Ilustre peregrino
Geografía interior El escritor José Marín Cañas publicó un detallado y poético libro de viajes por España
Gabriel Baltodano Román | jgbaltodanor@costarricense.cr
Entre enero y octubre de 1969, José Marín Cañas visitó buena parte del territorio español. Su recorrido incluyó ciudades como Granada, Málaga, Cádiz, Algeciras, Sevilla, Córdoba, Madrid, Toledo, Segovia, Zaragoza y Barcelona. En la mayoría de las ocasiones, el viaje le permitió contemplar maravillas casi olvidadas. Su desplazamiento implica un tránsito por la geografía interior, un recorrido por la memoria.
Marín Cañas publicó esas crónicas en La Nación , en un estilo atractivo, mezcla de descripciones y tono poético. Todas revelan el singular talento del escritor costarricen-se y son una muestra de un género poco común en las letras nacionales: el libro de viajes. A casi cuatro décadas de su aparición, conviene recordar algunas de las visiones del ilustre peregrino.
Las murallas. Por donde vague la mirada, aquel viajero descubre un mundo áspero y mustio. Por doquier, las ciudades recuerdan fortalezas. Para el visitante, resulta imposible no descifrar un pasado de gesta en el entorno. Esta justa impresión no nace a causa de los edificios. En verdad, se trata de un asunto telúrico. Por sí sola, la Sierra Nevada es la más tremenda muralla. El español construye en la cima porque trae en la sangre el estar alerta contra la invasión del moro, afirma Marín Cañas.
El carácter de la comunidad guarda vínculos con las calidades del medio. La feroz sobriedad del monte y el muro sirven como coraza para un interior tenue y dispuesto. El español es seco, pero amistoso. En este sentido, la Alhambra resume tal dualidad: “Toda la senci-llez y austeridad de la Alcazaba, muro castrense que la circunda, evitando la irrupción de enemigos ayer y de miradas curiosas hoy, se torna en sensual búsqueda del adorno en el interior”.
Las claves halladas ante el monumento se transforman en indicios acerca del temperamento ibérico. A modo de alegoría, señala el escritor: “Si bien la Alcazaba está dispuesta para la guerra, el interior de los palacios está dispuesto para el amor”. Añade: “Todo lo sencillo que es el edificio por fuera, medio cubierto a los ojos del transeúnte por los altos muros de la Alcazaba, tiene de pasional por adentro”. Sin embargo, el español –vástago de pueblos guerreros– es hijo de la suspicacia.
Iglesias. El vigor con que se responde a las amenazas y la reticencia devienen contemplación. La intimidad de los templos y altares convoca la tranquilidad y adormece el recelo. Frente al monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Marín Cañas reflexiona sobre los propósitos de Felipe II y acerca de su afán por hacer una iglesia del Imperio. Próximo al pensamiento de Unamuno, el autor costarricense está convencido de que España prefiere sentir a pensar. En esta actitud se oculta la simiente de su catolicidad, de su espíritu trágico.
“¿De dónde salió aquel monarca, cuya alma estaba atravesada por el tránsito del dolor humano y hacia la divina altura? ¿Quién sopló sobre su gorguera el consejo de acercarse al Creador haciéndole un templo, monasterio, abadía y cuarto humilde para él?”, se pregunta el escritor.
El sentido religioso de la obra alcanza mayor dramatismo si se lo considera en sus circunstancias: el instante crítico de la obra de cruz y espada. En el vértice de la caída, el sabio rey presiente la muerte y procura permanecer. La fe insoslayable, la fe española, no supone confianza sino angustia.
“En Castilla , Azorín escribe su más alto pensamiento: ‘¡Eternidad, insondable eternidad del dolor!´ Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir’. Así habló Garcilaso. Así actuó, de primero en España, el taciturno monarca”, recuerda. Con iglesias, conventos y capillas, el paisaje del interior se colma se sensaciones, tan altas como catedrales.
Tumbas. “La muerte en mármol es un adorable sueño, un quieto cerrar los ojos, un permanecer inmóvil, despojado todo esto del verdadero horror del término”; así describe Marín Cañas las esculturas que, en la Capilla Real de Granada, rememoran a los Reyes Católicos. Desde la perspectiva del ilustre costarricense, la cripta donde descansan Isabel, Fernando, Felipe el Hermoso y Juana, más que una sepultura, implica una señal. En sus trazos, los cuatro sarcófagos esconden la línea de proa de un barco. Ansia y amor los arrojan hacia la historia. Sus tumbas son baúles donde el pasado descansa impoluto.
“Caminar por España es trotar por cementerios de gloria y huesos de gesta, levitarse hacia cornucopias apolilladas, techos infinitos, artesonados que los años pudrieron y ahora huelen a malva, mortandad e incienso”, aclara el narrador.
Prosigue: “España es un cúmulo de empresas alocadas y bárbaras que dejó, en las memorias de su gente, un reguero interminable de héroes y de mártires a los que continuamente se les está cantando un réquiem silencioso”. Bajo esta lógica, morir equivale a adquirir una existencia más profunda y limpia.
Palacios, baños y plazas. A la vez, el legado material del pueblo español implica un legado moral. Su variedad y riqueza brindan un certero informe acerca de lo heterogéneo de las raíces. El patrimonio morisco se conserva porque recubre una enseñanza de orden filosófico, una ética.
Marín Cañas explica al lector la naturaleza de tal ética: “La Alhambra no es un templo, sino un palacio, que no se hizo para pensar en Alá, ni para que el muezín cante su rezo, sino para vivir la vida, para gozar de los encantos de la creación, para beber, con sibaritismo de raza, todo el duende que encierra el enigma del sexo, para calmar la gran sed del desierto, absorber el trasudar del paisaje y del río, de los pinares, de la floresta”.
Entregadas las llaves de la ciudad a los católicos, el español penetró en la sabiduría mudéjar y la amó. El escritor costarricense se sorprende: por lo general, los edificios del derrotado acaban en ruinas. Sin embargo, en la península, no existen como añicos; por el contrario, siguen vivos, vivos porque su significado sigue vigente. Pasión por la vida, al modo de las Mil y una noches , es la lección aprendida. El otro ocioso placer lo heredan de los romanos, quienes, con sus termas, enseñan cómo el baño, más que una práctica ordinaria, supone un ritual, una actividad ajena al vértigo de los horarios.
De entre gitanos, y en plazas, las ferias adquieren una dimensión particular. Durante el baile, “la hembra se retuerce en un callado dolor de amor, en una desesperación íntima, sin reproches ni promesas”, comenta el cronista. Durante las festividades de Sevilla, las plazas y calles huelen a “carne de membrillo, turrones de Girona, pasta, café tierno de almendras molidas, huevos, miel y gloria”. Los licores dulces y amargos abundan. Cientos son los que se sostienen, de ebrios, tan sólo con la mirada. La España propuesta por Marín Cañas surge de la convivencia.
EL AUTOR ES PROFESOR DE LITERATURA EN LA UNA. HA REALIZADO INVESTIGACIONES SOBRE LETRAS COSTARRICENSES Y CENTROAMERICANAS.
Suplemento Áncora. periódico La Nación 10 agosto 2008

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