Reflexión de las lecturas de la Eucaristía 8 de julio de 2007.
Ocean Castillo Loría.
Is. 66: 10 – 14.
Sal. 65.
Gál. 6: 14 – 18.
Lc. 10: 1 – 12. 17 – 20.
Los profetas vaticinaron como signo de los tiempos mesiánicos la alegría del espíritu. Esto aparece en la primera lectura, tomada de Isaías. En el Evangelio los 72 discípulos vienen alegres después de la misión que les confió Cristo entre los samaritanos. Pero a esa alegría no se llega sino a través de la cruz, como nos lo dice San Pablo en la segunda lectura.
A la luz del Evangelio es difícil pensar que tenga vida auténticamente cristiana quien, aun siendo fiel a sus deberes religiosos y morales, nunca se ha tomado en serio su vocación y su responsabilidad en el apostolado, con la palabra, con el propio comportamiento y con la oración.
Un mensaje central de las lecturas de esta eucaristía es la paz. Paz verdadera que es regalo de Dios, pero que es compromiso y desafío para el ser humano. Ahora bien, la paz es fruto de la justicia social y de la vivencia de la solidaridad. Cuando se ensanchan las diferencias sociales y se fermentan las condiciones de indignidad, se comete un pecado social contra los hijos de Dios. Este pecado tiene mucho de omisión, muchas veces quienes pueden promover una sociedad más equitativa no lo hacen, a lo mejor están cómodos con la remuneración que se les paga con los impuestos del pueblo, a lo mejor por un cálculo político que les impide denunciar la injusticia. Ya lo diría Monseñor Oscar Arnulfo Romero: “Serían traidores a la Ley de Dios, serían pecadores de omisión, si, por temor a perder su vida en la tierra, no hacen lo que deben hacer para dar a sus paisanos, al pueblo, a la sociedad, al bien común, un respiro de paz sobre una justicia más equitativa.”. Por eso roguemos por nuestros gobernantes para que luchen por una sociedad más justa.
Esto nos recuerda aquellas palabras pronunciadas hace muchos años por los Obispos Latinoamericanos: “"Si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, los pueblos que viven en subdesarrollo son una provocación continúa de violencia". Pidamos a Dios para, como país tener plena conciencia de esa verdad.
La primera lectura, es un bello poema en el que el profeta Isaías, consuela a Israel presagiando tiempos de paz y alegría. El marco histórico del texto es la invasión y deportación a Babilonia de los israelitas. Después de esta crisis, Dios alista un tiempo de consuelo y esperanza. Jerusalén será beneficiada con un río de paz que les producirá alegría y bienestar. La base de esa paz es Dios mismo, quien defiende a los sufridos y oprimidos, Él se torna en el motivo de optimismo de quienes lo invocan. En esta lectura se ve la representación simbólica de los valores del Reino de Dios que encuentran plenitud en Jesús. Reino de gozo y totalidad, reino de paz y amor.
Esta idea queda apoyada en lo expresado por San Beda: «La verdadera y única paz de las almas en este mundo consiste en estar llenos del amor de Dios y animados de la esperanza del cielo, hasta el punto de considerar poca cosa los éxitos o reveses de este mundo... Se equivoca quien se figura que podrá encontrar la paz en el disfrute de los bienes de este mundo y en las riquezas. Las frecuentes turbaciones de aquí abajo y el fin de este mundo deberían convencer a este hombre de que ha construido sobre arena los fundamentos de la paz» (Homilía 12, Vigilia de Pentecostés). Obsérvese como para el santo, para que haya paz y por ende, justicia debe haber amor.
En otra lógica vale la pena rescatar que es notable como la figura de Dios – madre es muy estimada por los profetas. El Dios de Cristo es un Dios altamente maternal. El profeta Oseas en el capítulo undécimo, trae uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. La experiencia del amor de Dios hace decir al profeta que el Señor ha ejercido las tareas de un padre-madre con el pueblo. También otros profetas presentan a Dios con características materno-paternales: un Dios que consuela a los hijos que se marchan llorando, porque los conduce hacia torrentes por vía llana y sin tropiezos (Jer 31,9); un Dios a quien le duele reprenderlos: ¡Si es mi hijo querido Efraim, mi niño, mi encanto! Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión. (Jer 31,20).
