Comunistas armados
(Vivencias familiares en la Alajuela de ayer)
José Manuel Morera Cabezas
La casona que nos vio nacer y brindó calor para trabajar y disfrutar la vida, fue un centro muy popular en Alajuela, porque en su interior se desarrolló gran actividad comercial casera, un lugar agradable para tertulias, lecturas, negocios, humor, reuniones políticas y otras situaciones propias de la época.
Allí funcionó el pequeño taller de costura bajo la dirección de doña Adilia Cabezas Quesada, maestra en el corte, diseño y hechura de camisas; además, la confección de sábanas con recortes de tela en lindos colores estampados y lisos; uniformes para futbolistas; una pieza pequeña de la edificación ocupada por la “remendona” del abuelo Paulino Soto, destacada en su puerta con un visible rótulo donde se leía “Se remiendan zapatos”, escrito con tinta negra (anilina), utilizada para teñir el cuero del calzado; la elaboración de panes, cajetas, tamales mudos, de frijol y cerdo; el club de camisas rifadas con el número mayor de la lotería nacional y el incansable molino -ruidoso y pesado armazón de hierro, aluminio, bronce y acero, acompañado de un poderoso motor- utilizado para las moliendas de maíz, papa, arroz, chile dulce, culantro, chicharrones y otros ingredientes que daban como producto la “masa arreglada o condimentada”, lista para los tamales, si el cliente así lo decidía.
Ese ambiente laboral era, como llamarían hoy, el centro comercial del barrio, diferente por estar ubicado en una edificación antigua, con techo entejado, sin parqueos, sin puertas automáticas, ni pantallas luminosas.
Según la astucia o disimulo para decir las cosas, característica del pícaro alajuelense, la cabeza o jefe del negocio casero era conocida en los barrios alajuelenses, especialmente en El Llano y La Agonía, como la “comunista armada, muy hábil en mover y revolcar las masas”. Estos calificativos se lanzaban con doble intención, pero sin mala intención, prevaleciendo el chiste y el humor manudo.
A su padre, el zapatero remendón, en tiempos de la llamada Guerra Civil o Revolución del Cuarenta y Ocho, le encaramaron el apodo “armado o
armadillo” -distintivo que por herencia llegó a las nuevas
generaciones en la familia- ya que, según sus intereses políticos u otras necesidades, se ocultaba en las alcantarillas y huecos, similares a los construidos por esos animalitos casi en extinción, con caparazón o placas
córneas articuladas, listos para evadir el peligro y su captura.
Así, a la hija de don Paulino, Adilia la costurera y fabricante de deliciosas comidas y panes, le fueron quitando el nombre de pila hasta dejarla en el puro pellejo como la famosa “armada o armadilla”, para continuar con la tradición de su papá, el señor Soto Córdoba.
Hoy, en toda la numerosa familia, es normal un saludo entre “armadillos, armados o cusucos”, como cosa normal. Inclusive, en ocasiones en que se han dado concentraciones familiares, alguna voz del mismo grupo o vecino lo ha manifestado con mucha fuerza: ¡un rifle para cazar armados, antes de que se pongan a hacer huecos… o revoluciones!
¡Sí!, este valeroso apodo se mantiene sin peligro de extinción, puesto que va pasando de generación en generación en la familia Soto. Así es nuestra hermosa Alajuela, cuna del apodo.
Lo de “mover y revolcar las masas”, provenía de su tremenda experiencia en echar el maíz en la tolva del molino, hasta recoger la masa y depositarla en las ollas y sacos de manta. Todos los días pasaba agitando la masa, por más de cincuenta años, en las moliendas del nutritivo grano. Nunca por otra situación, aunque se le escuchaba decir que nuestro pueblo tenía que despertar y protestar por las cosas injustas, como el costo de vida y los malos salarios.
