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RESONOCO

06/09/2007 GMT 1

Muerte de un periodista

marfuerte @ 00:54

Enrique Obregón Valverde

A Francisco Umbral lo conocí cuando yo era embajador en Madrid y él escribía una columna diaria en el periódicoEl País . Era brillante como columnista, destacando maestría, cosa que no todos los escritores pueden lograr. Como le sucedía a Camilo José Cela, cuyos méritos literarios fueron reconocidos con el Premio Nobel de Literatura, pero que, como articulista, siempre estuvo rondando la mediocridad. Cela, en su juventud, rogaba a su amigo el inteligente periodista César González Ruano que le escribiera los artículos porque, de otra forma, no se los publicaban y no tenía otro medio para ganar dinero.

Umbral fue un maestro de la palabra escrita, no tanto por el bien decir como por su facultad para extraer lo que cada palabra puede expresar. O, como lo comentó el escritor Víctor Hurtado Oviedo, “Umbral redime la palabra de las prosas de pie plano que rondan por los libros de éxito marcando el paso blandengue de moda. Umbral siente y propaga la decencia del verbo”.

Umbral usa las palabras, descubriéndolas, mostrando una dimensión desconocida hasta que son empleadas por él. Arqueólogo e inventor del idioma al mismo tiempo.

Fue periodista, novelista y crítico literario y, en este último campo, despiadado y brutal. No perdonó jamás al escritor que él considerara mediocre. De Azorín, por ejemplo –que comenzó siendo de izquierdas y terminó de derechas, por temor al poder– cuando en una ocasión se autodefine como “pequeño filósofo”, Umbral comenta que “es todo lo contrario de un filósofo, o sea, un escritor. Un escritor limitado y cobarde en la escritura, Azorín no escribe mal ni bien, largo ni corto, claro ni oscuro, superficial ni profundo. Azorín escribe encobarde ”. Y de don Benito Pérez Galdós, manifiesta que “su prosa es pedestre, vulgar, carente de inspiración sintáctica, pobre… y que tuvo, desde muy pronto, cara de billete de mil pesetas, avaricia literaria de solterón putañero, alma de portera y grandeza de indiano enriquecido”.

Una gran columna. Por el contrario, su palabra se enriquece y retumba cuando reconoce el genio de un escritor, como Rubén Darío, a quien le dejó colgada, en su memoria, la siguiente meditación: “Indio con entorchados (casi se adivinan los pies descalzos por debajo del uniforme diplomático), “negro” con alma de princesa cachonda y pianista (“Negro” lo llamó Valle Inclán que tanto robó y plagió de él), cuaco idiolizado, fabuloso derrumbe humano que iluminó Madrid, que habitó París. Impar como una ruina, precolombino y único, parisiense, madrileño, poeta solo de la noche occidental. Rubén es el que mata a Campoamor, a Núñez de Arce, a los neoclásicos escayolados y a los últimos románticos de peluche. Rubén tiene esa cosa inaugural y festival del que vuelve la esquina de un siglo”.

Me gustaba leer su columna diaria “Spleen de Madrid”, que publicó durante varios años en el periódicoEl País , y me gustaba porque siempre sentí que eso era lo que hubiera deseado escribir de haber sido yo escritor.

Y ahora, que muere sorpresivamente, en el momento en que su esposa le sostiene la mano para que escribiera su último artículo, y que no pudo lograrlo porque, al parecer, ya había perdido la costumbre de vivir, pero no de batallar en la prensa porque murió, como lo afirmara en una ocasión, no con las botas puestas, como un soldado, sino con la pluma puesta, como un periodista de verdad. Está de luto el periodismo en el mundo.

periódico La Nación 2 de setiembre de 2007.

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