Esa ternura del amor de Dios queda expresada de manera inigualable en la figura de la madre:
¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49,15).
Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo dice esta primera lectura (Is 66,13).
Esa seguridad que la experiencia de Dios-Padre y madre daba a los israelitas no les permitía sentirse huérfanos porque, si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá (Sal 27, 10)
En el salmo responsorial se invita a alabar y dar gracias. Se invita a la proclamación de la gloria de Dios y su poder. Gloria y poder que se observan en su reinado que tiene un signo culminante en la muerte y resurrección de Cristo, que completa la historia de la salvación.
Además, el salmo recuerda el horizonte universal, que también subraya el profeta de la primera lectura. Aprendamos a repasar nuestra historia personal o de la comunidad de fe. Observemos lo que Dios ha hecho por nosotros, para alabarle, adorarle y darle gracias.
En la segunda lectura, se observa como el motivo de gloria de San Pablo es la cruz de Cristo, veamos la reflexión que sobre este punto realiza San Juan Crisóstomo:
«La realidad de la cruz parece algo vergonzoso, pero sólo en el mundo y entre los incrédulos, ya que en el cielo y entre los creyentes es una gloria y una gloria grandísima. Ser pobre, en efecto, parece algo vergonzoso, mas para nosotros es un motivo de gloria; ser despreciado es para muchos algo que provoca risa, nosotros, en cambio, nos gloriamos de ello. Para nosotros, efectivamente, la cruz es motivo de gloria...
« ¿Qué es la gloria de la cruz? Que Cristo tomó para mí la forma de siervo y cuanto sufrió lo sufrió por mí, un esclavo, un enemigo, un ingrato, y así fue su amor, hasta el punto de entregarse por mí. ¿Podría existir algo semejante? Si los siervos se sienten orgullosos porque sus amos, que tienen su misma naturaleza, los alaban, ¿cómo no hemos de gloriarnos cuando el Señor, el verdadero Dios, no se avergüenza de la cruz por amor nuestro?... Llevo en mi cuerpo las señales de Jesucristo. No dijo “tengo”, sino “llevo”, como el que se enorgullece por los trofeos o las insignias reales, aunque éstas, de nuevo, parezcan un motivo de deshonor. Sin embargo, él se enorgullece de sus heridas y como los soldados condecorados, él se regocija en llevarlas» (Comentario a la Carta a los Gálatas 4).
Lo antes dicho se complementa con aquella reflexión de Monseñor Romero: “Bienaventurados los pobres de corazón, los que tienen el corazón necesitado de Dios, los que en la cruz y el sacrificio, encuentra la alegría de la vida, los que han aprendido en el crucificado el verdadero secreto de la paz, que consiste en amar a Dios hasta el exceso de dejarse matar por él, y amar al prójimo, hasta quedar crucificado por los prójimos. Este es el amor de los redentores modernos, el de Cristo, el de siempre. Sólo éstos serán verdaderos artífices de la paz, de los que dijo Cristo en el sermón de las bienaventuranzas: "Bienaventurados los que van sembrando la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios".
Por otro lado, la cruz rompe con la sacralidad de ciertas tradiciones judías como la circuncisión, en vez de ella el sello es la vida nueva de los cristianos. Quienes viven esa nueva vida tienen la experiencia de la paz y el amor de Dios. Esta nueva vida se opone al “espíritu del mundo” que queda crucificado en la cruz de Cristo. Preguntémonos si hemos elegido entre el espíritu de Dios y el espíritu del mundo.
Detengámonos en el verso 17: “En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús”, con lo que se observa que los maltratos sufridos por Pablo son más valiosos para él, que cualquier otra señal en la carne, como la circuncisión, tal y como ya vimos que piensa San Juan Crisóstomo. Cuestionémonos si llevamos las señales de Jesús en nuestra vida, si hemos tenido verdadera experiencia de apostolado.
