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RESONOCO

26/07/2007 GMT 1

Las fricciones de la ‘no ficción’

marfuerte @ 00:11

‘No oficiales’ LIBROS ‘MARGINALES’ DE NUESTRA NARRATIVA SUSCITAN UN CICLO DE CONFERENCIAS

Carlos Cortés
carloscortes@racsa.co.cr

El 15 de diciembre de 1940 cambió para siempre nuestra historia literaria. Ese día, el jurado local del premio de novela de la Unión Panamericana y la editorial Farrar & Rinehart, de Nueva York, hizo público su fallo y sus ecos dominaron la escena narrativa costarricense por casi 40 años.

En 1993, cuando Rodrigo Soto y yo inauguramos el primer ciclo de Tertulias del Farolito, lo hicimos con un homenaje a los sobrevivientes de aquella mítica generación que siguió llamándose de 1940 y que marcó la literatura costarricense con un antes y un después.

Aunque en 1940 el jurado decidió no decidir, muy a lo costarricense, de aquella “no” decisión brotaron Yolanda Oreamuno, Fabián Dobles y un Marín Cañas ya para siempre contagiado del mal de Bartleby –no escribir más, como el personaje de Melville–.

Del silencio del fallo y de su ce(n)sura surgió nada menos que Carlos Luis Fallas, a quien se descalificó aduciendo que Mamita Yunai no era “literatura”.

En el siglo XXI tenemos una concepción ampliada de lo que consideramos ficción o tal vez mucho menos nítida de lo que es la realidad. Hace 70 años –ideología obliga– era fácil descartar a Calufa reduciéndolo al cronista que el periódico Trabajo y Vanguardia Popular enviaron al valle de la Estrella a supervisar la huelga bananera. De ese mundo, Calufa volvió novelista y con paludismo, dos padecimientos difíciles de curar. Como una vez me dijo Sergio Ramírez: “Fallas es un escritor aquí y en cualquier parte”.

Obras como Mamita Yunai de Calufa , El infierno verde de José Marín Cañas, La isla de los hombres solos de José León Sánchez, El crimen de Colima de Enrique Benavides, A ras del suelo de Luisa González y Un harapo en el camino de Alfredo “Sinatra” Oreamuno nacie-ron como “no ficciones” –crónicas, reportajes, testimonios o memorias– y forman parte del doble fondo de la literatura costarricense, un sótano imaginario que pocas veces se ilumina o se visita.

La realidad de la ficción. Discriminar la ficcionalidad de Mamita Yunai se complicó aún más a partir de 1950, cuando Neruda transformó la novela y su protagonista en arquetipos. Ninguno de los miembros del jurado podía prever que la crónica rechazada en 1940 se convertiría en la única obra narrativa costarricense en pasar al canon de la literatura latinoamericana.

Neruda leyó Mamita Yunai en su segunda edición, publicada en Chile por la editorial Nascimento, en 1949, y así lo consigna en la octava sección del Canto general : “ Calero, trabajador del banano (Costa Rica, 1940). No te conozco. En las páginas de Fallas leí tu vida, gigante oscuro, niño golpeado, harapiento y errante.”

Años más tarde, un juvenil Ernesto Che Guevara de paso por Centroamérica también la reseña en sus notas de viaje: “...este relato no es completamente una novela, es un documento vivo elaborado en la entraña de la selva... El tipo principal es a las claras el autor, y tiene el acierto de no mezclarse con el pueblo a quien relata. Lo ve sufrir, lo comprende y lo compadece, pero no se identifica. Es testigo más que actor... un notable y vivo documento de tropelías de la Compañía y de la vida miserable de los linieros ...”.

Mamita Yunai no es el primer reportaje de la literatura nacional en ficcionalizarse o en romper las antes cuadriculadas relaciones entre lo real y lo imaginario, entre lo que parece verdadero y lo que simula ser falso. Marín Cañas lo logra en 1933 con una proeza literaria que la crítica rebaja a categoría de producto menor de un autor genial por su temática exógena y porque empezó siendo un folletín anónimo sobre la guerra del Chaco que los lectores se arrancaban de las manos cada día a las 3 de la tarde, cuando el vespertino La Hora salía de las prensas del Diario de Costa Rica .

