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RESONOCO

18/07/2007 GMT 1

Mirabeau

marfuerte @ 01:56

François de Chateaubriand
Habiéndose visto involucrado por los desórdenes y azares de su vida en los más grandes acontecimientos y en la existencia de reos de la justicia, ladrones y aventureros, Mirabeau, tribuno de la aristocracia, tenía algo de Graco y de Don Juan, de Catalina y de Guzmán de Alfarache, de cardenal de Richelieu y de cardenal de Retz, de libertino de la Regencia y de salvaje de la Revolución; tenía además algo de Mirabeau , familia florentina exiliada, que conservaba un no sé qué de aquellos palacios blasonados y de aquellos grandes facciosos celebrados por Dante. La naturaleza parecía haber moldeado su cabeza para el mando o para el patíbulo, tallado sus brazos para estrechar fuertemente a una nación o para raptar a una mujer.
Cuando meneaba la melena mirando al pueblo, lo contenía; cuando levantaba su garra y enseñaba las uñas, la plebe echaba a correr furiosa. En medio del espantoso desorden de una sesión, lo he visto en la tribuna, sombrío, feo e inmóvil: recordaba al Caos de Milton, impasible y amorfo en medio de su confusión.
Mirabeau tenía algo de su padre y de su tío, quienes, como Saint-Simon, escribían a la diabla páginas inmortales. Se le proporcionaban discursos para la tribuna: él tomaba de ellos lo que su espíritu podía amalgamar con su propia sustancia. Si los adoptaba por entero, los decía mal; se notaba que no eran suyos por algunas palabras intercaladas al azar, y que lo delataban. Sacaba su energía de sus vicios; tales vicios no nacían de un temperamento gélido, sino que tenían que ver con unas pasiones profundas, ardientes, tormentosas.
El cinismo de las costumbres, al anular el sentido moral, trae a la sociedad una especia de bárbaros; estos bárbaros de la civilización aptos como los godos para la destrucción, no tienen igual que ellos la capacidad de fundar: estos eran los hijos enormes de una naturaleza virgen; aquellos, los abortos monstruosos de una naturaleza depravada.
Dos veces coincidí con Mirabeau en banquetes; una de ellas en casa de la nieta de Voltaire, la marquesa de Villette, la otra en el Palais-Royal, con unos diputados de la oposición que Chapelier me había presentado: Chapelier fue al cadalso en la misma carreta que mi hermano y monsieur de Malesherbes. Mirabeau habló mucho, y sobre todo de sí mismo. Este hijo de leones, siendo él mismo un león con cabeza de quimera, este hombre tan positivo en los hechos, era todo él novelesco, todo poesía, todo entusiasmo para la imaginación y el lenguaje. El gran convidado se extendió hablando de política extranjera, y no dijo casi nada de política nacional, que era, sin embargo, aquello de lo que se ocupaba; pero dejó escapar algunas palabras de un soberano desprecio hacia esos hombres que se proclaman superiores, en razón de su afectada indiferencia para con la desgracia y el crimen.
Mirabeau había nacido generoso, sensible a la amistad, dado a perdonar las ofensas. Pese a su inmoralidad, no le fue posible falsear su conciencia; sólo era corrupto para sí mismo. Su recto y firme espíritu no hacía del homicidio un acto sublime de la inteligencia; no sentía ninguna admiración por los mataderos y muladares.
Sin embargo, Mirabeau no dejaba de tener su orgullo; se vanagloriaba en exceso; por más que se hubiera hecho comerciante en paños para ser elegido por el Tercer Estado (porque el orden de la nobleza había cometido la honrosa locura de rechazarlo), estaba pagado de sus orígenes: pájaro zahareño, que tuvo su nido entre cuatro torrecillas , dice de él su padre. No olvidaba que había aparecido en la corte montado en las carrozas reales y que había ido de cacería con el rey. Exigía que se le diera el título de conde; sentía apego por sus colores, y vistió a sus criados de librea cuando todo el mundo los despojó de ella.