En el evangelio, se nos narra el envío de los setenta y dos discípulos. Estos setenta y dos enviados nos recuerdan el mismo número de ancianos que participaron en el espíritu y la misión de Moisés en el Sinaí. Pero también, implican una posible alusión simbólica a la evangelización del mundo pagano, ya que tradicionalmente se hablaba de 70 o 72 naciones en el mundo. Hay algunos escritos que dicen que Jesús envió a 70 seguidores, pero para el fondo del mensaje este detalle no es importante.
El verso 1 dice que los envió de dos en dos, esto para que el testimonio tenga valor jurídico según la ley judía, como lo dice Deuteronomio 19: 15: “Un solo testigo no bastará como prueba contra un hombre…”.
Pero además, nos enseña que se pide un testimonio común, que la misión sea un acto de comunidad. He ahí la importancia de la iglesia como lugar de relación fraterna y apoyo. Un seguidor de Jesús solo, corre grandes peligros, pero apoyado en otro, tiene la fuerza de la presencia de Cristo, porque la Biblia dice que donde dos o más se reúnan en su nombre, allí estará Él.
Veamos el verso 2: “La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha”. Los problemas a los que se enfrenta el cristiano y las comunidades de fe son múltiples y se requieren muchas personas de fe y con fe que construyan la justicia, la solidaridad y la paz. Esto no es solo cuestión de sacerdotes y religiosas. Todas y todos los cristianos estamos llamados porque la mies es mucha. Que cada uno de nosotros se constituya en artífice de la paz y del amor.
Aquí se plantean las exigencias de la misión que se desarrolla en un ambiente complejo, en el que predominan los valores contrarios al Reino de Dios: la guerra, el desamor, la injusticia, opresión e idolatría a la muerte. Hoy tal como en tiempos de Jesús, Él nos manda como: “corderos en medio de lobos” (Lc. 10: 3)
En el verso 4 se nota un detalle que vale la pena comentar: “…no se detengan a saludar a nadie en el camino”. Una interpretación literal del texto podría hacernos creer que los cristianos debemos ser descorteses en la evangelización, lo cierto es que los intercambios ceremoniales de saludo en el oriente podían ser bastante extensos por lo que era más importante que los discípulos se dedicarán a su misión.
Al inicio de ese verso se nos dice: “No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias…”como vimos en las lecturas del domingo pasado, el seguimiento implica no atenerse a seguridades excepto el cuidado de Dios. El poder del Señor se manifiesta en la desproporción de los medios: «No tengo oro ni plata, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar» (Hch 3,6), Lo más contradictorio con el apóstol es la búsqueda de seguridades fuera de Cristo.
Veamos el verso 5: “Al entrar en cualquier casa, bendíganla antes diciendo: “La paz sea en esta casa”. Es decir, se debe llegar como amigo de parte de Cristo y de su comunidad de fe, con tiempo para hablar con los miembros de la casa y conocer sus inquietudes, solo de esta manera se puede decir: “el Reino de Dios está cerca”.
En el verso 7 dice: “…coman y beban de lo que ellos tengan, pues el trabajador tiene derecho a su paga”. Es decir, vivir de limosna. Una Iglesia que no es pobre no es ya la Iglesia de Jesucristo y, por tanto, no puede producir frutos de vida eterna.
También se abordan las maneras de comunicar la paz que ofrece el enviado en nombre de Jesús. La presencia del Reino de Dios implica el acoger y permitir que florezca ese regalo de Dios.
“El reino de Dios está cerca”, este es, o debe ser el mensaje actual de la iglesia. Vimos en la primera lectura, que los profetas anuncian el Reino por venir, reino que encuentra su plenitud en Cristo. De ahí que el reino ya está aquí, a nuestro alcance. Se deriva de ello que evangelizar más que trasmitir creencias, significa hacer ver los signos del reino en medio de la dinámica de este mundo y las vidas de los creyentes, e interpelar a actuar conforme a esos signos. Vale la pena durante esta semana ejercitar el señalar los ámbitos donde se manifiesta aunque de manera tímida, el reino de Dios. Para ello, hay que tener claro que aunque tengamos mil problemas debemos tener pleno convencimiento de que el Reino está presente hoy. La presencia de este Reino es un llamado a la reconciliación. ¡Como se requiere la reconciliación en el mundo!
