Engaño y fuga
En primera persona UN TESTIMONIO CASI DESCONOCIDO ILUSTRA LA VIDA REAL ENTRE LAS FUERZAS DE WILLIAM WALKER
Iván Molina Jiménez
Escuela de Historia de la UCR@nacion.com
Apenas llegué a dicha ciudad [Nueva York]; lo primero que atrajo mi atención, fue unos grandes carteles fijos en los muros, solicitando emigrantes para Nicaragua y ofreciendo a cada cual un acre de terreno, herramientas y semillas, para efectuar la colonización de aquel territorio centroamericano.
Me alucinó mucho la invitación, y resolví inscribirme. Grande fue mi sorpresa, cuando ví que el número de solicitantes que obraban en la oficina de inscripción era bastante crecido.
Llegado el día de la partida hacia aquél magnífico Edén, pude darme cuenta de que unos 300 inmigrantes constituíamos otros tantos colonos, otros tantos propietarios de chacras .
Se elevó el ancla en medio de atronadores hurras del numeroso grupo de curiosos que, desde la bahía, agitaban al aire sus sombreros y pañuelos, despidiéndonos.
Hízose la navegación sin novedad, y pocos días más tarde, desembarcamos en el puerto de San Juan del Norte, lado del Atlántico. Allí nos hicieron trasbordar a un vaporcito que surcaba el río del mismo nombre, cuyas orillas ofrecen hermoso espectáculo, tanto por su exhuberante vegetación y bosques tupidos, como por las enormes bandadas de papagayos y loros que revoloteaban por los aires, y muchos lagartos que salían a la arena para calentarse al sol. Ese río baña también la costa del territorio de los Mosquitos, indios que, a semejanza de los araucanos, han sabido conservar su independencia. Como a la hora de estar navegando, entramos en el extenso lago de Nicaragua, y a las 6 p.m. fondeó en playas de la ciudad de Granada.
Aquí principió nuestra vía-crusis , pues apenas pusimos pie en tierra, quedamos desilusionados. Supimos, entonces, que las promesas de Nueva York eran ilusorias, y que toda la gente que ocupaba Granada era el ejército filibustero que mandaba el General William Walker.
Como estábamos sin alimento desde la mañana en que dejamos la nave que nos trajese de Nueva York, nos dieron por toda comida un pequeño bollo de chocolate y una fría torta de maíz, que era el pan de los indígenas. Nos condujeron en seguida al antiguo convento de franciscanos, donde, en lugar de camas, hallamos unos pellejos de res, tendidos en el suelo, y de almohada hubo de servir el atado de ropa que cada uno tenía consigo. No hubo como protestar. Aquellos pellejos, según parece, constituyen una especie de antídoto contra los alacranes, que caminaban en grandes tropas, por las paredes de las celdas conventuales abandonadas.
La noche fue desastrosa, y al día siguiente, apenas rayó el alba, procedieron a inscribirnos, tomando nuestra filiación. Entregáronnos sendos fusiles y una cartuchera con su dotación de tiros; y nos notificaron, irónicamente, que desde ese instante teníamos que conquistar, por medio de las armas, la futura propiedad de tierras.
Varios de los compañeros llevaban consigo mujeres, con las que eran casados. Pero al desembarcar en Granada, tuvieron que abandonarlas, pues no se consentía que ningún soldado, casado o no, viviese con su mujer.
Abandonadas esas desgraciadas, en país desconocido, sin facilidades para subsistir honradamente, entregáronse al vicio, al libertinaje, con los oficiales, celebrando diarias orgías. Una pobre niña, que en calidad de sirvienta se embarcó en Nueva York, con uno de los aspirantes a colonos, fue despedida por su patrona, y hubo de prostituirse, ya que no era posible hallar en ese medio y en ese instante, otro trabajo que el de las caricias pagadas....
Todos los días, desde muy temprano, hacíamos ejercicios durante dos horas; después –y no siempre– nos daban el almuerzo, que solía consistir en una taza de sopa de plátanos verdes; un pequeño trozo de carne de asno o mula y una torta de maíz. Descansábamos hasta las tres, hora en que salíamos por compañías, a la plaza principal, donde revistábamos al General Lainé, francés, subordinado de Walker, de quien era consejero. En seguida se distribuían las guardias. Las fuerzas filibusteras estaban formadas por sujetos de Norteamérica, Alemania, Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, Bélgica, y hasta de Rusia y de Cuba. Ninguno llevaba uniforme. Cada cual vestía sus propias ropas, distinguiéndose los oficiales por la espada ceñida; y los jefes no solo por la espada; sino por una cucarda roja puesta en el sombrero.
[…]
Supimos que el General Lainé había sido fusilado por los centroamericanos [en octubre de 1856]. Walker, en represalias, ordenó el fusilamiento del Coronel guatemalteco Valderrama y de otros oficiales, que estaban en nuestro poder. La ejecución realizóse a la una de la tarde, hora de la revista, y en presencia de toda la fuerza filibustera, formada en línea de batalla en la plaza principal. Los sentenciados salieron de su prisión, y llegaron al lugar del suplicio, acompañados del padre Vigil, nicaragüense. Avanzaron Valderrama y su compañero, con gran resolución. Antes de ser vendado, Valderrama pidió un vaso de vino, y pronunció estas palabras: “Muero en defensa de mi patria, y me considero feliz de verter hasta la última gota de mi sangre por libertar a mi país y a mi familia del yugo enemigo”. –La primera descarga mató al otro oficial. Valderrama quedó de pies. Cargaron otra vez los ejecutores, y Valderrama cayó exánime, en un lago de sangre.
Ese cuadro lúgubre me impresionó tantísimo, que días después acepté la proposición que dos amigos y paisanos hiciéronme, para desertar y poner término a nuestros padecimientos. El proyecto estaba lleno de peligros, pues Walker había dictado una orden general, disponiendo que los desertores fueran fusilados ipso-facto , sin fórmula de juicio. Empero, nada nos arredró.
[A partir de aquí, Prince relata cómo los tres desertaron con ayuda de algunos indígenas, su llegada a Masaya, su arribo a León (donde uno de sus compañeros murió de Tifoidea) y el posterior viaje a El Salvador.]
Suplemento Ancora. Periódico La Nación 24 de junio de 2007.

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