Administra tu Blog

Crea tu blog fácil y gratis

RESONOCO

10/06/2007 GMT 1

Reflexión de las lecturas de la Eucaristía 10 de junio.

marfuerte @ 00:32

Ocean Castillo Loría.

Gn. 14: 18 – 20.
Sal. 109.
1 Cor. 11: 23 – 26.
Lc. 9: 11 – 17.

Esta Eucaristía celebra la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Con ella, se festeja la presencia perenne de Cristo entre la comunidad de fe, así como su amor y entrega.

Su presencia en forma de comida nos permite tener la vida de Dios y tener la fuerza para hacernos constructores de su Reino. Este gesto deja claro para nosotros que el amor verdadero vence la muerte, y este alimento nos permite vivir la vida abundante.

En la primera lectura, se nos narra el encuentro de Abrahán con el sacerdote – rey Melquisedec, que para el cristianismo es figura de Cristo, por ofrecer el pan y el vino, de esto da fe la carta a los hebreos y el salmo responsorial. En el contexto original del pasaje, esta figura fundamenta el rol sagrado de Jerusalén la ciudad del rey David. Este texto se nos presenta en esta solemnidad porque prefigura la Eucaristía misma.

Dicha interpretación fue muy bien sustentada por los Padres de la Iglesia, sírvanos como ejemplo lo que nos dice San Cipriano: “«También vemos en el sacerdote Melquisedec prefigurado el misterio del sacrificio del Señor, según lo que Atestigua la Escritura divina: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal 109,3). El cual orden, ciertamente, es éste que procede de aquel sacrificio y que desciende de haber sido Melquisedec sacerdote del Dios sumo, de haber ofrecido pan y vino, de haber bendecido a Abrahán. Porque ¿quién más sacerdote del Dios sumo que nuestro Señor Jesucristo, que ofreció sacrificio a Dios Padre y ofreció aquello mismo que había ofrecido Melquisedec: pan y vino, es decir, su Cuerpo y su Sangre? Y la bendición de entonces a Abrahán se refería a nuestro pueblo. Porque Abrahán creyó a Dios y le fue tomado en cuenta de justicia, ciertamente quienquiera que cree a Dios y vive por la fe, es hallado justo; y aparece ya en el fiel Abrahán, bendecido y justificado, como afirma el bienaventurado Apóstol Pablo en Gálatas 3,6-9» (Carta 63,4).

Para algunos, inclusive, Melquisedec es una aparición de Jesús a Abrahán. Nótese que el sacerdote – rey bendice a nuestro padre en la fe. Bendecir significa decir bien, y esto nos conduce a pensar sobre la importancia de que en nuestra familia se haga realidad aquella frase que nos enseñaran nuestros abuelos: “Que Dios lo bendiga” y a su vez, nosotros bendecimos a Dios por su amor.

Aquí hay que subrayar que Melquisedec conocía a Dios sin haber recibido su palabra, y es que como hemos reflexionado en otro momento, en muchas ocasiones son los no cristianos los que tienen comportamientos más cristianos que los creyentes. En muchos momentos, hemos recibido un buen consejo o gran ayuda de personas que no son cristianas.

En el salmo responsorial se resalta la realeza universal y el sacerdocio, y como ya hemos dicho, Cristo cumple las características de lo que hemos leído. En este Salmo, se observa que el destino del mundo y de la historia es la victoria de Jesús resucitado, Dios y hombre encarnado, cuyo cuerpo y sangre nos es garantía de que estamos ya junto a Él y lo estaremos en la gloria eterna. Este es un Salmo muy citado desde la perspectiva Cristológica, ya que Cristo es el Hijo engendrado del Padre

Con este Salmo vemos a Cristo resucitado rey y sacerdote. Rey de justicia, amor y paz, que se sienta a la derecha del Padre, Sacerdote que por su sangre nos abre el camino para acceder a Dios y nos recuerda que por su cuerpo y sangre, las y los laicos también somos reyes y sacerdotes.

En la segunda lectura, San Pablo enseña sobre la Eucaristía para mostrarnos sus implicancias éticas, esto por cuanto, en la comunidad de Corinto, los ricos y poderosos despreciaban a los pobres.

