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RESONOCO

01/07/2007 GMT 1

Reflexión de las lecturas de la Eucaristía 1 de julio de 2007.

marfuerte @ 00:25

Ocean Castillo Loría.

1R 19: 16. 19 – 21.
Sal 16.
Gá. 5: 1. 13 – 18.
Lc. 9: 51 – 62.

Las lecturas de esta eucaristía interpelan sobre el discipulado, y el Carácter exigente de la vocación apostólica.

Cuando Dios llama todo se ha de abandonar. Así lo hizo el profeta Eliseo. No nos ate la letra de la ley, como dice San Pablo. Así estaremos en la verdadera libertad para ponernos al servicio de los demás por amor. Ser cristiano significa haber sido elegido y predestinado por el Padre, para ser injertado en el misterio de Cristo y para permanecer fieles a su llamamiento, a su amor, y a su obra de santificación sobre nosotros. La iniciativa de esta vocación es siempre de Dios. Nuestra responsabilidad consiste en responder diariamente con toda generosidad a este don divino.

En la primera lectura, Eliseo presenta gran disposición para el seguimiento. En él, el llamado es un nuevo nacimiento, renuncia a la vida que había vivido en el pasado (por eso rompe el yugo y sacrifica los bueyes), desprendiéndose de sus posesiones, incluso, familia y cercanos. Al despedirse inicia el nuevo camino del seguimiento, camino que no debe esperarlo mucho, pues el personaje responde con prontitud. Nótese el signo del llamado en la imposición del manto de Elías con lo que recibe el Espíritu y el poder que lo capacitan para continuar su misión. Ahora bien, como veremos en el evangelio, Jesús ni siquiera permite la despedida de los padres, esto por cuanto el llamamiento es urgente y no lo hace solo un profeta, sino, el mismísimo Hijo de Dios.

En el salmo responsorial, vemos que el motivo principal de nuestra alegría debe ser Dios, que es nuestro bien, y es precisamente por ello que en el seguimiento de Jesús nos jugamos la vida: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano”. Y la única manera de hacer esta apuesta, es tener siempre presente a Dios. El salmo nos dice que con su presencia, no dudaremos, tendremos alegre el corazón y hallamos pleno descanso. No se piensa en lo que se ha dejado atrás porque se ocupa en explorar la heredad hermosa que le ha reparado el Señor.

Ahora bien, podría quedar la impresión de que el seguimiento de Jesús, implica plena seguridad, sin riesgos o pruebas lo cual es falso. El seguimiento no elimina las dudas o los riesgos, por eso el texto agradece la instrucción de Dios, hasta en la noche. Incluso, cuando tiene cercana la muerte, tiene certeza en la vida, el gozo y la alegría de la presencia de Dios (Lo que nos recuerda la resurrección de Cristo). Y es que como veremos en la segunda lectura, la libertad es el amor, amor que es la vida.

Como puede verse, el centro del salmo es como ya lo dijimos la alegría por el seguimiento, alegría por la heredad que Dios ha dado a quienes le aman. Heredad que significa transparentar a Cristo. Los éxitos son éxitos de Él, las conquistas son conquistas de Él. Esta es la principal alegría del discípulo: “…Dios mío, me refugio en ti” este refugio es la verdad del discípulo.

Repitamos durante esta semana: “Yo digo al señor: Tú eres mi bien”, si no lo sentimos de corazón debemos preguntarnos: ¿A qué cosas debemos renunciar para disfrutar la heredad del seguimiento a Cristo?, ¿Qué es lo que nos quita la alegría? La lealtad al Señor nos debe hacer pensar acerca de nuestros apegos y si estamos sacrificando nuestra esencia de creyentes en pro de cosas materiales.

No hay ninguna duda que con este salmo, expresamos nuestra fe y agradecimiento a Dios por las bendiciones que recibimos fruto de su bondad. Pero también, es una oración que permite liberarnos de nuestros opresores y refugiarnos en el amparo de Dios, invocando su amor como criaturas que somos de su seno.

En la segunda lectura, se observa como el seguimiento de Cristo implica libertad. Libertad que despoja de opresión al pecado, al egoísmo y a la muerte. Es libertad encarnada en amor y servicio desinteresado al prójimo. Libertad que permite la vivencia plena de la voluntad de Dios. No obstante, para Pablo, la libertad no es libertinaje.

Esta diferencia entre libertad y libertinaje la explica muy bien Monseñor Romero: “Libertad no quiere decir hacer todo lo que me dá la gana; la libertad es la justificación, la de aquel que ha comenzado por independizarse de su pecado.”.

Libertinaje para el cristianismo es el accionar del egoísmo y no de la entrega amorosa. Así, la libertad se opone al libertinaje, y Pablo a lo que nos está llamando es a que nuestra práctica sea liberadora del pecado individual y social, el egoísmo y la muerte.

El evangelio, presenta cuatro cuadros referentes al discipulado. En la primera escena, algunos de los seguidores de Jesús son enviados como emisarios camino a Jerusalén. Como es lógico, por su enemistad, los judíos – creyentes son rechazados por los Samaritanos (Recordemos lo que nos dice el evangelio de Juan: “Los judíos no tienen trato con los samaritanos”). Ellos desean vengarse, pero el Maestro enseña que el mal debe ser vencido con el bien.