Los sentimientos de Mirabeau eran, en el fondo, monárquicos; suyas son esas hermosas palabras: “He querido curar a los franceses de la superstición de la monarquía y sustituir su culto”. En una carta, destinada a ser puesta ante los ojos de Luis XVI, escribía: “No quisiera haber trabajado tan sólo para una vasta destrucción”. Sin embargo, es lo que sucedió.
Mirabeau agitaba la opinión pública con dos acicates: por una parte, tomaba como punto de apoyo a las masas, de las que se había erigido en defensor al tiempo que las despreciaba; por otra, aunque traidor a su clase, gozaba de su simpatía por afinidades de casta e intereses comunes. Esto no le sucedería al plebeyo, campeón de las clases privilegiadas; habría sido abandonado por su partido sin ascender a la aristocracia, ingrata e inalcanzable por naturaleza cuando no se forma parte de sus filas desde la cuna. La aristocracia no puede, por otra parte, improvisar un noble, ya que la nobleza es hija del tiempo.
Mirabeau ha creado escuela. Liberándose de toda traba moral, no ha faltado quien ha soñado que se transformaba en hombre de Estado. Estas imitaciones han producido perversos de baja ralea: quien se congratula de ser corrupto y ladrón, no es sino un desenfrenado y un bribón; quien se cree vicioso, no es sino un vil; quien se jacta de ser un criminal, no es sino un infame.
Demasiado pronto para él, y demasiado tarde para ella, se vendió Mirabeau a la corte, y la corte lo compró. Se jugó su renombre por una pensión y una embajada. Cromwell estuvo en un tris de canjear su porvenir por un título y la Orden de la Jarretera.
Ahora, cuando la abundancia de numerario y de cargos ha elevado el precio de la propia estima, no hay pillastre cuya compra no cueste cientos de miles de francos y los primeros honores del Estado. La tumba liberó a Mirabeau de sus promesas, y lo puso al abrigo de unos peligros que probablemente no habría podido superar: su vida hubiera mostrado su debilidad en el bien; su muerte lo dejó en posesión de su fuerza en el mal.
Al salir de nuestra comida, se hablaba de los enemigos de Mirabeau; yo me encontraba a su lado y no había dicho ni media palabra. Él me miró a la cara con sus ojos llenos de orgullo, de vicio y de genio, y, poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo: “¡No me perdonarán nunca mi superioridad!”. Todavía siento la impresión de esa mano, como si Satán me hubiera tocado con su garra de fuego. Cuando Mirabeau clavó su mirada en un joven mudo, ¿tuvo un presentimiento de mis posibilidades futuras? ¿Pensó que comparecería un día en mis recuerdos? Yo estaba destinado a convertirme en el historiador de altos personajes: han desfilado ante mí, sin que yo me haya colgado de su manto, para hacerme arrastrar con ellos a la posteridad.
Mirabeau ha sufrido ya la metamorfosis que se produce entre aquellos cuya memoria ha de perdurar; llevado del Panteón a las cloacas, y vuelto a traer de las cloacas al Panteón, se ha elevado a la máxima altura del tiempo que le sirve hoy de pedestal. Ya no se ve al Mirabeau real, sino al Mirabeau idealizado, al Mirabeau tal como lo presentan los pintores, para convertirlo en el símbolo o el mito de la época que representa: se vuelve a así más falso y más verdadero. De tantas reputaciones, de tantos actores, de tantos acontecimientos, de tantas ruinas no quedarán más que tres hombres, cada uno de ellos unido a cada una de las tres grandes épocas revolucionarias: Mirabeau para la aristocracia, Robespierre para la democracia, Bonaparte para el despotismo; la monarquía no tiene nada: Francia ha pagado caro tres reputaciones que la virtud no puede aprobar.
Suplemento Ancora. La Nación 15 de julio de 2007.

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