Vieja y “nueva historia”
Vieja y “nueva historia”
La Campaña Nacional se constituyó en crisol o fragua de la nacionalidad costarricense
Juan Rafael Quesada C.
juanquesada@racsa.co.cr
Historiador
L a Nación del 12 de mayo publicó un artículo que, más que un ejercicio de crítica académica, pareciera estar motivado por razones de otra naturaleza, que no alcanzamos a entender. Ostenta un espíritu propio de nuevo Olimpo (académico). Con un tono francamente peyorativo y hasta con cierto “aroma” macartista, hace una caricatura de mi obraClarín Patriótico : la guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense (Museo Juan Santamaría, Colegio de Licenciados y Profesores, 2006, 312 p.). Al respecto, y por consideración a las personas que hasta el momento han adquirido el libro y a todas aquellas que me han escuchado hablar del tema, me permito hacer las siguientes puntualizaciones.
Quien haya leído mi investigación o tenga la intención de hacerlo podrá comprobar los alcances de esas (des)calificaciones, pero especialmente podrá verificar si aporta conocimientos a la comprensión de la Campaña Nacional. Nuestra obra es un estudio razonado y documentado de la nacionalidad costarricense desde la perspectiva de proceso. Por razones de espacio, solo podemos decir, desafortunadamente, que esto significa tener en cuenta, al menos, la herencia colonial, la conformación de Costa Rica como nación moderna, o sea, el adquirir los atributos de la modernidad política (la soberanía popular, la división de poderes, el republicanismo y el constitucionalismo).
Enseñanza de valores. Después de 1821, es imperativo analizar los mecanismos mediante los que los constructores del Estado nacional se esforzaron en desarrollar sentimientos de lealtad entre los habitantes del país (enseñanza de valores cívicos, organización de tertulias patrióticas, adopción de símbolos nacionales, instauración de fiestas patrias o efemérides). Igualmente, es necesario valorar el impacto de las disputas territoriales del país con Colombia y Nicaragua, ya que el espacio o territorio es el elemento de identidad política por excelencia.
Gracias a la interacción dinámica y diacrónica de los factores señalados, la conciencia nacional ya había adquirido un arraigo importante antes de 1856. La Campaña Nacional se constituyó, entonces, en el crisol o fragua de la nacionalidad costarricense pues los peligros, triunfos, glorias y hasta derrotas consolidan a las naciones. Ya lo decía el prócer sudamericano Manuel Belgrano: “Bien puede tener nuestra libertad todos los enemigos que quiera, en verdad nos son necesarios para formar nuestro carácter nacional”. En el caso costarricense, el carácter o temple nacional se forjó al enfrentarse al filibusterismo, pues la población, salvo un puñado de traidores, se unió en torno a la defensa de tradiciones seculares y a los valores de libertad, autonomía y solidaridad.
No tiene asidero cuestionar el significado nacional de la guerra antifilibustera porque existieran contradicciones sociales en la Costa Rica de 1856, y que los derechos políticos –que no es lo mismo que ciudadanía– estuvieran limitados para un sector de la población, según la naturaleza del sistema electoral establecido por la Constitución “reformada” de 1848, impulsada por Castro Madriz. Lo cierto es que, a pesar de la diferenciación socioeconómica y política de la Costa Rica de hace 151 años, en esa difícil coyuntura se demostró, como decía José Martí, que la patria se defiende en las “trincheras de piedra” y en las “trincheras de ideas”. Así, comprobamos cómo los diversos sectores de la población hicieron notables esfuerzos para preservar la tierra que los vio nacer.
Mujeres e indígenas. Demostramos, documentalmente, cómo las comunidades en cabildo abierto optaban por incorporarse a la guerra y cooperar con los gastos bélicos. ¡Qué hermoso, por ejemplo, el gesto del alajuelense Francisco Arias, quien voluntariamente ofreció, en noviembre de 1856, 50 pesos “y cuanto más pueda ratificando el ofrecimiento de mi persona y la de mis tres hijos”. ¡Qué decir de las mujeres –sin derechos políticos del todo– que doblaban su cintura en los campos de trabajo en ausencia de sus maridos! Y eso que tuvieron que esperar casi un siglo para tener derecho al voto.
El ejemplo más contundente de que la guerra contra el expansionismo del Destino Manifiesto cristalizó el sentimiento nacional, lo expresa la actitud de los indígenas. Ellos, a pesar de ser el sector más marginado de la sociedad costarricense –¿ha cambiado eso?–, no dudaron en manifestar su disposición a “ayudar al supremo gobierno a arrojar del suelo centroamericano a los salvajes filibusteros”, decisión que tomaron “sin necesidad de excitación alguna de autoridad”.
La lucha contra los filibusteros requirió también las “trincheras de ideas”. A esa cuestión nos referiremos en otra oportunidad.
Periódico La Nación 20 de junio de 2007.

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