Diplomacia con voluntad
Sergio Moya Mena
Una mirada a los últimos acontecimientos del conflicto árabe-israelí ofrece al observador imágenes interesantes, incluso prometedoras respecto a la posibilidad de alcanzar la paz, pero, como siempre en la política de Medio Oriente, deben analizarse con mucha suspicacia.
Después de haber descabezado al gobierno de unidad nacional, el presidente palestino Mahmoud Abbas empieza a cosechar los frutos de su polémica decisión: George W. Bush le otorga 190 millones de dólares en ayuda económica y le promete convocar una conferencia internacional de paz que estará presidida por la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Abbas recibe también señales de “buena voluntad” del primer ministro israelí Ehud Olmert, que ha liberado a 250 presos políticos palestinos. Esto es muy bueno, ¡ahora solo quedan 10.750 presos palestinos!. Es decir, se ha liberado al 2,27% de los detenidos, cifra poco significativa considerando que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) arrestan un promedio de 291 palestinos cada mes, según datos de la organización de derechos humanos israelí B’Tselem. Pero mientras todo esto sucede, Abbas, con una Palestina dividida entre Cisjordania y Gaza, ni siquiera puede hacer que su primer ministro Salam Fayyad sea ratificado por el Consejo Legislativo Palestino, en donde no cuenta con mayoría parlamentaria.
En este marco de acontecimientos, tras su primera visita a la región, el ex Primer Ministro británico Tony Blair, designado como representante del Cuarteto Internacional para Medio Oriente (integrado por Estados Unidos, la Unión Europea, Naciones Unidas y Rusia), intuye “una posibilidad para la paz”. ¿Será Blair capaz de armar el rompecabezas de la paz en la región? Se le podría dar el beneficio de la duda, después de todo jugó un papel importante en el proceso de paz de Irlanda del Norte. Pero, como en política lo que importa son los hechos y no las buenas intenciones o las intuiciones, convendría remitirse a sus antecedentes y credenciales en la región. Tony Blair fue un aliado incondicional de George W. Bush en todas sus nefastas y contraproducentes aventuras en Medio Oriente. Las mentiras de Bush sobre las armas de destrucción masiva en Iraq son también sus mentiras. Las sangrientas invasiones de Iraq y Afganistán son también su responsabilidad histórica. Es el mismo Blair que el año pasado, prefirió posponer una resolución de Naciones Unidas de cese al fuego en Líbano, esperando una victoria militar de Israel que nunca llegó, mientras se producía una destrucción total de la infraestructura del país y más de un millón de libaneses huían de sus hogares. Blair sencillamente no parece ser un enviado idóneo en el que todas las partes puedan confiar.
El ex primer ministro ha empezado con el pie izquierdo su cruzada por la paz. Tiene un
mandato limitado que le impide reunirse con todas las partes
involucradas en el conflicto, como supondría una mediación política seria y racional. Esto coarta
severamente cualquier iniciativa de diálogo, pues como lo afirma el periodista Gideon Levi del diario israelí Haaretz, “la paz se hace con enemigos amargos, como el
Ejército Republicano Irlandés de Irlanda del Norte y como Hamas, no únicamente con personas
cordiales que hablan inglés fluido como Abbas y Ehud Olmert”.
La historia del conflicto árabe israelí demuestra que -lamentablemente- ningún enviado foráneo ha logrado hacer nada relevante para traer la paz. Desde el conde Folke Bernadotte, hasta Gunnar Jarring y el último James Wolfensohn, todos han fracasado pese a sus “buenas intenciones”. ¿Quiere decir esto que la diplomacia y los buenos oficios de las potencias mundiales son inútiles como mecanismos de solución a los problemas de la región? No, quiere decir que la diplomacia sin voluntad política no es más que retórica vacía que solo sirve al statu quo y sus defensores. El Cuarteto y Tony Blair podrían incluso articular otro plan de paz, pero si no hay voluntad política, todos sus esfuerzos terminarían corriendo la misma suerte que los Acuerdos de Oslo, Camp David II, la Hoja de Ruta, el plan del príncipe saudita Abdalá Ben Abdel Aziz, etc.
Es tiempo ya que se reconozca que la única solución que puede traer una paz con justicia y
dignidad a la región, es el fin de la
ocupación israelí de Gaza y Cisjordania y el cumplimiento de las resoluciones 242 y 194 de Naciones Unidas, que ordenan el retorno a las fronteras de 1967 y una solución al problema de los refugiados. Esta es la única e inexorable ruta hacia la coexistencia pacifica entre un Estado Palestino independiente y soberano y un Israel que pueda gozar de fronteras seguras.
La Prensa Libre 28 de julio de 2007.

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