Esta llamada de atención se ubica en la línea profética de quienes denuncian el culto hipócrita, alejado del amor y la justicia, tal y como dijera Dios por boca del profeta Amós: “¡Alejen de mí el ruido de sus cantos!, ¡No quiero oír el sonido de sus arpas! Pero que fluya como agua la justicia, y la honradez como un manantial inagotable” (Amós 5: 23 – 24) y conforme al profeta Isaías: “Cuando ustedes levantan las manos para orar, yo aparto mis ojos de ustedes; y aunque hacen muchas oraciones, yo no las escucho. Tienen las manos manchadas de sangre. ¡Lávense!, ¡Límpiense! ¡Aparten de mi vista sus maldades! ¡Dejen de hacer el mal! ¡Aprendan a hacer el bien, esfuércense en hacer lo que es justo, ayuden al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan los derechos de la viuda!” (Is. 1: 15 – 17)

En esta misma línea se coloca Jesús: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt. 5: 23 – 24)

Teniendo esto en cuenta debemos preguntarnos durante esta semana: ¿Asisto a la Misa como si no tuviera nada que ver con mi comportamiento con mi prójimo y sobre todo, con los marginados y excluidos? Y ¿Cómo podríamos como comunidad comprometernos más para llevar a los demás el pan del bienestar material, el pan del amor y de la esperanza, y el pan del evangelio del Reino?

La práctica Eucarística viene de Jesús. El apóstol enseña sobre el sacrificio sangriento de Jesús, con lo que se nos recuerda que en la Eucaristía estamos proclamando la muerte del Señor, por eso decimos en la Misa: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”.

El valor de la celebración Eucarística como memorial (actualización) de la vida, pasión y muerte del Señor, que fue una entrega total a los pobres, marginados y pecadores. Así el memorial sintetiza el pasado (La vida de Jesús en el espacio y tiempo histórico en que vivió), el presente, por medio de la comunidad de fe (Celebración actual) y futuro (Esperanza del pronto regreso de Cristo) y esta síntesis se lleva a cabo en el mundo cada vez que celebramos la misa. Esto quiere decir que, este memorial ocupa todo el tiempo de la iglesia hasta el regreso de Cristo. Decimos todo el tiempo porque siempre, en algún lugar de la tierra, se está llevando a cabo una Eucaristía.

Otro elemento importante es que conforme lo dice el verso 25, la Eucaristía es parte fundacional de la nueva alianza de salvación establecido por Jesús, gracias al que surge una nueva comunidad.

Y es que San Pablo destaca que cada vez que celebramos la Misa, invocamos y vivimos la presencia del Espíritu Santo que libera, transforma y salva, pues: “siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que vuelva” como lo dice el verso final de esta segunda lectura.

En esta síntesis de la que hemos hablado, celebramos la vida que luego iremos a celebrar y compartir con los demás, más allá de los límites de nuestra comunidad de fe. Y es que no vamos a la iglesia para que vean que somos cristianos, sino, que vamos a la iglesia para fortalecernos en la fe que vamos a compartir afuera. Para ser cristianos afuera. Del mismo modo, la Eucaristía nos fortalece para las pruebas que tengamos que vivir durante la semana, esa es la importancia de la reunión Eucarística.

En el evangelio, se observa como Jesús se interesa por la corporalidad de las personas y sus necesidades materiales, enseñándonos un esquema de evangelización: primero, ve a la gente (Preguntémonos: ¿estamos atentos al prójimo?), segundo, la acoge (Preguntémonos: ¿Se siente aceptado el prójimo por nosotros?, ¿Podemos compartir nuestros problemas en la comunidad de fe?) tercero, les habla del Reino de Dios (Cuestionémonos: ¿Hacemos referencia a la buena noticia de Jesús que es nuestra liberación individual y la construcción de la justicia y solidaridad colectivas?) quinto, los cura (cabe preguntarse: ¿Sanamos al prójimo con palabra de aliento , con oración de intercesión o paciente escucha?)

De ahí se origina el signo, porque Jesús se preocupa por la comida. Para muchos y muchas creyentes el mensaje de Jesús es cosa que no tiene nada que ver con nuestras vidas cotidianas. Para ellos y ellas, el Reino de Dios es en el cielo, cuando morimos, todo el mensaje de Jesús es de corte espiritual. Pero esto no es cierto, la liberación espiritual tiene repercusiones materiales: la justicia y la verdadera comunión. No puede haber verdadera vivencia del amor donde hay violencia, donde hay pobreza, donde hay injusticia, donde hay desigualdad y exclusión, pues ya lo dice el Salmo 132: 15: “…a los pobres saciaré de pan”. Indudablemente, el signo de la multiplicación de los panes, es un adelanto de la Eucaristía, donde se concreta el cuerpo y sangre de Cristo.

Veamos el versículo 16: “Luego Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente”. El paralelismo entre este acto y la Eucaristía, es muy claro. Jesús pronuncia la bendición porque con ello reconoce que de papá Dios vienen todas las cosas.

Y es que no podemos olvidar que en tiempos de Jesús, Israel vivía una pobreza importante, y los pobres, no tenían asegurado su alimento tal y como sucede hoy en nuestros países de América Latina. La Eucaristía nos es recuerdo de nuestra obligación de compartir con el que no tiene, y seguir el ejemplo de muchos pobres que dan hasta de lo último que tienen. La Eucaristía es signo del cumplimiento de las promesas del Padre hacia sus hijos, los humildes y los pobres materiales.