Mapa del infierno. En 1935, la editorial Espasa-Calpe, la mejor de España, lo recogió en forma de libro antes del fin del conflicto militar entre Bolivia y Paraguay. Marín Cañas tituló El infierno verde , quizá recordando el relato de aventuras en la selva paraguaya Tres meses en el infierno verde del explorador inglés Julian Duguid. Este relato apareció en castellano en 1932, con un prólogo del entonces célebre Marqués de Merry del Val.

Marín Cañas se vale de un género subliterario –la novela popular, antecedente del radioteatro y la telenovela– para construir una ficción de ficciones, un relato de segundo nivel: un periodista, él mismo, recibe del viajero alemán Herbert Erkens un manuscrito de su amigo Wilfred Wandrey que contiene un “cuaderno de impresiones” de un soldado paraguayo herido, cuyo nombre ignoramos, con “retazos de la guerra del Chaco”.

Tampoco sabemos si ese soldado es el narrador. Marín Cañas escribe su reportaje a golpes tenaces de Remington, armado de los cablegramas de las agencias de prensa, de su experiencia como cadete en la Academia Militar de Segovia (España) y de un inmenso mapa de Bolivia desplegado en una de las paredes de su despacho en la dirección de La Hora .

Para quienes dudaban de su resorte literario y conocían el ardid, Marín Cañas les espetaba: “¿Acaso Julio Verne estuvo en la Luna o en el fondo del mar? Que yo sepa, Dante nunca fue al infierno para escribir La divina comedia ”. Una escena digna del todopoderoso director de periódicos del Ciudadano Kane .

Sin embargo, el libro no circuló antes de 1936 y, para desgracia de nuestra literatura y de la novela iberoamericana, a sus protagonistas no se los tragó la selva, como a los de La vorágine (1924) del colombiano José Eustaquio Rivera, sino la guerra: la guerra civil española. Una metáfora existencial sobre el absurdo bélico no podía ser entendida en un mundo en llamas.

Marginalidad. A partir de Mamita Yunai , el estatuto de “no ficción” (o no literario) coincide con el de la marginalidad: en las obras posteriores aparece una realidad urbana “a ras del suelo” –un harapo en el camino–, debajo de la sociedad visible. La acción se traslada de la selva absurda a la lógica urbana dominada por una injusticia cuyos mecanismos escapan de la voluntad de los personajes.

Mientras que el relato de Luisa González es el reverso antiépico y antilírico de la confianza en el cambio revolucionario que exhibe la novela social de 1940 –por algo se publicó 30 años después de su redacción original–, La isla de los hombres solos y El crimen de Colima muestran la violencia de la posguerra civil en la Costa Rica de 1950.

A menudo, estas obras han tenido un lugar secundario en nuestra tradición literaria; su valor como textos se ha juzgado a partir de características extraliterarias (por ejemplo, la biografía del autor, como sucede todavía con José León Sánchez), se las ha considerado subliteratura o paraliteratura (los géneros de la novela popular) o han sido invisibles (no literatura).

Ese es el caso de Un harapo en el camino (1970), cuyo autor murió en 1976, a los 54 años, cuando la editorial mexicana Novaro estaba a punto de lanzarlo al mercado internacional de los bestsellers , después de haber vendido más de 200.000 ejemplares en las calles de San José.

Este nuevo ciclo de tertulias nos permitirá releer el canon literario costarricense y discutir su pretendida imparcialidad, y también reinterpretar las relaciones “históricas” –marcadas por una época– entre la realidad documental y los artificios narrativos que crean la ilusión de lo real.

La cita

en El Farolito

nn n Las tertulias Las ficciones de la ‘no ficción’ comenzarán el próximo jueves a las 7 p. m. en el Centro Cultural de España (El Farolito), San José, con la novela Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas. Expositores: Víctor Hugo Acuña y Quince Duncan.

Suplemnto Ancora. periódico La Nación 22 de julio de 2007.

Comentarios

Un Comentario »

  1. Deseo saber dónde puedo obtener un ejemplar de "Un harapo en el camino".
    Gracias

    Sergio A Gutierrez | 12-06-2009 - 19:39:47 GMT 1 #

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