Columna A FONDO 2
José A. Cabezas
jcabezas@racsa.co.cr
El presidente Óscar Arias no debería, por rigor a la verdad, seguirnos hablando del progreso que nos traerá, supuestamente, el TLC, mientras no se reinvente como el mayor reto que tiene nuestro desarrollo nacional, todo lo que significa el transporte vial por Costa Rica. Más bien, uno se pone a pensar qué pasaría si ese progreso por venir sea cierto, y se imagina más autos y más furgones. ¿Por dónde van a transitar? ¿A dónde lo metemos?
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No solamente nuestra estructura vial está colapsada. También lo está nuestra mentalidad en esta materia. Ciertamente, las calles urbanas y carreteras no alcanzan para tanto vehículo. Es que desde hace años vemos las mismas caras en nuestras autoridades y la misma negligencia o falta de imaginación.
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Hace una semana nos lo decía un español que visitaba el país por motivos turísticos: “Ustedes no tienen idea, según parece, el costo de salud mental que esto les está causando. Cada pega, cada atraso provoca un estrés en los amplios grupos que quedan inmersos en él, que ocasiona de súbito, una inyección de mala calidad de vida que afecta el entorno familiar y laboral del afectado, por consecuencia. Por otra, parte, el gasto sumado de todos los tiempos individuales de los conductores, significa un gasto nacional que tiene un costo económico. Por supuesto, que la contaminación ambiental que debe de tener este país teniendo a miles de vehículos en diferentes puntos, transitando a marcha lenta, debe de ser incuantificable. Igualmente el costo de combustible”.
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Pero este problema no se solucionaría con solo abrir cientos de calles y carreteras de la noche a la mañana, si se pudiera. Tenemos una autoridad pública rancia en manejo vial. El pasado sábado al medio día, un cierre a la altura de La Valencia provocó un tiempo de viaje desde Heredia a San José de una hora veinte minutos. Pero el cierre era previsible pues se trataba de un arreglo asfáltico. Un grupo de oficiales de Tránsito, malhumorados, confusos e impreparados para estos lances, hacían malabares, algunos de los cuales, más bien, aumentaban la congestión. ¿Qué costaba advertir desde la salida de Heredia el cierre para que los conductores, por cientos, no cayeran en la trampa y buscaran otras vías para desahogar el colapso?
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A mí me sobrecoge pensar en más “progreso”. Nos vamos a terminar matando a balazos y puñetazos unos a otros, en nuestras vías.
periódico La Prensa Libre 28 de agosto de 2007.

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