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RESONOCO

06/06/2007 GMT 1

Laurence Olivier

marfuerte @ 01:12

(1907-1989)
Por Eduardo Torres-Dulce
Para Forja

Una mañana, durante el rodaje de Marathon Man, Laurence Olivier (1907-1989) observó el mal aspecto de su ilustre y joven compañero de reparto, Dustin Hoffman; preocupado, le interrogó por las causas y Hoffman le dijo que lo requería el guion pues, en la secuencia que iban a rodar, su personaje venía de una noche estresante, de manera que para identificarse en su papel, se había pasado la noche en blanco. Olivier movió la cabeza y murmuró con triste suficiencia: "Eso te ocurre por no saber ser actor".
Olivier obtuvo con Marathon Man su enésima nominación de la Academia de Hollywood, un honor que sólo ganó por su interpretación en 1948 de Hamlet, aunque la industria californiana le veneraba y le nominaba con frecuencia. Finalmente, en 1979, Olivier recibió un Oscar honorífico por el conjunto de su carrera. Irónicamente la Academia le había vuelto a nominar un año antes por Los Niños del Brasil.
El gran debate sobre Larry Olivier en Hollywood es que éste siempre ha admirado la dicción elegante y la técnica depurada de los actores británicos y, aunque trasvasó esa admiración al talento shakespeariano de Olivier en sus aclamadas adaptaciones del comediógrafo -Enrique V, que codirigió y por ella recibió un Oscar especial; Hamlet, por la que ganó en 1948 el Oscar a la mejor película y él perdió como director frente a Houston por El tesoro de Sierra Madre; Ricardo III, nueva nominación como actor y lo que volvió a ocurrir, en 1965, por Otelo -no lograba rebasar la barrera de las numerosas nominaciones, otra por El animador en 1960- ganó Lancaster por El fuego y la palabra- cuando se trataba de actuaciones no shakespearianas, que, para mí, superan, y con creces, a éstas, en exceso agarrotadas por su origen teatral.
En 1939, en Cumbres Borrascosas, una de sus mejores interpretaciones, demostró que dominaba los personajes interiormente atormentados, elegantemente cínicos, ocultamente románticos, mezclando frialdad, desesperación y pasión, véase Rebeca, por la que fue nuevamente nominado en 1940 -perdió frente a un correcto pero emocional Robert Donat por Adiós Mr. Chips-, aunque debe reconocerse que en ese mítico 1939 hollywoodiense la competencia era muy dura, pues junto a Donat y Olivier competían Clark Gable por un personaje legendario, Rhett Butler, en Lo que el viento se llevó; James Stewart por Caballero sin espada y Mickey Rooney por Los hijos de la farándula. Claro que, en 1940, cuando con Rebeca intentó la conquista del Oscar, se encontró con una nueva lista de genios nominados: James Stewart, que ganó por Historias de Filadelfia, Chaplin por El gran dictador, Henry Fonda por Las uvas de la ira, y Raymond Massey por Abe Lincoln en Illinois.
Siempre he pensado que Olivier debió ganar al menos otros dos Oscar por Carrie y La huella, pero la Academia ni lo nominó por Carrie (1952), un maravilloso y devastador melodrama de época de William Wyler, y por La huella (1972) fue nominado con Michael Caine, pero ganó otro competidor imposible, Marlon Brando por El Padrino. Entre las numerosas joyas de una brillantísima carrera se encuentran ocultas obras maestras como Amor entre ruinas (1974), que Cukor rodó para la televisión y en la que Olivier demostró su enorme talento para las caracterizaciones sutiles, en este caso un otoñal abogado que debe defender de un libelo a un antiguo amor, nada menos que Kate Hepburn.
Clasificar o escoger actores, como directores y en general artistas, es tarea tan ardua como creo que fútil, aunque naturalmente cada uno tenga sus preferencias, las mías van a favor de Cary Grant, pero resulta apasionante observar el trabajo de Grant frente a Brando, Stewart frente a Olivier, Wayne frente a Clift o Dean, esto es, actores físicos frente a actores intelectuales, actores que construyen desde una aparente naturalidad frente a los que trabajan desde la técnica. Pero todo ello no deja de ser en muchos caso pura especulación porque Wayne es pura interiorización en Centauros del desierto y Stewart hace otro tanto en Vértigo, mientras Clift se desenvuelve en terrenos más físicos que nunca en Río Rojo y Olivier se divierte en El príncipe y la corista y es muy sutil a caballo de una y otra tendencia en Espartaco y El rapto de Bunny Lake, otras dos de sus grandes actuaciones.
Sydney Lumet, hablando de su relación con Paul Newman en Veredicto final, clasificaba a los actores como actores que componen el personaje, entre ellos Newman, y actores protagonistas, entre los que destaca a Laurence Olivier; si éste necesita componer un personaje con una nariz, se hace fabricar una ad hoc, mientras que el actor de composición lo hace desde su trabajo sin necesidad de apéndice extra.
Como cualquier clasificación, la de Lumet no deja de ser tan subjetiva como personal o caprichosa, pero hay algo de verdad en ella, pues Olivier era capaz de actuar como un camaleón y su carrera lo refleja en la enorme variedad de personajes a los que se enfrentaba. Su colega y amigo, el actor británico Robert Stephens, definía a Olivier como un perfeccionista y como un celoso de cualquier otra actuación que comprendiera que era aún mejor que la suya, un temor que parecía ignorar porque rara era la película en la que no competía con algunos de los mejores de sus pares. En todas esas ocasiones Olivier sacaba a relucir no sólo el talento de su técnica sino la capacidad de enfrentarse con otro actor, otro personaje a sabiendas de que un escenario, un plató, es un campo de batalla de egos, pero también de misteriosa alquimia, de creación y desafío al espectador.
Con el tiempo Laurence Olivier se relajó ante la cámara mucho más que en sus primeros tiempos. Comprendió que el ojo de aquélla atrapa más los pequeños gestos, las miradas, lo que uno ha llevado al interior de sí mismo en la convivencia inteligente con el personaje y posiblemente fuera eso, amén de su desprecio por el método como instrumento de interpretación, lo que le llevara ese comentario irónico ante el desaseo metódico de Hoffman la mañana del rodaje de Marathon Man.
Tomado de ABCD.

