Columna EL OBSERVADOR
Madre Teresa de Calcuta
Lic. Hermes Navarro del Valle
“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme.” (Mt 25:35-36)
Mañana se cumplirán diez años de la muerte de la Beata Madre Teresa, quien ya pasó a la historia humana junto a nombres como San Francisco de Asís y San Juan de Dios. Su caridad para con los pobres, los humillados, los indefensos, los enfermos y cualquier otra persona que necesite un poco de cuidado y amor, sobresalen como uno de los mejores ejemplos de humildad y santidad viviente en nuestros días. Ese cariño para acurrucar a los leprosos en sus manos, para dar de comer a los moribundos: no es artificial, por el contrario, es la mayor expresión de amor al prójimo conforme lo enseñara y practicara Jesús en sus tiempos.
Agnes Gonxha Bojaxhiu nació en la ciudad de Skopje, antigua Yugoslavia, el día 26 de agosto de 1910. Su familia era católica de origen albanesa. Su vocación se inició con las hermanas irlandesas de Nuestra Señora del Loreto -en Irlanda-. Sin embargo, un triste hecho le señaló su verdadera vocación: “Personalmente no logré realizar mi vocación de entrega total a la misma causa hasta que un episodio impresionante me movió definitivamente. Fue después de la Segunda Guerra Mundial. Me encontraba un día fuera del convento, en las cercanías del Hospital Campbell, cuando mis ojos tropezaron con el espectáculo de una pobre mujer que estaba agonizando por hambre al lado de aquella casa de salud. La recogí y traté de conseguir alojamiento para ella en el hospital. No me atendieron, porque la mujer era pobre. Tuvo que cerrar los ojos en medio de la calle”.
En diciembre de 1948 la Madre Teresa regresa a Calcuta para empezar una nueva Congregación de las Misioneras de la Caridad. En poco tiempo reunió en su casa muy pobre a unos cuarenta niños analfabetos y sucios, a quienes enseñaba algo de higiene y las primeras nociones para leer y escribir. La nueva Congregación fue finalmente aprobada en octubre de 1950. El uniforme escogido era el “sari”, vestido común a la mayoría de las mujeres de la India. Sobre el vestido dice la Madre Teresa: “El sari permite a las hermanas sentirse pobres entre los pobres, identificarse con los enfermos, con los niños, con los ancianos desamparados, compartiendo con el mismo vestido la forma de vida de los desposeídos de este mundo”. Las hijas espirituales de la Madre Teresa de Calcuta viven hoy en varias partes del mundo: Roma, Nueva York, Londres, Lima, Caracas, México, Buenos Aires, París, Madrid, Barcelona, Bruselas, Hamburgo, y en muchos pueblitos desconocidos de diferentes países.
De su libro de meditaciones diarias reproduzco algunas palabras, de esta santa mujer, que cada día nos enseña a vivir en humildad y amor: “Después de trabajar muchos años entre hombres, mujeres y niños moribundos, enfermos, tullidos, físicamente impedidos y deficientes mentales, he llegado a una sola conclusión. Al intentar compartir el sufrimiento de toda esa gente, comencé a comprender lo que Jesús debió sentir cuando se acercó a su pueblo y éste lo rechazó. Hoy encontramos a Cristo en la gente que es rechazada, en los que no tienen trabajo, en aquellos a quienes nadie cuida, en los hambrientos, en los desnudos y en los que no tienen hogar. Parecen seres inútiles para el estado o para la sociedad, y nadie tiene tiempo para ellos. Somos tú y yo, como cristianos merecedores del amor de Cristo, si nuestro amor por Él es realmente sincero, quienes tenemos que buscar a esos desamparados y ayudarlos..
periódico La Prensa Libre 4 de setiembre de 2007.

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