proceso de conversión, la visión de la misión de la Iglesia como faro de esperanza del pueblo y con una clara dimensión profética denuncia la situación de los pobres de El Salvador: “(Yo soy) pastor que con su pueblo ha ido aprendiendo la hermosa y dura verdad de que la fe cristiana nos sumerge en el mundo.
La actuación de la Iglesia siempre ha tenido repercusiones políticas. El problema es cómo debe ser ese influjo para que sea según la fe.
El mundo a que debe servir la Iglesia es el mundo de los pobres… los pobres son los que nos dicen qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo…
… La esperanza que fomenta la Iglesia es un llamado… a la propia responsabilidad de las mayorías pobres, a su concientización, a su organización… y es un respaldo a sus justas causas y reivindicaciones.
Son los pobres los que nos hacen comprender lo que realmente ocurre… la persecución (de la Iglesia) ha sido ocasionada por la defensa de los pobres y no es otra cosa que cargar con el destino de los pobres.
El pueblo pobre es hoy el cuerpo de Cristo que vive en la historia…
La Iglesia se ha comprometido con el mundo de los pobres… Siguen siendo verdad entre nosotros las palabras de los profetas de Israel: Existen los que venden al Justo por dinero y al pobre por unas sandalias; los que amontonan violencia y despojos en sus casas, los que aplastan a los pobres… acostados en camas de marfil, los que juntan casa con casa y campo con campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país”.

Son sus palabras y su misión las que, al denunciar las estructuras de opresión y muerte le van forjando su camino al martirio: “A esa oligarquía le advierto a gritos: Abran las manos, den los anillos, porque llegará el momento en que les corten las manos”.

El 15 de febrero de 1980, concede una entrevista a Prensa Latina, donde clarifica más estas denuncias: “la causa de nuestro mal es la oligarquía; ese reducido núcleo de familias al que no importa el hambre del pueblo… la represión contra el pueblo resulta para ese núcleo de familias una especie de necesidad para mantener y aumentar sus niveles de ganancia”.

Asimismo, se dirige a los soldados conminándolos a la desobediencia civil: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles; hermanos son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus hermanos campesinos.
Ante una orden de matar que dé un hombre, deben prevalecer la ley de Dios que dice: no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan a su conciencia antes que a la orden de pecado.
La Iglesia defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación.
Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios; en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: CESE LA REPRESIÓN”.

A un mes exacto de que se concretara su homicidio dijo: “No sigan callando con la violencia a los que les estamos haciendo esta invitación (A ser solidarios), ni mucho menos, continúen matando a los que estamos tratando de lograr haya una más justa distribución del poder y de las riquezas de nuestro país. Y hablo en primera persona, porque esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya”.

Romero utiliza estas amenazas para catequizar y asumir el posible martirio como forma de sacrificio por la liberación, y como ejemplo de perdón a sus homicidas. Dos semanas antes de su muerte, concede una entrevista al periódico mejicano “Excelsior”, donde reflexiona sobre este tema: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad.
Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador…
El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad. Mi muerte si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro.
Puede usted decir, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá sí se convencieran que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.

Monseñor Romero fue un pastor y un profeta. Un pastor porque guió al pueblo salvadoreño hacia la paz; un profeta, porque habló de su espacio y su tiempo denunciando lo incorrecto como Elías ante Acab o Juan el Bautista ante Herodes Antipas y al igual que el Bautista, Romero tenía que morir, pues resultaba incómodo a quienes gobernaban.

Debía morir porque hablaba con la verdad a los demonios de la mentira y la ignorancia.

Pese a esto, no queremos dejar la impresión de que Monseñor no tenía temor, así como su maestro padeció en Getsemaní, así Romero tuvo miedo. En su último retiro espiritual escribió lo siguiente: “Mi otro temor es acerca de los riesgos de mi vida. Me cuesta aceptar una muerte violenta que en estas circunstancias es muy posible; incluso el Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana. El Padre me dio ánimo diciéndome que mi disposición debe ser dar mi vida por Dios cualquiera que sea el fin de mi vida. Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Él asistió a los mártires y, si es necesario, lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro. Pero que más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para él”.

El 24 de marzo de 1980, al oficiar misa en la Capilla del Hospital La Divina Misericordia, a diez minutos de que le dispararan, dijo en la homilía: “Ha llegado la hora de glorificar al Hijo del Hombre… Si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, queda solo el grano. Pero si muere da mucho fruto… Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a sí mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige, y que el que quiera apartar de sí el peligro perderá su vida. En cambio el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, éste vivirá como el granito de trigo que muere, pero aparentemente muere. Si no muriera se quedaría solo.
Si hay cosecha es porque muere, se deja inmolar en esa tierra, deshacerse; y solo deshaciéndose produce la cosecha…
Que este cuerpo inmolado y esta sangre, sacrificada por los hombres, nos alienten también a dar nuestro cuerpo al sufrimiento y al dolor: como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestros pueblos”.

El lunes 24 de marzo de 1980, a las seis y treinta de la tarde, mientras Romero ofrecía el pan y el vino que se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo, la bala asesina le arrebata la vida. Este discípulo sigue su camino en la muerte y encuentra la vida resucitando en su pueblo eternamente.

Es por esta razón que Monseñor Oscar Arnulfo Romero, es santo en el corazón del pueblo, en sus desafíos cotidianos y en su oración esperanzadora. El espíritu de Monseñor vive en la pobreza de Latinoamérica, vive en la explotación de los pobres, vive en quienes luchan contra la injusticia y combaten a los mentirosos, traidores y facinerosos.

A 28 años del asesinato de Romero, queda claro que nuestra iglesia Latinoamericana requiere Obispos de su talante.

Este deseo sigue vigente.

Como también sigue vigente la vivencia de un verdadero cristianismo.

Cristianismo forjado en el trabajo.

Cristianismo conciente de la crisis que implica el seguimiento. Crisis que se debate entre las reservas de los que no lo comprenden y el amor de sus beneficiarios.

Cristianismo que se concrete en la misión de la Iglesia: la defensa de los pobres.

Cristianismo que encuentre en la Iglesia el medio para acercarse al pueblo.

Cristianismo que intensifique la construcción de la paz, derrotando ese seudo cristianismo que apoya guerras y muerte.

Cristianismo que ante la injusticia no se escude en la imparcialidad para no ser la voz de los más necesitados.

Cristianismo dispuesto a ser grito profético de los marginados.

La sangre de Monseñor se mezcla con la del Hijo del Hombre ese 24 de marzo para marcar el camino de la liberación de su pueblo, de América Latina y el mundo entero.

Hace poco expresamos que la beatificación de Monseñor Romero encuentra cada vez más problemas en el Vaticano, y repetimos como en aquel momento que: “Beatificar a Romero es un acto de justicia dentro de la iglesia.

Pero si por ventura, este acto se siguiera atrasando, es totalmente comprensible el que la figura de Santidad de Monseñor tenga lugar en el altar del Templo de Dios que es cada creyente.

De hecho, al fin y al cabo, esto es lo más importante.”.

Por ello, hoy, 28 años después de su asesinato, viendo los desafíos que nos toca enfrentar, decimos llenos de fe: “Monseñor Oscar Arnulfo Romero, ruega por nosotros”.

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