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Olivier como realizador
Por Hilario J. Rodríguez
Para Forja

Laurence Olivier era, ante todo, un hombre de teatro. Quizás por eso, en las películas que dirigió, la parafernalia del cine brilla tan poco. Aunque le dedicase atención a los detalles escénicos o a los encuadres, tampoco se recreaba en ellos más de la cuenta. En ese sentido, mostró el mismo recelo de David Mamet y Neil LaBute hacia los subrayados, que a menudo vician el estilo Martin Scorsese o Woody Allen. Pero la contención con que dirigía sus películas hizo que tuviesen una apariencia demasiado austera y teatral.
La naturalidad y el despojamiento escénico de las adaptaciones shakespearianas dirigidas por Laurence Olivier podrían hacer pensar que buscaba cobrar más protagonismo como actor; sin embargo, no era así. Incluso con sus interpretaciones procuraba marcar distancias respecto a las grandes estrellas cinematográficas, de ahí que nunca llegara a resultar simpático o tan siquiera reconocible en una película a otra. No le gustaban ni el divismo ni las técnicas introspectivas que introdujo el famoso método Stanislavsky entre las generaciones de actores surgidas desde los cuarenta en adelante.
Hasta su encuentro con William Wyler durante el rodaje de Cumbres borrascosas (1939), Laurence Olivier había entendido el cine como una prolongación del mundo teatral. A partir de entonces, sus ideas al respecto cambiaron, por mucho que no quisiera quedarse en Hollywood tras conseguir la primera de las nueve nominaciones al Oscar que recibió a lo largo de su carrera. En aquella época, convertirse en un nuevo Cary Grant no estaba entre sus planes. Quería regresar a Gran Bretaña, que acaba de entrar en guerra con Alemania, servir a su país y continuar haciendo teatro.
Su ópera prima como director fue Enrique V (1944), un proyecto del que se encargó después de que Wyler lo rechazase. Se trataba de una película de propaganda bélica, cuyo estreno iba a coincidir con el desembarco aliado en Normandía. Lo anterior no sólo obligó a sintetizar mucho la obra sino que además impuso cambios sustanciales en hechos y personajes.
Si comparamos las adaptaciones shakespearianas que se hacen en la actualidad con las que hizo Olivier en su día, la diferencia más obvia es que las de este último siempre mantienen una profunda fidelidad histórica con respecto a las obras del dramaturgo isabelino. Para él, actualizar a Shakespeare equivaldría a desvirtuarlo, a diluir la profundidad de sus argumentos y a traicionar la belleza y el significado de sus palabras.
Kenneth Branagh ambientó su versión de Trabajos de amor perdidos (2000) durante la Primera Guerra Mundial y Michael Almereyda hizo algo similar cuando trasladó la acción de Hamlet (2000) al mundo de los negocios de Wall Street. Esas dos películas podrían servirnos para preguntarnos hasta qué punto podemos considerarlas adaptaciones. Por su parte, Laurence Olivier pensaba que una obra teatral que se llevara al cine sólo conservaba su auténtica dimensión si no renunciaba al contexto en que estaba ambientada y al lenguaje que le era propio.
Antes de realizar su versión de Hamlet (1948), Olivier se preguntó si él era el actor más indicado para interpretar al personaje principal. Su altura y su complexión atlética resultaban más apropiadas para papeles fuertes que para papeles como el del príncipe danés, y, por si fuera poco, ya era algo mayor para encarnar a un joven. Personalmente, pienso que su gran interpretación shakespeariana y seguramente su mejor película como director todavía estaba por llegar. Fue Ricardo III (1956). En ella exhibió su gran capacidad interpretativa para despertar desagrado y compasión a la vez, para sembrar dudas sobre el bien y el mal en nuestro interior, para sacar a la luz las trampas del lenguaje cuando se utiliza en engaños y embaucamientos?
No sé hasta qué punto El príncipe y la corista (1957) puede entenderse como un acto de reconciliación entre Olivier y Hollywood o como un contraste entre el aristocratismo europeo y la vulgaridad estadounidense. Sea como fuere, es una delicada historia de amor interpretada por el propio Oliver y Marilyn Monroe.
La última película de Laurence Olivier como realizador fue Tres hermanas (1970), una adaptación de una obra de Antón Chéjov en la que él interpretaba al doctor Chebitikin, un hombre bastante mayor. Al parecer, la dirigió porque, en su juventud, había interpretado al joven Andrei en una versión teatral de la obra y porque ahora quería demostrar que "la vida de un actor consiste en ir cambiando de papel dentro de la misma obra; al principio interpretas a los jóvenes y luego interpretas a los viejos".

Suplemento Forja Semanario Universidad mayo – junio 2007.

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