Sin temor ni confusión
Necesitamos serenas verdades, no extravagantes imaginaciones
Mauricio Víquez Lizano
canino@racsa.co.cr
Presbítero
A veces ante el acontecer, lo mismo que ante lo que se escucha o mira, surgen inquietudes con ribetes de temor y preocupación que parecen difíciles de explicar. Es lo que me ocurre cuando contemplo lo que ocurre a diario en torno al famoso asunto del TLC, el presente impacto de ese tema sobre la ciudadanía y la desinformación que campea por doquier.
Leo el tipo de grafiti que aparece por aquí y por allá, oigo la furia con que algunos se lanzan contra los mismísimos poderes de la República; asimismo, me sorprende un exministro de Estado hablando de “régimen” –haciendo paralelismos con la primera y la cuarta década del siglo XX– y me llama la atención lo poco patriótico de la actitud de algunos representantes populares que, lejos de hacer patria y discutir con altura, basan su proceder en prácticas oscuras y poco responsables.
Todo esto me llena de sorpresa y del desasosiego que tiendo a experimentar ante ciertas deslealtades. Y no solo por ellas, sino también ante el proceder de cuantos juegan a partir de reglas poco idóneas, o bien de frente a los que hacen de cada uno de sus opiniones (en el sentido de “doxa ”) una palabra final.
Preocupación. Cuando hace unos meses dije lo que pensaba acerca del cercano referéndum y miré la respuesta en esta misma sección de J. Solís sin argumentos y sí con mucho deseo de ataque personal, me preocupé algo. Cuando he externado mis opiniones acerca del TLC y he leído luego algunos comentarios aparecidos en el semanario Universidad acerca de ellas, también me he sorprendido.
Sé, porque es básico en la ciencia política, que toda propuesta ideológica para hacerse creíble ha de intentar describir la realidad desde sus intereses más o menos deformadores de cuanto realmente pasa. Lo sé y me doy cuenta perfecta de que es un mecanismo comprensible y aceptable en un medio que, como es nuestro caso, muestra una democracia representativa (¡no directa!), en el que se busca impactar y variar opiniones, las cuales son –a fin de cuentas– el sustento de regímenes como el costarricense desde hace más de cien años.
Ahora bien, ese impactar y formar opinión es esencial. Pero el problema –y he aquí la razón de mis temores– surge cuando las cosas no son como deberían. Y en esto el TSE ha sido meridianamente claro en los últimos días. Una reacción y una advertencia que, dicho sea de paso, me hizo pensar que mis cavilaciones no estaban tan perdidas ni eran tampoco únicas.
La opinión pública está expuesta hoy a eso que Riesman llamó “opinión pública heterodirigida”: un fenómeno que, complicado de por sí, empeora cuando se trata de pensar que tenemos enfrente un experimento de democracia directa del que no archivamos ni una pizca de experiencia.
Desinformación. Y si el panorama no fuera ya difícil, hay otro aspecto que se aúna a cuanto es digno de obtener nuestra preocupación. Es el tema de la desinformación. Una realidad que implica, más que informar poco, informar mal, manipular o amenazar. Hemos sido testigos de la desinformación que, extravagante y agresiva, ataca y logra notoriedad precisamente por hacer lo que hace, o más bien, lo que no hace: dirigir sabia y objetivamente la reflexión de la opinión pública.
Para Negroponte y su gente, hablar hoy de información, desinformación, verdad o falsedad, confusión o claridad da igual. Pero para nosotros, en esta parte de la historia patria, no es ni puede ser así. No nos puede dar igual saber que no saber, entender que no entender. No puede ser para nosotros lo mismo manipular, exagerar o amenazar desacreditando, que decir las cosas como son y mostrar lo que se piensa pausada, inteligente y poco prepotentemente. ¡No es lo mismo!
Estoy cierto de que hacerle caso al TSE nos hará bien a todos, sobre todo a aquellos que, más gruñones de la cuenta, deben respirar profundo y esperar el 7 de octubre con una actitud constructiva, sabiendo que pueden confiar en los poderes del Estado que abominan y andar por una senda que, siendo conciliadora y prudente, tienda más a las serenas verdades que a las extravagantes imaginaciones, pues no estamos para jugar con fuego.
periódico La Nación 1 de agosto de 2007.

Meneame
del.icio.us