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RESONOCO

16/06/2007 GMT 1

Del ombligo, la máscara y la chota

marfuerte @ 02:03

Por Adriano Corrales Arias
Los Libros La gran novela perdida

Historia de la narrativa costarrisible

Ensayo

Carlos Cortés

Editorial Perro Azul

2007

Con gran fruición y gracias a la cortesía del mismo autor, he leído La Gran Novela perdida, historia personal de la narrativa costarrisible, mezcla de relato de ficción, ensayo, crónica y panfleto. Lo primero que llama la atención es precisamente eso: la hibridación de géneros, regodeos y formas de acercamiento al fenómeno de la narrativa costarricense contemporánea en el período de 1975 al 2007, incluyendo novelas que aún no se han publicado (las de Rodolfo Arias y Alexander Obando).
La mezcla sorprende. Uno espera un texto de análisis cercano al ensayo o a la crónica, al menos al recuento histórico-bibliográfico con cierta dosis de apreciación - para no decir crítica - literaria, que es lo que, supuestamente, se le encomendó al autor por parte del Centro Cultural Español como parte de la serie Miradas subjetivas. Resulta que el autor, luego de un cuadro cronológico, se inventa un personaje ficticio (Méndez Lihn) a quien contrapone dialogicamente con Tito Torres (¿su alter ego?), otro personaje ficticio. El primero, arquetipo del escritor costarricense (costarrisible) en el cual se ceban la burla, la murmuración, la chota y la acumulación de todos los males y perversiones de ese incógnito literato, es una especie de alegoría acerca del escritor que no pudo ser, o acerca de la imposibilidad de la escritura. O suma de varios escritores vivos, vaya uno a saber.
No es que sea negativo el encabalgamiento de ficción y realidad. Al contrario, es sano y provocativo, si se tratase de una novela o de un relato, caso de Polo Mora en La película o A flote. Lo que sucede es que el narrador protagonista (Tito Torres), con la pretensión de hacer "crítica seria" a una narrativa costarrisible, termina adoptando el mismo vicio que Yolanda Oreamuno tanto criticara, subrayado a través del decálogo de Méndez Lihn (pag.59): "un arma blanca… que se puede portar sin licencia y se puede esgrimir sin responsabilidad. Tiene finísimos ribetes líricos, de agudo ingenio; sirve para demostrar habilidad, para aparecer perito, para ser oportuno, filosófico y erudito. Afecta características distintas: es empirismo sociológico y empirismo freudiano. Además, contra tan fina y elegante arma no hay defensa. Usted la encuentra esperándole en la boca de su mejor amigo, en la mano de su colaborador, en el periódico matutino y en el vespertino; en todas partes… Tiene la ventaja indudable de que usted no necesita respetar a nada ni a nadie, y que no se requiere mayor profundidad para su ejercicio".
Dicho de otra manera: perpetuando la maña nacional de no decir las cosas oportunamente y de frente, como corresponde, sino escudándonos en la máscara o el antifaz, o en terceras personas (dime que te diré), el autor retoma la "chota" para exponer una versión de la narrativa contemporánea desde el ombligo de su propia mirada. Sí claro, él nos lo advierte: es una historia personal. Así, sus opiniones acerca de la compleja trama narrativa de los últimos treinta años en Tiquicia, algunas ciertamente bien documentadas y necesarias, son respetables y recepcionadas como eso: opiniones. Pero de allí a juzgar desde "personajes ficticios" (por cierto, no sin cierta homofobia, caso de Méndez Lihn) para no dejar títere sin cabeza y despotricar contra un país donde "no se puede escribir de nada porque acá no pasa nada desde el big bang" (como si la primera derrota del imperio norteamericano en Latinoamérica no hubiese sucedido allí en la hacienda Santa Rosa hace 151 años, solamente para poner un ejemplo), no deja de ser un facilismo literario que encubre la responsabilidad de emitir criterio contextualizado y justificado teóricamente.
De tal manera que la imbricación de personajes ficticios en la crónica historiográfica y en la recensión literaria, en vez de aportarle vigor a las mismas, las debilitan y las pervierten. Incluso, los conceptos se sesgan, lamentablemente, cuando el autor introduce sus (¿auto?) entrevistas, como si lo importante fuese el criterio sobre su propia obra y no el análisis de conjunto, es decir, el delirio de creernos juez y parte en una formación discursiva a la cual ciertamente se pertenece, pero no como su centro, como el ombligo de esta.
Además de la sed de protagonismo, no nos queda claro, al final, si nuestra narrativa es "costarricense" o "costarrisible". No se nos revela, ni se define, el término acuñado por Eunice Odio. Porque es "costarrisible" cuando se habla de "los otros" escritores, o en boca de Méndez Lihn, no así cuando se subraya la novelística del autor y de sus amigos ("compañeros de viaje") caso de los elogios a Rodrigo Soto (allí es "narrativa costarricense") o de Jorge Méndez Limbrick (acá es "novela costarricense").
A propósito, las reseñas finales de El Nudo y de Mariposas negras para un asesino, más allá de la condiciones de posibilidad de estas, coquetean importunamente con las cualidades de sus autores (amigos): Rodrigo Soto "cultivó hasta hace poco el mito de Peter Pan" y Méndez Limbrick (¿Méndez Lihn?) "no era un hombre mucho mayor que nosotros, pero que parecía mayor, se tomaba las cosas con seriedad apabullante y frenética…", tanto que "se entenderá la sorpresa mayúscula que me llevé, como jurado del certamen UNA palabra 2004, al saber que detrás de la plica y de la espléndida novela que es Mariposas negras para un asesino (Premio UNA Palabra, Heredia: EUNA, 2005) se encontraba mi amigo....".
Podría ahondar más en este singular e interesante texto, pero el espacio no me lo permite. Las posibilidades del mismo son notables. En todo caso es de agradecer a Carlos Cortés la oportunidad de dialogar y disentir con sus opiniones. Y destacar lo necesario del libro en una Costa Rica poco habituada a la polémica, pues proporciona insumos para un estudio y una discusión de mayor profundidad.
*Escritor.

Suplemento los libros. Semanario Universidad 15 – 22 de julio 2007.

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