Ocean Castillo Loría.
Casi siempre fijamos nuestros ojos en el Jesús del madero.
El Jesús del madero como imagen de una iglesia.
El Jesús del madero como un recuerdo de la historia.
Pero este hombre que cuelga en una cruz, sigue crucificado hoy como ayer, y tal y como se miran las cosas, lo seguirá mañana.
A Jesús lo condenan a muerte por denunciar la opresión de su pueblo, porque resulta incómodo, incómodo porque desnuda a las clases dirigentes de su pueblo, así, hoy se condena a muerte al que denuncia, puede ser una muerte física, pero también a una muerte espiritual: “A ese no le hablen, con esa no se relacionen, porque ellos son críticos, porque ellos no se ajustan a nuestros “Valores””.
Jesús recibe y carga la cruz.
¿La cruz es solo el dolor de la vida?
La cruz es la vida misma, se recibe y se asume. No hay escapatoria.
La cruz, la vida donde debe morir nuestro egoísmo y vivir el Señor de la historia.
Jesús carga la cruz. Jesús se cae con la cruz.
Todos nos caemos alguna vez al asumir la vida, lo importante es levantarse, en medio de las heridas, en medio de la injusticia, en medio de la desesperanza. En medio de esa historia, que es nuestra historia, Jesús nos da ejemplo: se levanta con la cruz.
Jesús encuentra a su madre.
Jesús había escogido el camino que Dios le presentaba, el camino del Reinado del Padre. Ese reinado significaba dejar desnudas las estructuras opresoras. Esas estructuras que la gente siempre dice, no se pueden cambiar.
El camino que escogemos tiene consecuencias. El camino de Jesús tuvo consecuencias. Tiene que encontrar a su madre, viuda y a punto de perder a su hijo. Prácticamente en el abandono. Ella, con los recuerdos de aquel niño curioso, alegre, como cualquier otro niño, que lloraba, reía y jugaba con sus amiguitos.
Él, recordando como del seno de su madre recibió el alimento, como le cuidaba y en las noches, le cantaba o le contaba historias para que conciliara el sueño.
Él dice “Mamá”, como palabra que significaba protección y seguridad.
“Mamá” palabra que en aquella escena significa: “He seguido mi camino, camino de profeta que te trae sufrimiento, camino de muerte que trae la vida. Hoy parece que las estructuras que he querido derrotar tienen el triunfo, pero confía en Dios como siempre has confiado”.
Ella dice “Hijo”, palabra que significa: “En ese madero en el que colgarás, también agonizará mi corazón, Dios marcó tu camino como también marcó el mío, a ti te da la cruz, a mi, una espada me atraviesa el alma”.
Jesús se muere, no llegará al sitio de su muerte. Eso es intolerable, al pueblo hay que darle el circo del torturado, el sufrimiento de quien merece la muerte. La gente ha venido a ver un espectáculo y hay que dárselo.
“Él se metió solo en este lío, Él fue el que se hizo llamar Hijo de Dios, Él fue el que llamó a lo “mejor de nuestra gente” hipócritas, Él se metió solo, debe morir solo”. Cerca de allí, un jornalero regresa de su faena, como cualquiera viene pensando en lo difícil que está la vida, en que está cansado, que tiene hambre y quiere ver a su mujer y a sus hijos.
El jornalero quiere vivir su vida, sin meterse con nadie, pero quienes oprimen se meten en ella, lo sacan de sus pensamientos y sus ilusiones. Lo difícil que está la vida se cambia por el rostro del condenado a muerte.
Su cansancio se vuelve más cansancio porque tiene que ayudar a cargar una cruz, la cruz de otro, de uno que no conoce pero que sufre. Su hambre se torna en asco por el manojo de carne que es Jesús y que está vivo de milagro. Su mujer y sus hijos… desconocen la nueva “faena” de aquel hombre de Cirene.
Quizás no te guste ayudar a cargar una cruz. “Que cada uno se ocupe de sus cosas”. “Cada uno en su casa y Dios en la de todos” y los crucificados de nuestro tiempo siguen muriendo. El Cirineo cargó la cruz pero no se crucificó con el condenado. Pero algo había cambiado, sus pensamientos ya no eran aquellos que ocupaban su cabeza. Sus pensamientos quedaron en aquel hombre destruido por la injusticia de este mundo.
¿Cuál es la verdadera imagen de Jesús?
La de los hambrientos que piden comida y no son consumidores conforme al libre mercado y como no son consumidores tampoco son seres humanos.
La de los sedientos que necesitan del liquido vital, los que mueren sin sentir la frescura de la vida. Sedientos, sedientos de una respuesta, sedientos de justicia, sedientos de liberación.
Las de las y los forasteros. Esos despreciados que pagan justos por pecadores. Los que reciben toda la atención de los medios de información son los que trafican, roban y matan. Pero los otros, los que trabajan honradamente, los que aportan al progreso de un país, los que luchan por la vida, esos no son dignos de un espacio en el rutilante mundo de las noticias.
La de las forasteras, las explotadas: “Usted tiene trabajo, pero no garantías sociales”, “¿Embarazada?, pues la pongo de patitas en la calle”. Las forasteras, como María en el mismísimo Belén, como en Egipto. Jesús vivió como forastero, inclusive entre su propio pueblo.
La de los desnudos, la de los humillados, la de las personas sin dignidad, dignidad despojada por la cultura de la muerte.
