No hay dos Españas irreconciliables
Enterramos la posibilidad de enfrentamientocivil con la Constitución de 1978
Arturo Reig Tapia
Embajador de España
He leído con gran interés el artículo “Resurgimiento de las dos Españas”, de don Enrique Gomáriz Moraga (La Nación , 24/6/07) y me gustaría compartir con su autor y los lectores de La Nación algunas reflexiones que espero esclarezcan ciertas afirmaciones un tanto preocupantes y, a mi juicio, discutibles, del señor Gomáriz Moraga.
En primer lugar, quiero rendir tributo al excelente conocimiento de la historia de mi país que demuestra el autor y no me cabe duda de que la alarma que manifiesta ante el panorama que presenta la vida política española actual es fruto de su afecto y de su deseo de verla alejada para siempre de potenciales enfrentamientos fratricidas.
Dicho esto, quisiera asegurar a don Enrique que, por rotunda y vocinglera que pueda parecer la crispación instalada en la vida política española,“no llegará la sangre al río” porque, sencillamente, los españoles enterramos definitivamente cualquier posibilidad de enfrentamiento civil cuando aprobamos por consenso casi total de los partidos políticos presentes en el Congreso de los Diputados (sólo el único diputado de Herri Batasuna –brazo político de ETA– votó en contra y el Partido Nacionalista Vasco se abstuvo) y abrumador voto popular (el 87% de los sufragios emitidos) la Constitución del 6 de diciembre de 1978. Pronto hará, pues, 30 años que los españoles –con la única y lamentable excepción de la banda terrorista ETA– decidimos que jamás volverían a dirimirse con las armas en la mano conflictos de orden político y que el único lugar habilitado como foro de discusión, ordenada y civilizada y de resolución democrática es decir, por mayoría –simple o cualificada– de los conflictos, eran las Cortes Españolas.
Término abolido. También quedó perfectamente establecido que en política y entre partidos democráticos, quedaba definitivamente abolido el término “enemigo” y sustituido por el de “adversario”. Puede parecer un simple detalle semántico, pero va mucho más allá en un país que sufrió una guerra de independencia, tres guerras carlistas, innumerables cuartelazos y golpes de Estado en el siglo XIX y una terrible Guerra Civil en el XX.
No hay razón objetiva que lleve a concluir que la ciertamente crispada vida política española (no más crispada, por cierto, que la existente en muchos otros países, como todos los días nos muestran los medios de comunicación social) constituye un “regreso al drama nacional de las dos Españas”, como afirma el señor Gomáriz Moraga. Hace mucho tiempo que los célebres versos de don Antonio Machado “españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos España ha de helarte el corazón”, no tienen otra vigencia –eso sí, eterna– que la poética, porque las dos Españas machadianas (el poema, de “Campos de Castilla”, fue escrito en 1914) desaparecieron mucho antes de que en 1975 hicieran mutis por la Historia, su último protagonista: el general Francisco Franco y su régimen dictatorial.
España, desde entonces, ha dejado definitivamente de estar “dividida prácticamente en dos mitades irreconciliables”. Los duros, desagradables y a veces hasta groseros enfrentamientos, registrados ocasionalmente en las dos cámaras de Las Cortes son, simplemente, fruto del acaloramiento dialéctico de sus protagonistas y no pueden ser considerados sino hechos aislados y no representativos del tono normalmente respetuoso y correcto, en el que se desarrollan los debates parlamentarios en España y en el todavía, por desgracia, reducido número de países que cuentan con una auténtica división de poderes y donde los Parlamentos son realmente instituciones vivas y no simples cámaras de resonancia del poder Ejecutivo.
Objetivo de las elecciones. En cuanto a las supuestas concesiones del actual Gobierno a las reivindicaciones radicales de las minorías sociales y políticas, me permito señalar al autor que desde que el PSOE llegó al poder, se ha limitado a llevar a la práctica –contando, como es lógico, con las mayorías parlamentarias exigidas por la ley– una gran parte de las medidas que figuraban en el programa de gobierno que presentó al electorado en las elecciones generales de 14 de marzo de 2004. Nadie debe sorprenderse –aunque, ciertamente, no es demasiado frecuente– por el hecho de que un partido que ha ganado la confianza del electorado y ha sido capaz de reunir una mayoría parlamentaria en torno a su proyecto político, lo lleve a la práctica. Ese es, precisamente, el objetivo de las elecciones generales en los Estados democráticos.
Finalmente, me gustaría recordar al señor Gomáriz Moraga que resulta extremadamente aventurado extrapolar los resultados de las recientes elecciones autonómicas –solo en 13 Comunidades Autónomas– y municipales, con los de las generales. Está más que demostrado que, al menos en España, los electores no votan mecánicamente a los mismos partidos en las elecciones municipales, autonómicas o generales, ni tienen el mismo grado de motivación en unas o en otras, para ejercer su derecho al sufragio. De ahí la importante diferencia en los porcentajes de participación de una elección a otra, registrando frecuentemente, las municipales en primer lugar y en segundo las autonómicas, los más elevados índices de abstención (el 36,2%, en estas últimas).
Si el PP ha obtenido, en efecto, 160.000 votos más que el PSOE en el conjunto de España, ello se ha debido sobre todo a su incuestionable triunfo en Madrid y Valencia, pero ha perdido en todas las demás principales ciudades españolas: Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, Vigo y Las Palmas, principalmente y lo que es más importante, ha quedado palpablemente demostrado el fracaso de su política de uno contra todos que , para triunfar, exige a un partido obtener la mayoría absoluta y prescindir de las coaliciones, pero ello, en democracia, es imposible, y la prueba es que el PP ha obtenido el 35,6% de los votos emitidos, pero el PSOE ha logrado el 34,9% y todos los demás partidos el 29,5%. Habría que hablar (es un decir) no de las dos Españas, sino de las tres Españas, y la tercera, por lo que parece, se siente más inclinada a pactar con el PSOE –que ha sido respetuoso y dialogante con los partidos pequeños y ha sumado a muchos de ellos a sus iniciativas legislativas– mientras que el PP se encuentra aislado e incapaz de alcanzar coaliciones mayoritarias de gobierno, allí donde no ha logrado la mayoría absoluta.
Ni hay dos Españas irreconciliables y dispuestas a reeditar otra Guerra Civil, ni el actual Gobierno legisla en contra de ninguna mayoría, ni política ni sociológica, ni parece que el principal partido de la oposición, el PP, tenga demasiados motivos para congratularse con el resultado de las elecciones municipales y autonómicas del pasado 27 de mayo.
Periódico La Nación 11 de julio de 2007.

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