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RESONOCO

11/09/2007 GMT 1

MARÍN CAÑAS Y LA GUERRA DEL SIGLO

marfuerte @ 01:23

Ficción en acción LA NOVELA ‘EL INFIERNO VERDE’ ‘INVENTA’ UNA GUERRA VERDADERA Y LA CONDENA

Carlos Cortés
Escritor@nacion.com

En diciembre de 1934, José Marín Cañas recibió de su amigo Mario González Feo un ejemplar de la revistaBerliner Illustrierte Zeitung con un reportaje fotográfico sobre la guerra del Chaco, que se libraba entre Paraguay y Bolivia. Unos días después publicó aquellas fotografías en La Hora con el anuncio de la publicación inminente del “ Diario de un soldado paraguayo en la guerra del Chaco. Formidable y palpitante documento humano ”, y escribió de un tirón el epígrafe de lo que sería El infierno verde : “ ...y quedaron tronchados, como bejucos sobre troncos de quebracho... Los mató la sed... No tengo caminos por donde huir ni sitio en donde enterrarme... Soy un viento amarrado”.

Marín Cañas echó mano a sus años de estudiante de ingeniería en la Academia Militar de Segovia (España), a un atlas universal, a una historia del Paraguay y a un manual del Estado Mayor de Bolivia –que le envió el futuro Presidente de la República Teodoro Picado, entonces ministro de Educación–, y se sentó a escribir. Tenía 31 años y dos de ser director deLa Hora . Escribió sin sosiego las 56 entregas deEl infierno verde en dos meses, del 11 de enero al 13 de marzo de 1935, a un ritmo vertiginoso de cuatro páginas por noche.

La publicación de la serie elevó la circulación del vespertino a 18.000 ejemplares, cuadruplicando las delDiario de Costa Rica yLa Tribuna . Unos meses más tarde, sin corrección alguna, salvo por una nota editorial firmada por el autor, se publicó en España en forma de libro con el títuloEl infierno verde (La guerra del Chaco) en el prestigioso sello Espasa-Calpe. Como explicó él 35 años después: “Escribir una novela es relativamente fácil. Es cuestión de poner los cigarrillos a un lado; quitarse el saco y sentarse a la máquina... Usted tiene que darle duro a la máquina, y rápidamente, para poder seguir la cantidad de ideas que se le vienen...”.

La impresión de realidad. Marín Cañas estaba perfectamente consciente de las técnicas para darle verosimilitud a un relato o lo que él llama “la impresión de realidad”. En 1934, cuando reconstruyó la guerra de Coto entre Costa Rica y Panamá, se basó en el relato auténtico de uno de los coroneles de la expedición. Al ser una narración ficticia, El infierno verde se asienta en numerosas referencias documentales, geográficas y modismos paraguayos porque “la mejor fórmula literaria es siempre la verdad”, como dice García Márquez.

En su difusión original en forma de crónicas, enLa Hora , se presenta como “un cuaderno de impresiones..., retazos de la guerra del Chaco” que el empresario alemán Wilfred Wandrey remite a su amigo Herbert Erkens, situado en Hamburgo, con la esperanza de que lo venda a alguna revista de actualidad y le envíe el dinero de vuelta. Wandrey se lo compró a un soldado paraguayo herido que, a su vez, lo halló “entre los papeles de un compañero que había muerto de sed perdido en la selva del Chaco”.

Esa carta, supuestamente en alemán, Marín Cañas la escribe en español y la manda a traducir en un alemán defectuoso para dar la impresión de que Wandrey no domina la lengua culta. En el periódico aparece la prueba documental, el supuesto original en alemán, y a su lado la falsa traducción al castellano. En la edición en forma de libro, Marín Cañas le añade una carta firmada con su propio nombre, que no aparece en la publicación por entregas; en ella explica que Erkens le obsequió el manuscrito al saberlo periodista y verlo interesado en el contenido del diario de guerra.

