Columna pido la palabra
La guerra
Ana Coralia Fernández, periodista
paradigma@racsa.co.cr
Hago el semáforo en rojo sin sospechar que doscientos metros al sur me espera el choque.
Como siempre, conduzco despacio y alerta.
Como tengo la vía, no puedo imaginar que un carro se saltará la señal de alto y me embestirá más allá de mis reflejos.
El pito, el golpe, las vueltas, los ojos salidos de las órbitas, y luego, el espantoso silencio.
Con las manos en un temblor, logro abrir la puerta. Para entonces varias personas rodean el incidente y me preguntan si estoy bien. Lo verifico, pero no estoy segura.
Aturdida pregunto por los del otro carro.
Cuatro llamadas: una a la casa, otra al tránsito, una tercera al agente de la póliza y una a Dios.
El impacto fue sobre todo en la puerta trasera del chofer, o sea yo.
Doy mis datos y trato de ser ecuánime, pero por dentro soy un torbellino:
¿Y si no hubiese traído el cinturón?
¿Y si me llevaba un taxi al trabajo?
¿Y si algún peatón estuviese en la esquina cuando el carro dio vueltas?
¿Y si un niño cruzara la calle en ese momento?
¿Y si hubiera habido una sábana blanca? ¿Cómo se verán las sábanas blancas desde debajo?
No tenemos ejército, pero nuestro apego por la vida es tan mezquino que no nos importa subirnos a un vehículo y echarlo a andar, sin considerar que eso es como darle a un niño travieso un arma cargada con permiso de disparar.
Periódico Al Día 25 de junio de 2007

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