Anticipo
Gran visita a San José
San José estaba revuelto. Todo el mundo hablaba de la inminente visita de un mariscal de los ejércitos bolivarianos y además, por si fuera poco, Presidente de Perú. Era preciso imaginarse el revuelo en una Costa Rica desprovista de cultura, falta de riqueza y reñida con todo lo que significase, no digamos lujo, sino aun las más elementales comodidades, para calcular el efecto de la inesperada visita del Presidente de Perú, es decir, de un magnate de Lima, ciudad que para todo americano representaba elsummum de la opulencia, la cual hacía poco todavía era asiento de enfatuados virreyes, en la que el oro y el boato imperaban con ostentoso brillo, y lucían su soberbia finchados caballeros y suntuosas y elegantes damas”.
¿Dónde recibir al señor Presidente de Perú, al Gran Mariscal? ¿Cómo debían ser los actos protocolarios? ¿Qué ropas usar, en una ciudad en la cual sólo unos pocos sastres se distinguían por la pobreza de los materiales que usaban? ¿Y las damas? ¿Y las jóvenes en edad de merecer? En Cartago habría sido diferente porque ya habían celebrado grandes festejos, por ejemplo la Jura de Fernando VII en 1809, cuando los cartagos, enardecidos por el cautiverio del Rey en manos de Bonaparte, decidieron demostrar su orgullo por ser súbditos de tan distinguido monarca, quien, según las proclamas, padecía el deshonor de estar cautivo, aunque en realidad esto ocurría con la complicidad del monarca, según fue público y notorio luego de terminar la guerra. Ocho días de festejos sin tregua; día y noche, con saraos, corridas de toros, murgas en las calles; en fin, la Jura del rey de España, Fernando VII, fue algo fastuoso en Cartago. Pero ¿en San José? De tripas, corazón hay que hacer, pensaron todos, y así, sacudiéndole el polvo a una levita, remendando un antiguo vestido traído de España, un mantón de Manila, un pañolón, unas botas de buen ver, unas enaguas, en fin, la pobreza se fue disimulando para recibir de la mejor manera al ilustre visitante, ignorando que era un hombre hu-milde, tímido, de una modestia rayana en lo enfermiza.
[…] La entrada del Primer Presidente de Perú a San José, capital del Estado de Costa rica, fue realmente apoteósica. La tropa, formada a ambos lados de la calle principal, lo recibió con honores militares, ante una multitud ataviada con sus mejores galas. Quince cañonazos retumbaron en la Plaza Principal, donde estaba formado el Estado Mayor y, a corta distancia, los poderes Ejecutivo y Legislativo. Poco sabían de protocolos, porque era la primera vez que en la más pobre y olvidada de las provincias del reino se recibía un dignatario semejante, tampoco había sucedido en la era independiente. […]
Los medios de transporte habituales para los enmontañados costarricenses eran algunas volantas, pequeñas “diligencias”, toscas carretas y, por supuesto, caballo y mulas. Pues en todo cuanto tuvieron a su alcance los vecinos no sólo de San José y sus pobres barrios –las aguas corrían por el centro de las calles, a donde se lanzaban las inmundicias, incluyendo orines y demás productos de las necesidades fisiológicas–, sino Heredia, La Lajuela, Curridabat, Aserrí y hasta Pacaca acudieron a ver la llegada del General montado en su impresionante caballo de batalla. La mayoría de los visitantes vestían pobremente, un noventa por ciento descalzo o con caites de cuero crudo, y no faltó el mandil en los hombres. Todo le recordaba al General, mejor dicho al Gran Mariscal humillado en su Patria, que la entrada no era en la Lima de mansiones con famosos y decorados balcones, ni en la gran Catedral, sino en la más pobre y olvidada, ya se dijo, de las provincias del Reino. Aquel cortejo de no más de veinte personas, compuesto por seis esclavos, tres asistentes personales, el Coronel Bermúdez y la pequeña escolta nacional, en medio de una tropa que no desmerecía tanto, puesto que la vistieron de gala, una murga o pequeña orquesta que intentaba tocar algo marcial y con el sol de la mañana dando de frente al Gran Mariscal, le hubiera parecido una alucinación al mismísimo Virrey La Serna si hubiese podido presenciarlo. Nada menos que el vencedor de Ayacucho hacía su entrada triunfal a miles de kilómetros de su amada Patria. Pero, a juzgar por el semblante de José de La Mar, estaba recibiendo agua pura y cristalina en medio del desierto y sentía una ola de cariño, de admiración, envuelta en la más genuina curiosidad de un pueblo humilde. “Volvé a ver qué caballo”. “Eso es montura, no el aparejo que usa tata”. “¿Y cuánta cosa usan los militares de verdad; qué será eso que lleva en los hombros?”. “Se llaman charreteras y tienen hilo de oro”, contestó un soldado. Pese a que todo el mundo dentro del Ejecutivo y la Asamblea trató de hacer lo mejor, tanto el Jefe Mora como e Vicejefe Gallegos se daban cuenta de que el recibimiento distaba mucho de ser lo apoteósico que un Presidente merecía.
Autor: Miguel Salguero
Editorial: EUNED
Suplemento Ancora. periódico La Nación 5 de agosto de 2007.

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