La de los enfermos. Los que tienen dolor, los que saben que van a morir y los que sufren de los rigores de fuertes tratamientos para tratar de recobrar su salud. La imagen de Jesús es la del paciente con cáncer, con SIDA. Es el rictus de quien enfermo tiene que levantarse para ir a trabajar, de quien sufre la burla por su enfermedad, es el rostro de quien está enfermo sin la cobertura de la seguridad social
La de los presos, los arrepentidos y los que no, aquellos que sufren por sus decisiones entre rejas. Presos de sí mismos, de la soledad, de la duda, y el miedo. Caminan libres por la calle, pero están presos, sus celdas nos la vemos. En ellas está encerrado su corazón.
Quizás como creyentes sinceros buscamos la verdadera imagen de Jesús. Leemos libros, investigamos, mostramos reverencia en el templo, admirando la belleza de los cuadros y alabando la destreza de los artistas y despreciando la gran obra del principal creador: despreciando al ser humano realización de Dios.
La verdadera imagen de Jesús no está en lienzo. La verdadera imagen de Jesús es el ser humano.
Siempre hay gente que llora, que llora por el otro sin darse cuenta que ellos también son víctimas de la opresión. Siempre hay gente que llora sin pensar que a ellos les puede pasar lo mismo: “Yo siempre pensé que esto no me iba a suceder”.
Lloramos por los demás y no por nosotros mismos, por el mundo en que vivimos y no por las consecuencias de nuestras injusticias. Lloramos por Cristo, pero ¿seremos nosotros Cristos?
¿Seremos capaces de ser fieles al camino de Jesús?, ¿Tenemos claro que si nos llamamos cristianos estamos llamados a transitar su mismo camino?
Camino de denuncia, camino esperanza, camino hacia la cruz.
A los condenados a la crucifixión los desnudaban.
A Jesús lo desnudaron. Lo desnudan para quitarle la dignidad, para demostrar que el imperio tiene el poder sobre la vida. Lo desnudan para humillarlo, lo desnudan para burlarse.
Se rifan sus vestiduras. Ya no posee nada quien no tenía ni una piedra para recostar su cabeza. Las fuerzas de la muerte hacen lo que les viene en gana con aquellos que tienen entre sus garras.
Desnudo está el drogadicto en manos de la droga.
Desnudo está el ratero en las garras del robo.
Desnudo está el jugador en las garras del casino.
Desnudos estamos nosotros en garras de malos pensamientos, en manos de vanas palabras, en nuestras obras de odio y por la omisión de hacer la voluntad de Dios.
Jesús, rey desnudo que por su sangre nos reviste de la dignidad perdida en tiempos de Adán y que perdemos constantemente con nuestra falta de amor.
Jesús es clavado en la cruz.
En estos tiempos en los que se habla de libertad, estamos clavados al consumismo, clavados al ansia de poder, al ansia de tener.
Estamos clavados por nuestro ego. Creyéndonos el centro del mundo.
Clavados por los compromisos que nos impiden buscar a Dios.
Estamos clavados en las cruces equivocadas. No es que haya que huir de ser clavado, lo que debe nacer en nosotros es el ser clavados en la cruz de Cristo, en la cruz con Cristo, viviendo él en nuestra vida.
Jesús muere en el madero.
Denunció la cultura de muerte de su tiempo. No podía morir como mueren quienes guardan silencio, no podía morir como quienes son cómplices de la explotación y la miseria.
Jesús fue arrancado de los suyos, de su pueblo, de los pobres. Fue arrancado porque quisieron hacerlo caer en sus trampas y no pudieron, este mundo lo tentó pero no lo hizo caer.
Jesús fue torturado por anunciar el Reino de Dios, fue crucificado porque los agentes del poder político y religioso tenían que eliminarlo, “hombre incómodo, su palabra denuncia nuestros negocios e injusticias. Hay que matarlo”. Y lo mataron, Porque habló contra la pobreza y la injusticia.
Jesús es bajado de la cruz.
¿Cuántos Cristos están crucificados y no son bajados del madero?
¿Cuántos hambrientos fallecen de hambre y se pudren en su grito de pan?
¿Cuántos mueren clavados en la cruz de su pobreza y en el silencio de sus miserias?
Jesús es bajado de la cruz.
Lo bajan sus amigos.
¿Tenemos amigos que nos bajen de nuestra cruz?
¿Seremos amigos de los crucificados de nuestra sociedad?
La tumba se cierra.
“Todo se acabó”, dijeron los que le seguían.
“Todo terminó”, suspiró el pueblo endeble que anteayer le alabó, ayer lo condenó y hoy sigue sin comprenderlo.
¿Estamos encerrados en nuestras tumbas?
Tumbas de olvido.
Tumbas frías.
Tumbas de soledad.
Tumbas de miedo.
Tumbas de incomprensión.
Sufrimiento, cruz y tumba.
Jesús, quien fue bautizado por Juan el bautista, predicó el Reino de Dios, realizó signos para bien del pueblo, quien fue arrestado por las autoridades religiosas y políticas de su pueblo y de su tiempo, quien fue crucificado, muerto y sepultado.
Terminó en una tumba.
El Jesús del madero en una tumba.
Pero al tercer día Dios habló frente a los poderes de la muerte. El poder de los religiosos, el poder de los políticos del imperio…
Su voz rasgó el telón de la madrugada, su voz abrió las fuerzas opresivas de la muerte, y así como en el principio hizo la luz, la luz de la vida movió la piedra que cerraba la tumba. Es la misma luz que abre nuestras tumbas.
“¡Hágase la luz!”. “¡Vive!”. “Yo emito la última palabra”. “Esclavos de la muerte, sean libres”, “Los que dicen tener el poder no lo tienen, YO SOY”
El Jesús del madero nos invita a seguir su camino, nos invita a morir, pero en esa muerte a nosotros mismos, nos invita a la vida, a una nueva vida, a una vida verdadera.
Muramos con Cristo, vivamos desde ya resucitados en Él.