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RESONOCO

05/08/2007 GMT 1

Reflexión de las lecturas de la Eucaristía del 5 de agosto de 2007.

marfuerte @ 00:42

Ocean Castillo Loría.

Qo. 1: 2; 2: 21 – 23.
Sal. 89.
Col. 3: 1 – 5. 9 – 11.
Lc. 12: 13 – 21.

La primera lectura, nos coloca ya ante el tema central de esta eucaristía, el tema de la confianza en el dinero y el desesperado afán de lucro. El autor del texto, quien vivió en el siglo quinto antes de Cristo, se mofa de nuestras preocupaciones y deseos porque descubre que todas ellas son vanidad. La alternativa ante esta situación nos la dará el evangelio: el Reino de Dios. Cuestionémonos sin miedo: ¿Quién es mi Dios, Jesús o el dinero?

Ya lo dice San Gregorio Magno: «Cosas vanas hacemos cuando pensamos en las cosas transitorias; y de aquí es que se dice envanecer lo que de repente es quitado de los ojos de los que lo miran... Así que “las cosas que pasan son vanas”, según que dice Salomón (Ecl. 1,2). Pero convenientemente después de la vanidad sigue luego la maldad, porque, cuando somos llevados por algunas cosas transitorias, somos atados culpablemente en algunas de ellas; y como el alma no tiene estado de firmeza, procediendo de sí misma con inconstancia, cae en los vicios. Así que de la vanidad se cae en la maldad, porque el alma, acostumbrada a las cosas mudables, como siempre salta de unas cosas a otras, allégase a las culpas que nuevamente nacen» (Tratados morales sobre el libro de Job 10,20-21).

En el salmo responsorial, se contrapone la eternidad de Dios a la brevedad de la vida humana. Por ello, Él es nuestro refugio y es el que da sentido a nuestra existencia. Se pide a Dios que esa vida sea júbilo prolongado. Y esto solo puede ser posible si nos dejamos llenar por su sabiduría que es amarlo, alabarlo y servirlo. A partir de este salmo podemos preguntarnos: ¿Qué sentido tiene nuestra vida?, ¿Cuáles son nuestros valores?

En la segunda lectura, Pablo nos interpela para elevar la mirada y observar el horizonte desde donde Dios nos llama para realizar su Reino. La interpelación es a buscar los valores del Reino: el bien y la justicia y a desistir de las cosas que este sistema de vida considera valiosas, fruto de la ambición desmedida y la deshonestidad (Por eso el apóstol dice que hemos muerto con Cristo y ya no estamos sujetos a los poderes de este mundo, y en la carta a lo Corintios dice que quien está en Cristo es nueva criatura) . El seguimiento de Cristo asumido con humildad y radicalidad nos conduce a superar los esquemas caducos de este mundo y tomar en nuestras manos la propuesta de Dios. Esa propuesta, es la que nos hace seres humanos con actitud comunitaria, siempre en disposición de servir a los demás y vivir con el corazón agradecido.

Veamos lo que al respecto nos dice San agustín: « Ved lo que dice: “si habéis resucitado con Cristo saboread las cosas de arriba, buscad las cosas de arriba...” Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien, en cambio, aún no ha muerto ni resucitado, vive mal todavía; y, si vive mal, no vive; muera para no morir. ¿Qué significa muera para no morir? Cambie para no ser condenado... A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vive mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado... Por tanto, mientras vivimos en esta carne corruptible, muramos con Cristo, mediante el cambio de vida, y vivamos con Cristo, mediante el amor a la justicia. La vida feliz no hemos de recibirla más que cuando lleguemos a Aquel que vino hasta nosotros y comencemos a vivir con quien murió por nosotros» (Sermón 231,3ss).

El de Pablo, es un llamado a abandonar la codicia y la vanidad. En el verso 5 se nos dice que la avaricia es una forma de idolatría. ¿Porqué? Porque se rinde a las cosas como el dinero, un homenaje que se debe únicamente a Dios.

Si Cristo resucitado vive en nosotros, nosotros debemos vivir como resucitados, abandonando los antivalores del mundo para crecer interiormente y fortalecer nuestra resurrección interior. Obsérvese como tal vivencia supera las barreras de género, nacionalidad y condición social. preguntémonos durante esta semana: ¿Estamos poniendo de nuestra parte para traer el Reino de Dios a la tierra?

