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RESONOCO

01/08/2007 GMT 1

DE LA CIUDAD A LO ABSOLUTO

marfuerte @ 00:51

Sutil maestría RETORNOS AL POETA COSTARRICENSE RODRIGO QUIRÓS A LOS DIEZ AÑOS DE SU MUERTE

Carlos Francisco Monge
cfmonge@hotmail.comPoeta y ensayista

Hace ya diez años desapareció físicamente el poeta Rodrigo Quirós. Dejó una obra literaria de extraordinario valor, aún no estudiada con justicia y atención. Su “vida literaria” duró treinta años:Después de nacer (1967), Abismo sitiado (1973), En defensa del tiempo (1977), Del sueño a la jornada (1979), A tientas en la luz (1982) y Altura de la sangre (1998).

Son seis breves pero intensos libros de poesía que, con el tiempo, han crecido por su propia cuenta y puede que, bien mirados, lleguen a convertirse en verdaderos hitos de la lírica costarricense contemporánea. También escribió una novela corta, algo proustiana, tituladaMarta decían los pájaros , inédita aún y seguramente desaparecida para siempre entre sus papeles y su magra biblioteca personal.

Rodrigo Quirós Sanabria no fue un escritor de salones, de certámenes literarios o de mesas redondas para hablar sobre cualquier asunto. Tampoco se convirtió en un buscador del éxito. Tuvo una vida modesta en barrios clasemedianos de San José, donde hizo sus estudios escolares, que completó con una beca en un prestigioso colegio privado. Había perdido a su madre desde muy joven; desde entonces vivió junto a su padre.

Pasó fugazmente por las aulas universitarias, donde asistió a algunos cursos de literatura y de filosofía. Fue perfeccionando su natural talento para las lenguas extranjeras y ejerció de profesor de inglés en academias e institutos; además, llegó a convertirse en un notable traductor de poesía contemporánea francesa e inglesa, que difundió entre sus amigos.

En el Círculo. Si bien tenía entre sus papeles y cuadernos sus poemas de adolescencia, se entregó a las letras desde sus veinte años, entre aquel grupo de jóvenes que acababan de formar en San José el Círculo de Poetas Costarricenses, con Debravo y Albán como sus entusiastas promotores.

Al poco tiempo, Quirós reunió unos cuantos poemas, de sorprendente unidad y riqueza conceptual, en un cuadernillo tituladoDespués de nacer . Se imprimió en septiembre de 1967, cuando el autor estaba por cumplir veintitrés años.

Hacia 1970, el Círculo de Poetas era una pequeña cofradía de jóvenes que giraba, desde casi todos los asistentes, alrededor de su líder, el poeta Albán. Quirós lo admiraba con sinceridad y escuchaba con simpatía los poemas de su amigo. No siempre coincidía en materia de ideas sobre el oficio de la poesía y ni siquiera sobre aspectos particulares del lenguaje poético.

Nunca buscó imponer tesis ni creencias; defendía a su modo sus poemas porque los consideraba la genuina expresión verbal de su ser, más allá de preferencias y gustos que el grupo tenía como principales.

A lo largo de los diez años en que también asistí al Círculo, no pocos debates propiciamos sobre lo humano y lo divino: el papel del poeta, el destino de la poesía, los estilos, la elaboración de imágenes, el prosaísmo, los recursos de la simbolización y mil asuntos más que entonces nos parecían decisivos.

Quirós empleaba un peculiar modo de defender sus poemas: dejaba que el grupo opinase, aceptaba alguna enmienda, recomponía frases y conceptos, y al final se guardaba el poema en el bolsillo. Dos semanas después, el poema estaba como lo había leído por primera vez, y no pocas veces así quedó en sus libros.

No era intolerante, simplemente seguro de que su poesía no tenía por qué estar adscrita a normas ni a dogmas; la suya era una propuesta estética que ha demostrado con el tiempo sus poderosas facultades. Sin embargo, el temperamento de Quirós resulta más difícil de definir. Fue un hombre cordial y correcto. A primera vista parecía reservado y adusto, pero, en cuanto se lo trataba, ofrecía su natural disposición a la camaradería y a la conversación. Vivía con una especie de contenida intensidad, como si en cualquier momento tuviera que afrontar la gran aventura de su existencia; y todo ello siempre terminaba destilado en su poesía.

Lo trascendente. Para hablarles, se acercaba mucho a las personas; era molesto a veces aquel intrascendente hábito, pero en general siempre me pareció un instintivo impulso de garantizarse que lo oyeran y que sintieran lo que comunicaba. Igual en una cafetería que en una lectura de poesía, que en su vida personal.

No fue el Vallejo de su generación, como alguien ha pretendido tomarlo; no se convirtió en maldito, ni marginal ni bohemio.

Es cierto: el poeta fue enfermando de espíritu y de cuerpo y expiró un día de junio de 1997, antes de alcanzar sus cincuenta y tres años, casi solo y casi abandonado. A nadie sorprendió, a muchos nos conmovió y todos guardamos un silencio sin nombre.

Hoy día, Rodrigo Quirós es su poesía; tal es el destino de los grandes poetas. De ellos suele quedar poco de su biografía o de eso que llaman “efectos personales”. Sus libros reposan en los anaqueles de los buenos lectores de poesía, en las bibliotecas y hasta en los puestos de libros usados. Así sobreviven y así se leen.

Fue la suya una poesía de la religiosidad; es decir, escrupulosa con su conciencia, muy dada a interrogarse con lo incógnito, con lo trascendente, con lo absoluto, desde la pequeñez humana, desde los límites de la cotidianidad, de los enseres urbanos.

Por ello es al mismo tiempo poesía amorosa, fomentada por las obsesiones, los desalojos, las carencias del ser, el desesperado proyecto de comunicarse y complemen-tarse. Y es también una poesía política: la de quien existe en la coyuntura humana de la urbe, donde el tiempo, las jornadas, las ocultaciones, los templos y los discursos coexisten, persisten e insisten.

CONVERSACIONES CON DEBRAVO

Ahora que estás maduro en el surco celeste,

pienso que cambiaría todo lo que de sueños queda en mí

por darte un simple abrazo.

Y contarte que la tierra está roja de semilla

como a ti te gustaba;

y que los niños nacen intactos hacia el cielo

y el sol es siempre puro, recién brindado a todos.

Y a pesar de alambradas y metrallas,

los inocentes cuecen panes inacabables

en cada esquina tejida por las lágrimas.

Yo sigo absorto, Jorge, manejando locuras

de verdor absoluto e inevitables nubes,

rozando a Dios en cada movimiento,

derramando astros nuevos en los pasos.

Pero algo ha cambiado:

mira cómo he crecido: daría todos mis sueños

por darte un solo abrazo en honor de los vivos.

Suplemento Ancora. Periódico La Nación 29 de julio de 2007.

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