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RESONOCO

21/08/2007 GMT 1

1856, el TLC y la responsabilidad del historiador

marfuerte @ 00:26

Iván Molina Jiménez

Historiador

En un artículo publicado en Áncora (3-6-2007, p. 6), el historiador estadounidense, Lowell Gudmundson, señaló que Armando Vargas y Juan Rafael Quesada, en sus libros sobre la guerra de 1856-1857 recientemente publicados, establecen "…comparaciones directas entre las amenazas que ven en el TLC actual y el filibusterismo decimonónico".
Si bien la afirmación de Gudmundson es incorrecta, lo que más sorprende es la respuesta de ambos autores: Quesada calificó a Gudmundson de "detractor" (Tribuna Democrática (5-6-2007) y Vargas lo presentó como un calumniador (La Nación, 7-6-2007, p. 28A).
La forma en que respondieron Quesada y Vargas, en mi opinión innecesariamente violenta, llama la atención porque ambos autores han asumido posiciones públicas en contra del TLC, y en algunos de sus escritos han relacionado la Costa Rica de 1856-1857 con la del presente. De esta manera, han contribuido a crear un contexto básico de interpretación para sus libros que supera los libros mismos.
Ahora bien, si Quesada y Vargas hubieran hecho lo que Gudmundson -incorrectamente- les atribuye, no habría razón alguna para reclamarles por eso. En el estudio del pasado, la objetividad no consiste en omitir los motivos ni los propósitos que llevan a una persona a tratar determinado tema, sino en considerar debidamente toda la evidencia disponible, incluida aquella que no respalda los puntos de vista del investigador. Precisamente, la ausencia de esto último es lo que, entre otros aspectos, he cuestionado en los libros de Quesada y Vargas (La Nación, 12-5-2007, p. 31A; UNIVERSIDAD, 28-6-2007, p. 23).
Las respuestas a mis cuestionamientos han sido variadas: unas personas han interpretado mi crítica a esos libros como un intento de desacreditar la guerra de 1856-1857 y de desvalorizar a los héroes costarricenses; y otras han expresado que, entre conocer o no conocer aspectos controversiales de la Campaña Nacional y de los héroes nacionales, prefieren no saber. Algunos lectores concluyeron que la mejor forma de enfrentar las dudas planteadas por mí, era leer, hasta tres o cuatro veces, los libros de Quesada y Vargas. Y, por supuesto, no han faltado quienes han tratado de equipararme con un fabricante de armas, ni quienes han sugerido que mi crítica a esos libros obedece a oscuros motivos, y que lo más probable es que yo sea un agente de Óscar Arias encargado de debilitar al movimiento anti-TLC y que por este trabajo seré compensado de alguna forma.
Pese a su diversidad, estas respuestas (algunas escritas por profesores universitarios) tienen en común que quienes las escribieron asumieron la defensa de los libros de Quesada y Vargas como una cuestión de fe, sin considerar siquiera en qué se basan mis cuestionamientos. Al proceder así, tales personas escogieron una forma de debatir que, por definición, excluye el análisis, una estrategia seguida también por Quesada y Vargas, quienes, en vez de responder a mis comentarios, se han dedicado a descalificarme a partir de ataques personales (La Nación, 19-5-2007, p. 36A, y 20-6-2007, p. 37A).
Desde su recuperación por los liberales en la década de 1880 hasta el presente, la guerra de 1856-1857 ha sido utilizada con fines políticos e ideológicos, y el momento actual no es la excepción. Independientemente de si está a favor o en contra del TLC, el historiador tiene la responsabilidad de producir conocimiento histórico que considere críticamente toda la evidencia disponible sobre el tema que interesa. Proceder de otra manera quizá pueda servir momentáneamente a una causa, pero no contribuirá al desarrollo de una ciudadanía crítica e informada.

Semanario Universidad 16 de agosto de 2007.

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