Orígenes
Hilda Chen Apuy
Los seres humanos, desde tiempos remotos, nos hemos preguntado quiénes somos, por qué estamos aquí y cuál es nuestro origen. También yo he tenido esa curiosidad a lo largo de mi vida, sobre todo por ser el producto de un mestizaje de un padre asiático y una madre costarricense. Algunas veces he pensado por qué un joven chino en el siglo XIX, como tantos otros inmigrantes que cruzaron el Océano Pacífico para asentarse en estas tierras, desembarcó en un pequeño puerto costarricense llamado Puntarenas. Supongo que fue el azar el que hizo que bajara en un sitio sobre el cual no tenía la menor idea de su geografía o de su ubicación en estas costas.
Desconozco los detalles de los primeros años que pasó en Puntarenas. Él decía que había llegado a los 16 años de edad; y a veces me contó que había quedado huérfano siendo niño, por lo cual su abuelita paterna lo crió. Vivían en una pequeña aldea pobremente, hasta que su abuelita murió y él decidió buscar fortuna allende el mar, saliendo de la parte meridional de China para embarcarse hasta llegar a nuestras tierras.
Más de una vez me he preguntado quiénes fueron los antepasados del joven inmigrante, a quien el destino ancló en esa pequeña tierra llamada Puntarenas. Pasaron los años y ese joven trabajó y ahorró hasta llegar a ser un hombre con suficientes medios. Arraigó en Puntarenas y ayudó a jóvenes parientes para venir acá a probar fortuna.
El siglo XIX fue una época difícil en el Imperio Chino. Los comerciantes ingleses obligaron a China a abrirse al comercio del opio, droga prohibida en el Imperio. Cañonearon el puerto de Cantón y al ganar esta guerra llamada La Guerra del Opio, lo humillaron, exigieron indemnizaciones cuantiosas y la isla de Hong Kong. Además, lograron obtener la apertura de varios puertos para comerciar libremente. Inglaterra era ya una nación industrializada con armamento muy superior al que tenían los ejércitos chinos.
No sé mucho de los antepasados de mi padre, aunque sí he investigado sobre sus orígenes en viajes a China, Hong Kong y otros lugares, donde pude encontrarme con una gran red familiar y bibliografía importante.
En cuanto a mi madre costarricense, también huérfana de padre a muy temprana edad, fue hija única, de modo que en mi infancia no conocí tíos ni ningún otro pariente, excepto a mi abuela, que murió siendo yo escolar. A veces me he preguntado por qué, en un momento dado, papá y mamá tuvieron que encontrarse para formar una pareja desigual por la diferencia de edades, orígenes, lengua y cultura. A pesar de eso se quisieron y respetaron mutuamente, fue un matrimonio estable y un hogar en que tuve cariño, cuidados y las condiciones que me permitieron estudiar para ser una persona útil en el país, que aceptó al joven inmigrante venido de otro continente, para dar origen a una familia que ha servido en distintos campos profesionales a esta patria.
Con frecuencia he recordado a mis padres con profundo amor y gratitud. Papá no quiso que yo me sintiera extranjera, por lo cual se negó a enseñarme su lengua a mi petición, con la excusa de que yo nunca iría a China; sin embargo, me dio un nombre chino que siempre he valorado. A veces me decía que yo era su “joyita”, sobre todo cuando se alegraba con mis buenas calificaciones escolares. Mamá también quiso que sus dos hijas estudiaran para que tuvieran “un machetito” con que defenderse en la vida, es decir, un diploma. Su máxima aspiración era que yo me convirtiera en maestra de escuela.
¿Cómo agradecer a esos padres lo que hicieron por sus hijos? Por eso siempre he pensado que mi vida es la respuesta.
Periódico La Prensa Libre 2 de julio de 2007.

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