Vale la pena preguntarnos durante esta semana si en el seguimiento a Jesús, nos hemos vuelto violentos e intolerantes. A veces confundimos esa violencia e intolerancia con ardor misionero, de ahí que valga la pena que analicemos nuestra forma de seguir a Jesús.

También podemos preguntarnos: ¿El seguimiento me hace tolerante hacia otros puntos de vista? Esto nos hace pensar en la violencia que a veces conllevan los puntos de vista religiosos, sobre todo cuando se hace referencia a una revelación proveniente del único Dios verdadero. Jesús nos muestra en este pasaje la tolerancia por aquellos a los que Dios lleva por otros caminos. Podríamos compartir durante esta semana cuáles son los rasgos de intolerancia que podemos caracterizar en nosotros mismos y en nuestra comunidad de fe.

Ante esta reflexión cualquiera podría decir: “Aquí hay una seria equivocación, Jesús dijo: “El que no está conmigo está contra mí” (Lucas 11: 23) y por lo tanto, nuestra obligación es convertir a los miembros de otras denominaciones y religiones”. Otros dirán: “No nos llamemos a engaño, los hermanos separados, están separados y nuestro deber es unirlos sacándolos del error en el que se encuentran”.

Quizás muchas personas piensan así de buena fe, pero en el mismo evangelio de Lucas Jesús dijo: “El que no está contra ustedes está a favor de ustedes” (Lucas 9: 50) de donde se deduce que el evangelio no es una llamada a la intolerancia, a la discriminación, al rechazo, del que piensa distinto de nosotros. Por ello la Iglesia Católica en general y nuestras comunidades de fe en particular, deben crecer en arrepentimiento, humildad y autocrítica.

El Vaticano II tomó decisiones históricas respecto a la libertad religiosa. Las posiciones de "cristiandad", de unión con el poder político, no son conformes con el evangelio. Y todo ello exige de los cristianos unas actitudes nuevas desde el fondo de nuestro corazón.

Ya lo diría, y citamos de nuevo, a Monseñor Romero: “La Iglesia que yo he fundado (Diría Jesús), no tiene que apoyarse, como dijeron los padres en Medellín, tiene que ser una Iglesia desprendida de todo poder, ya sea económico o político, o de cualquier clase social. Debe de apoyarse en sí misma. Y esto lo repetiremos siempre, hermanos, y esto no quiere decir odio a ninguna clase. Al contrario, quiere decir amor a todas las clases. Que sientan esta Iglesia que es necesaria, que ella ofrece el favor a la gente de salvarlos, y no es la gente la que le ofrece a la Iglesia el favor de apoyarla.”.

Asimismo, debemos decir que el ecumenismo es una de las conquistas de la evolución del pensamiento cristiano. Católicos, protestantes, ortodoxos y más allá de las fronteras del cristianismo: musulmanes, hindúes, budistas etc. Tenemos un llamado para unirnos, no porque tengamos todos las mismas ideas sobre Dios, sobre la inmortalidad o sobre el origen del mundo, sino, porque estamos llamados a construir un mundo de justicia y de paz.

En la segunda escena alguien le dice a Cristo : “…te seguiré adonde quiera que vayas” y Jesús le dibuja una vida en la que seguirlo es sacrificio, dureza y humillación. Veamos el sabio y profundo comentario que sobre este segundo cuadro hace San Agustín: «Lleno de admiración preguntas: ¿Cómo es esto; cómo desagradó al Maestro bueno, nuestro Señor Jesucristo, que va en busca de discípulos para darles el Reino de los cielos, hombre tan bien dispuesto? Como se trataba de un Maestro que preveía el futuro, entendemos que este hombre, hermanos míos, si hubiera seguido a Cristo hubiera buscado su propio interés y no el de Jesucristo.

Pues el mismo Señor dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21). Este era uno de ellos; no se conocía a sí mismo, como lo conocía el médico que lo examinaba. Porque si ya se veía mentiroso, si ya se conocía falaz y doble, no conocía a quien le hablaba. Pues Él es de quien dice el evangelista: “No necesitaba que nadie le informase sobre el hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre” (Jn 2,25). ¿Y qué le respondió? “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza ”(Lc 9,58). Pero, ¿dónde no tiene? En tu fe. Las zorras tienen escondites en tu corazón; eres falaz. Las aves del cielo tienen nidos en tu corazón; eres soberbio. Siendo mentiroso y soberbio no puedes seguirme. ¿Cómo puede seguir la doblez a la simplicidad?...» (Sermón 100,1).

En resumen, según el Santo, Jesús rechaza a este seguidor porque no lo hubiera seguido por amor a Él. Quizás como dice Agustín sean la mentira y la soberbia las que nos impiden seguir plenamente a Cristo, esta semana puede ser un buen momento para trabajar en nosotros mismos las virtudes que las combatan.

