Reflexión a las lecturas de la eucaristía del 15 de julio de 2007.(1)
Ocean Castillo Loría.
Dt. 30: 10 – 14.
Sal. 68.
Col. 1: 15 – 20.
Lc. 10: 25 – 37.
En las lecturas que reflexionamos se insiste en guardar la ley como expresión de la voluntad de Dios, que conlleva felicidad y bienestar para el ser humano. El tema de esta liturgia, es el centro de la vida cristiana: el amor a Dios y el amor al prójimo.
En la primera lectura, se recuerda el primer mandamiento de la ley, se aconseja al pueblo escuchar la voz de Dios que le expresa sus mandatos, el objetivo de esa ley es provocar el cambio de vida o conversión honesta en las personas, pues busca habitar en el corazón, donde según los judíos se encuentran las facultades superiores de la persona.
Ya lo diría Monseñor Oscar A. Romero: “Es como si Cristo nos dijera a todos los que vamos a hacer esta reflexión: "El Reino de Dios está dentro de vosotros". Vivimos muy afuera de nosotros mismos. Son pocos los hombres que de veras entran dentro de sí, y por eso hay tantos problemas, porque si de veras nos asomáramos a nuestra propia intimidad y comprendiéramos que la voz del Señor, la ley que nos santifica, no está, así como nos acaba de explicar la primera lectura, allá en las alturas del cielo; y entonces preguntaríamos: "¿Quién podrá subir hasta el cielo, y nos traerá y nos proclamará lo que Dios quiere?" O fuera una ley que estuviera al otro lado del mar, y diríamos: "¿Quién de nosotros cruzará el mar, y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?".
Tal conversión debe ser constante. Hagamos el compromiso de que nuestra conversión sea aquí y ahora. Es por ello que vale la pena preguntarnos durante esta semana: ¿Creo que el amor fraterno es la perfección de la ley de Dios?
Por otro lado, la sabiduría de Dios y su conocimiento de nosotros es inmensa. Él deja el mandamiento pero no deja espacio para la justificación: “Este mandamiento que yo te doy no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance”. Para el ser humano sincero la obediencia a la voluntad de Dios es fácil, pero la práctica de esa voluntad depende del cambio del corazón que lo vuelve santo y puro. Ya lo dice el Señor por medio del profeta Ezequiel: “Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi Espíritu y haré que caminen según mis mandamientos, que observen mis leyes y que las pongan en práctica” (Ez. 36: 26 – 27)
Y es que el reflejo de la presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas es mirar al ser humano con amor. Oigamos otra vez a Monseñor Romero: “…porque ese hombre que amamos y respetamos es imagen de Dios. Y entonces, no cuesta cumplir el primero de los mandamientos: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente con toda tu alma con todo tu ser. Tanto es así, hermanos, que nuestra ocupación en la eternidad será esa: amar glorificar, ser felices con Dios nuestro Señor.”.
El verso 14 dice: “La palabra está cerca de ti”. San Pablo interpretará esta palabra del evangelio que Dios mismo puso al alcance de los que no le buscaban: “Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios”. Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso. Ahora, volviendo a Monseñor Romero, éste nos plantea algo muy importante: “Pero, ¿de qué serviría, nos dicen los documentos de la Iglesia, cambiar todas las estructuras sociales, políticas, económicas, si no cambia el corazón de los que han de vivir y manejar esas estructuras? Mientras los que se preocupan de los problemas no entren dentro de sí y desde su propio corazón escuchen lo que nos dice la palabra divina hoy: "Conviértete al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda tu alma". O mejor, si no escuchamos la palabra de Cristo, que nos dice más terminantemente ante el doctor de la ley que le pregunta cuál es el principal mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser". El hombre no es grande mientras no se mire por dentro.”.
