Romero: 28 años (2)
es muy claro: “En las diversas coyunturas políticas lo que interesa es el pueblo pobre. Según les vaya a ellos, la Iglesia irá apoyando desde su especificidad, uno u otro proyecto político… Lo que se ha evidenciado esta semana es que ni la Junta, ni la DC están gobernando el país… si no el sector más represivo de las fuerzas armadas. Si no quieren ser cómplices de tanto abuso de poder y tanto crimen deben señalar y sancionar a los responsables… se siguen manchando sus manos con sangre ahora más que antes…
El actual gobierno carece de sustentación popular y solo está basado en las fuerzas armadas y algunas potencias extranjeras. Su presencia (la de la DC) está encubriendo, sobre todo a nivel internacional, el carácter represivo del régimen actual”.
Ya hemos hecho referencia al Doctorado Honoris causa que recibe Monseñor en Lovaina en 1980, donde describe muy bien su proceso de conversión, la visión de la misión de la Iglesia como faro de esperanza del pueblo y con una clara dimensión profética denuncia la situación de los pobres de El Salvador: “(Yo soy) pastor que con su pueblo ha ido aprendiendo la hermosa y dura verdad de que la fe cristiana nos sumerge en el mundo.
La actuación de la Iglesia siempre ha tenido repercusiones políticas. El problema es cómo debe ser ese influjo para que sea según la fe.
El mundo a que debe servir la Iglesia es el mundo de los pobres… los pobres son los que nos dicen qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo…
… La esperanza que fomenta la Iglesia es un llamado… a la propia responsabilidad de las mayorías pobres, a su concientización, a su organización… y es un respaldo a sus justas causas y reivindicaciones.
Son los pobres los que nos hacen comprender lo que realmente ocurre… la persecución (de la Iglesia) ha sido ocasionada por la defensa de los pobres y no es otra cosa que cargar con el destino de los pobres.
El pueblo pobre es hoy el cuerpo de Cristo que vive en la historia…
La Iglesia se ha comprometido con el mundo de los pobres… Siguen siendo verdad entre nosotros las palabras de los profetas de Israel: Existen los que venden al Justo por dinero y al pobre por unas sandalias; los que amontonan violencia y despojos en sus casas, los que aplastan a los pobres… acostados en camas de marfil, los que juntan casa con casa y campo con campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país”.
Son sus palabras y su misión las que, al denunciar las estructuras de opresión y muerte le van forjando su camino al martirio: “A esa oligarquía le advierto a gritos: Abran las manos, den los anillos, porque llegará el momento en que les corten las manos”.
El 15 de febrero de 1980, concede una entrevista a Prensa Latina, donde clarifica más estas denuncias: “la causa de nuestro mal es la oligarquía; ese reducido núcleo de familias al que no importa el hambre del pueblo… la represión contra el pueblo resulta para ese núcleo de familias una especie de necesidad para mantener y aumentar sus niveles de ganancia”.
Asimismo, se dirige a los soldados conminándolos a la desobediencia civil: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles; hermanos son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus hermanos campesinos.
Ante una orden de matar que dé un hombre, deben prevalecer la ley de Dios que dice: no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan a su conciencia antes que a la orden de pecado.
La Iglesia defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación.
Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios; en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: CESE LA REPRESIÓN”.
A un mes exacto de que se concretara su homicidio dijo: “No sigan callando con la violencia a los que les estamos haciendo esta invitación (A ser solidarios), ni mucho menos, continúen matando a los que estamos tratando de lograr haya una más justa distribución del poder y de las riquezas de nuestro país. Y hablo en primera persona, porque esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya”.
Romero utiliza estas amenazas para catequizar y asumir el posible martirio como forma de sacrificio por la liberación, y como ejemplo de perdón a sus homicidas. Dos semanas antes de su muerte, concede una entrevista al periódico mejicano “Excelsior”, donde reflexiona sobre este tema: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad.
Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador…
El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad. Mi muerte si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro.
Puede usted decir, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá sí se convencieran que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.
