De erosión y cambio en política
Derrumbe de un esquema estable de preferencias electorales
Rodrigo Arias Sánchez
Ministro de la Presidencia
Estar inmerso en las tareas de gobierno es una tarea difícil, que rara vez deja tiempo para análisis reposados. Por esta razón, me causó tanto gusto el poder profundizar en las páginas del nuevo libro del doctor Fernando SánchezPartidos políticos, elecciones y lealtades partidarias en Costa Rica: erosión y cambio , obra que permite estimular el pensamiento por las sugerentes reflexiones que la recorren, y que tuve el honor de comentar en su presentación el pasado 6 de junio, en la Asamblea Legislativa.
El autor se pregunta si los cambios que ha experimentado el sistema de partidos costarricense en las últimas tres elecciones configuran un fenómeno superficial y coyuntural, o si más bien son síntoma de una transformación más profunda que demandará notables esfuerzos de adaptación de todos los partidos y líderes políticos. También cuestiona las causas de esos cambios, y si estos son exclusivos de nuestro país o tienen puntos de contacto con lo acaecido en otros sistemas democráticos.
Tras un serio análisis, Sánchez demuestra que los fenómenos configuran un caso nítido de derrumbe de un esquema estable de preferencias electorales, ocasionado por movimientos profundos en los vínculos que ligan a los costarricenses con los partidos.
Cosa del pasado. Una ciudadanía condicionada por las emociones políticas nacidas de la Guerra Civil de 1948 dio paso a otra mucho más independiente en sus juicios políticos, más exigente respecto al desempeño de los partidos y más veleidosa en cuanto a preferencias electorales. El libro es claro: los días de los electorados cautivos que conferían a los partidos históricos un cómodo piso electoral, simplemente han quedado atrás. Los tiempos del bipartidismo o una bipolaridad política estable no volverán en el futuro cercano.
Lo que corresponde ahora es adaptar la forma de hacer política a un entorno más volátil, con lealtades más frágiles, con actores políticos más numerosos y efímeros, y con una mayor dificultad para construir mayorías estables. Asumir en la prédica y la práctica política los más altos niveles de exigencia para sus dirigentes es la única forma en que un partido será capaz de sobrevivir.
Por otro lado, el libro demuestra que síntomas como el aumento del abstencionismo, la erosión en el apoyo de los partidos históricos y la predilección por el quiebre del voto no son más que el reflejo tardío de lo que ocurre hace años en muchas democracias desarrolladas. No es la “democracia costarricense” la que está en crisis, sino la “democracia” a secas, sometida a la continua inspección de sus llagas por parte de una población más educada, exigente y expuesta a unos medios de comunicación cada vez más inquisitivos y poderosos.
En otras palabras, Fernando nos sugiere que no son únicamente las falencias y caídas de los políticos costarricenses, que por cierto han existido, las que explican las drásticas mutaciones de nuestro sistema de partidos. Hay fuerzas más profundas en juego. Esa historia no es la de un terremoto político repentino, sino la de la acumulación de pequeños eventos que van sumándose hasta producir un cambio considerable.
Como ejemplo, el autor traza el azaroso itinerario del Partido Liberación Nacional, desde la desaparición de sus fundadores hasta los esfuerzos de sus líderes por ajustar los mensajes y las prácticas políticas del partido a un mundo muy distinto del de su nacimiento.
La rana y el caldero. Al leer el libro, no puede uno evitar pensar que la historia reciente de Liberación Nacional tiene algo de aquella vieja metáfora de la rana que reacciona con un salto si se la echa en agua hirviendo, pero que se adormece sin advertir el peligro cuando se la sume en un caldero al que solo lentamente se le va subiendo la temperatura.
Lo cierto al final es que el texto nos vacuna contra las interpretaciones sencillas de nuestras ansiedades políticas. No hay en este cuento explicaciones únicas ni obvias, de las que gustan tantos “comentaristas”, cuyas tonadas tan simples como estridentes solo revelan la ausencia de un rigor intelectual.
Este no es el trabajo de un comentarista político, sino el fruto de la dedicación de un verdadero investigador social, que ojalá pueda profundizar su obra aprovechando los escasos ratos libres que le dejen la sobrecargada agenda legislativa y su futura paternidad. Eso es difícil de hacer, pero talento no le falta. Y tampoco le faltarán quienes lo apoyemos y le mostremos nuestro afecto en ese camino.
Periódico La Nación 18 de junio de 2007

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