En el salmo responsorial, se ve que el texto es el canto de un “siervo de Yahvé” (v18), que sufre el señalamiento. Es rechazado e ignorado por las estructuras de poder, es visto con el cariño de Dios que ve en este siervo un ejemplo y testimonio para los que como pobres, buscan y aguardan la ayuda de Dios. Con este siervo están en juego la confianza y la esperanza de otras personas. El salmo es una invitación a salir del egoísmo, y ponerse en función del servicio a los demás, con la marca inconfundible del amor.
Se lanza una llamada de auxilio a Dios. Una petición de protección en medio de la aflicción y de defensa en medio de la prueba. Cristo también pasó por la prueba, pero una vez resucitado, es signo de alegría para todas y todos los que buscan a Dios. Este Dios que escucha a los pobres es el motivo de ánimo para quien pide ayuda.
La segunda lectura, es un himno bautismal a Cristo de las comunidades primitivas adaptado por San Pablo, donde el Señor está por encima de cualquier criatura, tanto en la tierra como en el cielo. De ahí se deriva que el primer mandamiento que leímos en la primera lectura subraya nuestra relación con Jesús. Él es la verdadera imagen de Dios y al relacionarnos con Él, nos relacionamos con Dios mismo. Jesús es la imagen del Dios liberador, el único que hace justicia a los pobres y a los oprimidos. Dios es amor. El amar al prójimo implica encarnar el amor a Dios. Ya lo dice San Agustín: “Dios es el amor con que nos amamos”.
Al estar por encima de todo, Jesús es la cabeza de la iglesia. Y con su muerte y resurrección nos permite triunfar sobre la muerte. De Él se deriva la reconciliación con Dios y la instauración de un mundo nuevo de armonía y paz.
Si estamos cubiertos con su sangre, ésta nos conducirá a un compromiso de trabajar por la paz y la justicia del mundo, de cara a plenificar la reconciliación por medio del amor que significa amar Dios y amar al prójimo. Esta es la base del papel misionero de la comunidad de fe que la hace sacramento de salvación universal.
Dios no es evasión u opio, es compromiso con nuestra realidad. Debemos estar dispuestos a la reconciliación, tal y como veremos en el evangelio, esa es la acción del samaritano para con el judío herido.
El evangelio es una de las páginas más hermosas del texto de San Lucas: la parábola del Buen Samaritano, que es ejemplo de cumplimiento pleno de la ley.
Observemos como antes de narrar la parábola, Jesús remite a la ley donde se dice que debe amarse a Dios con toda la plenitud del ser humano y al prójimo como a uno mismo. Al develar Jesús que el letrado sabía lo que tenía que hacer, se justifica preguntando: ¿Quién es mi prójimo? Prójimo significa vecino, persona cercana y en la Biblia, se hacía referencia a los propios de Israel.
Del mismo modo conforme a Levítico el deber de amar también se extendía a los extranjeros que habitaban en Israel: “No hagan sufrir al extranjero que viva entre ustedes. Trátenlo como a uno de ustedes. Además también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor su Dios” (Lev. 19: 33). Pero estos debían tener condición de pureza para acercarse a los judíos. Este no era el caso del samaritano. Éste viola la ley, pero su acción supera la legalidad de la pureza, por el ejercicio de la misericordia.
A lo mejor también nosotros nos preguntamos quién es nuestro prójimo, quizás nos es más fácil amar al Dios que encerramos en nuestros templos, el que se complace con el rezo, la misa, la devoción o la hora santa. Quizás pretendemos amar a Dios sin conocer al prójimo. Quizás creemos cumplir con el amor cristiano al amar a nuestra familia sin contemplar a los demás. Tal vez olvidamos que nuestros vecinos son la humanidad entera. Todas y todos tienen derecho a nuestro amor. Tengo que hacerme vecino, prójimo, sobre todo, de los más lejanos. Rompamos distancias para escuchar a quienes piden ayuda, descubrir el sufrimiento y atender sus llamadas de amor.