La identidad perdida. En este juego de identidades múltiples, Marín Cañas se reserva el papel de editor y no el de autor. El lector nunca sabrá finalmente quién es con precisión el narrador porque lo que cuenta El infierno verde es la pérdida de la identidad. El tono se aleja del discurso colectivo de la novela indigenista o de la narrativa antibélica europea para asumir el desasosiego existencial que precede a la Segunda Guerra Mundial.

La novela recrea el desmoronamiento de la identidad ideológica y de los mitos nacionalistas, la fragmentación de la visión de mundo y la aparición de la incertidumbre moderna. Como enCrónica de una muerte anunciada , el relato adelanta la verdad última: el narrador está muerto, y aún así seguimos leyendo ya que oscila en un contrapunto agónico, existencial, entre el tiempo estático de los mitos americanos –la naturaleza, el buen salvaje, Indoamérica, la “raza cósmica”, la “raza de bronce”– y la violenta irrupción de la historia.

Desde su portada,El infierno verde es una premonición de la gran carnicería universal de la Segunda Guerra Mundial y de la imposibilidad del ser humano (elex hombre , en palabras de Marín Cañas) de reencontrarse a sí mismo: “La muerte se ha hecho individual”. El infierno es interior, “somos náufragos de nosotros mismos”, se nos dice. “Quizá sea mejor venir del infierno verde que tenerlo dentro, en aquella larga espera de un día tras otro...”. “¿Qué día es mañana? Nadie lo sabe. Da lo mismo”. “Otro día. Lo mismo da”. “Hay que seguir esperando”. “¿Nos quedaremos aquí toda la vida?”. “Vivir es retrasar la muerte”.

La conciencia escindida del personaje se muestra perpleja ante el espectáculo brutal de la guerra; y él, incrédulo, se interroga sobre el sentido de la guerra, la patria, la nación, la burocracia y el negocio de las petroleras norteamericanas en Bolivia: “¿Para qué peleamos? ¿Para qué peleamos?”, repite obsesiva e hipnóticamente. “...dejarse matar es una cobardía, matar es otra gran cobardía... ‘No vayáis’, ‘no vayáis’ una oleada de gritos responde están perdidos no me hacen caso van como el alud ciegos locos enardecidos por el himno nacional marcha fúnebre de todos los pueblos”.

La máscara de la muerte. En Coto, el antecedente estilístico e ideológico de El infierno verde, Marín Cañas ya nos ofrece una imagen espléndida de lo que él mismo llama “la farsa del patriotismo”. Un muchacho mexicano, Daniel Herrera Irigoyen, sube a la barcaza La Esperanza con un fonógrafo de corneta y se suma a la expedición costarricense que avanza por los farallones del río Coto hacia el destacamento militar. A punto de llegar a la desembocadura, coloca en el fonógrafo el Himno Nacional, que resuena contra los taludes de roca del cañón del río; al oír la música, el ejército panameño lanza el ataque y acribilla a la tripulación.

En la portada original deEl infierno verde , de 1935, vemos la imagen del teniente Zavala: es el espectro de la patria. Un cadáver uniformado blandiendo un sable ensan-grentado y el cráneo desollado: “Zavala se pone de pie como un energúmeno. Salta a tientas fuera de la trinchera. Quiero sujetarlo. Ya es tarde. Avanza en la sombra. El claror rojo del incendio de Boquerón lo recorta. Da traspiés y va con el sable levantado. Se bate ciego...”.

Varios capítulos más adelante, después de que lo buscan sin encontrarlo entre las fosas comunes enardecidas de cal viva, conocemos su destino: “A Zavala se lo había tragado Boquerón, tal como yo lo vi, a ras de la trinchera: dando zancadas, con las cuencas vacías, con el sable y los gritos tiesos...”.

La conclusión es que “la derrota y la gloria tienen la misma máscara”: la máscara de la muerte.

CARLOS CORTÉS ES ESCRITOR Y PERIODISTA. SU ÚLTIMO LIBRO PUBLICADO ES LA NARRACIÓN-ENSAYO LA GRAN NOVELA PERDIDA (EDICIONES PERRO AZUL).

Suplemento Ancora. periódico La Nación 9 de setiembre de 2007.

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