Columna Desde mi espejo
Cargas sin control
Haydée de lev
A nuestra generación siempre le costó botar, pero yo no tengo por qué cambiar el equipo de sonido una vez al año y el celular o el monitor de la computadora cada tres meses.
Yo vengo de una época en que las cosas se compraban para toda la vida. Es más, se compraban para la vida de los que venían después.
Ahora todo se gasta, se oxida, se quiebra; nada se repara, todo se desecha y, mientras tanto, hemos producido más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
Y no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde que alguna vez puede servir”, cambiarse a “bote eso que ya salió el nuevo modelo”.
A mí me prepararon para guardar, porque algún día las cosas podían volver a servir. Hoy no solo lo electrónico es desechable, también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.
Sé que no debo comparar objetos con personas, pero sí decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas con alguna discapacidad se las discrimina y que valoran más a los lindos y jóvenes.
Y es que si mezcláramos las cosas, un hombre podría plantearse seriamente entregar a su esposa como parte de pago por una señora con menos kilómetros y alguna función nueva, pero, corre el riesgo de que su mujer le gane de mano y sea él el entregado.
periódico Al Día 15 setiembre 2007.

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