Hemos dicho, que el Reino también se muestra en la vida de los creyentes. Este debe ser tiempo de reconciliación entre hermanos (en la fe y carnales) y entre vecinos, olvidar las amarguras y confiar en que Dios resolverá las dificultades que superan nuestras fuerzas.
Pero adicionalmente, no podemos dejar por fuera de este llamado de reconciliación a quienes no son cristianos. Vale también un llamado a ellos porque también son testigos de las divisiones que se viven en el mundo y ellos pueden hacer algo por la justicia, la reconciliación y la paz.
Verso 9: “sanen a los enfermos…”. La sanidad es un signo para descubrir el Reino de Dios. La comunidad de fe debe atender y visitar a los enfermos, como signo de familiaridad y preocupación por todos. Este accionar tiene como fruto que el enfermo o enferma se prepare para una renovación profunda y al perdón de las faltas. Ya lo dice el apóstol Santiago: “¿Hay entre ustedes alguno desanimado? Que rece. ¿Está alguno alegre? Que cante himnos a Dios”. “Reconozcan sus pecados unos ante otros y recen unos por otros para que sean sanados. La súplica del justo tiene mucho poder con tal de que sea perseverante” (Santiago 5: 13. 16)
Quienes en la comunidad de fe ejercen este ministerio descubren como Dios va delante de ellos. Dios les usa como verdaderos instrumentos. Ahora, debe recordarse que ningún ministerio o don está por encima de otro en la Iglesia, sino, que lo más importante es el amor.
Todo cristiano es misionero. Bautizado y confirmado, es enviado por Cristo al mundo para ser testigo suyo. En cualquier situación o circunstancia, en cualquier época o ambiente, el cristiano es un enviado, va en nombre de Cristo, para hacerle presente, para ser sacramento suyo. Y las palabras de Jesús revelan la urgencia de esta misión ante las inmensas necesidades del mundo y, sobre todo, por el anhelo de su corazón. ¿Me veo a mí mismo como un enviado de Cristo en todo momento y lugar?
Es importante que como cristianos nos sintamos enviados o apóstoles a llevar el evangelio del Reino y a expandir el don de la paz a nuestros prójimos. De ahí que vale la pena preguntarnos acerca de nuestra conciencia del compromiso con la paz en el mundo, iniciando por nuestra familia, nuestro trabajo, en los centros de estudio en los que nos desenvolvemos diariamente. Del mismo modo, es parte de nuestra misión el rogar a Dios para que surjan vocaciones que tengan como centro la construcción de la justicia y de la paz.
También el evangelio refiere el retorno de los setenta y dos una vez cumplida su misión. El sentimiento de los enviados es de alegría pues los demonios quedaban vencidos bajo el nombre de Jesús, pero para Él, la principal alegría es que el nombre de los discípulos ha quedado inscrito en el cielo. De ahí que lo importante es la vida en gracia aun más que los carismas.
Pongamos atención al verso 19: “Yo les he dado poder a ustedes… para vencer toda la fuerza del enemigo, sin sufrir ningún daño”. Una Iglesia que va en nombre de Cristo, pobre apoyada sólo en él, no tiene motivos para asustarse ni desanimarse ante el mal. Con las armas de Cristo –no las de este mundo- ha recibido poder para combatir y vencer el mal. Como dice San Pablo a los Corintios, la fe depende del poder de Dios y no del conocimiento humano. El poder de Dios es capaz de destruir fortalezas.
Pidamos a Dios que se encarnen en nosotros los valores del Reino, que también nosotros nos gloriemos en la cruz de Cristo y que, por esa gloria, llevemos adelante la misión que se nos ha encomendado como seguidores de Jesús.
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