Verso 30: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”. El camino de la parábola era de entre 25 y 27 kilómetros, de bajada, en medio del desierto. Un ambiente propicio para encontrar asaltantes, pero también es un camino que muestra las grandes divisiones. Las divisiones entre los egoístas, los que pasan de largo, y los que se solidarizan. Los que no quieren complicarse y los que están dispuestos a ser instrumentos para sanar el dolor del mundo.
Resultan elocuentes los gestos del samaritano a favor del herido. Además debe recordarse como lo dijimos con las lecturas del domingo pasado, que los samaritanos eran tremendos enemigos de los judíos, por lo que eran menospreciados. El samaritano de la parábola no era un religioso, era un ateo, no cree en Dios, ni en los sacerdotes, ni en nada.
El sacerdote y el levita no reconocen a un prójimo en necesidad. Ambos dijeron: “Pasemos de largo. Nadie nos ve”. ¡Mentira!, Dios nos ve, en la iglesia y en la calle. Esto lo sabemos desde el catecismo de primera comunión pero lo hemos olvidado.
Versos 31 y 32: “Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo”.
¿Cuántas veces ante la cruda realidad de la pobreza y la injusticia, damos un rodeo para tranquilizar nuestra conciencia?
Detengámonos en la figura del sacerdote. ¿No interpela acaso la figura de muchos de nuestros religiosos y religiosas?, muchas veces se justifica con el agobio y la multiplicidad de ocupaciones de nuestros sacerdotes para no ocuparse de lo verdaderamente importante. Tal vez se desviven por el cuidado de los templos, mientras la pobreza cunde en la comunidad. Este es un buen momento para que ellos y ellas entren en una reflexión crítica de su vida, de cara a experimentar una corrección fraterna y tener el real convencimiento de lo que Jesús le dijo a la samaritana en el evangelio de San Juan, que el templo de Dios está en nosotros mismos. El único templo es la persona. La persona herida es el verdadero templo.
El sacerdote y el levita… siempre presionados por rígidos horarios, apegados a estrictos reglamentos, van apresurados, no pueden perder el tiempo: “Ese compromiso no está en mi agenda”, dirán. Será en las mesas de café, será en la comodidad de la cena familiar donde le contarán a quienes les acompañan: “es una barbaridad la inseguridad en los caminos, hoy, mientras venía de Jerusalén a Jericó, miré a una persona herida. ¿Y acaso había un policía cerca, la Cruz Roja? Nada… ¿Qué rayos hace el gobierno?
Entre tanto el herido se desangra…
Siempre tendremos razones para no ser solidarios.
“Me he dispuesto con mis mejores ropas para la misa, y la sangre pudo haberme manchado”.
“No me gustan los problemas con la policía”.
“Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.
“Al tipo ni lo conozco y a lo mejor es una trampa para asaltarme a mi”.
“Se pagan impuestos para que el gobierno atienda esos casos”.
Un camino de entre 25 y 27 kilómetros que muestra divisiones. Un camino que muestra la falta de amor. El camino es peligroso… por la indiferencia de los que se creen buenos. Lo peor del caso, es que el pobre es Cristo, que nos espera ahí, que nos sale al encuentro bajo el ropaje del mendigo: «tuve hambre... Estuve enfermo... Estuve en la cárcel». Una vez más nos ilumina la palabra de Monseñor Romero: “Será la sorpresa tremenda, hermanos, de que muchos buenos samaritanos, aún sin tener fe en Cristo, aun sin llamarse católicos y persiguiendo a la Iglesia, se encontrarán en aquel juicio final que se salvarán; mientras que muchos cristianos serán echados afuera, porque no cumplieron con esta ley del amor, de la misericordia.”.
Versos 33 y 34: “pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.”
