La desesperación al ser
Conversión JACQUES MARITAIN CURSÓ UNA ODISEA INTELECTUAL QUE LO LLEVÓ A LA FE Y A LA FILOSOFÍA TOMISTA
Mauricio Víquez Lizano
canino@racsa.co.cr
En la librería Cahiers de la Quinzaine, Jacques Maritain y Ernest Psichari, con la compañía de Raissa, tertulian amenamente en compañía de aquel hombre de barba negra severa, lentes y eterna buena compostura que era Charles Péguy.
Otra escena nos podría ubicar ya no en medio de la calle, sino en el cálido sótano de la casa de los Maritain. Allí, P. van der Meer de Walcheren y el mismo Jacques –con la compañía de un par de sillones, una mesa, enseres para fumar con calma y alguna bebida, además de Le désespére de Leon Bloy– pasan horas de buena conversación en compañía de algún listo dominico que se les unía de vez en cuando.
Son dos escenas entrañables que nos invitan a mirar, con más detalle y atención, al personaje común que aparece en ambos momentos: Jacques Maritain.
Es un hombre de quien un intelectual como Giovanni Battista Montini (Pablo VI) diría a raíz de su muerte: “Sus escritos y su figura permanecerán en el pensamiento filosófico y de la meditación católica. Fue un gran maestro en el arte de pensar, vivir y orar”.
Derivado de modo sumo de un episodio del Jardin des Plantes, en el que la decisión en torno a la búsqueda de la verdad solo cedía ante la salida del suicidio, Maritain resolvió salir de un estado de cosas en el que estaba sumido desde joven.
Educado en un ambiente marcado por el protestantismo liberal y las ideas burguesas, de pronto, en 1898, escribe al obrero Baton: “Seré socialista y viviré para la revolución”. La Sorbona de principios de siglo XX y su espíritu laicista, marcado por el positivismo y el mecanicismo materialista, lo llevan a desesperar de la razón y marcan su ánimo de una suerte de desesperación, angustia y malestar que nada podía remediar.
Acercarse a Spinoza le sirvió de poco pues se sentía demasiado agnóstico como para que el “spinozismo” le dijera algo especial.
Lo que realmente lo animó fue la cercanía de Raissa Oumansoff, que sería su esposa más adelante, y su acercamiento paulatino a una pléyade de amigos excepcionales que repasa su compañera de siempre en Les grandes amitiés .
Hacia la verdad. Pero la búsqueda de la verdad se imponía y se abría paso en la vida de Maritain y luego también en la de Raissa. “Queríamos morir con un rechazo libre si no era posible vivir ajustándose a la verdad”, escribiría ella al narrar la salida en paz de aquel jardín botánico tan amado por los parisienses de la ribera izquierda. Era un largo camino que apenas empezaba.
La crítica penetrante que encontraron en Bergson y que disipaba muchos de los prejuicios antimetafísicos de la época, fue seguida con viveza por el grupo pequeño que se reunía en torno a Péguy y Sorel en el contexto del Collège de France en 1902. El ánimo antikantiano de Berg-son y su optimista propuesta, unida a la posibilidad de aprehender la realidad vital, animaban el espíritu de muchos desanimados y buscadores de la verdad –Maritain entre ellos–.
La sucesión de encuentros es decisiva en la vida de espíritus buscadores. Así, Maritain llega a Leon Bloy. Poeta oscuro y marcado por un cristianismo más que coherente, Bloy acaba en la lista de las grandes amistades e influencias decisivas en la vida de Maritain a raíz de La femme pauvre .
“Bergson primero, luego León Bloy”, escribe Raissa, y agrega: “La vida lo traía (a Bloy) hasta nuestras costas como un tesoro legendario, inmenso, misterioso”.
Contrastando mucho con la inquietud angustiosa que Maritain retrata en su búsqueda en Carnet de notes , en 1906 refleja otro estado de ánimo, como lo cuenta en Confession de foi .
Bautizado en Montmartre, junto a su joven esposa, Maritain dice algo que suena a satisfacción y a encuentro final con respecto a algo buscado y ansiado: “Una paz inmensa descendió sobre nosotros”.
A pesar de la segregación que sufrirá en el contexto universitario o de su familia, no ceja en su andar, sino que avanzará de la mano del neovitalismo de Driesch, primero, y gracias a la influencia de H. de Clérissac, del realismo de Tomás de Aquino, después. Tal es un encuentro que, a la postre, marcará su búsqueda y profundización en la verdad, en cuanto certeza debida a una operación intelectual cuidadosamente elaborada.
Tomás de Aquino. “Una liberación, una inundación de luz. El intelecto encuentra su patria”: así describió Maritain su encuentro con la Suma Teológica en su diario en 1910, y añade: “Yo, que había recorrido con tanta pasión las doctrinas de los filósofos modernos y no había encontrado más que decepción e incertidumbres, experimenté entonces como una iluminación de la razón; mi vocación filosófica me volvía plenamente”.
El espíritu naturalmente metafísico de Jacques Maritain pasó fácilmente a connaturalizarse con el realismo y el discernimiento ante la verdad que le facilitaba Tomás, el Aquinate.
En Le Docteur Angélique , de 1930, Maritain escribe en el prefacio: “Contra ellos [los críticos del tomismo], sostenemos que la verdad no pasa, que no se diluye con la historia; que el espíritu no fluye, que hay estabilidades no de inercia, sino de espiritualidad y de vida; valores que no son temporales; adquisiciones eternas; que el tiempo está en lo eterno como un trozo de oro apretado en una mano, y que la inteligencia es trascendental con respecto al tiempo”.
He ahí una real e impactante insistencia en torno a lo real, constante en un filósofo que, a tiempo y a destiempo, se declarará tomista (no “neotomista”) y que hará pública manifestación constante de tomismo allí donde tuviera necesidad de serlo.
Los grados del saber. Una obra cumbre y resultante, en el camino de la producción literaria y de la búsqueda reflexiva de Maritain, y una obra con un subtítulo harto sugestivo: Distinguir para unir , hace ver, muy en clave tomista, cómo nadie conoce verdaderamente la unidad si ignora la distinción.
En esa obra, Maritain acepta la legitimidad de un “realismo crítico”. Se distingue así de Etienne Gilson y hace ver cómo, en su criterio, el error fundamental de Descartes –con él, de toda la filosofía moderna– ha sido tomar las “ideas” por objetos de conocimiento, pues la experiencia nos muestra que lo que inicialmente conocemos no son nuestras ideas, sino las cosas, y sólo por reflexión podemos llegar al concepto del concepto.
Para Maritain, la metafísica, o filosofía del ser, es la auténtica sabiduría humana, a la cual se subordina la filosofía de la naturaleza, ocupada solamente del “ente móvil” o “ente sensible”.
La tesis fundamental de esa metafísica es la distinción real de esencia y esse (ser) en los seres finitos, lo que exige la existencia de un Ser Necesario, en cuanto Causa Primera de todos los seres contingentes.
En Les degrés du savoir ou distinguer pour savoir –su gran formulación gnoseológica– se preocupa ante todo por la perspectiva epistemológica de la estructura de la metafísica. Una obra marcada por el realismo que fue evidente en su autor desde el momento que dio el salto hacia la verdad que ansiaba. Un resolver todo en las cosas, un retorno a lo real por el primado del espíritu. Una vía directa al ser que Maritain sólo encontró abierta en Tomás y que le resultó, en su momen-to, la gran desilusión de sus respectivas aproximaciones a Bergson y a Husserl.
Suplemento Ancora. Periódico La Nación 15 de julio de 2007.

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