Anticipo
Se funda Locópolis
Los locos fundaron la ciudad
–Nuestro pueblo progresa, señores. No podemos quejarnos. No. No podemos… Lo que pudo ser una equivocación de las teorías se ha convertido en una realidad de los ensueños. En una realidad, señores…
Por la majestad elocuente de las frases y por lo original de su sintaxis, habréis adivinado que era el joven Tartarín Moreira quien así conversaba. Siguiendo su costumbre, habíase subido a un árbol. Lo rodeaban todos los habitantes de la nueva ciudad, a la cual, irónicamente, titulaban “Locópolis”.
Nuestra ciudad progresa, señores…
Y no se vivía mal en Locópolis. Cada habitante daba libre vuelo a su manía. Y eran todos felices.
***
La fuga del manicomio llevose a cabo sin tropiezo ninguno. Pedro, con la cabeza rota, murió inocentemente bajo la campana. El incendio apresuró la marcha. Como el hospicio estaba en el campo, fuera de la ciudad, los fugitivos pudieron escapar tranquilamente. Se llevaron todo lo que pudieron, la corrida fue enorme. Corrieron mucho. Mucho… Atravesaron campos. Y, guiados por Tartarín, fueron a dar detrás de un bosque, a la orilla del mar… Nadie llegaría a sorprenderlos. Estaban lejos de toda población y ocultos por los árboles. Tartarín había sabido elegir el paraje para la nueva Sion…
***
Llegaron al amanecer. Los locos dispersáronse sin salir del hemiciclo del bosque que, por los dos extremos, se cerraban en el mar. Era como una vieja ciudad fenicia. Defendíanla murallas de árboles corpulentos y el mar. Lo primero en que pensaron los locos fue en lo que siempre están pensando los cuerdos: el estómago. Tartarín lo preveía.
–Queremos comer –le dijeron.
Y él, seguro de sí mismo, con amplios ademanes de apóstol, trazó en el aire un gesto. Con la mano derecha les mostró el mar. Y con la izquierda, la arboleda. Los habitantes comprendieron. Algunos –los que tenían alma de pescadores– recogieron peces. Muchos peces. Hubo peces de sobra… Otros –los que tenían alma de comerciante– trepáronse a los árboles y recogieron fruta. Mucha fruta. Hubo fruta de sobra… los que tenían almas indiferentes y estéticas vieron trabajar a los demás y comieron las sobras… el pueblo de Locópolis era feliz: había comido… por la noche algunos se quejaron por no tener allí las camas del hospicio.
–¡Cómo! –díjoles Tartarín–. ¿Lamentáis la ausencia de vuestras camas? No hagáis tal… Acostaos en el suelo, sobre los yuyos de Dios, y forjaos la ilusión de que estáis durmiendo en pétalos de rosas. La ilusión es más agradable que la realidad. Porque con ella logramos lo imposible…
Y todos, hombres y mujeres, se durmieron juntos. En paz. Como corderos… La ciudad estaba hecha. Locópolis triunfaba.
En Locópolis
–Dices que me quieres; ¿y por qué me quieres?
–Porque te adoro.
–No es una razón suficiente, muchacha. Analiza tu alma. Baja al fondo de tu espíritu. Dime, Luisa, ¿no amaste nunca a Pedro, a aquel que tanto te quería?
–Nunca lo quise. Me quería demasiado…
–Y a mí ¿me quieres?
–Te adoro.
–¿Qué cosa es el amor?
–Es esto… –dijo Luisa, y dio un sonoro y húmedo beso en la boca a Tartarín.
–No te comprendo. Repite la respuesta.
Tartarín comprendió la respuesta. Pero prefirió no confesarlo, a fin de que se la repitiera muchas veces.
***
Luisa era la rubia novia de Pedro. Estaba enamorada locamente de Tartarín. Había huido con él del manicomio, dejando, bajo la campana, el cadáver de Pedro. Era la más bella pobladora de Locópolis. El amor hace a los locos cuerdos…
***
Una tarde, Juan el Lagarto –que de acuerdo con su manía era Presidente de la República de Locópolis– visitó esas construcciones. Llevaba una escolta de locos, maniáticos, que se creían honrados siendo palaciegos y serviles.
–¿Qué te parecen mis edificios?– preguntole un exministro que se imaginaba ser maestro albañil.
–Magníficos –le replicó el presidente–. Y en prueba de los servicios que prestas a Locópolis, te haré un gran honor.
–¿Cuál? –inquirió el exministro.
–Daré orden para que no te den ninguna condecoración ni puesto oficial en mi república.
El exministro hallábase emocionado con el honor que le dispensaba el presidente. ¡Prometerle que no le daría ninguna condecoración ni premio municipal era premiar con exceso su obra! Emocionado, se arrodilló agradecido y le besó los pies al presidente. Varíale besado las sandalias. Tal era su sinceridad. Pero Juan el Lagarto no tenía ni medias…
Autor: Juan José de Zoiza Reilly
Editorial: AH
suplemento Ancora. periódico La Nación 2 de setiembre de 2007.

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