En el evangelio, se observa como la misión de Jesús es incomprendida. Alguno de entre la multitud llama al Señor para que le solucione un problema. Propiamente, que reparta una herencia, y es que al reconocer a Jesús como maestro, esta persona se dejó llevar por la costumbre por la que los rabinos servían de árbitros en cuestiones como ésta.

Ya lo dice: San Ambrosio: «El que había descendido para razones divinas, con toda justicia rechaza las terrenas, y no se digna hacerse juez de pleitos ni repartidor de herencias terrenas, puesto que Él tenía que juzgar y decidir sobre los méritos de los vivos y de los muertos. Debes, pues, mirar no lo que pides, sino a quien se lo pides, y no creas que un espíritu dedicado a cosas mayores puede ser importunado por menudencias. Por esto, no sin razón es rechazado este hermano que pretendía que el Dispensador de los bienes celestiales se ocupara en cosas materiales, cuando precisamente no debe ser un juez el mediador en el pleito de la repartición de un patrimonio, sino el amor fraterno.” (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,122).

Los diez mandamientos de Moisés no solo condenaban el robo, sino el deseo de lo que no nos pertenece, ya que ese deseo es el que prepara el robo. Jesús muestra el mal oculto en cualquier deseo de poseer. Como ya lo expresara en el Evangelio según San Mateo, nadie puede servir a dos señores, porque se amara a uno y se odiará al otro, nadie puede servir a Dios y a las riquezas.

La persona que pide la ayuda, ha escuchado la enseñanza de Jesús, pero no ha tomado nada para su vida. Su único interés es resolver sus problemas personales. Jesús le hace ver que su petición no es oportuna. Él no arregla problemas de todo lado. Pero además le revela que su problema no es una cuestión de justicia sino, de ambición personal. Jesús no viene a repartir riquezas o a crear capitales, sino, a fomentar la solidaridad.

La angustia existencial es fruto del desenfreno por la acumulación de riquezas. De donde se deduce que el esfuerzo por acumular no compensa los supuestos placeres que proporcionan.

De ahí que podemos preguntarnos durante esta semana: ¿Cuál es el objeto de nuestro trabajo: la dignificación o la esclavitud?, ¿Cuál es la posición de nuestra comunidad de fe ante un mundo basado en el dinero, el lujo y el placer?

Como creyentes debemos comprender que debemos apoyarnos en Dios, pues solo Él puede salvarnos y no el dinero. Tal parece que muchas y muchos cristianos han cedido a la tentación de la riqueza. Se tornan en títeres de los vaivenes de la vida, desalmados, sin ilusiones, se han dejado arrastrar por el egoísmo. Se han convertido en robots de la sociedad de consumo.

La acumulación de riquezas aísla al ser humano de sus demás hermanos, el sujeto del relato, muestra como al pelear por su herencia, pensando de manera egoísta, se separa del prójimo. Las muchas cosas terminan matando la vida.

Para muchos, el dinero da seguridad, y de allí la tentación de buscar el dinero a toda costa y sin importar nada. Resulta que la plata es un fin último, cuando en realidad es un medio. Resulta lamentable que se crea cada vez más y con más frecuencia que el dinero compra la felicidad y que, el placer es la felicidad misma.

La felicidad no depende de la riqueza, en muchas ocasiones, la riqueza es causa de infelicidad y preocupaciones. Es más, conforme a Jesús, la vida misma no depende de las posesiones. La vida no depende de tener sino de ser

Resulta lamentable que la codicia sea el motor que mueve a muchos países y grupos. Es indudable que la codicia es un pecado social que causa injusticia, hambre y miseria para muchas personas.

