Columna En Vela
El memorando del que informa hoy La Nación y que ha corrido por Internet sobre la campaña del TLC debe abrirnos los ojos. Un hacker , pirata o experto en estos actos delictivos penetró en el sistema de comunicación de la Presidencia de la República y se apoderó de su contenido para hacerlo público. Igual violación han sufrido otras entidades públicas y privadas. Esta es la cuestión de fondo. Estamos expuestos. Todos sin excepción, no solo en las calles, sino en nuestras casas y oficinas, y en nuestra propia intimidad.
Conforme la tecnología avanza y nos regala sus frutos, para bien propio y de la humanidad, mayor es el riesgo de utilizarla para el mal. La penetración de los delincuentes en el ancho mundo de la telefonía y, ahora, de Internet lo demuestra día a día. El ámbito sagrado de nuestra privacidad y de las relaciones humanas personales está expuesto al chantaje, a la amenaza, al anonimato y a la publicidad sin fronteras ni límites. Hay gente que se nutre de este poder.
Las modalidades por Internet son conocidas: mensajes, anónimos o personales, directos o por mediación, para chantajear, amenazar, silenciar o difamar. Recordemos que reiteradamente se publicó por Internet un diálogo falso entre periodistas y el Ministerio Público. El asalto contra la privacidad y la dignidad de las personas no cesa. Se trata de mafias ideológicas, políticas, económicas, criminales o, simplemente, de personas sedientas de odio, envidia o venganza, sabedoras de que la difamación causa un daño irreparable y de que la amenaza o el chantaje, extorsivo o no, son instrumentos de terror que conducen al silenciamiento, a la servidumbre, a la indefensión o a la impotencia, todo en un oasis de impunidad.
El peligro no se detiene aquí. Este tipo de delincuencia mediática afecta el sistema de seguridad de un país. El narcotráfico y el terrorismo conocen sus secretos, del que derivan enormes ganancias y daños inmensos a la sociedad.
En fin, los que ahora disfrutan de estos triunfos mediáticos están cavando la fosa del miedo y la desconfianza, y, a la vez, estimulando a los grupos, internos o externos, dedicados a estos menesteres. Mañana las víctimas pueden ser ellos o sus familiares. Hay límites que no se deben traspasar, pero, eso sí, si se da ese otro paso más allá, el que nuestra conciencia y los valores éticos retienen, no hay retorno.
No nos forjemos ilusiones. Hay gente en nuestro país capaz de todo. Ningún objetivo o interés merece el sacrificio de la libertad o de la dignidad.
periódico La Nación 7 de setiembre de 2007

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