¿Ferias del libro?
Alfonso Chase
Este año ha sido, para mí, el de las Ferias del Libro. Desde las muy pequeñas, casi en capilla, hasta las más grandes: podio, escenario, luces. Pero todas parecen ser más de lo mismo, con ligeras variantes, propias de la proyección de los autores. A Costa Rica, por lo visto, no se le ve ni se le siente, ni se estima tener su presencia como debiera ser, no en localitos estilo chinamo, sino con una buena representación de obras, autores, productos culturales, música por ejemplo, o alguien que pueda hablar sobre una Política Nacional del Libro o, si todavía existe, se comenta en el exterior que no, del Consejo Nacional del Libro.
Me divierte y me fascina asistir a las ferias del libro, como una manera de conocer y saludar a viejos amigos, escritores y editores e intercambiar ideas sobre los cambios que se perciben en el mundo, en la América del Sur y hasta en Asia, según cuentan los sociólogos o historiadores que asisten: invitados especiales, lectores de lujo, analistas de fuste. Yo llevo mis propios libros. Los compro, los empaco y busco un rinconcito amable para exponerlos, venderlos o regalarlos, pasando de aduana en aduana, como esos viajeros impenitentes del pasado. Siempre llevo banderitas, cosillas de cultura popular, libros y documentos, pines y vídeos contra el TLC y termino en las mesas sobre política, antiimperialismo, nuestros movimientos sociales, rebeliones pasadas, o futuras, que es el lugar donde la gente se congrega más, o cosas sobre ecología de Costa Rica, cuyos volúmenes o catálogos propago, siempre en defensa de los recursos naturales. Leo varios poemas, de los últimos: sí, todavía escribo, el Premio Nacional de Cultura no logró matarme y solo vivo del proceso de lectura al que estoy sometido, ¡es falso!, para superar lo que los psicólogos, también van a las ferias, llaman el problema de la postergación o el auto sabotaje, en casos extremos.
El clima de las ferias internacionales ha variado. Los escritores que buscaban la celebridad, hace una década, han desaparecido y ahora otros hacen presencia. Es el caso de la América Central son tan nuevos que son desconocidos y gracias a las editoriales con un pie en el istmo y otro en Madrid, son presentados como las nuevas “revelaciones”. Lo más común es la diversidad dijeron todos, buscando acomodo en el podio, para hablar de la escritora. Diciendo, casi siempre, lo que nosotros expresamos hace unos cuarenta años, cuando éramos los novísimos. Es un proyecto prospectivo ese de lanzar nuevos escritores, y escritoras, las menos, todos muy elegantes, en pantalones vaqueros y sacos de marca, supongo yo que de una tienda americana de segunda, hablando de las glorias dispersas en el preboom, en el boom, en el postboom y todos esos nichos que gustan tanto a los académicos norteamericanos que visitan las ferias-festivales, para hacer su próxima tesis, o para repartir tarjetas y brochures como si fueran, y lo son, corporativos desaliñados en busca de autores novísimos, o algunos más viejos, a los que creían ya fallecidos o sepultados en vida en algún asilo para postjubilados.
De la última noticia que tuve, asistieron unos 45 narradores nuevos, siendo de impacto la delegación centroamericana, muy selectamente escogida, todos entre los 25 y 35 años, cuyos libros son editados por prestigiosas editoriales españolas, algunos viven fuera de sus países, los cuales escriben desde pastiches a lo Bukoski, hasta el límpido realismo sucio que estuvo de moda hace algunos años entre los pseudodisidentes cubanos, viviendo del cuento en Madrid y París, escarbando en las cloacas habaneras para dar testimonio de su ingenio literario.
Las ferias festivales son visitadas por miles de personas, algunas hablan de millones. Gente fluyendo los fines de semana, especie de turismo bibliográfico, pero sin comprar mucho, recogiendo de los estantes catálogos y folletos de propaganda, o adquiriendo obras de dudosa categoría literaria, masivamente sacando de los contenedores de saldos.
Las editoriales grandes hacen de los autores pequeños los creadores del futuro, con enervantes fotos de modelaje, obras bellamente editadas, afiches, autógrafos, en esa bella parafernalia que constituye el ser un autor con respaldo, aunque los tirajes de sus obras se queden en sus países de origen, o no se vean entre los estantes. Se habla de que los autores “asaltan” librerías, auditorios, aulas universitarias, aunque los públicos sean selectos, pobres, o alucinados por el autor de moda, que ya está empacando para la próxima feria-festival, en donde su gloria literaria se está formando. Son nombres nuevos para lectores nuevos. Todos tienen su página en la red, con detalles de su vida, textos u opiniones, la mayoría pagadas por las editoriales a prestigiosos “críticos”, sesudos académicos de alto linaje. Lo lindo son los posibles lectores. Algunos verdaderos adictos a este tipo de eventos, donde los especialistas establecen el canon del futuro, ante la precariedad de autores del pasado, algunos muertos, de verdad, u otros absortos fantasmas dejados de lado por la Gran Editorial que los impulsó a nacer.
Las ferias-festivales son un espacio importante para ver al señor presidente, de turno, al Ministro de Cultura, y a varios ex presidente adorables que pululan en las mesas redondas y en los coloquios, para saludar autores, abrazar amigos o simplemente para saber lo que, nos pasa en el mundo.
Argentina, Venezuela, Brasil, Cuba, Bolivia o Chile son, posiblemente, los más visitados, por público fiel, ex y nuevos compañeros de viaje, así como los libros sobre indigenismo o identidad nacional: Guatemala tiene ediciones bellísimas, Ecuador despierta a nuevos umbrales, Bolivia es sujeta a la devoración de libros que antes fueron inéditos y los temas generales son la globalización, la guerra en Iraq, los estudios sobre Irán, Rusia, China, la poesía palestina, las memorias de todo el mundo, incluidos Bergman y Liv Ulman, Marcelo Mastroniani, libros sobre Montgomery Cliff, el nuevo cine mexicano, iraní o de Vietnam, más miles y miles y miles de libros de auto ayuda o de filosofía taoísta, escritos sobre, y de, Benedicto XVI, u obras de Elenita Poniatokska, el merecido Premio Rómulo Gallegos, y sus crónicas sobre las carreras, y manifestaciones de López Obrador, y de ella, locura de lectores fieles y amorosos. Y Costa Rica. ¡Nones! Hasta que no tengamos una Política Nacional sobre el libro, un activo Consejo del Libro, un conjunto de autores y editoriales independientes, que alquilen su localito, pareciera que nos desvanecimos en el mundo editorial.
De la desaparición de autores no tan viejos, enviados al rincón del olvido, ya sin posibilidades de figurar en el Diccionario de la Literatura Universal (Océano, 2007), o de ¿Quién es quién en la literatura Internacional? (Cambridge, England, 2007), nada se dice. La literatura es tan volátil como la vida misma.
Así que chiquillos y chiquillas: ¡pellízquense! Para cumplir la máxima aquella; escritores y escritoras de Costa Rica: ¡uníos!
periódico La Prensa Libre 10 de setiembre de 2007

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