Anticipo
Conexióninvoluntaria
Pau se pasó las manos por la cabeza y comenzó a darse cuenta por primera vez de que su vida había venido derrumbándose por mucho tiempo. Lucy se lo había advertido pero él no había escuchado. En su propia defensa, podía argumentar que las personas con lavado de cerebro no eran famosas por ser buenos escuchas. Y Pau había sido programado para hacer esto, ¿no? Estaba aquí para encontrar el pequeño juguete de Tahly. Quizás esta era la razón por la que estaba paranoico; quizás Tahly había estado paranoico también cuando dejó los hábitats.
Se le ocurrió que, una vez que hiciera lo que venía a hacer, podría liberarse, aunque una parte de sí no encontró que este fuera un razonamiento muy científico. En todo caso, extendió la mano, posó la palma sobre el cilindro y volvió a abrir las instrucciones detalladas que Tahly había dejado para él. No le tomó mucho tiempo comprender que, si las llevaba a cabo, acabaría de una vez por todas con los restos de la vida que había conocido.
9:24 p. m. Esa tarde, algunas de sus cosas personales les fueron entregadas, y Miguel decidió quemar un poco de energía acumulada estudiando los problemas teóricos más difíciles que pudo encontrar. Las pruebas iban a reiniciarse al día siguiente y, si no podía contar con su claridad mental, tendría que apoyarse en su entrenamiento. Era la regla número uno de los tutores: “Conoce los procedimientos tan bien que tu cuerpo pueda ejecutarlos sin ayuda de tu mente”.
Así que Miguel leyó un caso y respondió con una serie de coordenadas, luego lo leyó de nuevo y pasó a la siguiente pregunta. La respondió dos veces usando diferentes acercamientos. Para cuando llegó al séptimo problema, se había sumido en un trance, pensando cada vez más rápido a medida que aumentaba el nivel de dificultad. Sus ojos se movían sobre la pantalla con la eficacia de una cámara.
Por eso no notó el cambio al principio. Fue algo sutil, apenas una variación en el nivel de intensidad de los caracteres en su monitor. Miguel continuó leyendo, movió el texto con la mano para descubrir nuevas derivaciones y fue ahí cuando perdió la concentración. Algo llamó su atención; regresó al principio del problema y lo vio: era un rostro detrás de los números, con ojos vitales, intensos. Miguel sintió el corazón golpearle el pecho, y, en ese instante, el otro dejó de leer lo que fuera que había en su pantalla y fijó la mirada en él.
9:24 p. m. Pau dio un salto hacia atrás, tropezó con el sofá y cayó de espaldas. Golpeó el piso con fuerza y se quedó en él, respirando rápido, preguntándose cuánto tiempo había estado el otro viéndolo, cómo se las había arreglado para fusionarse con su pantalla de aire y por qué no le había hablado. Al rato comenzó a preguntarse si la cara seguía ahí. Con mucha cautela se puso de rodillas. Tomó un momento para componer su expresión y no parecer aterrorizado mientras se asomaba por detrás del sofá.
La pantalla continuaba donde la había dejado, flotando plácidamente en el aire y sin señales de vida. Muy lentamente, y listo para correr si fuera necesario, Pau rodeó el sillón y revisó las otras pantallas. Vio los gráficos de navegación que había estado estudiando; eso fue todo. Al final simplemente se sentó y comenzó a tirar de su cabello.
Las alucinaciones, concluyó, acababan de subir desde la calle y habían venido por él.
A menos que Tahly las hubiera puesto dentro de su cabeza como advertencias. En cuyo caso, Pau acababa de conseguir una cara para juntar con su paranoia: un tipo de pelo y ojos castaños que se veía bastante familiar, como si lo conociera de alguna parte. Este era el tipo que había que evitar a toda costa y que, justo ahora, acababa de encontrarlo.
9:32 p. m. A cien kilómetros de ahí, Miguel seguía recostado contra el respaldo de su silla, frotándose los ojos con las manos. No tuvo que revisar su monitor para saber que Pau ya no estaba ahí. Miguel sabía dónde estaba, sin embargo: estudiando su información robada en un apartamento en las afueras de una gran ciudad, sin ventanas a la vista, con sólo un sofá amarillo y una de las bases negras que servían como interfase para las computadoras más poderosas utilizadas en los hábitats.
Aún más importante, Miguel tenía ahora una idea de por qué Pau estaba en su cabeza. Le vino como una revelación, justo antes de que desapareciera de vista: donde fuera que estuviera, por la razón que fuera, Pau iba a asegurarse de que el Telémaco jamás llegara a Hiperión.
Autor: Jessica Clark Cohen
Editorial: Costa Rica
Suplemento Ancora. periódico La Nación 26 de agosto de 2007.

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