El samaritano ve a un hermano y lo atiende sin dudar, haciendo hasta lo impensable para resguardarle la vida y devolverle la salud. Este relato debe llevar a interrogarnos: ¿Cuáles son mis prejuicios?, ¿Reconozco en mis hermanos más necesitados a un prójimo que reclama mi solidaridad? Para tal reconocimiento, debemos sentir en carne propia el dolor del otro y padecer con él. Tal reconocimiento significa renunciar a nosotros mismos, hasta entregar la vida. En resumen, se trata de amar al otro como Jesús nos amó. El amor cristiano no es solo buenos deseos: ¿Estamos dispuestos a dejar nuestro egoísmo y sacrificarnos por el bien de los demás? de nuevo, el centro no soy yo, en la forma de vida cristiana el centro es todo el que se encuentra en mi camino y necesita de mi ayuda, de mi comprensión y amor.
El sacerdote y el levita eran expertos en liturgia pero el samaritano se encontró con Dios. Él le abrió la puerta a Dios. “Yo estoy a la puerta y llamo, si alguien oye mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3: 20)
En ese momento el samaritano se hace un santo. Santo porque practica la voluntad de Dios, Santo porque escucha su corazón y se identifica con el herido por el solo hecho de ser un hombre. He aquí el porqué esta es una de las parábolas más subversivas de Jesús.
A veces pensamos que la santidad es una cosa de gente que hace actos extraordinarios: “Hay que probar que hizo milagros”. ¿Cuántos Santos desconocidos recorren nuestras calles cuyo milagro es ejercer la solidaridad? ¿Somos nosotros uno de ellos?
La actualización de la parábola en nuestros días, implica abrir los ojos del corazón, lo que nos permitirá observar a los caídos, a los pobres, a los marginados, a los desnudos, a los que mueren. Amarlos significa luchar contra la injusticia. Amarlos es levantar a la humanidad caída en los caminos de la historia.
Aquí en nuestra sociedad están los niños abandonados, los atrapados por las drogas lícitas o ilícitas, el sexo, las víctimas de violación, los pobres fruto de la explotación y el desempleo. Debemos tener claro que la fraternidad debe ser construida todos los días por la práctica del amor. Se puede hablar de prójimos cuando hay una relación mutua entre una persona y otra de verdadero compañerismo. El samaritano le paga al herido el hospedaje (Que era equivalente a dos días de salario) y dice que se hará cargo de los gastos extras. Ahí se ve el compañerismo e inclusive, podría hablarse de amistad. El verdadero prójimo es el que actúa a favor del otro. Mi salvación coincide con la salvación del otro.
Actualmente en Latinoamérica el herido desangrándose es el pueblo pobre y marginado. Tal vez seamos personas muy religiosas, pero pasamos de largo, cerrando los ojos a esta realidad. En ese prójimo está Dios. El que ama al prójimo ama a Dios. También Jesús ha dicho que debemos hacer a los demás lo que nos gustaría que nos hicieran. El Apóstol Santiago dirá que este es el “mandamiento supremo”. Y San Pablo dirá que tal amor es el resumen de la ley.
Veamos que el herido de la parábola fue atacado por asaltantes. ¿Quiénes son los asaltantes de nuestro pueblo?, ¿Cuáles leyes promueven la injusticia? Martin Luther King dirá que el ser buen samaritano es el principio de la cuestión, el paso que sigue es reconocer que debe lucharse para que el camino a Jericó cambie y que los seres humanos ya no sigan siendo golpeados y despojados.
El ejemplo del amor supremo nos lo da Jesús, el buen samaritano, el buen pastor, Él salva al perdido, Él derrota las estructuras opresoras que pisotean la dignidad humana. Es él quien «siente compasión, pues andaban como ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Es Él quien no sólo nos ha encontrado «medio muertos», sino completamente «muertos por nuestros pecados» (Ef. 2,1). Es Él quien se nos ha acercado y nos ha vendado las heridas derramando sobre nosotros el vino de su sangre. Es Él quien nos ha liberado de las manos de los bandidos... “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?»

Meneame
del.icio.us