En la tercera escena, Jesús hace el llamado. El interpelado le presenta un razonamiento de peso: “Déjame ir a enterrar a mi padre”, con esto no debe entenderse la muerte del padre en ese mismo momento, sino que lo que la persona le dice a Jesús es: “deja que pueda velar por mi padre, y cuando este muera, te seguiré”, pero para Jesús cuando Dios llama cualquier razonamiento es inaceptable, porque atrasa la respuesta que debe ser pronta como lo muestra Eliseo en la primera lectura. Dios cuidará de las cosas que queden pendientes. Pero, ¿Cómo tener esa seguridad? Es claro que una de las consecuencias del Reino de Dios es la justicia, la solidaridad y la fraternidad, por lo que ya habrá quien se ocupe de tales pendientes.

En la cuarta escena, la persona le pide ir a despedirse de sus padres, cosa que como vimos le fue concedida a Eliseo, pero Jesús observa como esta persona está apegada al pasado y por ende, lo reprende.

Cuestionémonos: ¿Pongo condiciones al seguimiento?, ¿Esas condiciones son fruto de nuestra mediocridad? Este aspecto de la mediocridad es central, Jesús comprende nuestras fallas pero no acepta la mediocridad justificada en el entorno, Él no acepta que le digamos: “yo no te sigo con todas mis fuerzas porque los demás no ponen todo de su parte, yo no te sigo como debiera porque la verdad, el seguimiento en mi comunidad de fe no es de entrega total y si ellos no lo hacen, yo tampoco lo haré”.

Se diría que Jesús hace todo lo posible para desanimar a los tres que pretenden seguirle a lo largo del camino. Parece que su intención es más la de rechazar que la de atraer, desilusionar más que seducir. En realidad, él no apaga el entusiasmo, sino las falsas ilusiones y los triunfalismos mesiánicos. Los discípulos deben ser conscientes de la dificultad de la empresa, de los sacrificios que comporta y de la gravedad de los compromisos que se asumen con aquella decisión.

Por tanto, seguir a Jesús exige:
- Disponibilidad para vivir en la inseguridad: “No tener nada, no llevar nada”. No se pone el acento en la pobreza absoluta, sino en la itinerancia. El discípulo lo mismo que Jesús, no puede programar, organizar la propia vida según criterios de exigencias personales, de “confort” individual. Esta disponibilidad lleva hasta a dar la vida: “…pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará…” (Mateo 16: 25)
- Ruptura con el pasado, con las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales que atan y generan la muerte. Es necesario que los nuevos discípulos miren adelante, que anuncien el Reino, para que desaparezca el pasado y viva el proyecto de Jesús.
- Decisión irrevocable. Nada de vacilaciones, nada de componendas, ninguna concesión a las añoranzas y recuerdos del pasado, el compromiso es total, definitivo, la elección irrevocable.
En la vida de todo creyente, se presenta la oportunidad para seguir a Jesús en plenitud, es un momento central donde se suma la decisión con el llamado y la respuesta que se brinda.
Cristo es la cúspide de las búsquedas humanas. Si hacemos cierta esta afirmación en nuestra vida, todo valor perderá peso. Fijemos nuestra mirada en Cristo. Fijemos nuestra vida en su gracia y en su amor, solo de esta manera lo que consideramos importante quedará bajo la luz de Jesús, y tendrá su verdadera dimensión.

Cristo pide que una vez dada la respuesta afirmativa, no puede mirarse atrás, esto por cuanto cuando el Señor da la llamada, brinda las alternativas para salir adelante en la misión encomendada, pero además, porque en la vida de fe, no es aceptable el apego porque este impide la libertad de la que se hablaba en la segunda lectura.

Él quiere ser el absoluto de nuestra vida. El que se escandaliza porque Cristo pide la renuncia incluso a cosas buenas es que no ha entendido nada del evangelio. Ser cristiano no equivale a ser honrado y no hacer mal; eso lo procuran también los ateos. Ser cristiano significa estar dispuesto a toda renuncia y a todo sacrificio por Cristo. Y esto significa orientar la vida en forma radical en una dirección que resulta difícil, conflictiva, intranquila. El seguimiento es tensión, renuncia, decisión firme, inteligencia y humildad.

De ahí que el llamado al seguimiento es una bendición, pero el seguimiento en sí mismo, es una conquista que solo puede lograrse cotidianamente, por amor a Cristo y a su causa, el Reino de Dios que implica la construcción de un mundo más justo y solidario. Y a esa construcción estamos llamados todas y todos, cada uno desde su situación particular, en la familia, en el monasterio, en la oficina, en el centro de estudios. Jesús pide el mismo compromiso a todos.
Pidamos a Dios el espíritu solícito de Eliseo para seguir al Señor, repitamos durante esta semana: “Yo digo al señor: Tú eres mi bien” y haciendo esta frase realidad podamos seguir a Jesús con la excelencia que se merece, roguemos a Dios por la comprensión de la libertad cristiana como práctica de liberación del pecado individual, social, el egoísmo y la muerte. Finalmente, pidamos a Dios tolerancia, capacidad de renuncia y entrega total a su voluntad.

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