Prohibido prohibir
Rodrigo Alberto Carazo
carazoba@ice.co.cr
A la Asamblea Legislativa, que casi solo legisla para exonerar, eximir, exceptuar, autorizar, permitir y dar beneficios, se le presentó la oportunidad de atender una verdadera lacra social: la de las máquinas tragamonedas, que han proliferado por todo el territorio.
Una ciudadana de Sarchí, ligada al gobierno local que resultaba impotente para resolver el problema, propuso a la Asamblea que para proteger a centenares de miles de niños y adolescentes que se van enviciando con el juego, se prohibieran las tragamonedas, excepción hecha de aquellas que funcionen en lugares cerrados, donde no puedan acudir menores y funcionen con horario especial. Andrea Morales, joven diputada y presidenta de la Comisión de Niñez, encontró la vía y el 19 de febrero el Plenario aprobó el proyecto en primer debate, por unanimidad.
Alarmas y enemigos. Hasta ahí. De inmediato sonaron alarmas y aparecieron enemigos de la ley, no siempre dando la cara. El proyecto, se dijo, es inconstitucional porque prohíbe las tragamonedas en vez de limitarse a regularlas y además se le encontraron problemas de redacción. Para atrás, a Comisión de nuevo, y después que encuentre campo en la agenda del Plenario, políticamente definida. Así fue, pasó de nuevo a Comisión, se modificó para que no fuera tan “dura” y volvió al Plenario sin voluntad política para aprobarla. Siempre encontrará gente que se encargará de frenarla. Además, “no es legislación de importancia”; es uno de esos proyectos light que solo se votarán si no encuentran oposición. Los que se despertaron cuando pasó en primer debate defienden oscuros intereses. Hay involucrados muchísimos millones de colones, que se recogen en bolsas plásticas semana tras semana, dejando algo de camino y eludiendo todo control tributario. No es así porque así que se va a cortar ese chorro de plata.
Niños atrapados. Una noche de estas, de tránsito en Guanacaste, presencié cuando un niño pequeño gateaba en la entrada de un localito de juegos, mientras a su madre se le elevaba la adrenalina ante la perspectiva, que intuía a alta voz, de que en unas pocas jugadas la máquina “devolviera”, pues sonaba “como si eso fuera a pasar”, decía. Cerca de mi casa, las máquinas están en una humilde cochera, a 50 metros de la escuela y cuando me asomé a averiguar fueron tres niños, entre 8 y 12 años, los que me explicaron las reglas y las posibilidades que tenía de ganar.
Cosas similares suceden en todos los barrios del país, sin que las municipalidades ni nadie haya podido frenar la extensión de la patología. Las máquinas son baratas, quienes las llevan son bastante anónimos y para el operador local el negocio es interesante (unos quince mil colones por semana en aquel poblado guanacasteco, producto de la pérdida de casi cien mil colones en esos 7 días por parte de los vecinos).
Las tragamonedas seguirán sacándole la plata día con día, noche con noche, a gente que cree que le va a tocar la suerte. El ruido de las monedas al salir el premio ocasional es impactante; da la sensación de que cae un torrente de plata.
En ciertos casos es origen de otros más serios. La herida se encona y hay quienes se sacian con el enviciamiento de otros, no solo niños. El negocio –se vio ante la rápida paralización del proceso de aprobación de una ley para controlarlo– da para protegerse a sí mismo.
periódico La Nación 11 de mayo de 2007

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