Monseñor Romero fue un pastor y un profeta. Un pastor porque guió al pueblo salvadoreño hacia la paz; un profeta, porque habló de su espacio y su tiempo denunciando lo incorrecto como Elías ante Acab o Juan el Bautista ante Herodes Antipas y al igual que el Bautista, Romero tenía que morir, pues resultaba incómodo a quienes gobernaban.
Debía morir porque hablaba con la verdad a los demonios de la mentira y la ignorancia.
Pese a esto, no queremos dejar la impresión de que Monseñor no tenía temor, así como su maestro padeció en Getsemaní, así Romero tuvo miedo. En su último retiro espiritual escribió lo siguiente: “Mi otro temor es acerca de los riesgos de mi vida. Me cuesta aceptar una muerte violenta que en estas circunstancias es muy posible; incluso el Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana. El Padre me dio ánimo diciéndome que mi disposición debe ser dar mi vida por Dios cualquiera que sea el fin de mi vida. Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Él asistió a los mártires y, si es necesario, lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro. Pero que más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para él”.
El 24 de marzo de 1980, al oficiar misa en la Capilla del Hospital La Divina Misericordia, a diez minutos de que le dispararan, dijo en la homilía: “Ha llegado la hora de glorificar al Hijo del Hombre… Si el grano de trigo cae en la tierra y no muere, queda solo el grano. Pero si muere da mucho fruto… Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a sí mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige, y que el que quiera apartar de sí el peligro perderá su vida. En cambio el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, éste vivirá como el granito de trigo que muere, pero aparentemente muere. Si no muriera se quedaría solo.
Si hay cosecha es porque muere, se deja inmolar en esa tierra, deshacerse; y solo deshaciéndose produce la cosecha…
Que este cuerpo inmolado y esta sangre, sacrificada por los hombres, nos alienten también a dar nuestro cuerpo al sufrimiento y al dolor: como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestros pueblos”.
El lunes 24 de marzo de 1980, a las seis y treinta de la tarde, mientras Romero ofrecía el pan y el vino que se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo, la bala asesina le arrebata la vida. Este discípulo sigue su camino en la muerte y encuentra la vida resucitando en su pueblo eternamente.
Es por esta razón que Monseñor Oscar Arnulfo Romero, es santo en el corazón del pueblo, en sus desafíos cotidianos y en su oración esperanzadora. El espíritu de Monseñor vive en la pobreza de Latinoamérica, vive en la explotación de los pobres, vive en quienes luchan contra la injusticia y combaten a los mentirosos, traidores y facinerosos.
A 28 años del asesinato de Romero, queda claro que nuestra iglesia Latinoamericana requiere Obispos de su talante.
Este deseo sigue vigente.
Como también sigue vigente la vivencia de un verdadero cristianismo.
Cristianismo forjado en el trabajo.
Cristianismo conciente de la crisis que implica el seguimiento. Crisis que se debate entre las reservas de los que no lo comprenden y el amor de sus beneficiarios.
Cristianismo que se concrete en la misión de la Iglesia: la defensa de los pobres.
Cristianismo que encuentre en la Iglesia el medio para acercarse al pueblo.
Cristianismo que intensifique la construcción de la paz, derrotando ese seudo cristianismo que apoya guerras y muerte.
Cristianismo que ante la injusticia no se escude en la imparcialidad para no ser la voz de los más necesitados.
Cristianismo dispuesto a ser grito profético de los marginados.
La sangre de Monseñor se mezcla con la del Hijo del Hombre ese 24 de marzo para marcar el camino de la liberación de su pueblo, de América Latina y el mundo entero.
Hace poco expresamos que la beatificación de Monseñor Romero encuentra cada vez más problemas en el Vaticano, y repetimos como en aquel momento que: “Beatificar a Romero es un acto de justicia dentro de la iglesia.
Pero si por ventura, este acto se siguiera atrasando, es totalmente comprensible el que la figura de Santidad de Monseñor tenga lugar en el altar del Templo de Dios que es cada creyente.
De hecho, al fin y al cabo, esto es lo más importante.”.
Por ello, hoy, 28 años después de su asesinato, viendo los desafíos que nos toca enfrentar, decimos llenos de fe: “Monseñor Oscar Arnulfo Romero, ruega por nosotros”.

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