Ya lo dice San Juan Crisóstomo: “«Por tanto, si te acercas a la Eucaristía, no hagas indigno de ello: no avergüences a tu hermano, no desprecies al que tiene hambre, no te embriagues, no deshonres a la Iglesia. Te acercas a dar gracias por lo que has recibido: por tanto, da tú también algo en cambio y no te apartes de tu prójimo. Pues Cristo dio a todos por igual, diciendo: “tomad y comed”. Él dio a todos por igual su Cuerpo y ¿tú ni si quiera das por igual el pan ordinario? E igualmente por todos fue partido, y para todos fue Cuerpo por igual» (Homilía 27 sobre 1 Corintios, 4).

Es bueno preguntarnos durante esta semana: ¿Cómo podría comprometerme concretamente en favor de las personas que viven en la pobreza y sufren hambre de pan y de justicia?

No podemos dejar pasar el hecho de que este signo nos muestra a Jesús como un anfitrión generoso y prodigioso, que nos recuerda las frases del salmo 23: “Me pones delante de una mesa… Me unges con perfume la cabeza, mi copa rebosa” y en el salmo 136: 25: “El da alimento a todo viviente, porque es eterna su misericordia” y en el salmo 145: 16, leemos: “tú abres la mano y sacias de favores a todo viviente”.

En la Eucaristía, Jesús nos pone ante su mesa, nos unge con su bendición y su perdón y nuestra copa, que es nuestra vida misma, rebosa de bien. En la Eucaristía Jesús nos alimenta porque inmenso es su amor. ¿Qué haríamos sin Eucaristía?, hagámonos esa pregunta durante esta semana. Jesús nos llena de sus favores y si bien es cierto la Misa es un espacio para pedir a Dios, también es para agradecer, por lo bueno, la vida, por las pruebas que nos acercan a Él etc. ¿Agradecemos a Dios sus bendiciones en la Eucaristía?

Volvamos a la narración evangélica. Veamos el papel que juegan los discípulos: primero, detectan las necesidades. En el método de análisis que la Iglesia nos enseña lo primero es ver; es decir, diagnosticar las necesidades de nuestra comunidad, partiendo de nosotros mismos, la familia, nuestro barrio, nuestro país y el mundo.

Segundo, proponen soluciones insatisfactorias. Cuando no se tiene en cuenta a Dios, las respuestas dependen solo de nuestras fuerzas y recursos: “El hambre se resuelve con dinero”, “El hambre se resuelve con dádivas, ya mañana habrá otros que les den de comer”, “El hambre se resuelve rebajando nuestra dignidad humana para buscar el pan”. Estas soluciones insatisfactorias, encuentran otro obstáculo, y es que según el relato estaban en un lugar deshabitado. El hecho de que estén en un desierto nos recuerda como Israel caminó por una zona semejante y experimentó la misericordia de Dios a favor de su pueblo. ¿Cuáles desiertos hemos transitado y estamos transitando individual y colectivamente?, ¿Hemos experimentado y experimentamos la misericordia de Dios?

Tercero, organizan los grupos, una vez que se escucha la palabra de Jesús y esta ilumina nuestra realidad, el siguiente paso es organizarse para cumplir la voluntad de Dios que es satisfacer nuestras necesidades mediante la solidaridad.

Cuarto, reparten el pan y el pescado, seguir a Jesús no es solo cuestión de palabras, es meterse a construir el Reino de Dios por la acción del compartir. Mal testimonio es decirle a los otros: “Hagan ustedes, yo me dedico a teologizar sus acciones”. En el Reino no hay campo para teorizadores, sino para cumplidores.

Quinto, recogen las sobras, en el proyecto que nos propone Jesús tampoco hay espacio para el desperdicio que es tan común en nuestra sociedad consumista. Esto no solo sucede con el pan material, cuanta sabiduría y cuanta belleza se desperdician en este mundo.

Por lo antes dicho, es bueno preguntarnos durante esta semana: ¿Entiendo la Eucaristía como un compromiso para ser solidario con el pan material y el espiritual?, ¿Cómo vivo ese compromiso?, ¿Soy consciente que si comulgo soy portador del mismo Cristo y por lo tanto, debo dar testimonio de él en palabras y obras?

Es indudable que la Eucaristía nace del amor de Cristo y vuelve por el amor entre los componentes de la comunidad de fe. Quizás sea esto lo que nos falte en nuestras comunidades de fe, el amor y la comprensión que se nos significa en el cuerpo y sangre de Cristo, y así como él se entregó por nosotros, nosotros debemos entregarnos a Él por medio del prójimo.

Comentarios

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>

Archivo | Crea tu blog fácil y gratis