¡Ah!. Lo de “comunista”, por sentir admiración hacia líderes reconocidos como Carlos Luis Fallas Sibaja, nuestro escritor Calufa, personajes distinguidos de nuestra historia patria; por cierto, una historia con más rectitud y menos corruptos. El escritor y sindicalista, quien tenía su casa-biblioteca casi pegada a la nuestra, disfrutó del humor, cariño, hospitalidad, pan casero, tamales y aguadulce brindado por aquel negocio y hogar de trabajadores alajuelenses, en compañía de otras figuras literarias, políticas y obreras, quienes honraron nuestra negocio y familia con su presencia y conocimientos.
Adultos y niños, fuimos testigos de momentos clandestinos, aplicados a nuestra manera de pensar, según los conceptos de la época, muy diferente al pensamiento actual. Con tales actividades prohibidas y presencia de conocidos políticos y escritores nacionales, siempre el humor alajuelense encontraba sus ocurrencias.
Divulgaron que los guardias civiles se hacían “los rusos” al permitir el trabajo clandestino de quienes, con la colaboración de algunos vecinos, atacaban en las primeras horas de las mañanas a repartir hojas sueltas y hacer “pegas y pintas” (en postes y tapias), alusivas al desfile del Primero de Mayo en la Capital y otras actividades indicadas por sindicatos y organización política de entonces; mientras era costumbre la visita del policía en las frías mañanas a disfrutar un café con pan “melcochón” untado de miel de abejas, tamal u otra comida para combatir el sueño y frío, invitación exclusiva del negocio a los humildes trabajadores de la ley, quienes cuidaban nuestras barriadas. Hoy, ¡cuánto no deseamos una autoridad, por lo menos para recordar cómo eran y cómo funcionaban!
Y el trabajo político era clandestino porque la llamada “izquierda costarricense o comunistas” estaban fuera de ley, de acuerdo a la Constitución Política de Costa Rica en el artículo noventa y ocho, párrafo segundo, que impedía la organización y funcionamiento de este sector, por considerar su ideología y prácticas contrarias a nuestra paz y sistema democrático, poniendo en peligro nuestra Patria e instituciones, con ideas extrañas y subversivas.
La visita honrosa de guardias civiles a nuestro hogar y centro de trabajo, fue interpretada con humor y malicia, ya que las autoridades desempeñaron siempre su trabajo con honestidad y patriotismo. Ciertamente existió amistad, vecindad y respeto entre ellos y los “comunistas armados” del barrio La Agonía. ¿Acaso no todos éramos una misma comunidad, un pueblo con los mismos problemas, necesidades y aspiraciones?
Los niños vivimos una preciosa etapa. Conocimos las herramientas utilizadas para el trabajo diario, sentimos lo que es el esfuerzo y satisfacción al colaborar en la manutención del hogar, nos convertimos en auténticos obreros: cortamos hebras, limpiamos el taller, aceitamos las máquinas, pegamos botones con aguja en mano, colaboramos en la confección de prendas, conocimos en las páginas del libro, el espíritu de tantos personajes como nuestro hermano amigo del alma Marcos Ramírez, Mi madrina, Juan Varela, El moto, A ras del suelo, Los cuentos de mi tía Panchita, y conocer la heroica lucha de nuestros compatriotas y de otras nacionalidades, en las duras y enfermizas tierras de Mamita Yunai.
En nuestra casona no faltaron las gentes amigas quienes fueron testigos del trabajo, de los defectos y virtudes que permitieron a nuestros abuelos y padres, desempeñar su labor constante para lograr la crianza y educación de sus hijos y nietos; éstos, interesados en rescatar las muchas páginas ejemplares escritas con sacrificio por ellos, como esta historia.
Recordando y siguiendo el ejemplo y pasos de nuestros abuelos y padres, hacemos Patria. Un gigante homenaje a nuestra madre Adilia a quien Dios aún la mantiene en pie de lucha… armada con mucha vitalidad ante los retos modernos y, por supuesto, ¡siempre revolcando las masas!
periódico La Prensa Libre 9 de agosto de 2007.

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Muy simpático la historia familiar de mi padre, situación que no viví, por mi juventud. Con su escrito creo que me aproximo un poco a esos momentos, posiblemente diferentes a los actuales.
yenory morera murillo | 12-09-2007 - 15:37:45 GMT 1 #