Columna Ojo Crítico
Rodolfo Cerdas
En un editorial reciente de La Nación se analizó cómo un solo diputado puede estancar la Asamblea. Para hallar soluciones, hay que comenzar rechazando la eterna acusación de que la oposición no deja gobernar, porque a los Gobiernos, además del Congreso, les estorban la Contraloría, la Sala IV, la Corte, la Defensoría, los sindicatos y, sobre todo, el control de la prensa. Solo les gusta la aprobación y los aplausos.
La parálisis, además de funcional, es estructural. Sus males emanan del gigantismo estatal, que hizo al Estado obsoleto, dispendioso, ineficiente y ultraburocratizado. Algunos gobernantes nos dicen que así es imposible gobernar y piden que les den mano suelta para hacerlo. Don Pepe lo pidió –y Chávez lo logró en Venezuela–, cuando quiso gobernar por decreto, alegando que “con este Estado cocinero es imposible gobernar”. Y eso que don Pepe tuvo mayoría en la Asamblea, las municipalidades y, gracias al 4/3, en las autónomas.
Para comenzar hay que reconocer que este monstruo burocrático es el hijo primogénito de la partidocracia y que esta es el padre y la madre del reglamento legislativo, del desprestigio de la política, de los políticos y de los partidos, y, si seguimos sin reformas, cuidado si no del sistema político mismo. Suramérica es un buen espejo.
La crisis se agrava porque cambió todo el contexto social y cultural. Esta es otra Costa Rica. Su sistema social está deteriorado; además de la violencia, la delincuen- cia organizada y la extranjerización de nuestro suelo, ha surgido una nueva clase de ricos dispendiosos, exhibicionistas, insensibles, sin solidaridad, ávidos de dinero, carentes de responsabilidad social, sin interés en el país como proyecto histórico y sin los valores de nuestra más rica herencia.
Cuando la Iglesia clamó contra la expansión de la miseria y la aparición de dos Costa Ricas distintas que se desconocen, nos advirtió del peligro real de que se desate una violencia social mal contenida. Por eso la parálisis no debe seguir y, más que parches, se requiere una reforma política.
Ante el TLC la salida de emergencia fue ir a un referéndum. ¿Pero podemos ir a referéndum con cada proyecto controversial? Obvio que no. Aunque se le tema, no se debe posponer más una reforma que modernice nuestra democracia.
El país aparece dividido y amenazado de desbordamientos. Fracasados el mesianismo y las reformas de quita y pon, e imposible seguir en referéndums permanentes, hay que entrarle al tema. El miedo al cómo, al con quién y al cuándo no debe posponerlo para cuando ya sea una emergencia. Por el contrario, deberían motivar para hacerlo pronto y bien.
PERIODICO LA NACION 3 DE junio de 2007.

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