El mensaje de Cristo es que la seguridad que nos brindan los objetos es falsa. ¿De qué sirven todas las acumulaciones cuando morimos? El paso de la muerte nos encubre de la libertad que nos permite deshacernos de la ilusión de lo material. Muchas veces, hemos escuchado el dicho: “Cuando uno se muere nada se lleva”. Este es el mensaje de la parábola del hombre rico que tenía una gran cosecha y se olvida completamente de la muerte y el sentido de la vida. Él confía en sus riquezas, tal y como lo describe el salmo: “Mirad al valiente que no apoyó en Dios su fortaleza, confió en sus inmensas riquezas, se hizo fuerte en el crimen” (Sal. 52: 9)

Tal idea es confirmada por el libro del Eclesiástico: “Hay quien se hace rico a fuerza de trabajos, pero se queda sin su recompensa. Dice: “ya puedo descansar; voy a gozar de mis bienes”. Pero no sabe cuanto tiempo pasará antes de que muera y deje todo eso a otros”. (Eclo. 11: 18 – 19). Precisamente, Jesús retoma en la parábola el ejemplo dado por este texto, subrayando la lógica de la codicia: el rico, solo piensa en aumentar su fortuna, las empresas solo pueden buscar más ganancias, los países ricos solo pueden apropiarse un poco más de lo que no han conquistado todavía.

Veamos lo que dice el evangelio: "Insensato, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?". Escuchemos a Monseñor Romero: “Esta es la vanidad que dice la primera lectura: haber trabajado tanto, para adquirir tanto, y tener que dejarlo. No se lleva las cosas materiales, solamente se lleva el haber usado las cosas materiales según la voluntad de Dios. Solamente acompañarán en el juicio eterno del hombre sus actitudes internas: el haber manejado las cosas de la tierra, sin perder la perspectiva de la trascendencia, unir a Dios.”.

Sigamos oyendo a Monseñor: “Y ésta es, pues, la misión de la Iglesia en el mundo actual: el reclamarle a los hombres que miren con trascendencia todas sus actitudes, todas sus cosas; lo político, lo económico, lo social, todo lo de la tierra; los deberes temporales, los derechos humanos, todo lo de la tierra, tiene que ver mucho la Iglesia con ello, no porque ese sea el fin de su misión. Porque su misión tiene que ser, cabalmente, darle el sentido trascendente, orientar hacia Dios los corazones de los hombres. Y desde los corazones de los hombres, convertidos hacia Dios, crear un mundo mejor, un mundo más conforme a la voluntad de Dios, en que todos nos sintamos, hermanos todos con un sentido de trascendencia hacia el Creador.”.

Lo más importante es ser ricos ante los ojos de Dios, mediante acciones que nutran la justicia y la solidaridad. Somos ricos ante Dios al promover la paz y el perdón. El hombre de la parábola, olvida ser rico ante los ojos de Dios, pues olvida sustentar los valores del Reino. Preguntémonos: ¿Qué hacemos para compartir aquello que realmente no necesitamos? Tenemos que convencernos que para realizar una vida espiritual debemos hacerlo por medios materiales. Amar a Dios significa hacer algo por el prójimo y compartir lo que tengo con él. Realizar una vida espiritual es ser hermano con todos. Volvemos a citar el libro del Eclesiástico: “con todo, ten paciencia con el pobre y no le des largas en la limosna; por amor a la ley recibe al menesteroso, y en su indigencia no lo despidas de vacío; pierde tu dinero por el hermano y el prójimo, no dejes que se oxide bajo una piedra; invierte tu tesoro según el mandato del Altísimo, y te producirá más que el oro; guarda limosnas en tu despensa, y ellas te librarán de todo mal; mejor que escudo resistente o poderosa lanza, lucharán contra el enemigo a tu favor” (Eclo. 29: 8 – 13)

Cuidémonos de no ser pobres delante de Dios por falta de amor con nuestros hermanos.

La verdadera riqueza no es el dinero, es el amor. La riqueza se encuentra en nuestro prójimo. La mayor riqueza es la otra persona. Por ello, un ser humano egoísta está muerto en vida. Jesús habla del que “amontona riquezas para sí mismo”. El problema central es el egoísmo. Ya lo diría el profeta Jeremías: “El que se hace rico injustamente es como la perdiz que empolla huevos ajenos. En pleno vigor tendrá que abandonar su riqueza, y al fin será un tonto más”. (Jer. 17: 11)

Roguemos a Dios el administrar nuestros bienes con sensatez y sabiduría, de manera que no nos separen de Cristo.

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