Bergman, nuestro prójimo
Cineasta fue compañía de los espectadores durante más de un par de generaciones
Víctor J. Flury
Escritor
A los diez años, y como producto de un trueque de regalos navideños con su hermano, Ingmar Bergman quedó dueño de un proyector rudimentario y de una película de tres metros, a cambio de 100 soldaditos de plomo.
Aquella película mostraba a una chica que dormía en el prado, se ponía de pie y con dos breves pasos de danza a la derecha... ¡se esfumaba!
La escena retorna en la primera de las cintas del director sueco (El demonio nos gobierna , 1948) y Bergman –fallecido el pasado 30 de julio en la isla báltica de Faro, a los 89– la recuerda en su libroLinterna mágica , nombre del juguete que a Ingmar le costó casi un ejército.
Nos parece mentira hoy que Bergman se haya ido, él que fue compañía nuestra, de los espectadores, durante más de un par de generaciones.
A mí me correspondió, a lo largo de esta pequeña historia, deletrearlo y después convertirlo en mi hábito, junto a un creciente puñado de admiradores que a menudo volvíamos a firmar a ciegas un pacto de adhesión con el genio. ¿Qué digo adhesión, si era nuestro prójimo?
Génesis de la obra. “Primero vi cuatro mujeres vestidas de blanco, bajo la luz clara del alba, en un cuarto. Se mueven y se hablan al oído y son extremadamente misteriosas y yo no puedo entender lo que dicen. La escena me persigue durante un año entero. Por fin comprendo que las tres mujeres esperan que se muera una cuarta que está en la otra habitación. Se turnan para velarla”. Eso es Gritos y susurros (1972), un filme soberbio que, de paso, muestra la génesis de la obra bergmaniana.
Todo arranca de una imagen, atención, pero hay que seguir pegado a ella día y noche hasta encontrar su secreto, el sentido oculto; lidiar con viejos y nuevos demonios que obsesionan al creador y que este debe mantener a raya. Porque, si uno sucumbe frente a tamaños poderes, o los evita simplemente, ya no habrá película.
Vean ustedes lo que significa, entonces,hacer cine a lo Bergman . N i más ni menos que el desgarrador empeño de sacar algo de sí mismo, de los tormentos, euforias, neurosis y vaya uno a saber cuántas cosas; y agregue el dato: fueron 54 películas (Noche de circo ,Sonrisas de una noche de verano ,El sétimo sello ,Fresas salvajes ,La fuente de la doncella ,El silencio ,Persona …), además de 126 piezas teatrales y un número fuerte de guiones y libretos de radio.
Una lección. A Bergman le tocaron malos tiempos en que vivir, diría Borges; le tocó una sociedad encapsulada dentro de un escaparate trágico de prodigios técnicos y alma light que resuena como un gran vacío, carente de valores superiores, nihilista en suma; y el maestro pudo traducir al idioma de Lumiere –a veces en clave religiosa, a veces no– lo que le ocurría a su conciencia y a sus semejantes.
Lo hizo libre de distracciones. Fue derecho a sus objetivos, paró la música cuando quiso, dejando hablar a sus criaturas a voluntad, incurriendo en transgresiones de su puño y letra que lanouvelle vague , Woody Allen, Billy August le agradecieron en buena hora.
Independiente y rebelde, nos amenazaba cada dos por tres con no volver a filmar. Pues no había que hacerle caso: siempre se trataba de lapenúltima amenaza.
Aparte, le preocupaba en serio el destino de la humanidad.El huevo de la serpiente (1978) es quizás la mejor lección simbólica del maestro.
Allí, Abel Rosenberg, trapecista extranjero en el Berlín de la posguerra del 14, acude desesperado a la iglesia. El mundo se viene a pique: no hay trabajo, no hay moneda, no hay precios, no hay futuro; y Abel suplica al reverendo que lo perdone por sus pecados.
“Yo no soy quién para perdonar a nadie”, responde el sacerdote.
Rosenberg lo mira sin comprender. El otro esboza una sonrisa cansada.
“Todo está tan alterado y confundido que ya nadie puede perdonar a nadie”, le dice. “Lo que podemos hacer es darnos el perdón el uno al otro”.
Y eso es lo que hacen, arrodillados uno frente a otro: perdonarse entre sí.
periódico La Nación 9 de agosto de 2007.

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